Fausto: Sombras de Luces Seguir historia

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Fausto descubre que le queda un año de vida. Agobiado, abandona toda esperanza. Entonces, durante una noche tormentosa, recibe la inesperada visita de un demonio llamado Dante. Este incidente marca el inicio del descenso de Fausto hacia un mundo oscuro, donde perderá su humanidad a cambio de una nueva vida y una oportunidad para proteger a sus seres queridos. Fausto: Sombras de Luces narra la transformación y sobrevivencia de un hombre convertido en demonio, que debe aprender a controlar sus nuevos instintos y enfrentar criaturas sobrenaturales, mientras se aferra a lo poco que queda de su antigua persona.


Fantasía No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

#sobrenatural #demonios
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Capítulo 1: Malas Noticias

—¿Voy a morir? —pregunté.

Encima de un enorme escritorio de madera descansaba una pila de papeles y sobres que contenían resultados de numerosos análisis médicos. Todos los exámenes estaban plagados de anotaciones, advertencias y alarmas; las predicciones eran muy desfavorables.

Sabía que las cosas no andaban bien. Recuerdo estar siempre enfermo, pero esta vez el dolor en todo mi cuerpo era diferente. El galeno suspiró mientras pensaba las palabras correctas para decirme qué sucedía.

—Fausto… he sido tu medico desde que eras niño —el hombre viejo, de cabellera frondosa y blanca, sostenía uno de los informes—. Juntos atravesamos bastantes obstáculos. Has luchado y vivido veintinueve años a pesar de los malos pronósticos; eso es admirable. En verdad me duele decirte que no hay nada más que pueda hacer por ti.

Bajé mi cabeza. Clavé la mirada en el piso. Me concentré en la blancura inmaculada bajo mis pies. Traté de inundar mi mente con aquel color para evitar perder el control de mis emociones. Me dolía el pecho. Cada latido de mi corazón punzaba perforado por agujas.

—Y bien… —una helada sensación recorrió mi cuerpo— ¿Cuánto tiempo me queda?

—Máximo doce meses.

—¿Un… año? —expresé con una temblorosa risa que delataba el pánico. Retiré mis gafas y tallé mis cansados ojos— ¿Eso es… todo?

—Lo lamento tanto —con pesar dijo el doctor. Escribió una lista que contenía numerosos medicamentos que debía tomar de ahora en adelante—. La mayoría de las personas que nacen con tu enfermedad rara vez llegan a vivir tanto como tú. Has aguantado bastante. Has peleado…

—Pero he perdido —levanté mi rostro. Mis ojos estaban irritados y cristalinos. No pude evitar mostrarme triste.

—Te he recetado algo fuerte para reducir el dolor. Al menos deberá aliviar tus malestares durante los primeros seis meses. Es tiempo para que arregles tus cosas.



Salí del hospital pero mi mente seguía atrapada en aquel consultorio. No podía creer que el final se aproximaba. Era un mal sueño.

—¡Fausto, cuidado! —el grito me despertó.

Un automóvil frenó de golpe, derrapando y evitándome por pocos centímetros. Una persona al otro lado de la calle se acercó y aseguró que estuviese ileso. Me disculpé con el conductor y siguió su camino.

—¿Pero qué demonios pasa contigo? ¿Que no te fijas por dónde vas? —aquel individuo, a quien le debía mi escasa vida, furioso replicó. Era mi amigo desde hace más de quince años— ¿Acaso quieres morir o qué?

Sonreí con amargura sin darme cuenta. Su pregunta me causó gracia y tristeza. Pensar que pude morir en ese accidente, de alguna forma, me resultó muy reconfortante.

—Pensé que no te vería hoy, Isaac.

—Lamento llegar tarde, en verdad quería acompañarte en tu consulta. Apenas me desocupé del trabajo. Entonces… —Isaac suspiró para ventilar su enojo—. ¿Qué novedad hay esta vez?

