El chico de la limpieza Seguir historia

shibui shibu

Jonah Whall tiene veintiún años y limpia las oficinas en una empresa donde el jefe está acostándose con su secretaria nueva. No es que ese sea problema de Jonah, claro, excepto que siempre dejan todo lleno de sudor y lo mandan a limpiar como si él fuera la servidumbre, razón esencial por la que ha empezado a juntar material de lectura relacionado a lo amoral de la riqueza. Jonah no se mete donde no lo llamen. No le interesan los rumores ni que la secretaria siempre sale de la oficina con la blusa mal abrochada. Pero a Jonah le gusta el dinero y no hay mucho qué cuestionarse cuando la prometida del jefe le ofrece una generosa suma de dólares a cambio de matar a su jefe.


Romance Suspenso romántico Sólo para mayores de 18. © Attribution-ShareAlike 4.0 International

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Jonah, como el de la ballena

Lo habían llamado a limpiar el escritorio antes de desocuparlo. Ocurría a menudo, con más frecuencia los jueves, y siempre acababa en lo mismo: apoyado en la puerta de la oficina del jefe, esperando que acabaran de hacer lo suyo allá adentro. Jonah aún no comprendía la idea de llamarlo antes de acabar el hecho ilícito. Quizás era parte del fetiche, saber que el pobre diablo que tendría que limpiar estaba esperando afuera.

La mesa de escritorio del jefe estaba ligeramente coja, así que podía oírla golpearse contra la alfombra. ¿Era necesario hacerlo tan teatral? Y la secretaria estaba empezando a hacer sus ruidos de mujer malherida en película de acción, ah-ah como si hubiera podido sonar más falsa aún con algo de fe. Jonah no le daba mucho crédito ni futuro a ese romance: estaba destinado al fracaso. Probablemente la secre aún no se daba cuenta de que estaba siendo usada como símbolo de poder.

La mesa dejó de golpearse. La puerta se abrió. Jonah no miró a la secretaria ordenarse la blusa ni el rubio cabello, pero ella lo miró a él como si su mera presencia la hubiera insultado de alguna manera. No tenía que verla para saberlo, era lo que siempre hacía. Jonah ya se sentía parte de esta relación con todos estos detallitos repetitivos que lo incluían. No le tendría esa actitud en contra la secretaría: tenían que apoyarse entre rubios.

—Buenas tardes, señorita —murmuró, tomando la escoba y la cubeta para entrar a la oficina donde el jefe estaba aún abrochándose el cinturón. Jonah se tragó su mueca.

—Buenas, Jonathan —lo llamó el hombre. Se llamaba Cameron Cox, lo que era el nombre más inapropiado para un gran y joven magnate, pero Jonah no sería el que lo mencionara. Le ganaba en altura por dos centímetros. Jonah había notado esto una vez en el ascensor, hecho que recordaba con precisión porque el señor Cox le había preguntado su nombre ese día, dado que no lo había visto antes entre su dotación de empleados, y había procedido a olvidarlo inmediatamente. Jonah ya no lo corregía. Se sentía mal hacerlo porque el jefe siempre lo miraba como si él hubiera sido el que estaba importunando, y además tenía de esos ojos azules gélidos que dejaban a la secretaria con rodillas débiles y a Jonah con el agudo sentimiento de que le estaba haciendo una lobotomía psíquica.

Jonah tampoco resentía estos dos centímetros de diferencia porque el señor Cox tenía treinta y dos años y Jonah había leído en Internet que los hombres podían seguir creciendo hasta los veinticinco. Lo traía sin cuidado.

—¿Le vengo a dejar los papeles después? —preguntó la secretaria, apoyándose en el marco de la puerta. Aún estaba despeinada, a pesar de sus intentos. Jonah fingió estar limpiando cosas que ya estaban limpias, para no hacer que la situación fuera más humillante para todos. Le quitó el polvo invisible a todas las jarritas de cerámica que el señor Cox tenía en sus estanterías.

Necesitaba abrir una ventana.

—No te preocupes, Emma —dijo el jefe. Su sonrisa se podía oír en su voz—. Yo te llamaré.

«Ouch», pensó Jonah. Tal vez era mejor así. Haría todo más fácil el día que la pobre Emma se diera cuenta de que estaba siendo usada por su cuerpo. Jonah consideró la posibilidad de regalarle un libro sobre feminismo al señor Cox para la siguiente Navidad. Arriesgó mirar a Emma por un momento, el exacto para verla lucir como si la acabaran de dejar plantada en el altar.

