Yo, seré Seguir historia

mariacgomez_1572805591 María C. Gómez

Relato corto reflexionando sobre la importancia individual de nuestra vida.


Cuento No para niños menores de 13.

#relato #cuento
Cuento corto
0
626 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Yo, seré

Clava la vista en la copa que sostiene en la mano derecha y suspira. Nunca había podido imaginar que la tristeza pudiera palparse, mucho menos que fuera a ser capaz de verla con sus propios ojos. Las brillantes motas de polvo a contraluz se arremolinan a su alrededor, como si hubieran encontrado un confortable lugar en el que acomodarse sin miedo a ser molestadas. No parecía que fuera a moverse en años. De ahí su sobresalto al ver que, de repente, levanta la mirada y lo escudriña con unos salvajes orbes verdes.

Cuando sus ojos se encuentran baja la mirada, rehuyendo el más mínimo contacto visual. Ese hombre le da miedo. Intenta concentrarse en la jarra que está secando, tratando de ignorar todo lo que ocurre a su alrededor. Escucha otro suspiro igual de teñido de melancolía que el anterior y se atreve. Deja la jarra a un lado y se acerca un poco más a la barra que los separa. No dice nada, a la espera de que sea él quien se comunique. Sin embargo, lo único que hace es mirarlo con algo más de fiereza.

Traga saliva, no muy seguro de si debe romper el silencio que reina en la estancia. Es el único cliente en la barra, y tan solo un par de mesas ocupadas por cautivas parejas salpican el cuadro. Compartiendo un secreto entre todos, nadie se atreve a pronunciar las primeras palabras.

El hombre, aparentemente harto de la nula comunicación, levanta ligeramente la copa, haciendo que las pocas gotas que quedaban en su interior se deslizaran perezosamente sobre el cristal. Con una parsimonia similar a la de los restos del líquido, se aparta los mechones castaños que la caen sobre la frente, queriendo expresar impaciencia.

Cogiendo la indirecta, agarra la botella que había colocado en la vitrina tan solo un par de minutos antes y vierte lo que queda en la copa. Se demora ligeramente al hacerlo, queriendo estirar al máximo los escasos segundos de confidencialidad que los unen. Cuando quiere darse cuenta, ya le ha servido más de lo que habría debido. El jefe lo regañará, está seguro, pero no le importa. Sería capaz de hacer lo que fuera con tal de mantener a ese extraño unos minutos más junto a él.

El reloj resuena en el bar, marcando las dos de la mañana y rompiendo el hechizo en el que habían caído. Como movidos por una fuerza oscura, los pocos clientes de las mesas se apresuran en pagar, desapareciendo envueltos en un lúgubre halo. Le encantaría saber hacia dónde se dirigen. Qué es lo que les puede llevar a pasar la madrugada del lunes en un bar de copas silencioso y oscuro, con tan solo unas molestas luces de neón violetas para iluminar los rostros de sus parejas. Supone que, con la cantidad de copas que le piden, lo que vayan a ver es lo de menos. Tal vez busquen, precisamente, no ver nada.

En unos pocos segundos tan solo quedan ellos dos en el bar, unidos únicamente a través del fino hilo que constituyen las pocas horas que faltan para cerrar. Se pregunta si el hombre tendrá planeado quedarse allí el tiempo restante, y el corazón se le acelera de simplemente pensarlo. Le gustaría saber si de miedo o de excitación.

Pasa la primera media hora, a la que le sigue una nueva copa y algún que otro suspiro. Las palabras que no se atreve a pronunciar flotan en el aire mientras acomoda una y otra vez las mismas botellas en los estantes, como movido por una fuerza que lo reduce a un mero autómata. Ordena como si quisiera ordenar sus pensamientos, con suavidad y enfado a la vez.

Ya no sabe en qué más entretenerse. Ha pasado otra media hora y el hombre no da señales de querer cambiar de posición. Sigue sentado en la barra, dando, de cuando en vez, pequeños sorbos a la copa que sigue sosteniendo en la mano. Sus ojos se pierden en la lejanía, viajando en un mundo al que nadie más que él puede acceder.

Más de una vez ha intentado alzar la voz, pero un nudo en su garganta parece impedírselo. Finalmente, una hora más tarde, el hombre deja un puñado de billetes en la barra y, con un movimiento elegante y lento, se levanta de su asiento.

– Puedes quedarte con el cambio- murmura. Su voz se le antoja distante y evocadora.

Recoge los billetes con el pulso acelerado, reparando en que sumaban mucho más de lo que debía haberle cobrado. Saca fuerzas de donde no las tiene y responde a la despedida.

– Espero verle de vuelta por aquí.

Como un corderillo asustado, sus palabras semejan una excusa y una disculpa más que una verdadera contestación.

El hombre se gira levemente, con la mirada baja, mientras se viste con su abrigo. Con un imperceptible movimiento de cabeza se despide definitivamente y abandona la estancia.

Le habría gustado poder quedarse con algo suyo, pero desapareció tan velozmente como eterna había parecido su estancia en el bar. Supone que lo único con lo que podrá contar será el recuerdo de esos atormentados ojos verdes y su aroma a alcohol y lluvia.

Eso, y la fugaz noticia que ocupa poco más que un par de minutos en el telediario sobre un hombre extrañamente parecido a aquel que recordaba, muerto sobre el asfalto.

Apaga el televisor y vuelve al libro que estaba leyendo, dedicándole un fugaz pensamiento al misterio que se esconde detrás de cada una de las personas que nos encontramos.

Supone que es la diferencia entre verse a sí mismo como un alma con cuerpo, no como un cuerpo con alma. Y cómo cuesta ser consciente de lo que somos.

3 de Noviembre de 2019 a las 19:30 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

Historias relacionadas