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antonioarjonahuelgas

Cuando Zeus llegó a las tierras del rey Licaón, quién le rendía adoración, se vio frente a su terrible secreto


Horror Literatura de monstruos No para niños menores de 13. © Creative Commons

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El banquete

Aquitania lavó con cuidado la tela, para que no quedara mancha alguna, ni un pequeño manchón anaranjado o marrón, en cada pliego del vestido. Nadie caminaba alrededor de río a esa hora, no en las inmediaciones del palacio. Todo era calma y silencio, excepto por el extraño vagabundo al que, llegado de madrugada con apenas un destello en el horizonte, su esposo había hecho recibir con honores, como si se tratase de un gobernante de tierras lejanas. Aquitania sabía el porqué, su esposo y ella eran personas inteligentes, tan letradas como se podía ser en su tiempo, y sobre todo astutas. Se apresuró entonces a terminar con su labor, que casi siempre se destinaba a los criados y esclavos, en especial ese detalle de la limpieza, excepto ese día. No podía ser así, por supuesto, no ante su invitado.

Pronto los gritos irrumpirían la calma.

Aquitania regresó al palacio, ahí su esposo, el rey, discutía acaloradamente con el invitado, quién mostraba una sabiduría basta y ejemplar, como ninguno que hubiese conocido antes, cual señor de una tierra poderosa. Tal invitado merecía un espectacular banquete, con las decoraciones más bellas, el mejor alimento, y el vino más elegante.

El viejo parecía saberlo todo y sus modales eran dignos de un conocedor de las leyes y honores de todos los pueblos; a pesar de su aspecto sucio, sus ropajes rotos, gastados, casi unidos a su piel por las horas sobre ella, el sudor y las llagas. De igual forma, su hirsuto cabello, caedizo y piojoso, no reflejaban en lo absoluto el conocimiento que mostraba el anciano.

El rey no mandaba asear a su invitado, pues temía que se pudiese ofender. Por lo general cualquier extranjero que llegaba a esas tierras era asesinado, pero ese día el rey había puesto atención a las señales del cielo. Nadie había transitado los caminos cercanos, pues las lluvias habían provocado deslaves e inundaciones, además que la fama del rey era conocida en ciudades aledañas. Se sabía que era duro, y que los extranjeros llegados sin mostrar los debidos honores, o su importancia en otras tierras, eran asesinados o desaparecidos. De igual forma, los hijos del rey, que eran más de cincuenta, tenían la fama de insaciables e impíos, así como crueles. Sus lacayos habían visto la noche anterior, una velada de tormenta, a un águila descender a los montes del sur, lugar desde dónde venía el extraño. Parecía sospechoso, más no definitivo, aún tras el incendio en las cercanías del templo de Zeus. Sin embargo, el rey era precavido, y gustaba de honrar a los dioses, tanto que había sacrificado criados y esclavos en su honor en muchas ocasiones, y pensaba que tal vez los habitantes del Olimpo agradecían sus memorables rituales, o tal vez…

A la hora del banquete se sirvió una carne especialmente jugosa, una que siempre fascinaba al rey, a su esposa y a sus hijos, y era reservada para ellos y nadie más, excepto como ofrenda en el Templo de Zeus, o para las fiestas en honor a Selene durante las noches de Luna llena. Y en esa ocasión, la carne tenía algo especial, algo que sólo el mismísimo rey y su esposa Aquitania habían probado.

El momento llegó, y, como era de esperarse, se le sirvió primero al invitado. Este último, anciano y hambriento, tras haber seguido las respectivas cortesías y tener el permiso del rey, llevó el vino y la carne a su boca. En medio del furor de la fiesta, el invitado se levantó de un salto, exaltado. Un sabor metálico se percibía en el vino, un olor ocre en los guisos, la jugosa carne era demasiado suave, casi se deshacía en la boca, pero algo en esa suavidad era sospechoso, terrible. El rey, mientras masticaba con placer la carne, sonreía de oreja a oreja, y en su mueca el vagabundo vio algo perverso.

El anciano supo bien de que se trataba todo, se percató que los rumores eran ciertos, inclusive eran peores de lo esperado. En la mesa, entre los asistentes e invitados, estaban cincuenta de los hijos del rey, a pesar de que el rey Lycaón tenía cincuentaidos hijos, y sólo cinco de ellos eran de Aquitania, los tres mayores y los dos menores, y eran estos últimos, un niño de siete años y una niña de cuatro, los que faltaban. Así, la carne reservada para el invitado, el rey Lycaón y su esposa Aquitania, era tan o más pequeña que la de un lechón, pero sus sabor era distinto a cualquier cosa saboreada con anterioridad.

El anciano gritó enfurecido, y un rayo atravesó el techo para incendiar la mesa en que se hallaban los invitados. Las puertas se cerraron y quedaron bloqueadas, los hijos de Lycaón trataron de huir, pero las llamas se extendieron tan rápido como si fuesen tigres cazando a sus presas. Lycaón y Aquitania se levantaron y trataron de salir, más en la huida Lycaón corrió sobre sus manos y pies, arrastrándose para pasar por algún recoveco, las llamas le cayeron encima, y mientras avanzaba, el fuego, en lugar de quemarlo, parecía darle nueva forma al achicharrado cuerpo. Unas patas como de canino surgieron dónde antes había pies y manos, la boca de agrandó unos dos palmos frente a la cara mientras los labios se abrían hasta las orejas, mientras éstas se hacían para atrás y el cuello, así como todo el cuerpo, se encorvaba. Las oraciones de piedad se convirtieron en gruñidos, los gritos en aullidos, y en tanto sus ropas, su piel y su reino quedaban atrás, Lycaón trotaba en el cuerpo de un enorme lobo negro.

Mientras que Aquitania se quedó atrapada en el templo, y fue quemada por las llamas y manchada por las cenizas, sin embargo su maldición no le dejó perecer, y se levantó de las ruinas de la ciudad de Arcadia, con piel blanca y mortecina, condenada a ser repudiada y temida, llamada por los hombres en siglos posteriores como La Graya, con el castigo de no sentirse jamás satisfecha en sed y hambre, más que comiendo carne joven.

Y esa fue la maldición de Lycaón y Aquitania por tratar de alimentar al rey del Olimpo con la carne de las víctimas, compadecidos sólo por Selene, que bendijo a sus posteriores descendientes con la gracia de no mostrar su verdadera forma más que con el influjo de la Luna llena. Pues a partir de ese día los dioses prohibieron el sacrificio de infantes, y maldijeron a los descendientes de los que faltaran al mandato, en especial a quienes tuvieran el atrevimiento de comer niños.


Antonio A. Huelgas


11 de Noviembre de 2019 a las 19:26 0 Reporte Insertar 1
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Antonio Arjona Escritor, historiador, residente de México durante toda la vida

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