Guerras del Purgatorio Seguir historia

samustr Samanta Torres

Selene es la hija semidiosa de la deidad griega con el mismo nombre. Por más de quince años, ha evitado la condena que le fue impuesta por ser un humano con sangre de dios: la muerte. Ahora, al descubierto, deberá luchar no sólo por su propia vida, sino también por la de aquellos a quienes ama.


Aventura No para niños menores de 13.

#cacería #guerra #semidioses #dioses
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Parte 1. Inquisición

1

Isla Tarkhanej, durante la cacería de brujas...

"Julie LeReux

17 años

Encinta

Persona número 37 desaparecida en el año."

De forma casi indiferente, manifestaba el rasgado afiche de su hermana desaparecida. Clavada fuera de la taberna y la iglesia, pocas personas se tomaban los segundos para leer la información; por supuesto, las que sí sabían leer. La mayoría de los hombres giraba a ver el dibujo del rostro de Julie, lamentándose por el hecho de que nunca tendrían la oportunidad de conocer a tan atractiva jovencita, obviamente ya muerta...

Así funcionaban las cosas en la olvidada Tarkhanej, un pedazo de tierra de tan poco valor que eran escasos los viajeros que se tomaban el tiempo de registrarlo en sus mapas. Cada semana aparecía un afiche nuevo de alguna persona desaparecida, y unos días después aparecía el cuerpo carbonizado, mutilado o decapitado. Nada nuevo, los ríos de sangre corrían con mayor fuerza que los de agua bendita que en un desesperado intento por mantener la paz, regaba el sacerdote del pueblo.

—¡No te atrevas a tocarme!— escupió con asco el dueño del Burdel, único sospechoso del caso LeReux. En un lugar remoto que pocos lograrían encontrar dentro de la aldea, atado a una silla se retorcía cual bestia poseída intentando luchar contra las cuerdas que laceraban sus muñecas. La escasa luz de la velita apoyada en la mesita a su lado revelaba dificultosamente la silueta y parte del rostro de dos hombres. La danzante flama logró iluminar parte del escudo de la Guardia Real, descubriéndose capturado por quienes antes le brindaban apoyo.

Erick LeReux, caballero de la Guardia Real y hermano de la desaparecida, le miraba con absoluto desprecio. Sin lanzar una sola pregunta, impactó violentamente su puño contra la quijada del sospechoso. Un doloroso quejido y la sangre comenzó a escurrir por las sucias ropas.

—¡Imbécil! ¿Cómo te atreves a tocarme?— bramó enfurecido, indignado de recibir tan terribles tratos de hombres que alguna vez cruzaron las puertas del Sex9 para deleitarse con las más hermosas mujeres que su humillante salario pudiera pagar.

Un nuevo golpe fue su respuesta. Los nudillos metálicos se empapaban de rojo en cada nuevo impacto que deformaba la carne de aquella desdichada criatura, y en las viejas paredes de madera retumbaba el eco de los dolorosos gritos que desgarraban su garganta. Algunas piezas dentales se agrietaron en un rompecabezas imposible de volver a armar. Una orden por parte de Sir Carver lo obligó a detenerse, insatisfecho con los resultados.

Aquel hombre jadeaba, exhausto por la paliza recibida. No había un solo centímetro de su maltrecho cuerpo que no sintiera dolor hasta por respirar, emitiendo pequeños quejidos. Temblaba, y hubiera caído hacia el piso de no ser por las ataduras en sus muñecas, que impedían al capturado pegar la frente contra la rechinante madera.

Sir Carver consideró que estaba listo para hablar.

—¿Dónde está Julie LeReux?— Preguntó con su característica frialdad. No sentía un ápice de compasión por un trozo de carne que se había atrevido a meterse contra uno de sus más estimados colegas, el letal caballero LeReux.

El sospechoso rió. Mostraba los putrefactos dientes que aún le quedaban, ahora empapados en líquido rojo que escurría en cascadas hacia la barbilla.

—Si yo hubiera llevado a esa jovencita conmigo— escupió la sangre que impedía responder— estaría sirviendo en una de mis alcobas.

La mandíbula crujió tras el puño de sir Carver. No hubo grito está vez, solo ligeros gemidos de dolor que intentaba apaciguar bajo una poco convincente máscara de calma. Había reaccionado de forma más rápida que el angustiado Erick, quien apenas y había tenido tiempo de parpadear intentando contener la ira.

