Mañana Viviremos En La Luna (2019) Seguir historia

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este libro surge como una respuesta personal a todo lo que estamos viendo a día de hoy. he querido explorar varios temas como la conciencia social, nuestra relación con la robotica, los extraterrestres y muchos mas. un libro que pone en su énfasis en la humanidad y como esta se enfrenta a un momento de crisis terrible. ¿sera la humanidad capaz de poder tomar esta crisis con aplomo? este libro nos presenta una sociedad fría y silenciosa, completamente dominada y trastornada por la tecnología, en la mirada de tres jóvenes. cualquier similitud con nuestro futuro probable, no es en absoluto una coincidencia. Danubio De Campos Rosado 2019 ® libro escrito entre Septiembre de 2018 y Agosto de 2019


Ciencia ficción Todo público.

#armagedon #dos-miles #robots #maquinas #sci-fi #censura #silencio #soledad #trastornos #obsesion #muerte #cambio #extraterrestres #cyberpunk #futuro
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Amor Digital

Es en serio cuando les digo que sinceramente nunca lo vi a mal, es decir desde pequeño crecí cerca de un computador y me sumergí de una u otra forma en ese mundo por propia vocación. No sé si a mis padres les importaba realmente y yo, jamás me lo cuestioné. Estaba tan cerca de todo ese mundo extraño pero fascinante que realmente lo abracé como mío propio y les digo más, la etapa de la primaria y la secundaría fue terrible y horriblemente confusa, debe ser porque, como se estilaba desde hacía años, según me comentaba el director de la escuela, todas las materias se impartían a través de programas computarizados y no, no se crean que teníamos realidad virtual o algo semejante, no, pero, gracias a aquella forma de enseñanza no solíamos hablarnos prácticamente nada con los chicos de la escuelas ¿habían más chicos que chicas? ¿o más chicas que chicos? No recordaba bien e incluso, podría aseverar sin temor a equivocarme que nadie lo recordaba pues, apenas si terminaba la clase, todos volvían casi como androides meticulosamente programados, a sus teléfonos móviles moviendo sus dedos a la velocidad del rayo, en una presencia ausente que muchas veces se confundía con progreso.

Me recuerdo que no eran pocas las ocasiones que trataba de hablar con los chicos y si bien estos, podían iniciar una conversación interesante, conforme pasaban los minutos, sus manos comenzaban a temblar de manera profusa y volvían, con prisa voraz a extraer de sus bolsillos sus teléfonos móviles y era, entonces allí, donde terminaba todo resabio de contacto humano, que era reemplazado por desinteresados monosílabos que, de una u otra forma te hacían sentir imbécil:

• Oye. ¿me estas escuchando? – decía yo a un tipo mientras daba un sorbo a una tasa con café

• Eh... – decía el tipo mientras reía... no se dé que

• ¿de qué te ríes? – pregunté

• Sí, claro – decía el tipo mientras seguía con sus dedos sobre aquella minúscula pantalla

Me paciencia se estaba agotando de manera progresiva y parecía querer explotar

• ¿tienes ya tu parte del trabajo hecha supongo

• ... no hombre – decía el tipo, grabando un audio para enviar a otra persona como mensaje – estoy hablando con un tipo de mi escuela

Me levanté

• No mierda, eso es mentira – dije casi enrabiado – tú no estás hablando, diez minutos y no haz contestado más que con esos malditos monosílabos ¡Dios! ¿quién te crees que eres? ¿cuánto tiempo crees que tengo para poder gastar?

• Obvio... – respondía el tipo

Me levanté de la mesa, al borde de la indignación, no, no al borde, estaba realmente indignado ¿es que a este soberano tarado se le había olvidado hablar? Y lo peor, es que a veces parecía que veía lo mismo donde fuera que mirara.

Y no, no se crean que soy amish o lo que sea, no estoy en contra de la tecnología, para nada, de hecho, la he visto en marcha desde que tengo uso de razón, pero estas extrañas conexiones... digamos, estas extrañas maneras de comportarse que tenían las personas me dejaban algo, atolondrado digamos.

Mis padres no dicen nada. Mi madre muy ocupada trabajando y a papá pareciera que no le puede importar menos cualquier cosa, mi madre inclusive, pero ya me las arreglé para dejar de pensar en ello, alguien dijo alguna vez, al cesar lo que es del cesar, lo mío se mantendrá como debe, un asunto completa y absolutamente privado. Después de todo, es todo lo que somos ¿no? Lejos pareciera quedar la época del libro, la biblioteca y las largas horas charlando de la más banal idiotez con algún amigo, ahora parece que una red invisible había clamado para si todo nuestro tiempo y con ello toda nuestra vida. Extraño que nadie usara un teléfono celular para hacer llamadas telefónicas y, como, cuando dos personas estaban en un lugar, ninguno estaba pendiente del otro, solo se miraban desinteresadamente y las pupilas de sus ojos parecían decir ¿ya me puedo ir? Lo quisiéramos o no, aquel parecía ser el espíritu de nuestros días, o de estos tiempos al menos. Me parecía cuando menos curioso el hecho de que a pesar de estar conectados más que nunca ahora, aquello no estaba presuponiendo comunidad, es más, los problemas de soledad en la actualidad parecían ser cada vez más, más y más severos.

Recuerdo que al salir de la secundaria me pareció un triunfo no haberme vuelto aún loco con todo lo que creía ver. Decidí no estudiar, no cursar una carrera digamos, no por mediocridad ni nada por el estilo, sino más bien porque sentí que incluso aquello había cambiado: tener un título universitario o fuese el empleo que tuvieras ya no te garantizaba nada, ni un buen futuro económico, ni una tan aclamada posición social, absolutamente nada. Como decía Bukowski (borracho cascarrabias y solitario o no, tenía mucha razón esta vez): “a los esclavos no se les paga lo suficiente como para que se liberen, solo lo suficiente para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía ver esto ¿porque ellos no?” y de pronto siento algo de empatía con el, y siento que ello pudo darle inclusive sufrimiento, algo que parece ser tan evidente pero que sin embargo parece estar completamente aceptado por la mayoría.

Trabajaban como borregos para tener dinero que creían necesitar. Otro signo de estos tiempos cuasi futuristas que corren es que pareciera que nadie está seguro de nada de lo que quiere y nadie está conforme con lo que logra. Solo se toman su vida o parte de ella para llegar del punto A al B y cuando lo hacen, tienen la descarada actitud de no disfrutarlo. Están obsesionados con perder supongo, los robots le estaban quitando a las personas gran cantidad de empleos. Si no tomabas uno y te quedabas ahí hasta el final de tu maldita vida, estabas perdido... parece que aún existían esclavos y los esclavos, vaya sorpresa, éramos nosotros.

Me tardé casi un año en emplearme, como funcionario de la compañía papelera unida, una de las pocas papeleras que había o que quedaban en la ciudad, más bien. Trabajaba supervisando el control de calidad del papel resultante del reciclaje que se realizaba, pero no se crean supervisaba personas, no señor, si las personas que quedaban aún trabajando en toda la fábrica éramos apenas treinta, el resto había sido barrida por su fría competencia: los robots. Parecía que a mi realmente eso no me importaba, pero uno de mis compañeros estaba francamente asediado por ese problema que, no obstante parecer invisible, existía y era muy, muy real. Ese día me lo encontré en la pequeña sala que fungía como lugar de descanso, era la hora de almuerzo si mal no recuerdo

• Oye – le dije al chico llamado Laureliano – te veo raro

• No. No pasa nada – dijo en un bostezo

• ¿en serio? Te veo trabajando con un semblante horriblemente nervioso, amigo – realmente no era de muchos amigos. Si antes más hablaba más, ahora no se si... creo que ahora lo hacía menos pues algo me decía que la gente estaba perdiendo la capacidad de hablar

• Como no voy a estarlo. Ayer... ayer a Rael ¿te acuerdas de Rael?