Habiéndose movido desde una esquina de la estantería a otra, Jonah abrió una ventana con la mayor naturalidad posible. Chirrió como si la hubieran abierto por última vez hacía dos décadas.

Cuando Emma se fue, marchando con sus tacos resonantes en el pasillo y probablemente teniendo un monólogo interior muy triste, Jonah decidió enfrentar su destino. No podía aplazarlo más. Tomó la cubeta, la escoba y todo lo suyo y se movió más cerca del escritorio. Mojó un paño. Movió algunos papeles indescifrables.

—¿Cómo te está yendo todo, Jonathan? —preguntó el señor Cox. Jonah frunció el ceño. No debía pensar en qué estaba tocando—. ¿Sigues yendo a la universidad?

—Me gradúo más tarde este año —respondió. El señor Cox se aclaró la garganta y se sentó en su sillón.

—¿Y qué estabas estudiando? ¿Filosofía?

—Literatura —corrigió Jonah, aunque lo cierto era que ambos diplomas eran igual de inútiles. El señor Cox asintió muy lentamente.

—¿Te alcanza el dinero?

—Oh, sí, no se preocupe —dijo Jonah porque su madre le había enseñado a no mendigar, aunque lo habían acabado haciendo de todos modos. Trabajaba en Cox Enterprises (Jonah estaba seguro de que el asesor del señor Cox lo detestaba con una furia incomparable) porque la empresa había ofrecido becas a sus trabajadores jóvenes, independientes del nivel. Probablemente era una estrategia de lavado de imagen, pero si lo favorecía, Jonah no iba a ponerse a dar lata al respecto.

Jonah limpiaba ahí desde hacía tres años, cuando había estado recién salido de la secundaria, el señor Cox había sido soltero y Emma ni había trabajado allí aún. Su puesto le había pertenecido a un hombrecito chato de lentes. Jonah entendía por qué su jefe había hecho el cambio, pero no podía ignorar que probablemente había sido alguna clase de discriminación.

—Qué bueno —respondió el señor Cox, dedicándole una sonrisa de revista. Jonah intentó hacer lo mismo, pero no quería quitarle la vista de encima al escrito ya empapado—. Eres un buen trabajador, John.

—Gracias, señor.

—Y tienes buena presencia.

—Gracias, señor —repitió Jonah, cambiando de paño para secar la mesa.

—Y sé que eres muy leal.

—Huh. —Jonah se detuvo en medio de volver a ordenar los papeles y cosas. El señor Cox lo estaba mirando muy fijamente—. ¿Señor?

—Sé lo que tú sabes, Jonathan.

—No me llamo Jonathan —decidió corregir, si la conversación se iba a poner extraña y el tipo iba a insistir en decir su supuesto nombre en cada oración. El señor Cox arrugó la nariz. Se vio muy desorientado por un momento.

—Sé que sabes de yo y Emma —dijo. Jonah parpadeó, abrió la para decir señor, creo que toda la empresa sabe o tal vez debería ser Emma y yo, gramaticalmente y eligió mejor callar porque su pobre intuición de negocios le avisaba que algo bueno venía. No se trabajaba tres años en una empresa asesora de negocios gigantescos y posiblemente lavado de dinero sin aprender algo.

—Uh-huh. Difícil no saber, señor.

—No te pongas sarcástico —espetó el señor Cox. Jonah parpadeó—. Podría despedirte por saber, ¿entiendes?

Jonah intentó reprimir su bufido, sin mucho éxito. Su mano estaba quedando muy mojada con el paño húmedo. Su piel iba a quedar como de ancianita. Asintió con solemnidad. Esta era una negociación con algo de chantaje, aun si no sabía bien hacia qué lado estaba qué cosa.

—¿Lo va a hacer? —preguntó, sintiendo que había sonado mucho más desinteresado que cómo realmente se sentía. La cara del señor Cox lo reflejó.

—¿Qué quieres a cambio de no decir nada?

—No planeaba decir nada, de todos modos.

—No seas estúpido, John. ¿Qué quieres? ¿Mujeres? ¿Dinero? ¿Propiedades?