—No toleraré dichas ofensas. — Sentenció mientras masajeaba sus nudillos, limpiando los restos de sangre de sus guanteletes.

—Y Sir Arthur no tolerará estos tratos hacia mí. Uno de sus más antiguos amigos. — Desesperado había lanzado su última carta. El juego coronaba un ganador, y Sir Carver lo supo de inmediato. Sonrió intentando inútilmente contener el placer que albergaba al tener a su presa al borde del precipicio, al mismo tiempo que exponía su contraataque.

—Sir Arthur está enterado de tu cómoda estancia.

Se sintió aún más satisfecho cuando la altivez de aquel imbécil desapareció tras una mueca de angustia. Sir Arthur era el comandante de la guardia Real de Tarkhanej y gran conocido del dueño del Burdel; por años, aquel desdichado hombre gozó de protección por los innumerables raptos a jovencitas vírgenes que esclavizaba entre sábanas rotas, y sin embargo ahora había cometido un terrible error que le había ganado el odio de Sir Arthur, quien dio total autorización a toda clase de torturas: si le cortaban los dedos falange por falange, mejor.

—Ningún movimiento puede realizarse si él no está enterado — continuó el sereno caballero— Sabe que te arrastramos hasta algún sitio de la isla, sin embargo no conoce nuestra ubicación exacta— curvó los labios en una sardónica sonrisa que haría temer hasta a un dios — Para cuando te encuentre, las ratas ya habrán arrancado la carne de tu cara.

El dueño sintió el inevitable recorrido de la orina caliente escurriendo por su pierna. Nunca había temido tanto como en aquel mismo momento.

—Si-Sir Arthur los castigará por esto.

—Aceptaremos las consecuencias con honor, a diferencia tuya— Finalizó LeReux.

El dueño tragó con dificultad. Su última esperanza de salir con vida, parecía ser, someterse humillante ante aquel par de caballeros.

—¿Dónde está Julie LeReux? — repitió Sir Carver.

—Y-yo, real-realmente no lo s-sé — respondió completamente asustado, temblando. Su honestidad ayudó en nada, pues recibió una bofetada por parte del encolerizado Erick.

—¡Mientes!

—¡Es la verdad! — Se apresuró a defender. — Yo sólo la vendí.

LeReux apretó los puños. Sir Carver comprendió lo que estaba a punto de suceder y colocando su mano frente a su compañero, impidió algún movimiento de su parte.

—¿Quién quería a una mujer encinta?

—Una anciana. Pidió específicamente una mujer cuyo vientre escondiera otra vida.

—¿Para qué?

—No-no lo sé. Fue lo único que me informó. Yo sólo le di lo que buscaba, aunque tuve que matar al otro para poder llevármela.

Sir Carver parecía aun imperturbable, sin embargo apretaba con fuerza la mandíbula; ese hombre al que el dueño del Burdel había matado, era otro compañero suyo de la Guardia Real.

—¿Dónde la viste por última vez?

—La entregué en el bosque. En la cabaña junto al río.

Sin mediar palabra, Erick salió de la oscura habitación para preparar a su caballo. Sir Carver dirigió una mirada a aquel saco de carne, antes de lanzar la pregunta que sellaría su destino:

—¿Habías escuchado hablar de John Wells?

Definitivamente sí. No le conocía en persona, sin embargo había escuchado algunas cosas acerca de aquel por boca de su mismísimo padre, Sir Arthur Wells. Asintió con un tenue pero doloroso movimiento de cabeza.

—Contrajo nupcias hace no mucho.

—Más que eso — comenzó a relatar el caballero. — Estaba a punto de convertirse en padre de un primer niño, y había obtenido el título de capitán hace algunos meses. — Observó la confundida mirada del dueño del burdel, tratando de encontrar sentido a lo que él decía— Muchos le estimábamos. A él, y a su esposa... Julie LeReux.

La respiración del sospechoso aumentó en ritmo. El sudor de su cuerpo se mezclaba con las líneas de sangre, y por primera vez, aquel comprendió la terrible falta que había cometido. Ahora todo tenía sentido, la razón por la cual no obtuvo protección cuando fue raptado y arrastrado hasta aquel lugar, y el hecho de que los caballeros no temieran al castigo de Sir Arthur: el mismo los había enviado.