• ¿el que trabajaba probando que las cajas soportaran peso?

• Ese mismo

• ¿qué pasó?

Me hizo una seña para que me acercara un poco

• Lo despidieron

Hice un gesto de desagrado

• Un minuto de silencio por el caído... pocos somos los que seguimos aguantando - dije

• No lo sé. Quizá las maquinas nos llevan la delantera

• ¿te diste cuenta recién? – le dije

• No. Obvio que no, solo que no pensé que fuese tan grave

• ¿tú crees?

• En realidad – dijo musitando – en realidad. Hay que tener cuidado.

• ¿y con qué? Digo. El... es decir, no puedes matar un robot, puedes desactivarlo, pero mientras apagas uno, algún descerebrado en algún laboratorio está encendiendo unos cien más

Yo abrí la boca para decir algo, pero la cerré inmediatamente, creo que sentí que al menos ante esa lógica, no era mucho lo que podía argumentar en contra, yo se que era cierto y quizá ustedes también saben que es cierto.

• ¿y qué te tiene nervioso? – dije

• ¡como que que! Obvio que el hecho de que no quiero que me despidan

• ¿y eso qué? – dije sonriendo y bebiendo un sorbo del café de pésima calidad que había comprado en la máquina expendedora – luego puedes moverte a algo mejor. Puedes viajar o que se yo

• Nada más quisiera, en serio, pero si quiero librarme de todo esto necesito el empleo. Juntar dinero unos veinte años y luego mandar todo a la mierda. No es que... es decir, no me molesta trabajar, pero el hecho de perder y tener que competir con un robot me aterra. Ellos están hechos para hacer las labores con una capacidad del ciento por ciento. Además, ya no se que más quieren inventar...

• ¿les falta algo?

• Espérame aquí

El tipo fue a los vestidores y sacó una revista de su casillero. Volvió de manera inmediata, con una revista de tapa blanca y morada que mostraba, como no, un computador, como casi todas las revistas de un tiempo a esta parte, que estaban mostrando un fervor casi religioso ante estas inteligencias (si es que podemos decirles de ese modo) que el hombre estaba creando, a medias, ingenuamente. La lanzó sobre la mesa de centro que coronaba aquella pequeña habitación. Yo levanté las cejas y miré extrañado

• ¿y esto? – dije

• ¿no me hiciste una pregunta? Bueno. Dale una leida al suplemento del final y te llevarás tu sorpresa

La tomé y realmente me sorprendí, creo que realmente estaba equivocado. El suplemento hablaba de una nueva red alterna, una especie, no, ni siquiera de realidad virtual, sino un sistema donde las personas podrían encontrar el amor sin la necesidad de conocer otras personas ni de salir de sus hogares. Le llamaban la nueva revolución futurista, que libraría a hombres y mujeres de las presiones de conocer nuevas personas, de ser rechazado amorosamente y que, en la comodidad de nuestros hogares podríamos interactuar con estas especies de interfaces. Además, lo llamaban un método efectivo para controlar la sobrepoblación mundial, lo clamaban como la última novedad y que sería de gran ayuda para las generaciones jóvenes, que ya estaban compenetradas con estas tecnologías y quienes eran, con justa razón quienes más dinero desembolsaban para tener lo último, lo más novedoso

Yo levanté la mirada de la revista con una expresión que oscilaba entre el miedo, la sorpresa, la incredulidad y el sentimiento de decir: nunca creí que las cosas llegaran a esto, realmente no.

• Oye ... – dije

• ¿que pasa Danza? – dijo el tipo. Y si, no se rían, me llamo Danza. En esta época tecnológica, bueno, 2034 ya, los padres tenían costumbres algo idiotas para llamar a sus hijos, más de alguno llamaba a sus hijos por las cosas que le gustaban, bueno... digamos que a mi madre le gustaba la danza contemporánea y aquí estoy. No se, si me preguntan, siento alivio, conociendo lo extrañas que están las cosas, pude haberme llamado hamburguesa con papas o que se yo. Danza dentro de todo no es tan terrible como otros nombres que he oído. Recuerdo aún que en la secundaria, había una chica muy bella, era del salón contiguo al mío, se llamaba Luna De Sol. Les comparto que, cuando un compañero me la presentó, casi solté una gran carcajada al escuchar su nombre, suerte mía que pude contenerme. Pero oigan... era una chica hermosa y sumamente inteligente

Yo me había quedado callado

• ¿qué te pasa hombre? No puede impactarte tanto

• No. No es eso. Es que hombre... yo había escuchado cosas así pero. ¿controlar la sobrepoblación?

• Y que quieres ¡últimamente si no los paran, andan pariendo como conejos!

• Ni tanto. Bueno, mucho menos que antes en realidad. Es decir. Eso controlar la sobrepoblación y limitar las relaciones personales a través de una suerte de aplicación no sé, no sé hasta qué punto sea útil o vaya a cumplir su función primordial. De partida, no se que tanto tienen que estar limitando las presiones de conocer gente, como decían, si la gente apenas se habla.

• Bueno, con esto no se sentirán culpables – dijo Laureliano

• Si. Y te mueren célibe – dije sonriendo

• Ah... esa es harina de otro costal – dijo riendo Laureliano

Nos levantamos, era hora de comenzar de nuevo la jornada laboral (la segunda parte de ella, al menos) cuatro horas nos quedaban, aún, por delante de arduo y monótono, muy monótono trabajo

• Ah. A propósito ¿cuándo estrenan esa cosa? – le pregunté casi como broma

• Creo que mañana. Yo iré

Solté una risotada

• ¿a qué? – dije

• A ver el espectáculo

• ¿o a comprar uno de esos sistemas?

• Quizá – dijo sonriendo – o sea, depende si el precio es interesante o si la interfaz es efectiva

• ¿cómo se llama el sistema? – dije esperando una respuesta que oscilara entre lo erótico y lo imbécil

• Rj- 8000-AF- 001110101001 – Dijo

• Increíblemente romántico ¿eh?

• No sé. Supongo que podrás tu mismo ponerle un nombre luego... creo... ni idea. Hay que ir a trabajar hombre, ya nos regañan de nuevo – dijo Laureliano mientras bajábamos por la escalera

La tarde se me pasó volando, como, no se, pero en realidad, creo que esa bendita cosa de pensar que tanto tendría de genial eso. Estaba pensando si sería capaz de rechazarte. Es decir, hacerle una proposición y que te dijera que no, supongo que eso derrumbaría a muchos y los dispensadores de cuerdas comenzarían a llenarse más rápido de lo normal. Ah, a todo esto, los dispensadores de cuerdas eran un nombre coloquial que recibían unas suertes de cabinas del tamaño de las antiguas cabinas telefónicas y algo menos anchas que una parada de autobús, que eran usadas por la gente para guindarse, eran una suerte de cabina de suicidios, solo que más inteligentes pues, cuando el cuerpo del suicida caía al piso victima de la presión, el piso se abría y el cuerpo caía directamente a unas calderas que lo incineraban, el futuro es hoy, hasta para morir las técnicas se habían perfeccionado.