Le indiqué que caminara conmigo. Lo miré mientras pensaba cómo darle la noticia. Ambos teníamos la misma edad. Sin embargo nuestra apariencia era muy distinta. Él era alto y atlético. Su porte al andar imponía respeto. Yo, raquítico, era apenas poco más que piel y huesos. Caminaba encorvado, cargando a cuestas un baúl repleto de angustias.

Noté que debajo de las mangas de su chaqueta se asomaba un vendaje. Era muy común que Isaac estuviera lastimado. Su trabajo, como él lo describía, requería mucho esfuerzo físico y con frecuencia salía herido. A pesar de conocerlo por tantos años, jamás me habló de su oficio.

—Me queda… poco tiempo.

Al escucharme, Isaac se detuvo. Me observó con incredulidad. Seguro esperaba que fuera una mentira; una broma de mal gusto. No obstante la tristeza en mis ojos fue la clara señal de la verdad.

—¿No hay alguna otra…?

—No —contesté, interrumpiendo y arrancado de raíz las esperanzas de mí amigo.



Por varios minutos anduvimos en silencio. Esperé que Isaac estuviera muy conmocionado, en cambio se mostraba sereno y pensativo. Me pareció que estaba acostumbrado a la muerte de personas cercanas. No obstante era evidente que la noticia le afligía.

—Sé bien que te guardas tus problemas por temor a molestar a los demás. Si por ti fuera, te sentarías a esperar la muerte sin pedirle ayuda a nadie. Odio cuando haces eso —Isaac mantuvo su vista al frente— pero aún así… ¿Cuándo le avisarás a ella?

—¿Cuándo? —al pasar por debajo de un árbol, levanté la vista y contemplé la luz del mediodía que se filtraba entre las ramas—. No estoy seguro si deba hacerlo.

—¿Cómo que no estás seguro? Escúchame, no debes estar sólo en estos momentos. Marie sufriría mucho… si algo llegara a sucederte —Isaac me tomó por el hombro y me detuvo. Me miró fijamente a los ojos, casi como si pudiera leer mis pensamientos— no nos alejes, Fausto. Menos ahora que necesitas compañía.

—Tienes razón, ella se preocupa demasiado por mí. Es por eso que no quiero mortificarla. Como sea, el tiempo se está acabando. Sean días o meses, nada va a cambiar al preocupar a los demás —tomé el brazo de mi amigo y lo retiré de encima.

—Si no supiera que estás tan enfermo, ya te habría dado unos buenos golpes —Isaac resopló furioso— pero no te preocupes. Pensaré en una forma mucho más dolorosa para hacerte entrar en razón —pude notar, por su fugaz sonrisa, que planeaba algo.

Caminamos a la farmacia para conseguir los numerosos medicamentos y luego nos dirigimos a mi casa.

Poco antes de llegar, el teléfono de Isaac sonó. Se apartó para contestar pero mantenía su vista fija en mí. Me recargué en un árbol plantado en la acera; el recorrido me cansó más de lo que esperaba. Respiré profundo para recuperar el aliento. Cuando la llamada terminó tuvo que disculparse; surgió una emergencia en su trabajo y debía atenderla. Desde hace varios años cosas como esta sucedían muy a menudo, no me molestó, estaba acostumbrado.

—Recuerda… voy a obligarte a decirle a Marie lo que te pasa —con una mueca confiada Isaac se retiró.

Asentí en silencio; me pareció que sin importar cuánto tratara, no lo haría cambiar de opinión. Al llegar a mi casa y cerrar la puerta tras de mí, observé la bolsa de medicamentos en mi mano y me pregunté qué razón había para retardar lo inevitable. Al no encontrar respuesta, tiré los fármacos al suelo y me dirigí a la sala.



Mi hogar era una vivienda antigua, cerca del centro de la ciudad. Gracias a su ubicación, el hospital quedaba muy cerca. La heredé cuando mis padres murieron en un accidente automovilístico hace cuatro años. No tenía hermanos. Tampoco parientes lejanos. Mis únicas personas cercanas eran Isaac y Marie; mis amigos. El resto sólo eran relaciones superfluas que aparecían y desaparecían con el tiempo.