—Todo suyo, comandante— finalizó Sir Carver antes de salir de la habitación. El sospechoso palideció al mismo tiempo que una antorcha era encendida detrás de él. Sir Arthur había escuchado todo, mientras silenciosas lágrimas bajaban por sus mejillas.

El dueño del burdel sintió las fuertes pisadas acercarse. Comenzó a gritar por piedad, pero nadie acudiría en su apoyo. Lo sabía, y pronto aquellos gritos que suplicaban se transformaron en dolorosos.

La cabaña se encontraba vacía cuando Erick LeReux, Sir Carver y cuatro caballeros más llegaron a la escena. Con antorchas en mano, comenzaron a examinar cada rincón de aquel descuidado lugar. No había una sola gota de sangre, orina o cualquier indicio de la estancia de Julie en la cabaña, ni siquiera restos de alimento. El caballero LeReux comenzaba a sentir la angustiante falta de oxígeno ante su desesperación.

— ¡Por aquí!— gritó uno de sus compañeros. Con las piernas temblando se acercó donde el otro, inclinándose para contemplar su descubrimiento: un retazo del vestido de su hermana.

—Definitivamente ella estuvo aquí. — Sir Carver comenzaba a pensar en un plan— nuestra búsqueda se extenderá a tres días de caminata a partir de este punto.— Observó a sus hombres, pensando que lo más sensato sería enviarlos en binas.— ustedes dos, hacia la montaña. Ustedes, hacia la cascada. LeReux y yo iremos hacia el norte. Partan de inmediato.

Casi ningún caso se había tomado con la seriedad del de LeReux. Se colocaban un par de afiches, la búsqueda no se expandía a más de tres horas de caminata del último punto donde la víctima había sido vista, y tras un par de semanas todo se olvidaba tras un nuevo caso. Pero por supuesto, todo era diferente con Julie LeReux. Jhon Wells la había conocido durante la fiesta de bienvenida de Erick LeReux a la Guardia Real, y apenas realizar las presentaciones, ambos quedaron enamorados del otro.

Julie era una bella chica de 15 años, de sedoso cabello y hermosa voz que pronto ganó la aprobación de Sir Arthur Wells; la amaba como a una hija, más sabiendo que pronto le daría un nieto. Ahora que su hijo había muerto protegiéndola, sentía suya la responsabilidad de cuidarlos, y para ello movería a toda la Guardia Real de ser necesario.

Los caballos estaban cansados. Toda la noche habían galopado en búsqueda de más pistas, sin grandes resultados. Sir Carver consideró justo dejarles descansar a la orilla de uno de los cauces del río, mientras pensaba lugares donde buscar a la chica.

Erick LeReux se acercó también, quitándose los incómodos guanteletes. Sus labios se hallaban secos y con pequeñas aberturas por culpa de la deshidratación, puesto que no había bebido las cantidades de agua necesarias para su cuerpo. No desde el comienzo de aquella pesadilla.

Se inclinó haciendo un pequeño cuenco con sus sucias manos, atrapando un peculiar objeto entre ellas: otro retazo. Atónito lo levantó a la altura de sus azules ojos, contemplándolo en la incredulidad del silencio.

—Vamos por el camino correcto— alentó Sir Carver. Erick le miró y su compañero pudo notar el cansancio en su demacrado rostro— sé bien que esto no va a agradarte, pero debes descansar. Cuando encontremos a Julie, inevitablemente enfrentaremos a su captor.— Se sentó a su lado, bebiendo agua antes de continuar— Tendrás que estar en condiciones para pelear.

Erick no respondió con palabras, sino formando nuevamente un cuenco con sus manos y bebiendo tanto como podía.

El viaje fue reanudado al medio día. Examinando cuidadosamente el trayecto, Erick LeReux encontró al menos otros cuatro pedazos de tela que confirmaron que se dirigían al sitio correcto. Julie, siempre tan astuta se las había arreglado para dejar pistas.

Al anochecer llegaron a los jardines de lo que parecía ser una finca abandonada. Los caballeros, cautelosos, pensaron que allí era donde seguramente encontrarían a la hermana de Erick, por lo que desmontaron de sus caballos para evitar que los relinchidos los delataran. Se acercaron lentamente hacia la puerta, observando una última y alarmante pista: plasmado en tinta roja, se hallaba el símbolo de la Secta del Papiro Rojo. La misma que Erick había estado persiguiendo casi desde el momento en que se convirtió en un caballero. ¿Era una especie de mensaje? ¿Una advertencia?