Terminado el turno del día, eran pasadas las diez de la noche. Laureliano iba saliendo, pero antes lo abordé

• Hey. A qué hora nos encontramos mañana

• A las ocho. En el centro, junto a la tienda de electrónica

• Me parece – dije

• En la que venden los sistemas de televisión incandescentes

• Ah. Muy bien, nos vemos allá

Los sistemas de televisión incandescentes eran simples televisores cuyas imagines brillaban y bajo ciertos parámetros podían hasta cobrar vida por espacios pequeños de tiempo, era una especie de continuación del 3D. Fui a casa caminando, hacía poco había rentado un cuarto de ruido casi llegando al centro. Era curioso, porque solo tenia una cama en un costado, una cocina pequeña y un escritorio en el que reposaba mi computador. Como todos los días al llegar, prendí el computador y busque entre mis literalmente miles de discos para oír algo. No sé, me provocó escuchar algo antiguo. Elegí a Kraftwerk, de pronto llegué a un disco llamado Computerwelt, era de 1981 ¡50 años atrás! No me sorprendió la música ya que era una banda muy cercana a mi, la solía escuchar siempre desde que era pequeño, más, en la selección de piezas de aquel disco, el nombre de una me llamó poderosamente la atención: Computerliebe (Amor de Computador) no se que decir, realmente eran adelantados a su tiempo, visionarios, como quieras llamarlo, pero parece que habían previsto el futuro que hoy, cincuenta años después, estábamos a minutos de comenzar a vivir.

La escuché varias veces mientras miraba por la ventana, era curioso que, frente a mi ventana hubiera un dispensador de cuerdas. Brillaba en una luz de neón verde, eso quería decir que había alguien dentro. Dicen algunos que, cuando entras a esas cabinas puedes poner música de tu gusto para poder oír mientras te matas y que, si entras, luego no puedes salir, tienes que matarte casi por obligación. Bueno, eran solo especulaciones pues, creo que nadie que haya entrado a esas cabinas ha salido de ellas para contar lo que hay dentro. Luego de unos quince minutos, la luz de neón cambió a rojo, quería decir que ya estaba lista para volverse a usar. Extraño que últimamente se estaban utilizando mucho más, insisto, los problemas de soledad de esta sociedad futurista eran enormes.

Me dormí rápidamente, apenas si pensé en lo que fuera. No me sentía solo, para nada, pero me seducía la novedad de todas estas cosas y es que realmente apenas si podía imaginar cómo sería esa cosa... interfaz... programa, no, no se cómo llamarla realmente. ¿Cómo funcionaría? ¿Realmente provocaría el efecto que buscaba? Me reí un poco cuando recordé que, cuando venía caminando a casa, un tipo hablaba con otro y le decía que esta nueva interfaz era una obra de los Iluminatis para destruirnos. ¡Dios mío! Tanto tiempo y aún no se dan cuenta que esa es una soberana estupidez, si ni mis abuelos hablaban ya de eso. No es que sea el tipo de hombre que dice esto pero... eso está horriblemente pasado de moda ¿no lo creen?

Me desperté a eso de las siete con el sonido de una tenebre marcha fúnebre que tenía como sonido despertador ¿alguna razón en especial? Realmente no, solo me gustaba, era capaz de imaginar muchas cosas al oírla. Un salto desde la cama y una ducha reparadora o que al menos me quitara lo añejo que a veces me tendía a sentir. Me vestí con lo primero que encontré, una camisa con apariencia de pijama, un pantalón de cuero negro que me había comprado hacía semanas y unos zapatos negros de punta que brillaban, parecidos al charol, si, eran realmente parecidos.

Salí fuera y tomé el primer autobús, todos los autobuses me servían para llegar al centro y una vez allí, Laureliano ya me esperaba. Al verme, se largó a reír

• ¿que tenemos aquí? ¿el señor de la noche? – volvió a reír

• Cállate tarado – le dije sonriendo - ¿cuánto falta para que abran?

• Tranquilízate Dracula – dijo – todo a su tiempo

Vi una tienda departamental cerrada, en las afueras estaba llena de gente joven esperando, como siempre callados, algunos hablaban entre ellos, supongo. El resto, se sacaba fotografías y volvían otra vez a sus teléfonos móviles, por enésima vez en las pocas horas que llevaba el día.

• Entre nerds y... cada uno se ve más extraño que el anterior – dije

• Tu no te ves como el rey de Bélgica tampoco, hombre – dijo Laureliano

• ¡pero hombre! Vengo a curiosear a una tienda departamental, no a visitar al primer ministro.

Pasadas unos treinta minutos, la puerta se abrió y una estampida de tipos raros y de solitarios recalcitrantes entró de una vez al lugar. Laureliano y yo esperamos unos cinco minutos para entrar, el caos era inmenso y había un maldito griterío, un griterío enorme e incluso uno que otro tipo se tranzaba a golpes por obtener uno de los aparatos que no eran más grandes que la caja de un disco compacto. Yo pensé que harían alguna demostración de cómo funcionaba todo esto, pero nada de nada, solo un tipo enclenque y flacucho subió a hablar acerca de lo que como se supone que este invento suponía una avanzada no solo en la solución de la incomunicación social, sino que también, abriría una nueva era de amistad entre las maquinas y el hombre. Solo entonces me pregunté ¿no es que las maquinas están programadas para no sentir nada? Pero no, no lo pensé dos veces, solo seguí escuchando y no sentía que me había entusiasmado para nada con todo esto.

Cuando el tipo terminó de hablar sentimos una especie de tranquilidad que nos llenó por dentro, solo queríamos que se callara. De pronto, una vez hubo cerrado la boca, lanzó de la nada una de estas cosas y cayó directamente en mis manos, unos tipos quisieron tratar de quitarme el dispositivo, pero antes que cayeran a mi asalto unos guardias se interpusieron por entre medio

• Tranquilos si es que no quieren que les golpeemos, recuerden que no son mujeres reales

Como si eso les hiciera tener razón un tipo dijo

• Todas las cosas son reales, la realidad no es una sola, no es objetiva

Parecía que el tipo no entendía que la realidad de la carne si era del todo objetiva y no admitía dobles tintas ni doble interpretación.

Salimos rápido, todo ese bullicio y ese hedor a computadores nuevos ya nos tenía del todo hastiados. Caminábamos y Laureliano me dejó a medio camino. Decía que tenía que hacer un trámite en la contraloría, pero quedamos en vernos en mi casa por la noche, para probar el artilugio este.

Iba caminando por la calle con música en mis audífonos, era la única forma de olvidar ese silencio horrible y ensordecedor de la calle que solo era interrumpido por los automóviles que se manejaban solos, pues, dentro de ellos, los pseudo conductores, iban preocupados por sus teléfonos celulares, como toda la gente en la calle que caminaba, mirando al piso, era muy fácil chocar con uno y, si lo hacías, parece que no sentían, pues solo seguían caminando como si nada, era extraño. De pronto mis ojos, es decir, de entre la multitud que caminaba, pude distinguir a una chica de la secundaria, sobre todo por lo alta que era, recuerdo que los otros chicos de pronto se asustaban un poco de ella, pues era más alta que todos ellos, más alta, incluso, que yo. Me pareció extraño reconocerla, había salido de la secundaria hacía ya un par de años y no había vuelto a saber de nadie. Se que les va a sonar poco ortodoxo, pero di un chiflido fuerte y grité con todas mis fuerzas:

• ¡Minerva! – grité de nuevo - ¡hey, Minerva!