Me senté en un sofá y recargué la cabeza encima del respaldo. Podía estar así por horas; mirando al techo mientras me hundía en mis pensamientos. Al contrario de mis amigos, yo era un hombre que tendía a mirar la vida con pesimismo.

Desde que tuve uso de razón recordaba estar enfermo. Estaba demasiado cansado de vivir así, pero no tenía el valor para acabar con mi vida por mí mismo. Al contemplar el suicidio, rápido me venían a la mente los rostros de mis amigos. No importaba lo que me sucediera, pero por ningún motivo quería que ellos sufrieran por mi culpa. Nuestra amistad, imaginé, era una cuerda amarrada a mi pecho; balanceándome sobre el abismo, era lo único que me impedía caer.

El tren de mis pensamientos fue interrumpido por el sonido de mi teléfono. Al volver en sí, alcancé el artefacto y miré de quien se trataba. “Marie” era el nombre que mostraba la pantalla.

—Qué extraño… ¿Por qué estará llamándome? —a pesar del enorme gusto que me daba poder hablar con ella, no tenía idea del motivo de su llamada. Sin embargo al recordar la advertencia de Isaac, un escalofrió recorrió mi espalda—. ¡No! ¿Acaso le habrá…? —contesté.

—Hola… ¿Fausto? ¿Cómo estás? —era una voz chispeante y femenina—. Oye, Isaac me comentó que querías que nos reuniéramos a cenar. ¿Sabes? Me sorprendió mucho que fueras tú quien quisiera vernos —al reírse, le transmitió calor a mí corazón—. Siempre batallamos para sacarte de tu casa.

—¿Yo…? No, espera… Isaac fue… —con sólo escuchar su voz me puse nervioso.

—¡Me parece perfecto! Hace mucho que no nos vemos. Quedé de verme con Eric en una hora pero… ¿Qué te parece si cenamos en Le Pavillon? ¿Estará bien a las nueve? —ella no me dio la oportunidad de explicarme.

Miré al reloj; eran las cinco de la tarde.

—Sí, está bien. Nos vemos donde siempre a las nueve —nunca puedo negarle nada a Marie. Además tampoco desaprovecharía la oportunidad de verla. Estaba seguro que Isaac lo sabía y lo utilizó en mi contra. Al despedirme y colgar, como un globo desinflándose, resoplé profundamente.

Escuchar la voz de Marie me hizo sonreír por primera vez en todo el día. No obstante recordé el motivo por el cual Isaac provocó todo esto. Me pregunté si era necesario anunciarle que mi vida estaba a punto de terminar.


Llegué al restaurante a la hora acordada. Estaba sentado solo, en una mesa cerca de una ventana que mostraba el cielo estrellado. El lugar estaba abarrotado. Una cantante acompañada de un pianista, producían una tranquila melodía que se deslizaba bajo el bullicio del ambiente. Varios meseros iban y venían, apurados para atender a sus clientes. El aroma a pan tostado con aceite de oliva y ajo me abrió el apetito. Ninguno de mis amigos había llegado.

Estaba absorto; practicando en mi mente, una y otra vez, cómo le daría las malas noticias a Marie. Esto me aterraba mucho más que enfrentar mi propia muerte. Al final decidí no pensar más en ello. Al menos quería estar calmado mientras esperaba. En un intento por alejar mi mente de mis preocupaciones, traje de vuelta uno de mis viejos recuerdos.



Me encontraba en un parque, sentado a la sombra de un enorme árbol, mirando un grupo de niños jugando a lo lejos. El calor abrasador del verano iba desvaneciéndose conforme atardecía. El soplo del viento refrescaba el ambiente. Había adultos y jóvenes paseando por los senderos de la arboleda.

Estaba desanimado. Sentado, era un muñeco olvidado en un armario, esperando que alguien me eligiera para jugar. Harto del aburrimiento fui con el resto de los pequeños y me sumé a ellos. Feliz y sonriente, corrí a la par de mis nuevos compañeros. Sin duda ese era el lugar al que pertenecía. Esto era lo que un niño como yo debía hacer.