Erick palideció, quedando aún más blanca su piel de lo que ya era. Ambos caballeros temieron encontrarse con el peor escenario, y antes de siquiera poder detenerlo, Sir Carver miró a su compañero abrir las puertas y entrar corriendo, siendo consumido por la oscuridad.

—Esto no me gusta nada. — Se dijo entrando tras Erick.

LeReux sintió que su mundo comenzaba a romperse. Tropezó, y si ocasionó algún ruido que pudiera delatarlo, no le importó. Se encontró con la pared, palpándola hasta localizar una puerta. Encendió una vela y abrió. Para su calma o angustia, no halló a su hermana dentro. Continúo buscando, en otras dos puertas. Al abrir la tercera sus piernas flaquearon.

Observ el enorme hueco en su estómago, evidencia de que habían arrancado de ella a su hijo no nato, al cual el caballero no veía por ninguna parte. No sabía qué era lo que habían hecho con él. No soportó más su propio peso y cayó de rodillas, llorando frente al cuerpo de su hermana. No había más que aquellos grabados en tinta sangrienta, que daban cuenta del terrible ritual que aquellas brujas habían llevado a cabo. ¿Para qué exactamente utilizaron a su hermana?

Un grito desesperado amenazaba con salir de su garganta. Abrió la boca dispuesto a dejarlo escapar, y sin embargo no lo logró gracias a la mano fría de Sir Carver que la cubrió justo a tiempo.

Por un breve instante el también sintió que sus fuerzas desvanecían, mirando a su amigo sufrir. No supo que decirle, y deseaba darle tiempo para guardar luto, pero aún tenían que encontrar al niño. Inútilmente creía que aún podían salvarlo.

—Erick, tienes que continuar— el mencionado estaba a punto de reclamar ante el comentario que él consideraba estúpido. Sir Carver se adelantó —tu sobrino aún te necesita.

El llanto se convirtió en sollozos. Con las manos temblando, acercó sus dedos a los vidriosos ojos de Julie, cerrándolos para siempre. Asintiendo indicó a su compañero que estaba listo, y Sir Carver ordenó seguirlo por los pasillos.

Cautelosos esta vez, llegaron a una gran sala. Erick se acercó con cuidado de no hacer ruido. No quería que quien quisiera que hubiera dentro, escapara. Ambos daban pequeños pasos mientras desenvainaban sus espadas. Abrieron la puerta de golpe, encontrándose con la más horrible pesadilla: Erick no sabía si había muerto he ido al infierno. Su mundo caía a pedazos.

Una multitud observaba ensimismada como una mujer encapuchada comía de la carne del feto que se hallaba apoyado en el altar. Cuando esta alzó la cara pudo observar cómo aún un trozo de piel colgaba de sus ensangrentados dientes. Sonrió, mascando de forma grotesca finalizando el bocado con una sonrisa. El frío sudor escurrió por el rostro de Erick, cayendo de sus temblorosas manos la fuerte hoja de acero.

Sir Carver hizo una mueca preocupada. La escena era simplemente cruda, y le perseguiría para siempre en sus pesadillas.

— ¡Te hare pagar lo que has hecho! — Exclamo el caballero LeReux totalmente fuera de sí.

La bruja dejó de consumir el pequeño cuerpo y caminó lentamente, bajando los pocos escalones del altar al tiempo que extendía los brazos, invitando al caballero a atacarle.

Erick recuperó su espada y la arrojó hacia la bruja con todas sus fuerzas. Esta esperó, y cuando la hoja estuvo lo suficiente cerca de ella, la esquivó, dejando que se incrustara en el altar de madera. La tomó y, ante la atónita mirada de ambos caballeros, la rompió por la mitad estrellándola contra su pierna.

Inmóviles observaron a aquella acercarse lentamente, sabiendo que sus oportunidades de sobrevivir, cuando sus armas eran inútiles, escaseaban. Las demás brujas hicieron dos filas, dejando pasar a su líder. Sir Carver lanzó una estocada, pero la bruja lo detuvo por la muñeca, que comenzó a estrujar, mientras sonreía mostrando los asquerosos dientes manchados de la sangre del infante. Erick intentó darle un puñetazo, pero también fue detenido con ridícula facilidad por la huesuda palma de aquella.