La chica, para mi fortuna se dio vuelta, no se si tardó en reconocerme o no, pero hice un ademán entusiasta de saludo, ella al reconocerme caminó a mi encuentro. ¡Dios, que grande era! No recordaba realmente que fuese asi de enorme. Medía algo... de ¿1.78? ¿1.80 quizá? Si, creo que 1.80, yo media 1.70 y ella era casi diez centímetros más alta que yo

• ¡hola Danza! – dijo sonriendo mientras yo besaba su mejilla - ¿cómo vas hombre? – creo que pensó que la miraba extraño - ¿y esa cara? No me digas que me tienes miedo

• Eh no... – dije – no es eso, es más bien... ¿sigues creciendo? – su altura me intimidaba un poco, si, lo hacía.

• No. No realmente. Todos me acuerdo, pensaban que yo tenía algún problema hormonal o algo, pero no. Nunca conocieron a mi madre o a mi padre, todos tenemos la misma altura. Soy de familia alta

Nos quedamos conversando tranquilamente sobre lo que habíamos hecho este último tiempo, no era tanto, pero era tiempo, hasta que ella reparó en el sistema que llevaba entre las manos, se sonrió.

• Hombre, no me digas que te compraste esa cosa ¿en serio? – dijo riendo

• ¿esto? – dije señalándolo – no, que va. Solo vine a curiosear, el creador de este asunto lo lanzó diciendo que era el prototipo y yo lo tomé, no, no lo tomé de hecho, solo me cayó en las manos

Ella hizo como que me creía, pero al parecer no se había tragado mi historia

• ... no, si de hecho un amigo vendrá a mi casa por la noche para probar el aparato, ni una idea de cómo funciona

• ¿puedo ir? Quiero cagarme de risa de cómo ha de ser – dijo ella

• Obvio, porqué no.

Le apunté mi dirección en un papel, no se porque no hablamos tanto, bueno, ya habríamos de hablar cuando llegara a la noche. Llegué a casa más rápido de lo que acostumbraba y encendí una pequeña televisión, entre el mar de programación, algo de noticias había y para mi sorpresa estaban mostrando la efervescencia generada por este aparato extraño que había dejado sobre mi cama hacía rato, sentía raro, pues veia que cada que lo miraba, sus contornos brillaban, debió ser impresión mia supongo. Lo extraño es que aparecía un tipo vestido con un traje negro entrevistando gente y por la parte de atrás, aparecí caminando junto a Laureliano y tengo que admitirlo: algo de vergüenza me dio, no quería que mis padres o cualquier conocido me hubiese visto allí... quizá hubiesen creido que era uno de esos raritos incapaces de conseguir novia.(cada día que pasaba había más de esas personas, tanto hombres como mujeres. Hacía ya años se había desatado casi una guerra de sexos donde la mujer parecía ser enemiga del hombre y ellas, extrañamente, lanzaban muchas veces, acusaciones infundadas a otras personas. Aquello duró un par de años, pero obligó al gobierno a intervenir dando pena de muerte a todo aquel, hombre o mujer que hiciera una acusación infundada que menoscabara la vida social de un tercero. Y, si bien, luego de aquel golpe de timón todo se calmó, aumentó el resquemor de la gente para relacionarse socialmente)y me dije a mi mismo que estaba de suerte que mis padres trabajaban a estas horas de media tarde.

A eso de las cinco me tomé un café en grano, insistí a pesar de las criticas que me cayeron, de no comprar una maquina del todo automática, sentía que tenía que hacer algo por mi mismo, de verdad, está bien que las cosas se te faciliten un poco, todos queremos eso, pero cuando el asunto es muy exagerado, parece hasta un insulto a tu propia inteligencia, aunque lo gracioso es que eran pocos los que lo pensaban así. Yo mismo machaqué los granos, me demoraba casi cuarenta minutos en tomarme una tasa, pero valía la pena. Mientras esperaba me comí un panino... no, mentira, no soy tan siútico, un sandwich de carne recalentada con papas fritas... últimamente a los siúticos de la ciudad les había dado por darle nombres rimbombantes a todo y mucho de esos nombres daban vergüenza ajena, es decir, se que panino es un tipo de pan, pero esto era un pan francés con un relleno delicioso, no había para que usar tanto la imaginación para solo inflar el precio de un pedazo de pan y lo peor es que la gente lo compraba, sobre todos los más jóvenes. No se, quizá ustedes ya lo están notando, pero hace algunos años he visto un proceso cada vez más involutivo en la gente joven en Europa y el mundo (y en todas las cosas en general), parecían ser cada día más idiotas ¡la comodidad mental los estaba volviendo débiles de cerebro! Como no debía ser. No exigían derechos de manera coherente, solo, cuando lo hacían, era de manera vehemente, algo violenta y, sobre todo, como les he comenté hacía un rato ¡no podían soltar esos malditos teléfonos! De hecho, les digo más, hace poco, se hizo, en Sudamérica, un experimento social de tener a chicos de entre 15 a 25 años sin telefonía celular y oigan esta estupidez... ¡dos de ellos se mataron! ¿Pueden creerlo? No me gustaría, pero algo me dice que pueden darse la idea.

Me quede dormido al rato y desperté sobresaltado con el timbre de la puerta, casi me caí de la cama. Quien fuera que estuviera allí fuera estaba ansioso por entrar, no paraba de tocar

• ¡ya voy! ¡ya voy hombre! – decía

El timbre se detuvo automáticamente. Al abrir la puerta frente a mi, Minerva y Laureliano

• ¿vienen juntos? – dije sonriendo

• Eh... no – dijo Laureliano – para nada. Nos topamos en la entrada del edificio

• Luego nos dimos cuenta que ambos veníamos a verte, pues los dos llegamos a tu puerta – dijo la chica mientras frotaba sus manos – hace frío...

• Demasiado – dije

• Y que ¿no nos vas a dejar entrar? – dijo ella

• Obvio, pasen adelante

Los chicos al entrar se estremecieron con un prolongado escalofrío

• Esto parece morgue - dijo Laureliano – hace más frío aquí de lo que hace fuera

• ¿porque no prendes el radiador automático? – dijo Minerva

• ¿radiador? No Minerva, recién llevo un par de meses fuera de la casa de mis padres, aún no tengo la fuerza económica como para darme el lujo de comprar un radiador – dije entre risas

• ¡no idiota! Mira – dijo

Se acercó a una suerte de esquina y encendió una especie de interruptor rojo que yo siquiera había advertido, les juro, en mi vida lo había visto ¿soy tan descuidado? De pronto, todo el cuarto quedó inusualmente temperado.

• ¿que fue eso? – dije con una voz algo impaciente

• Todas las casas modernas tienen un sistema de calefacción automática. Desde que establecieron que tener calefacción en la casa era un derecho constitucional e imperante, el gobierno debió realizar todos los cambios

• No tenía ni idea

Se hizo el silencio

• ¿y?... – dijo Laureliano

• ¿y qué? – dije

• ¿no nos vas a presentar?

Yo hice una interjección de sorpresa

• Ah sí, cierto. Bueno. Laureliano, ella es Minerva. Minerva él es... bah... – dije mientras iba a buscar un te helado isleño para los chicos

Los chicos se miraron y sonrieron

• ¿que fue eso? – dijo Minerva

• Nada eh... pueden presentarse a ustedes mismos

• No se – dijo – ese bah... fue gracioso

Nos tomamos el té helado tan rápido que yo creo que a alguno se le congeló la sien, a mi por lo pronto si, pero no iba a decirlo, nadie iba a decirlo.

• Nos enfermaremos horrible con lo tibio del ambiente y lo frio del te – dijo Laureliano

• No creo – dijo Minerva

• Paremos con exageraciones – dije - ¿qué tal si vamos a lo que nos convoca?