Jonah lo consideró. Lo de las mujeres no lo llamaba mucho porque no tenía tiempo para mantener una novia, mucho menos varias, mucho menos amantes salidas de quién sabía dónde. Además, ¿dónde las llevaría? Su abuela no aceptaría mujerzuelas en casa y no le alcanzaba el dinero para arrendar habitaciones de hotel. Podía pedir dinero, pero había leído suficiente sobre los tratos turbios del señor Cox para comprender que saldría trasquilado de ese trato. Lo mismo aplicaba a las propiedades, y era más, probablemente el señor Cox le daría una mansión enorme cuyos impuestos Jonah no podría pagar y quedaría en la ruina absoluta antes de cumplir veinticinco años y superar esos dos centímetros.

—Podría reducirme las horas sin bajarme el sueldo —ofreció, en cambio. El señor Cox frunció el ceño como si Jonah hubiera pedido que se desnudara y saliera a repartir panfletos de beneficencia a las calles de Los Ángeles—. Me gustaría salir a las tres. Cuatro igual está bien, es solo que después de las cinco debo irme a…

—Hecho —interrumpió el señor Cox con gravedad. Jonah sonrió—. ¿Eso es todo?

—Sí, sí, eso está bien. —Jonah tomó la cubeta con la mano que aún sostenía el paño. Se sentía más ligero. No había esperado que cometer un delito se sintiera tan agradable.

—Cierra la puerta al salir.

—Como usted ordene.

Las siguientes semanas fueron el cielo para Jonah. Salía dos horas más temprano que su horario habitual, para la confusión de sus colegas en los cargos de limpieza, lo que le permitía no tener que apresurarse para llegar a sus clases de la tarde o poder tener algo de tiempo libre antes de que tener que meterse de lleno a estudiar o cuidar su casa.

—¿Y cómo es que no te amonestan? —se quejaba con frecuencia Amelia, la encargada de limpiar el ala este de la empresa. Era menor que él por dos años, tenía su misma beca y se negaba a comer de la cafetería porque decía que podía saborear el neoliberalismo en todo lo que se cocinaba en ese lugar. Se teñía el pelo rojo furioso y se pintaba los labios del mismo color, aun si era todo el maquillaje que Jonah podía apreciar en su rostro.

—Ando con suerte.

—¿Te estás acostando con Cox? ¿Es eso?

—No. No yo, al menos.

Estaba viviendo la vida de la gente con sueldo fantasma. Su abuela comenzó a cuestionarlo sobre si lo habían despedido y no se quedó tranquila hasta que él le permitió llamar al dulce señor Cox para cerciorarse de que no había echado a su nieto a la calle por inoperante. El señor Cox inventó algo sobre cómo Jonah era tan buen trabajador que podía apilar sus horas en una sola, permitiéndole distorsionar su propio horario, y su abuela quedó de lo más contenta creyendo que Jonah era el mejor barredor de pasillos de ese lado del condado.

Lo idílico del asunto duró dos meses completos y terminó de golpe el día que Jonah entró a las once de la mañana a vaciar la papelera del señor Cox y se encontró con una mujer sentada en su escritorio. Estaba sola, con las piernas cruzadas y la falda cortísima arremangándosele, con todo el aire de femme fatale. Jonah lo halló un poco raro. La mujer tenía el cabello negro, ondulado y hasta la cintura, y era bastante bonita, todo considerado. Jonah hubiera preferido que no se sentara en el escritorio, pero nadie era perfecto.

—Hola —saludó, un poco incómodo. La mujer apretó los labios—. ¿El señor Cox la dejó entrar?

—Cierra la puerta, Jonah.

Tal vez estaba teniendo un sueño húmedo, inspirado por pornografía. Debió haberle creído a esos ensayos sobre cómo el consumo pudría la mente y el espíritu. Jonah obedeció, lamentando que hasta en este sueño sexy se sentía más preocupado que caliente porque quizás el señor Cox lo despediría por dejar que mujeres raras entraran a su oficina.

—Me llamo Victoria —dijo la mujer. A Jonah le pareció muy certero: esta mujer exudaba éxito—. Victoria Johnson. Soy la prometida de Cameron.

Jonah asintió.

—¿Cool?

—Veo que no estás entendiendo —dijo Victoria, levantándose del escritorio—. Sé que mi novio me está engañando con la puta de su secretaria.

Jonah consideró que era muy injusto tildar a Emma de puta, pero no sentía que esa mujer estuviera abierta a un diálogo abierto sobre la ética de referirse a las mujeres con términos de ese calibre.

—Y sé que tú sabes y que él te está haciendo favores para que no digas nada. Eres el único empleado con horario reducido y, coincidentemente, eres el encargado de limpiar su oficina. Dudo que sea porque le caes bien.

