Los Secretos de Cupido Seguir historia

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Ana Reales


En la vida hay secretos dulces y algunos un tanto amargos. Ana Milena tendrá que enfrentar los suyos y lidiar con sus consecuencias, si quiere lograr la vida que soñó hace un tiempo no muy lejano. Porque Cupido ha regresado, esta vez con ganas de quedarse con todo. --- Registro de autor Colombia No. 2-92-282


Romance Romance adulto joven Todo público.

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Capítulo I


Ana.


"Seamos amigos"

Las palabras de Alberto, mi prometido, parecieron detener el tiempo por unos segundos. Al menos para mí.

Tiempo en el cual me debatía en si creer que había escuchado mal o si bien se trataba de alguna retorcida forma de humor que desconocía tenía el hombre con el que me iba a casar.

Porque Alberto no podía estar hablando en serio, no a tres días de la boda.

El que no agregara nada más me confirmó cuan en serio había sido su petición.

Su mirada expectante estaba en mi rostro, los fríos dedos de su mano derecha rozaban dubitativos los míos sobre la mesa; su tez blanca usualmente sonrosada carecía de color alguno y el tic saltón en la comisura izquierda de su boca le deformaba la sonrisa a media marcha.

Su mirada suplicante me recordó que no estábamos solos, miré a mi alrededor consiente de repente de la actividad y las conversaciones que nos habían rodeado los últimos minutos en el restaurante donde cenábamos para concretar los pendientes la ceremonia, algo que no acabó como yo pensaba.

Tras un par de segundos más me llevé la servilleta a la boca, accediendo a su petición con lentitud. Tomé mis pertenencias mientras el alivio posterior a mi aceptación desaparecía del rostro del Alberto, dándole paso a una mirada ansiosa por mi partida.

Me llamó un par de veces antes de alejarme, incluso su mano intentó alcanzarme pero se arrepintió, dejándome marchar. No miré atrás cuando lo hice.

Una vez en fuera del local, después de avanzar un poco por la acera, tal como suele suceder en las películas, me detuve sonriéndome a mí misma. "Define amigos" pensé. Miré el celular en mi mano, tentada a llamarle para preguntárselo, pero no lo hice, tengo orgullo después de todo.

Le di al taxista la dirección de mi casa, dejando escapar el aire contenido de mis pulmones, volviendo a lo ocurrido. Alberto acaba de terminarme a tres días de la boda.

No aplazó el matrimonio, no se arrepintió de dar el paso, no, Alberto acaba de mandar al diablo tres años de relación. Con solo dos palabras había dado por concluido el capítulo.

Enojada intenté recordar la conversación previa, algo que me hubiera prevenido de lo que estaba por ocurrir, incluso la llamada en la que habíamos cuadrado la cena la tarde anterior. Pero eso solo sirvió para aumentar el nivel de enojo que sentía, reconociéndome en las memorias como una ilusa que no dejaba de parlotear sobre la boda y escuchar sus halagos, mientras él planeaba cómo mandarme a la porra.

Resoplé fuerte ganándome la mirada de extrañeza del conductor.

Las memorias se negaban a abandonarme así que mi humor no mejoró con el paso de los minutos, para cuando llegué a casa era ira lo que sentía a causa de la propuesta de Alberto.

Recordé con precisión cada detalle de su estúpido rostro expectante, de los nervios que le carcomían, del movimiento de sus manos, lo rápido que parpadeaba y hasta de lo arrugada que estaba la camisa que llevaba puesta.

Una carcajada cargada de ironía brotó de mi garganta, de pie frente a la nevera de la que saqué agua. Tomé más de un vaso, más sedienta que de costumbre.

Me dirigía a mi habitación, sumergida en mi propia tortura, cuando mi reflejo alterado en el espejo de la sala me devolvió la mirada, deteniendo mis pasos, más no el galopar acelerado en mi pecho. La risa y la rabia cesaron, abriéndose paso un abatimiento triste que se desbordó hasta llenar todo mi ser.

Alberto me había terminado. Ya no habría boda ni futuro juntos.

Mis ojos viajaron a mi mano donde, como un mudo testigo, reposaba el anillo de compromiso que me había dado cuatro meses atrás, vagando luego por la sala llena de los regalos sin desempacar que tendría que devolver, y de los recordatorios que había terminado la noche anterior.

La cruda realidad me golpeó con fuerza arrancándome un quejido, un seguro preludio del llanto que había estado reprimiendo desde que lo dejé en restaurante.

Mi mano temblaba cuando saqué el celular del bolsillo de la chaqueta, para avisar a mis invitados en dos líneas la cancelación de la boda. Fue lo último que hice antes de apagar el aparato, desconectar la línea telefónica y desmoronarme en mi cama para darle rienda suelta a todos los sentimientos que se agolparon dentro tras esa ruptura.

El duelo es la parte inevitable de las relaciones que se acaban, por mi experiencia de psicóloga sabía que debía afrontarlo si quería tener un nuevo comienzo, y definitivamente quería eso para mí.


¨¨***¨¨

Desubicada me desperté al día siguiente, con el estridente chirrido del timbre. Me senté en la cama, lanzando un gritillo de dolor al acomodarme por la incómoda posición en que me quedé dormida.

El sonido del timbre rompió de nuevo el silencio de mi apartamento, y bostezando confirmé la hora, eran las 6:30 de la mañana. Arrastrando mi magullado cuerpo por hasta la sala escuché la voz de mi madre y de mi mejor amiga ahogadas por segundos por los golpes de sus puños sobre la puerta, intenté hacerles entender que ya iba en camino pero mi voz fue opacada por el aparato que insistían en presionar una y otra vez.