Sin embargo, poco a poco, mi pequeño cuerpo cedió ante la debilidad. Mi veloz trote se convirtió en rápidas pisadas que terminaron en lentos pasos. Muy agitado, me detuve para recuperar el aliento. El resto de los niños, sin percatarse de mi rezago, continuaron alejándose. Una vez más, me encontraba solo.

Estaba molesto conmigo mismo. Me preguntaba qué estaba mal en mí. Al compararme con los demás era imposible pasar por alto la diferencia de fuerza y vitalidad. Cuando miré a mí alrededor descubrí que mis compañeros de juego desaparecieron.

Adolorido y cansado, retorné a la sombra del frondoso árbol. Tomé asiento entre las raíces, doblé mis rodillas y las envolví con mis brazos. Y así, cuando no pude más, escondí mi rostro entre las piernas y comencé a llorar. Mi corazón era consumido por la tristeza.

Mis padres hicieron todo lo posible para tratar de curarme pero, por más que se esforzaran, jamás pudieron brindarme una infancia como la de cualquier otro niño normal. Mi vida significaba atravesar constantes luchas que poco a poco disminuían mis esperanzas de vida.

El sol descendió y las luces del parque se encendieron. Aún seguía en el mismo lugar. Más niños se reunieron a jugar pero ya no quise acercarme. Estaba solo. Ninguno de ellos podía entender cómo me sentía.

Escuché unas pisadas atrás de mí. Al volverme descubrí a una niña que se asomaba detrás del tronco del árbol. Su pelo castaño oscuro le llegaba hasta el mentón. Sus brillantes ojos, que parecían dos gotas de miel, me miraban con curiosidad.

—Hola —ella sostenía en sus brazos un colorido libro.

Sorprendido, devolví el saludo asintiendo levemente con la cabeza mientras ocultaba mis lágrimas. Me preguntó mi nombre y el motivo por el que no jugaba con los demás. Tuve que mentirle diciendo que no estaba interesado. Ella guardó silencio y me miró extrañada. Me incomodé tanto que decidí irme, pero antes que pudiera levantarme, la niña tomó mi mano.

—¿Quieres leer conmigo? Me llamo Marie —sostuvo con firmeza mi mano. Su sonrisa me hizo recapacitar. Al abrir el libro, ambos leímos en voz alta como si fuéramos dueto en un recital.



—¿Fausto?

Al levantar la vista, mi corazón dio un vuelco por la súbita sorpresa. La tristeza y nostalgia de mis recuerdos se mezcló con felicidad; sentí un torbellino revolviendo mi estomago, aún así, mantuve la compostura. Delante de mí estaba una mujer de pelo castaño, largo y lacio. Pese a vestir ropa casual, su figura esbelta y atractiva atraía la atención de todos a su alrededor. Ella era la mujer más bella en todo el mundo.

—Por favor, perdóname por llegar un poco tarde —Marie tomó asiento frente a mí— ¿Llevas mucho tiempo esperando?

—Yo… acabo de llegar —rasqué mi nariz mientras sonreía un poco avergonzado.

Al notar mi expresión, Marie se concentró en mi cara.

—No. En verdad llevas tiempo aquí —una leve sonrisa se formó en su rostro—. Te conozco muy bien y sé cuando estás mintiendo.

—Bueno, ahora que llegaste… eso ya no importa —dije nervioso. En verdad no podía bajar la guardia frente a ella. Sentí que si me descuidaba, Marie descubriría la verdad incluso si no decía ni una sola palabra.

El mesero llegó para tomar nuestro pedido. No pudo ser más oportuno. En mis adentros le di las gracias y juré dejar una generosa propina. Respiré para recuperar la calma.

—Por cierto, Isaac dijo que iba a venir ¿Verdad? —aproveché para cambiar el tema y escapar de la inquisitiva mirada de Marie.

—Hace poco me llamó. Dijo que salió un problema en su trabajo y no podrá asistir.