—Puede que sea exactamente por eso —logró retrucar Jonah. Victoria no se vio encantada con su carisma.

—No vengo a hacer que hables, si es eso lo que piensas. Podría yo salir con el chisme si quisiera. No, Jonah, lo que quiero de ti es mucho más simple.

Jonah rezó que su oferta no fuera tener sexo ahí mismo como alguna clase de venganza. Iba contra sus principios y, además, pondría en riesgo su fuente de ingresos, así que tendría que explicarle a Victoria que no era que ella fuera fea o él gay, sino que tenía que alimentar a su abuela y el señor Cox, canalla o no, era bastante generoso.

Naturalmente, eso no fue lo que Victoria pidió. Habiéndose acostado con Cox, supuso Jonah, él ya no tenía mucha gracia como pretendiente, incluso por las risitas.

—Quiero que mates a Cameron.

Lo dijo con severidad. Hubo un momento de silencio. Jonah esperó que saliera el señor Cox de detrás del berger, para comendarle su gran lealtad al superar esta prueba. No pasó nada. Victoria solo se acomodó la falda para que dejara de subírsele.

—¿Usted sabe que yo soy el que limpia aquí no más, cierto? —replicó Jonah—. No soy sicario ni nada y seguro que eso lo puede costear en el mercado negro.

—Pero pasas más tiempo que nadie en la oficina de Cameron, además de Emma. —Dijo el nombre con un desprecio que Jonah había sentido en toda su vida, por nadie, ni por las cajeras de los bancos ni por la gente que se colaba en la fila del supermercado—. Con algo de planificación, sería pan comido.

—Aún no le digo sí al trato, señora.

—Señorita —corrigió ella. Jonah le concedió el punto. Debía ser apenas unos años mayor que él—. ¿Qué necesitas para aceptar?

—¿Por qué mejor no conversa esto con él en vez de matarlo?

—No te debo explicaciones a ti. ¿Qué quieres que te dé? Tengo acceso a todos los fondos de esta empresa y Cameron no se dignará a cuestionarme en qué use lo mío. ¿Qué pides?

Jonah repasó sus opciones. Uno, podía llamar a la policía. No sentía que eso acabaría bien: la ley no se aplicaba a los millonarios y era más probable que el tiro saliera por la culata. Además, esa mujer era peligrosa y posiblemente estaba armada. Pasó a la opción dos, que era decir que no. Se repetía un poco lo mismo. Probablemente era una elección falsa y Victoria arruinaría su vida por negarse, si esto era una negociación de chantaje.

La tercera, naturalmente, era aceptar. El problema era que Jonah no tenía ganas de matar a nadie, incluso si era el señor Cox, y tampoco tenía idea de cómo hacerlo de haber querido. Probablemente acabaría en la cárcel. Aun así, decir que sí parecía la elección real que no tendría consecuencias catastróficas inmediatas. Podía resolverlo en la marcha, tal vez.

—Necesito dinero para contratar a una persona que cuide a mi abuela durante el día, cuando yo no estoy en casa.

Victoria lo miró raro, parpadeando varias veces. No debía haberse esperado esa respuesta. Los ricos no tenían problemas de verdad, pensó Jonah, contemplando brevemente las peroratas que Amelia daba en los ratos muertos del almuerzo.

—¿Algo más? —preguntó ella, súbitamente cautelosa. Jonah miró al techo, pensando.

—Quizás un extra para costear sus medicamentos y su comida sin gluten.

—¿Nada más?

—Ya se me ocurrirá algo.

Victoria no puso problemas a eso. Se acomodó el largo cabello encima de un solo hombro y lo miró con dos ojos oscuros, calculadores. Era como villa de telenovela, pensó Jonah. Las veía con su abuela los fines de semana que no andaba muy ocupado. Victoria se le acercó a pasos de depredador, le puso una mano en el hombro y le susurró en el oído:

—Te mandaré tus instrucciones pronto.

Y se marchó. Jonah se sacudió los nervios y tomó la aspiradora que había dejado abandonada en el pasillo.

Ya zafaría.

16 de Noviembre de 2019 a las 03:41 4 Reporte Insertar 6
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Kinnereth Bustos Kinnereth Bustos
Me va gustando ❤

  • shibu  shibu
    ¡gracias por darle una oportunidad! 2 weeks ago
ZV Zoe Valeriano
Buena redaccion, ortografia, detalle y una historia que te atrapa. Me encanto 😍

  • shibu  shibu
    ¡muchas gracias! 3 weeks ago
~

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