El entusiasmó del si llenó todo el cuarto. Yo me allegué a aquella mesa donde reposaba el computador y lo dejé sobre la cama. Lleve la mesa hacia el centro del cuarto y acercamos entonces unas sillas. Los chicos se sentaron mientras yo colocaba aquel artefacto sobre la mesa. Parece que no estaba loco...

• ¿ven como que brilla? – dijo Minerva

Los dos asentimos

• Desde que la recibí, veo que brilla – dije – eso me tiene intranquilo desde ayer

Los tres observábamos el botón de encendido y como que nos entró una especie de nervio extraño, ninguno de los tres se atrevía a pulsar el bendito botón. Minerva acercaba su mano al botón y luego la sacaba, Laureliano acercaba su mano al botón y luego la sacaba y yo, ni a eso me atrevía. Los tres nos mirábamos y nos reíamos y es que a pesar de querer, que de verdad que queríamos, no podíamos pulsarlo.

• ¿que nos pasa? – dijo Minerva

• no se – dije en una risa seca

• ¿creen que sea buena idea? – dijo Laureliano

• ¿porque no? – dije

• No se – dijo Minerva – eso de que brille no me da buena espina. Bueno, es un prototipo ¿no?

• Si. O sea no, o sea, eso escuché

• No sirves para dar información ¿eh? – dijo ella

• Quizá

Me levanté rápido, sin preguntarme ni preguntar. Estábamos tratando de procrastinar un poco

• ¿algo de música? – dije

Los chicos asintieron rápido, pero de pronto sentimos que comenzaba a sonar el himno nacional desde fuera.

• ¿está sonando el himno? – dijo Laureliano

Me levanté a la ventana y, en efecto, creo que unas cien personas estaban congregadas en la pequeña plazoleta contigua, había una pantalla gigante, creo que hoy había un encuentro de la selección de futbol de salón, válido por el mundial de la disciplina

• No se porqué nuestro himno parece una canción de cuna – dijo Minerva

• A mi se me hace bastante tierno. Después de todo, no es un himno sobre ir a la guerra y matar gente – dije

• No se. Siento raro de vivir en un país tan pequeño – dijo Laureliano – además, pareciera que todos los adelantos tecnológicos pasan por aquí primero

Cantamos el himno a viva voz. Digan lo que quieran, pero me sentía orgulloso de mi país, un lugar pacifico, donde podíamos vivir en paz, teníamos nuestros problemas, el tiempo nos había hecho absorber otros, pero al final de todo, seguro era que el Ducado de Luxemburgo era el lugar donde quería estar, en algún momento tuve la oportunidad de moverme a otro país, pero no, no quería, vivir en una ciudad de unas cuantas miles de personas me venía bien, no creo que vivir en esas metrópolis de millones hubiese contribuido a mi sanidad mental, la mayoría de las gentes de aquellos lugares sucumbían ante las ansiedades y las depresiones más tristes y sórdidas, estaban llenos de rabia sin motivo y vivían sus vidas apenas dándose cuenta de que era lo que estaban haciendo. Eso no me pasaba, no se si a los demás, pero, siempre me parecía que la gente iba conforme, creo que dentro de la pequeñez en que la tecnología nos había sumergido, la mayoría parecía ser feliz, aunque les digo, la soledad que demostraban las personas me preocupaba (aunque algo en mi interior me decía que si yo me preocupaba o no, no hacía mucha diferencia)eran miles de personas que siempre parecían andar irrestrictamente solas.

Bajamos a la plaza y nos unimos a este extraño jolgorio, para gastar algo de tiempo, ni siquiera nos gustaba tanto el futsal y por lo demás, Laureliano y Minerva se sentían algo extraños, quizá porque era la primera vez que se veían, sin embargo, de alguna u otra manera fui capaz de conseguir que no se trenzaran en esos silencios a veces incómodos y lo se, porque me había sucedido incontables ocasiones. Esa típica situación en que te miras con otro tipo, un completo desconocido y no sabes que decir, creo que de cierta manera quisieras hasta poder marcharte, te sientes mal, te sientes fuera de lugar y hasta, a veces, algo idiota mirando la cara de tarado del otro mientras, el miraba la tuya.

El partido había concluido con victoria para el Ducado y era extraño, pues, cuando menos en futbol no estábamos acostumbrados a triunfar, recuerdo de pequeño papá solía decir

• Si nos hacen menos de cinco goles, estoy del todo conforme

Y aunque aquello rara vez sucedía, aprovechamos la oportunidad para alcoholizarnos de una manera somera y es que aún en estos tiempos, no se veía bien... nadie miraba con buenos ojos a un trío de borrachines. Cuando subíamos a casa, nuestro ánimo oscilaba entre el entusiasmo demencial, la risa espontanea y poco razonada y esa sensación de sentirse en las puertas de la embriaguez sincera.

Nos tumbamos en el sofá y hablamos un buen rato, casi nada tenía sentido, pero, las cosas estaban bien... la estábamos pasando razonablemente bien, creo

• Me decidí, hay que encender esa mierda – dijo Minerva

• No se. Yo no le veo buena pinta – dijo Laureliano

• ¿que tal si lo presionamos los tres? – dije

Los chicos lo pensaron por una decima de segundo

• Me parece lo más razonable y justo – dijo Minerva

Pusimos un dedo cada uno sobre el botón de encendido, Laureliano inició una cuenta atrás

• ... tres... dos... uno...

Nos quedamos mirando y nos reímos

• Ay hombre... hagámoslo de una vez – dijo

• Bien... bien... – dije

• Voy de nuevo – dijo el chico – tres... dos... uno...

Apretamos el botón y sentimos como si el dispositivo hubiese saltado hacia atrás. Al abrirse de par en par, comenzaron a salir cosas parecidas a rayos lasers, de un espectro de colores enorme, no se, cualquiera hubiese pensado que estábamos metidos en un rave y no en un cuarto de ruido cualquiera, nos espantamos... los chicos aún más, confundidos por el licor, se levantaron rápido mientras aún salían luces de esa cosa y unos sonidos parecidos a unos cornos franceses

• Te quedas solo – dijeron mientras salían por la puerta y la cerraban por fuera

No podía creer que los indolentes hubiesen salido corriendo y me hubiesen dejado solo, no se si, pero creo que me parecía que esa cosa flotaba un poco en el aire y se quedaba. De pronto de las cenizas de aquellas luces brillantes como el neón emergió la imagen de una mujer, parecía una secuencia de imágenes más bien hubo algo que me estremeció, aquella imagen... realmente no recordaba haber visto una mujer así de hermosa en mi vida, una mujer de carne y hueso digo y, esa impresión les digo, de verdad me estaba aterrando, pero tenía que tragarme esa primera impresión, necesitaba ver que pasaba.

La mujer, vestida con un fino traje color rojo y magenta se detuvo y, ante mi, se desplegó una pantalla con letras y numerales y, sobre esta pantalla extraña, la pregunta de como quería llamar a esta misteriosa mujer. Era extraño, solo tocando el aire, las letras se marcaban. Extraño, pero no recuerdo el nombre que le di.

Apreté un botón y la pantalla se contrajo, ella se presentó a si misma y dijo que estaba lista y dispuesta para fungir como una especie de esposa. De buenas a primeras no me pareció tan mal, curioso que cuando dijo eso, sentí un dolor en la cabeza, algo persistente, algo punzante, que se extendió por unos segundos, para luego desaparecer, pero no se, hallé algo extraño en aquello, pero no dije absolutamente nada.