Marie era una mujer muy expresiva. Su rostro reflejaba fielmente todas sus emociones. Soy un experto en leerlas. Un poco de tristeza y mucha curiosidad; esa fue la conclusión a la que llegué después de estudiar su cara.

—Él es un hombre muy ocupado. A veces me parece que es un workaholic. Pero lo que más me preocupa es que siempre está lleno de cortadas y moretones —recordé los vendajes que escondía bajo su chaqueta.

—¿Alguna vez te ha contado algo acerca de su oficio? La verdad es que siempre he tenido un mal presentimiento sobre eso —con una mirada preocupada, Marie le dio un pequeño sorbo a su bebida.

—No te preocupes. Alguien como él jamás andaría en malos pasos —observé, a través de la ventana, a la gente que pasaba por la acera—, además es una persona muy fuerte y confiable. Por cierto… no le cuentes que dije eso. De seguro no dejará de molestarme por meses.

—Ustedes dos son polos opuestos y, al mismo tiempo, muy unidos —con una cariñosa sonrisa se esfumó la preocupación en el rostro de Marie—. Siempre me involucraban en sus travesuras.

Reímos al transportarnos más de diez años al pasado. La plática fluyó con mucha naturalidad.



Ambos disfrutábamos la compañía del otro. Aunque el local estaba abarrotado y el bullicio era fuerte, todo alrededor de nuestra mesa se volvió borroso. Los sonidos enmudecieron hasta leves susurros. Mi mundo se redujo a sólo donde ambos estábamos.

—La vida ya no es tan simple como cuando leíamos bajo los árboles ¿No te parece? —Marie deslizaba un dedo por la orilla de su copa. Su melancólica mirada estaba fija en el líquido que contenía el cristal.

Noté que algo la molestaba. Me pregunté si Isaac le contó todo y ella sólo esperaba que la noticia saliera de mi boca. Un poco nervioso, aclaré mi garganta.

—Recuerdo que cuando te enojabas con tus papás, ibas a buscarme y me llevabas arrastrando hasta el parque sólo para hacerte compañía mientras te calmabas —comenté tratando de mantener la conversación lejos de lo que entristecía a Marie.

—¿A quién más iba a acudir? —ella sonrió un poco avergonzada—. ¿Isaac? Claro que no. Él no tiene ni una pizca de paciencia. En cambio tú eres alguien muy atento. Sabía que aunque pasara todo el día llorando, te quedarías conmigo hasta que me sintiera mejor.

Después de cenar, me ofrecí a acompañarla a casa. No obstante Marie dijo que pasarían por ella; aún nos quedaba media hora. Decidimos dar un paseo por un parque cercano. El cielo nocturno estaba despejado. El camino era iluminado por numerosos faroles. Los árboles se erguían alto como silenciosos vigías, meciéndose junto al suave viento.

A pesar del agradable ambiente, por momentos noté una persistente tristeza en Marie. Conforme pasaba el tiempo, más seguro estaba que ella sabía de mi inminente final.

—Marie… hay algo que me gustaría hablar contigo —odié ver a Marie de esa forma. Quise que continuara sonriendo como siempre. Daría una terrible noticia, pero quizá abriría la posibilidad para que ella, como siempre lo hacía, tratara de ayudarme. Si eso hace que se sienta mejor, entonces prefiero que sea así.

—¡Fausto, mira! ¡Una estrella fugaz!

Marie no me escuchó. Se distrajo mirando al cielo. Suspiré y sacudí la cabeza. No podía enojarme, esa forma de ser suya siempre me encantó. Pensé que quizá, por mi preocupación, malinterpreté sus expresiones. Tal vez ella en realidad no sabía nada.

—¿Pediste un deseo?

—Si… —Marie contestó.

—¿Y qué fue esta vez? ¿Más dinero? ¿Tiempo libre? ¿El auto que tanto querías?

—Que la decisión que tomé sea la correcta —mientras ella observaba el firmamento, de nuevo apareció aquella expresión llena de preocupación.

