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"Lo único que me quedaba era aceptar lo que las estrellas tenían escrito para mí... aún si eso me costaba la vida"


Drama No para niños menores de 13.

#delafraseelcuento
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El último día

Toda la semana había estado muy nervioso, no había podido dormir bien y el rostro que me devolvía la mirada en el espejo era desconocido para mí. Con tantos preparativos ya ni siquiera sabía a ciencia cierta cuando llegaría el día que sellaría mi destino. Había estado pensando sobre esto desde hace varios años, con cada paso que daba sabía que era inevitable, nada podía cambiar el futuro que me esperaba.

Mis tristezas comenzaron cuando llegué a este mundo, desde ese primer momento en el que ni siquiera era consciente de mí mismo, mi destino estuvo sellado y siempre fue así; los demás decidían todo por mí y no había forma de que mi voz se hiciera escuchar. Pero no crean que no lo intenté, cuando por fin pude valerme por mi mismo hice hasta lo imposible por cambiar mi futuro, siempre ideando formas de escapar pero ninguna funcionaba.

Mis padres siempre terminaban cada conversación argumentando que era lo mejor para mí, que no debía comportarme como un niño que si quería ser alguien más adelante tenía que aceptar todo lo que ellos decidieran. Debía ser el niño perfecto que siempre sonreía y todos adoraban pero ellos no entendían que cada vez me ahogaba más y más, no podían comprender la ansiedad que me generaban con solo mirarme o que mi insomnio tenía sus nombres grabados.

Cuando conocí a Katalina todo el peso del mundo cayó sobre mi cabeza; el que ella hubiera venido a mi casa con su familia solo añadía otro mal día a mi vida y la presión que ejercía su presencia era asfixiante. Para ese entonces yo tenía unos 16 años, me faltaban dos años para terminar la secundaria y aunque no creía que fuera posible, las directrices y mandatos de mis padres se triplicaron.

Me faltaban dos años para ingresar a la universidad pero ellos me habían estado preparando para ello con tutores desde los 10 años, ahora que el examen se acercaba más y más no tenía ni un solo momento de descanso, cada tarde luego del colegio tenía tutores que me preparaban hasta altas horas de la noche, sentía que mi cabeza iba a explotar y fue allí cuando tuve mi primera crisis.

Pasé tres días en el hospital, los médicos me diagnosticaron ansiedad pero para mis padres les aprecio un chiste, luego de que salí del hospital lo único que cambio fue que ahora los tutores se quedaban una hora menos a mi lado, pero pude reponerme, algo en mi cabeza me decía “solo tienes que ingresar y ellos dejaran de molestarte”. Bajé mucho de peso y para lo único que salía era para ir a la escuela, así estuve mis dos últimos años de secundaria y cuando llegó el día del examen de admisión no podía siquiera respirar, tuve que tomar las pastillas que los médicos me dieron para la ansiedad y pude realizar mi examen sin problema aunque cuando regresé a casa no pude pararme de la cama por tres días.

A mis 17 años ya hablaba tres idiomas, era el primer puesto en el examen de ingreso a la universidad más prestigiosa y costosa de mi país, podía tocar violín y piano además de practicar artes marciales. Además estaba Katalina, mi prometida, quien desde los 8 años atormentaba mi existencia ya que su familia controlaba la más grande empresa de automóviles y el día que nos casáramos marcaríamos un hito en la economía de ambas familias.

Mi único escape de toda esta agonía era Lucía, ella era la hija menor de una de mis tutoras e hija del decano de la universidad donde ahora ambos íbamos a estudiar. Ella había sido mi mejor amiga desde los 10 años, cuando su madre empezó a darme clases, estudiamos junto en la escuela y le había ganado por dos puntos en el examen de ingreso. Sin duda la familia de Lucía era todo lo contrario a mi familia, ellos sonreían, pasaban tiempo juntos y su futuro no estaba delimitado desde su nacimiento.

Si los doctores que trataban mi ansiedad me hubieran preguntado cual era la actividad más relajante para mí hubiera respondido sin duda alguna: Estar con Lucía. Conversar con ella me hacía olvidar por unos breves momentos el caos que era mi vida y me llenaba de esperanza, yo estaba enamorado de ella pero también sabía que mis padres nunca aceptarían que me casara con alguien que no fuera Katalina. Era simplemente impensable para ellos que el hijo del mayor inversionista del país se casé con la hija de un simple decano.

Y es que toda mi vida giraba en torno a títulos, al dinero que generaba cada familia y a cuanto más podrían ganar emparejando a sus hijos. Supongo que esa es la razón por la cual siempre odie a Katalina, para mí ella representaba todo lo que odiaba porque parecía… gustarle… parecía que ese estilo de vida de apariencias y traiciones la emocionaba.

Pasé mis cinco años de universidad entre escapadas para estar con Lucía y la presión constante de mi familia, Lucía había decidido estudiar literatura y a mí me habían obligado a estudiar negocios internacionales por lo cual no coincidíamos mucho pero estaba seguro de que entre ambos había una conexión especial, intercambiábamos mensajes de ánimo y nos contábamos todo. Yo sabía que ella también estaba enamorada de mí y también era consciente de que jamás me lo diría por temor a que mis padres me prohibieran verla.

Y así fue cuando a mis 23 años, caminaba con las manos atadas, arrastrándome a la sentencia que todos deseaban para mí. Vestía mi mejor traje y una vez frente al altar pude divisar la triste sonrisa de Lucía, ambos sabíamos que después de este día no podríamos volver a vernos y que yo seguiría siendo nada más que el títere de mi familia, pero lo que Lucía ni nadie más sabía era que esa misma noche tomaría todo el frasco de pastillas que me quedaban y que por fin mi voz sería escuchada por todos ellos y sería libre.

15 de Noviembre de 2019 a las 02:15 0 Reporte Insertar 0
Fin

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