Al rato, quizá una hora después, los bostezos vinieron y con el una pesadumbre en los parpados terrible. Me acerque y traté de apagar este asunto, más la mujer rió dulcemente y dijo que no intentara apagar la interfaz, pues, una vez encendida, no era posible volver atrás. A veces, creo que debí tomar aquello como una especie de advertencia, pero supongo que, al menos en aquel minuto, no lo vi así.

Sé que les parecerá una estupidez, pero fui a vestirme al baño, no me sentía cómodo desvistiéndome allí. Me coloqué mi ya clásica camisa blanquiazul con nenúfares que me había regalado una antigua novia de secundaria, creo que lo hizo con alguna doble intensión pues, me habían jodido mucho por la camisa, ya que los nenúfares, aunque no lo fueran, tenían forma de pequeños corazoncitos de color rojo sangre

Me decían que como se me podía ocurrir usar eso, pero llevaba ya tantos años usándola, que, si por azar del destino se estropeaba, volvía a comprar una nueva. Era fácil de encontrar, pues regalar aquella camiseta el día de los enamorados era una tradición en mi país, sobre todo regalarla mutuamente, era una forma de demostrarse amor, de vez en cuando, me pregunto qué habrá sido de aquella chica, pero me quedaba mi camisa y eso me hacía feliz.

Al salir del baño pude ver la proyección de aquella mujer digital junto a mi cama, estaba abriendo los cobertores para que me acostara ¡extraño que era como una mujer real pues el cobertor si se levantaba! Me dijo un par de frases algo extrañas a las que asentí con una leve sonrisa, para unos aquellas frases podían sonar a medias eróticas, no para mi, a mi me sonaban extrañas y más aún me hacía sentir razonablemente confundido el hecho de que me sintiera fascinado. Pero, no obstante al apagar la luz, ver su rostro refulgir en medio de la luz de la luna, me tendía a colocar algo nervioso. Al soñar, volvía a ver a esta proyección: viéndola casi como un ángel vestido de un rojo inmaculado. Bailábamos, reíamos y cantábamos. Parecíamos vivir toda clase de aventuras en un breve espectro de seis a ocho horas. Al despertar noté que no había nadie en el lugar, respiré notoriamente aliviado hasta que la vi desde un extremo a otro del cuarto, una bandeja con una torre de waffles belgas acompañada de un vaso de jugo de naranja que parecía flotar por los aires y luego inclusive la silueta de ese holograma venir hacia mí con una sonrisa imperecedera en su rostro hecho de millones de pixeles. Me saludó con un ademán y una frase cortés a lo que yo respondí con una sonrisa extrañada. Más aún me sorprendió que ella me replicara

• ¿por qué no hablas?

Yo me sorprendí, ella se sonrió

• Apura. Levántate de esa cama que llegarás tarde a trabajar

Extraño que al terminar de decir aquella frase volví a sentir aquel dolor de cabeza momentáneo que se dejaba sentir sin compasión alguna para luego desaparecer. Nunca había tenido dolores de cabeza y realmente, no lo relacioné con absolutamente nada. Me causaba algo de curiosidad malsana preguntarme como hubiese sabido a la hora que trabajaba. Me vestí y no se porqué, le pregunté como estaba, ella respondía con un entusiasmo que rayaba en lo profundo. Conversamos un tanto mientras tomaba mi desayuno, le ofrecí algo de waffles como no reparando en que era un robot

• No gracias. Mujeres como yo, no necesitan de esto – dijo sonriendo

• Oh... cierto – dije en un suspiro corto – a veces lo olvido

Estuvimos hablando una media hora hasta que dieron las ocho en punto y salí por la puerta, ella se acercó y besó mi mejilla, sus labios se asemejaban al de una mujer real, al ciento por ciento. Yo sonreí casi enternecedoramente

• Te espero a las cuatro – dijo – nos vemos

Bajé las escaleras y caminé hacia mi trabajo lentamente, no se en que pensaba, pero no podía relajarme, no podía, de verdad. De hecho aquel día estuve horriblemente desconcentrado, un descuido tras otro y tras otro y tras otro. Hasta Laureliano lo notó creo, ese día nos topamos en las afueras de la papelera. No se con que cara lo miré, de pocos amigos quizá

• Perdón – dijo

• Eres un cobarde – le espeté sin prisa a medias molesto, extraño, sin sonreír

• Lo se y lo siento. Recuerda que estaba bebido junto con tu amiga – se detuvo como pensando – Minerva ¿no?

• Si – dije

• Quiero frecuentarla – dijo – y no, antes que lo preguntes, no es nada particular. Solo... al menos habla, hombre. Estoy hastiado de vivir en un mundo que pareciera estar lleno de mudos

• ¿tanto así? – dije

• ¿y no hablábamos de eso ayer?

• Si. Ahora que lo dices... pareciera que vivimos en una película muda ¿eh? – dije con una risa

Nos quedamos en silencio y de pronto el dolor de nuevo, me tomé la cabeza, Laureliano se espantó

• Qué te pasa hombre...

• No lo sé. Eh, desde que... o sea, ayer, desde que abrí ese aparato, sufro de dolores de cabeza fugaces que me duran segundos

• ¿cómo te va con eso?

• Ni idea hombre, ni idea. Parece ser muy amigable, pero no se me olvida... hay algo en mi cabeza que me dice que hay algo malo aquí

De pronto comenzó a sonar mi reloj, en el, podía ver video llamadas (lo había adquirido más que nada, por asuntos de trabajo) y, al encenderlo, vi la imagen de aquella mujer que se observaba horriblemente disgustada

• ¿quién es esa chica, Minerva? – dijo

Yo me quedé en silencio, no sabía que decir, estaba nervioso

• Vuelve rápido. Te espero. No te tardes, habrá que hablar – dijo y, al instante, se apagó esa suerte de intercomunicador

Nos miramos con Laureliano, casi aterrados. Realmente desconcertados

• ¿que fue eso? – dijo el chico

• No se – dije

• Es como si ella escuchara todo lo que estás hablando

• No lo se. Cuando la encendí recuerdo, tuve... sentí algo en la cabeza. No me preguntes que, pero fue extraño

• Pero ¿cómo puede saber lo que hablas?

• Ni idea. No se que está pasando. Tú y tu idea... – dije suspirando – bueno... ya me voy

Cuando subía las escaleras sentí abrirse la puerta del cuarto y se estremecí, me sudaban las palmas de las manos y me sentía... estaba increíblemente pálido. Al entrar, la puerta se cerró sola y, de manera increíblemente estruendosa. Aquella mujer estaba sentada en la silla

• Te estaba esperando – dijo

• Aquí me tienes – dije con la voz temblorosa

• ¿Llevamos apenas un día juntos y ya fuiste capaz de engañarme? ¿quién te crees que soy yo?

Realmente parecía molesta, insisto que no sabía o no creía que los hologramas pudieran expresar tal gama de emociones de una manera tan potente

• Yo no he hecho nada – le dije casi excusándome

• ¡por eso querías apagarme ayer por la noche! – dijo en un grito enfurecido

• No – dije en voz baja – era porque pensé que podias apagarte

• Sera mejor que cuides dónde vas y con quien sales. Imbécil – dijo – que yo estaré sobre ti de ahora en adelante

• ¡que de mí!- dije decidido – tu eres un holograma, nada más, solo eso.

De pronto vi como de sus ojos comenzaban a brotar un par de lagrimas, yo me apresuré a disculparme aunque, para mis adentros pensé: ¡vaya, este realismo es asombroso!