—Funcionó... —Apretó más la muñeca, obligando a Sir Carver a arrodillarse. —Funcionó...—repitió sorprendida— ¡Funcionó el ritual!

Erick hacía un esfuerzo sobrehumano para liberarse, pero no podía y la parte de su armadura que cubría su mano, comenzó a ceder.

— ¡Hermanas!— gritó la bruja a las espectadoras— los rituales del papiro han funcionado, el obsequio más grande nos ha sido por fin otorgado.

Las brujas comenzaron a clamar por la muerte de aquellos caballeros, que a tantas de sus hermanas habían entregado al Tribunal eclesiástico. La bruja decidió comenzar con el líder. Lanzó a un lado al pelirrojo y haló a Sir Carver hacía ella, tomándolo está vez por el cuello que rompió en un terrible crujido. El antiguo compañero de Le Reux cayó violentamente hacia el piso, exponiendo las heridas de cuello. Había ocurrido tan rápido que no hubo tiempo de gritos o maldiciones. Ni siquiera para cerrar los ojos.

Esta vez, Erick sintió que su mundo y su alma se rompían definitivamente. Un grito de sufrimiento escapó de su garganta, obteniendo la atención de las demás brujas. Cuando las miró acercarse, comprendió que debía jugar su última carta, sacando un frasco de agua bendita que lanzó sobre las que se acercaban a él para matarlo. Surtió efecto, comenzando a quemar a las primeras y obligando a retroceder a las demás. Corrió hacia la líder intentando apuñalar su corazón con una daga bañada en agua bendita, pero la bruja lo esquivó en un intento de suerte, lanzando un único golpe que lo arrojó contra una de las paredes, que terminó atravesando, cayendo al pie de un árbol del jardín trasero.

La bruja líder salió. Con la mano ensangrentada mezclada con polvo, volvió a recoger a Erick. Y una vez más, dio un puñetazo tan fuerte que lo hizo reventar el árbol y caer unos metros atrás. Su columna había sufrido serios daños.

Erick se supo herido y en desventaja, comprendiendo que la muerte se acercaba peligrosamente. Observó a la bruja acercarse a su posición, y decidió que de una u otra forma debía salvarse; no iba a ganar aquella batalla, y tenía que sobrevivir para volver a enfrentar a las brujas y matarlas, por Julie, por su sobrino, por John... Y por Carver. Cerró los ojos. Controló sus espasmódicos movimientos tanto como pudo.

Aquella se acercó, examinando de cerca el cuerpo. Una herida superficial en la cabeza, de la cual realmente no sabía mucho, le hizo pensar que había sido mortal. No creyó ni por un segundo que siguiera vivo.

—Vámonos— ordenó al resto— pronto podrían venir más de ellos, y sería un desperdicio de tiempo. Tenemos planes por completar.

En el pasto seco crujían las sandalias de la secta, peligrosamente cerca de Erick. No sabía cuánto tiempo más lograría fingirse muerto, pero lo intentaría. Hasta que no escuchó más sus pasos, Erick no abrió los ojos, arrastrándose entre la hierba ya que además tenía una pierna y un brazo roto. ¿Cómo se suponía que enfrentaría a esos monstruos, si acababan de hacerlo papilla sin el menor esfuerzo? Ni siquiera comprendía cómo se recuperaría de sus heridas.

—Erick— escuchó una dulce voz en eco, y no entendía si ya había perdido el juicio— sobrevivirás— le aseguró. Ojalá fuera cierto.

La vista se volvía borrosa, comenzando a percibir extrañas formas y colores. Antes de perder definitivamente el conocimiento, observó una hermosa y pelirroja mujer acercarse.

Todo lo demás, igual que su alma, se había oscurecido.

10 de Noviembre de 2019 a las 01:20 2 Reporte Insertar 1
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J.K  Dharia J.K Dharia
Oye, menuda prosa. Yo también soy de pillar la mayoría de mis ideas soñando despierto, pero personalmente creo que transmitirlas a un papel es bastante complicado. Sin embargo, si tratas a la escritura como si fuera Dios, puedes conseguir cosas tan buenas como la que tengo delante ahora mismo.
November 10, 2019, 15:14

  • Samanta Torres Samanta Torres
    Muchas gracias :). Eres el primero que me comenta y lo aprecio mucho, espero que los demás capítulos te agraden, nos leemos pronto. November 11, 2019, 01:21
~

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