Una horrible sensación, como agua hirviendo quemándome por dentro, descendió por mi pecho. Una premonición me advirtió que algo horrible sucedió; una desgracia que Marie aún no me decía.

Se volvió a mí con fría seriedad.

—Fausto… me voy a casar.

Todo lo que imaginé fue destrozado cual cristal golpeado por una piedra. Mis pensamientos se disolvieron. Sentí un punzante dolor que provenía desde lo más profundo de mi pecho. Era único, inconfundible. Justo como si arrancaran una parte de mí.

Guardé silencio mientras trataba de resistir las terribles sensaciones que se adueñaban de mi cuerpo. El brillo en mis ojos desapareció pero aún así forcé una sonrisa. No era la primera vez que tenía que esconder mis emociones. Por supuesto, Marie reconoció que aquel gesto era falso y ocultaba algo.

—Fausto… eres mi mejor amigo. Has estado conmigo todo el tiempo y me has apoyado en todos mis problemas. Te quiero mucho. Eres muy importante para mí y lo sabes —con delicadeza, Marie tomó mi mano. Su tacto eran espinas en mi piel—. Eric me propuso matrimonio hace unos días y le pedí tiempo para pensarlo.

Usé hasta la última pizca de voluntad para ocultar que mi corazón se desmoronaba. Mi mente, a sobre marcha, trataba de resistir y sobreponerse al dolor.

—Hoy, antes de venir a verte, le di mi respuesta. Eric es el hombre de mi vida.

Al escuchar sus palabras, el dolor que tanto me castigaba desapareció. La punzante sensación en mi pecho fue reemplazada por un hueco frío y vacío. Ofrendando ese amor que sentía por ella al abismo que crecía en mí, forcé una última sonrisa. Mis ojos cristalinos apenas retuvieron sus lágrimas.

—Felicidades… —susurré con la poca voluntad que me quedaba.

Marie notó la falta de sinceridad en mis palabras. Por la culpa y tristeza en sus expresiones supe que estaba consciente del profundo dolor que me infligió.

El silencio entre nosotros me pareció una fosa inundada que nos dividía.

—Y bien… dijiste que tenías algo que decirme —Marie soltó mi mano— ¿Qué es?

Pude ver que Marie tenía miedo. ¿Pensaba que me declararía? Ya era muy tarde para eso, tanto para ella… como para mí. Además, si le juraba mi amor, seguro ella me rechazaría y, muy probable, la amistad de más de veinte años se perdería para siempre.

—Hoy… —me encontraba demasiado agotado, en cuerpo y mente. Pero escucharla ayudó a decidirme. Por fin supe qué camino seguir hasta el día de mi muerte—. Hoy fui al hospital… me dijeron que estaba mejor que nunca —de nuevo sonreí con aquella mueca vacía que sólo las personas más cercanas a mí podían reconocer.

—Me alegro mucho de escuchar eso —por cómo Marie frunció el ceño, supe que detectó mi mentira. Sin embargo no dijo nada. Pensé que quizá la había engañado; después de todo, llevaba sonriendo de esa manera bastante tiempo.

Su teléfono sonó. Pude ver en la pantalla un nombre: “Eric”. Poco después de avisarle dónde se encontraba, un automóvil se perfiló en la acera. Estaba oscuro, no pude ver al conductor. Pero por cómo Marie sonrió, supuse que se trataba de su futuro esposo. Aunque se ofrecieron a llevarme a casa, preferí volver por mi propia cuenta; realmente no quería verlos juntos.

—Adiós, Fausto —antes de irse, Marie se acercó y me dio un tierno beso en la mejilla; algo que me pareció más como el primer clavo en mi ataúd.



De camino tropecé con una pareja. Al disculparme, por un breve instante, noté un resplandor rojizo en los ojos de la mujer. Muy confundido, sacudí la cabeza. Pensé que fue mi imaginación y, sin darle más importancia, me retiré.


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15 de Noviembre de 2019 a las 20:48 0 Reporte Insertar 1
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