• No... no... no – dije – no llores. Tranquila – dije algo confundido – no quise hacerte llorar. A veces no pienso lo que digo

• Como todos los hombres – dijo

Acerqué una silla y tomé sus manos, eran inusualmente frías y no dude en soltarme de ellas rápida, pero sutil y cortésmente. Conversamos toda la tarde y realmente nos amigamos bastante, ella no se, parecía conocer de antemano cada uno de mis intereses más primordiales y parecía compartirlos a cabalidad. Reía de mis chistes, sonreía con mis nervios y realmente, conforme pasaban los días, me iba allegando más y más a su compañía

En el trabajo, ya me había unido a esa suerte de cofradía de mudos, uno más de un ejército sin voz, sin aliento y sin palabra. De hecho, cuando me encontraba con Laureliano, de golpe la mayoría de las veces, apenas hablaba, solo contestaba rápido, algo apremiado, sin ánimos aparentes. El debió pensar que algo estaba mal

• ¿cómo estás Danza? Hace días que te veo más callado – decía el chico

• Bien. Si gracias, estaré bien – decía. Como no dándome cuenta que no solo no estaba respondiendo a la pregunta, sino que parecía estarla evadiendo

Como tantas veces durante ese mes, salí corriendo para llegar a casa al encuentro de aquella que me esperaba, como cada día hacia ya un mes y dos semanas. A pesar de que ella sonreía, no podía evitar sentirme mal, no sé si en mi corazón, sentía que muchas veces ella podía llegar a ser una esclava de mi voluntad y yo realmente no quería que así fuese, o al menos, no era como yo creía que debía ser un amor. Esperen, esperen... ¿me estaba enamorando? Como podía ser aquello.

Últimamente me dormía tarde, tres, hasta cuatro de la madrugada, conversando, bebiendo una cerveza o simplemente perdido en lo meditabundo que parecía estar de pronto

• ¿que sucede? Te veo como ido, algo perdido

Y es que a veces, no se que me sucedía, cualquiera lo hubiese podido ver y, inconscientemente yo también lo veía, aunque no lo dijera: me estaba convirtiendo en algo que no quería, pero en mi interior sentía que me empujaba algo extraño, a veces más fuerte que yo... imagínense que, cuando hablaba a veces sentía que no era yo ¿es que acaso no me daba cuenta que le hablaba a la nada? ¿a un punto vacío en el tiempo?

• Nada... nada – decía

• No digas eso – dijo en una sonrisa – a mi no me engañas

• Es que a veces, desearía tener más tiempo para estar contigo

• ¿porqué no pides tus vacaciones? Será un momento perfecto para poder pasar tiempo de calidad juntos

Acordamos que lo haría y, la semana siguiente, ya estaba de vacaciones, tres semanas completas y, durante esos días, me volví un recluso, no se, pero mientras mas días pasaban, crecía en mi una especie de agorafobia terrible. Es decir, no era de los tipos que salían todos los días, si de vez en cuando, pero jamás llegue a sentir miedo de lo que había afuera, como a veces sentía que me estaba sucediendo durante este tiempo que aunque breve, a veces sentía eterno. Esta mal que yo lo diga, pero ella había absorbido todo mi tiempo para si, yo pasaba días hablándole y hablándole y hablándole.

Ella había insistido hacía algunos días que apagara el intercomunicador y desconectara el teléfono según dijo, para que nadie nos molestara ¿y qué creen? Así lo hice, pareciera que por momentos hacía ciertas cosas aunque para mi, no estuviesen muy preñadas de lógica necesariamente ¿y que hay si alguien me necesitara? ¿que hay si alguien me buscase? Pero ella solo sonreía y decía

• Quien te busque, te encontrará a su debido momento.

Digan lo que quieran, muy amiga mía, muy real (entre lo que cabía) pero a veces sentía que me tenía algo atrapado en una especie de secuestro por compasión y yo, estúpidamente, no quería que acabara

Quizá ni siquiera reparaba en el hecho de que no podía tocarla, ni besarla ni acariciarla, no, no reparaba en ello. Solo quería estar allí, quizá no me daba cuenta de que pasaba mis días hablando solo. Yo continuaba hablándole mientras, en algún lugar de la ciudad alguien pensaba en mi, aunque yo no me diera cuenta en absoluto y que tampoco pareciera que importase realmente, solo me importaba ella, ella siempre.

Al otro lado de la ciudad Laureliano y Minerva se habían reunido en una heladería, Minerva llegó con unos minutos de tardanza y el chico, que parecía haberse impacientado un tanto, mataba su ansia con un tarro extra grande lleno de helado de galletas con crema

• Perdona la tardanza – dijo Minerva

• Siéntate – dijo Laureliano – me tomé la libertad de ordenar ese tarro de helado gigante por ti, gi... – se detuvo... – Minerva

• ¿que ibas a decir? – inquirió la chica

• Nada... nada... en seguida traerán la tarta de jalea de frutos rojos que pedí – dijo sonriendo

• Ah...

En realidad Laureliano le iba a decir gigantona, pero creo que supuso, y razón no le faltaba, que si lo decía, el combo que le llegaría no se lo sacaría nadie y, con la fuerza que Minerva parecía tener, sería suficiente para desarmarlo. La tarta llegó, humeante y recién salida del horno:

• ¿podremos comer todo esto? – dijo Minerva

• Yo creo que si. Si. Por supuesto

Un segundo de silencio, un trozo de tarta en cada plato, un bocado cada uno y...

• ¿porque me citaste aquí? – dijo la chica

• Eh... me tiene preocupado Danza – dijo Laureliano

• ¿por?

• Como que ¿por? Hace cuanto no sabes de el

• Creo que unas semanas. Se me hace que está metido con esa máquina en su casa

• Yo no se. La última vez que lo vi estábamos hablando eh... el tipo no confiaba mucho. Decía que no podía desactivarla de ninguna manera

• No lo veo extraño que no confíe

• Eso no es nada. Me preguntó por ti, y luego, casi de inmediato se encendió en intercomunicador y esa mujer ... bueno, robot... no se cómo llamarla, pero bueno, me entiendes, el caso es que le preguntó quién eras tú, como si lo hubiese estado escuchando de antemano

• Eso si ya es extraño. Y, ahora que lo dices, hace algunos días lo llamé a su intercomunicador y está apagado, lo llamo a su teléfono y también está muerto

• No sé. Me huele mal esto... espero esa cosa no lo esté volviendo loco

• ¿qué tal si vamos a su casa?

• Si... al menos a darle una vuelta y nos aseguramos que está vivo

De pronto el intercomunicador de Laureliano comenzó a sonar ¿y que creen? Era yo.

• Hey Laureliano ¿cómo vas?

• Hombre, semanas queriendo saber de ti ¿te perdiste en acción o qué?

• No, no... solo estaba en casa, descansando con ella

Los chicos se miraron, pero no dijeron nada

• No dicen nada ¿eh? Bueno. Vengan hoy por la noche, ella quiere conocerlos. A las nueve, tendremos sushi, tendremos ramen, hoy es la noche japonesa en casa, le gusta cocinar cosas nuevas cada día. Ya verán lo bien que cocina. Los espero

Se apagó el intercomunicador inmediatamente, extraño que ella hubiera accedido a que viera a mis amigos, supongo que me había visto triste o algo similar.

• ... qué te parece eso – dijo Minerva

• No sé qué pensar – dijo el chico – por el timbre de la voz se me hace que está condicionado o asustado hasta decir basta

• No – dijo Minerva – yo soy mujer y se le nota que no es condicionamiento. Está obsesionado. El hecho... no se por qué, pero realmente se me hace que cree que esa cosa es una mujer real

Los chicos acordaron asistir a mi invitación, acordaron reencontrarse en la estación subterránea del centro a eso de las ocho. Una vez allí, Minerva vio que el chico cargaba una mochila que se suponía pesada

• ¿que llevas allí? – dijo ella

• ¿aquí?... eh... no, nada de importancia. Debo ir mañana a casa de mis padres y insistieron que llevara un par de cosas

• Ah

• ¿vamos? Estamos a minutos

Yo abrí la puerta y allí estaban los chicos, sonriendo ampliamente. Los recibí con gran alegría, Minerva dijo:

• ¿por qué no saliste a recibirnos?

Yo no quería decirles que salir de casa me daba un poco de miedo, no quería decirlo bajo ningún aspecto, así que espeté una razón que sonaba como una excusa barata (y lo era)

• Mucho frío. Pero pasen, pasen adelante

Pasaron y sintieron la tibieza del ambiente, acompañado de mi ya tan clásica música electrónica, había decidido colocar un synthpop bastante ligero, nada muy bailable o estridente. A un costado, cortando algunas piezas de pescado, estaba ella, se dio la vuelta y saludó sonriente, aunque yo sabía, no estaba del todo conforme y tampoco dudaba que lo demostraría si así lo estimaba conveniente.

Dejó el cuchillo sobre la mesa de la cocina y se dio vuelta para guardar algunas cosas en la nevera

• Y es que si parece una mujer real – le dijo Laureliano a Minerva en un cuchicheo casi silente

• ¿es que tu también ahora? No seas idiota, quizá nos escuche, no es lugar para cuchicheos

Para suerte de ellos, la chica no los había oido. Se acercó hasta que quedó razonablemente cerca y dijo

• Hola. Y díganme ¿cuáles son sus nombres?

• Minerva

• Laureliano

• Es un gusto conocerlos

A pesar de que tenía las más grandes expectativas acerca de esta reunión de amigos, las mismas fueron decayendo a medida que la noche avanzaba. Parecía que lo único que hacía la chica era tratar de sacar información sobre los chicos a través de varias preguntas muy exactas, a veces, no parecía una conversación, parecía más una entrevista o un interrogatorio derechamente, no me pareció curioso, sin embargo que fuese especialmente mordaz para con Minerva (y ella parecía haber estado preparada de antemano para eso.

No se si la veía como una especie de enemiga o algo parecido, todos, créanme cuando les digo que todos, estábamos horriblemente incómodos y, no se, no me atrevía a contrariarla, pues, aunque detestara admitirlo le había tomado algo de miedo. El sushi no me cayó bien para nada, creo que había sido una de las primeras veces en mi vida que no había disfrutado una tabla de sushi como se debía. Así, tensos e incómodos, la chica los miraba con resquemor y mi mente daba mil vueltas por segundo tratando de pensar en algo

• ¿en qué piensas? – preguntó la chica

• En cómo podría morir – dije en una sonrisa que luego devino en una risotada

• Te creo, te creo – dijo Minerva

Más a la chica nada de esto le parecía estar haciendo demasiada gracia, más, antes de que hablara, yo me le anticipé

• ¿alguien quiere bailar un poco? – dije

• Si – dijeron los dos chicos

Recuerdo haber colocado una pieza de rave de unos siete minutos, no era la más larga, mientras bailábamos... los tres bailábamos horrible, pero la cosa era moverse un poco. Los tres nos intercambiábamos miradas mientras la chica sentada en la silla aún, miraba como hastiada.

Cuando la pieza terminó, se hizo el silencio. No se si por estimulo o por qué diablos, pero Minerva dijo

• ¿qué tal si salimos a bailar?

• Sería una excelente idea – dijo Laureliano

No sé, quizá esperaban que la chica diera alguna reacción y, por supuesto que la dió

• No señor, el no saldrá hoy – dijo – se quedará conmigo

No sé por qué lo hizo, pero Minerva me tomó del brazo y me llevó hasta la puerta, pero antes que pudiera abrirla una silla le cerró el paso.

• Oíste lo que dije ¿verdad?

Minerva la observó y se sonrió, quizá por nervio, quizá no

• Veo que también puedes controlar la casa. Excelente interfaz tienes

La mujer estaba hirviendo en rabia, pero se calmó. Esto no me daba buena espina

• ¿puedo ir al baño a dejar la mochila? – dijo Laureliano

• Si. Obvio – dije

Laureliano entró al baño y todos nos miramos, si bien la chica estaba serena, yo había ido a buscar... no, más bien había insistido en ir a buscar unos vasos de Martini. Más, cuando volvía, la sorpresa se dibujó en todas nuestras caras cuando vimos salir del baño a Laureliano corriendo, gritando con un mazo en sus manos, no podía moverme, tenía miedo, nadie lo esperó, siquiera aquella chica holográfica. Los vasos vacios volaron por los aires, no se cómo, pero el chico logró encestar un golpe, varios más bien, a la interfaz, destruyéndola en mil pedazos, pero antes de que dejase de brillar, explotó en varios rayos lasers de múltiples colores que se movieron por toda la habitación, debimos esforzarnos horriblemente para esquivarlos aunque, uno de ellos, le dio en la pierna a Laureliano, su grito de dolor fue desgarrador

• ¡mi pierna! – gritó el chico – arde horrible

Corrí al baño a buscar un botiquín y vendamos la pierna de Laureliano, que se retorcía del dolor

• ¿ves lo que te sacas? – dijo el chico – por poco y me mata

• Tenía miedo – dije – no quería admitirlo... pero... era una chica genial, compartíamos todo

Minerva me tomó de la solapa de mi camisa y me dio una bofetada horrible, si no me sacó la cabeza de su lugar, le faltó poco para poder hacerlo

• Escucha imbécil. Esa no era una chica de verdad ¿está claro? No era real. Tócame las manos, tócame la cara. Mi cuerpo está tibio. Yo soy real, ese era solo un maldito computador, con una interfaz muy efectiva, pero no es real, idiota ¿entendiste?

Yo asentí

• Hay algo que aún no entiendo – dijo Laureliano aún comprimiendo su herida de batalla, como le llamaría después

Los dos lo miramos como diciendo: ¿qué?

• ¿porque salieron esos rayos lasers del aparato luego que lo destruí?

• Supongo que porque era un prototipo – dije

• ¿un robot homicida es buena compañía? – dijo Minerva

• Lo fue hasta que lo destruyeron

• Te juro que si la vuelves a defender, te mato – dijo la chica - ¿no era tu el que decía que le tenias miedo?

Yo asentí, no quería hablar, de decir alguna idiotez, no quería arriesgarme a otro golpe

• Saldremos – dijo ella

• No sé si pueda. No tengo ganas – dije – además, hace muchos días que no puedo salir. Me ha dado una especie de agorafobia horrible

• No me vengas con idioteces. Vas a salir y te va a gustar ¿vienes Laureliano?

• Eh.. no... no creo poder caminar, ni mucho menos bailar

Minerva me tomó del brazo y me empujaba hacia afuera, al parecer estaba determinada a que volviera a tomar contacto con el mundo real. Íbamos saliendo cuando sentimos gritar a Laureliano

• ¡hey chicos!

Volvimos, pensamos... no se qué

• ¿qué pasó?

• Recordé que la noche del átomo es en dos días. Debemos hacer algo para ese día.

• Si planearemos algo – dije – es un día especial

• Estoy algo ansiosa por ello – dijo Minerva – pero basta de palabrerío, ya nos vamos

Y así, aunque no tenía muchas ansias, debí callarme, tragarme todo miedo y salir por la puerta, cerrándola por fuera.


4 de Noviembre de 2019 a las 21:07 0 Reporte Insertar 1
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