Justo a tiempo para detener el dedo de mi madre en el aire, abrí la puerta. La impresión le duró unos segundos, tirándose sobre mí al recuperarse.

—Gracias a Dios Ana Milena, ¿Estás bien? —exclamó, revisándome de arriba abajo, Darío, mi padre me observó en silencio entrando tras de ella, seguido por la enojada Paula.

—No, pero no me voy a suicidar si ese es lo que temen —contesté, y de inmediato me mordí la lengua por mi brusquedad. Mi mamá no la dejó pasar.

—Apagaste el celular después de ese mensaje, y desconectaste el teléfono ¡¿Tienes idea de la noche que pasé?! —exigió rayando en la histeria.

—¿Sabes la noche que habría tenido ella si no lo hubiera hecho? —intervino mi padre, con quien intercambié una sonrisa de agradecimiento.

Pero su atención no se despegó de mi rostro, que acarició con suavidad. Estaba preocupada por mí. Sentadas en el sofá de la sala en medio de los regalos, fui consciente de lo que mi silencio le había causado la noche anterior, tenía sombras debajo de sus ojos por la falta de sueño, no se había maquillado al salir y los años se marcaban por el cansancio.

Me sentí fatal.

Mi madre lo notó de inmediato desviando la mirada hacia los regalos, para comentar con más calma.

—¿Qué fue lo que pasó Ana Milena? ¿Cómo es que cancelan la boda a tres días de realizarse?

—No solo fue la boda mamá, ayer Alberto pidió que fuéramos amigos —añadí, esto último con la herida a flor de piel.

—Es un…

—Nunca creí del todo en su inteligencia —interrumpió mi padre el seguro insulto de Paula a Alberto. Mamá lo miró molesta.

—Debe haber una razón Ana Milena, ¿Habían discutido? ¿Se sentía presionado?

—¿Presionado? —repetí incrédula —Te recuerdo mamá que fue él quien me convenció de casarme, de hecho la fecha, el sitio, y hasta el más mínimo detalle fue por su iniciativa. En todo caso acá la presionada fui yo, para que le diera por salir corriendo a última hora.

—Tú mamá tiene razón, un hombre como Alberto debe tener una razón ¿Le preguntaste?

—No lo hice —afirmé.

—¿Cómo que no? ¡Era lo primero que debías preguntar!

—¡Perdón por priorizar mi salud mental a la lógica de mi ex prometido mamá! —Golpee mis muslos por el enojo y un horrible silencio se tomó la estancia.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó luego, aún preocupada.

Quise poder tener esa respuesta por ella.

—¡Pues empezar a devolver toda esta locura! —intervino papá con un tono emocionado señalando los regalos, confirmando una vez más su aversión a mi boda —La lluvia de sobres que te sugerí era mejor Ana Milena, más práctica.

—¡Darío!

—Basta ya Olga, Ana Milena no va cortarse las venas como puedes ver, debe dolerle pero no creo que vaya a hacer algo así o ya lo habría hecho ¿Cierto? —No pude hacer otra cosa que decir que sí en un sonido estrangulado por el nudo que se me hizo en la garganta —, bien, ahora busquemos una hoja para empezar a devolver estas cosas, ve y prepárale un desayuno Olga, tu hija necesita comida y un par de cervezas con sus amigas más tarde.

Nos lanzó una mirada cómplice después de esto último.

Observé en silencio su espalda mientras se encargaba de los regalos y me limpié las lágrimas que se habían escapado. Los brazos de Paula me acunaron por unos segundos antes de unirse a mi emocionado padre con los regalos.

Por unos minutos contemplé mi entorno agradecida por la comitiva de rescate, la presencia de mi familia incluida Paula en aquel momento le daba las pinceladas de esperanza que necesitaba esa realidad que se materializó desde ayer.

El cristal en mi mente aún seguía resquebrajado pero ahora el temor de que estallara y me destrozara había cedido ante la fuerza que me infundía el que ellos estuvieran conmigo.

Cerca del medio día, nos sentamos a almorzar y mamá no tardó en tomar la palabra.

—Ana, ¿Qué vas a hacer con los tiquetes?

—¿Tiquetes? ¿Cuáles tiquetes? —respondí un poco confundida sobre el tema al que hacía referencia.

—Los de la luna de miel. Por tu cara asumo que no lo habías pensado.

Le confirmé con un movimiento negativo, dejando de comer.

Hasta ese instante no había recordado la inversión en ese viaje, me enderecé en la silla pensando en ello.

—Puedes ir a la agencia y cambiar el plan ¿No? Porque ya no necesitas luna de miel —sugirió.

—Tu mamá tiene razón y entre más rápido lo hagas mejor. Ve hoy mismo.

—Papá el plan es compartido con Alberto...

—No creo que se atreva a cobrarte y si lo hace, dale mi número —Ni me miró al interrumpirme, temí que le diera una congestión de la rabia por lo que acepté sin más comentarios.

—¿Te irías conmigo a la no luna de miel? —le pregunté a Paula.

—La pregunta ofende Ana Milena ¡A tu ex hay que enterrarlo con todo!


¨¨***¨¨

Dos noches después, literalmente me estaba congelando en la orilla de la playa, escuchando a Paula narrar una entretenida anécdota de nuestros años en la universidad.

Me estremecí en medio de una carcajada, lamentando llevar un vestido tan ligero como el que lucía a esa hora, me quejé pero Paula no paraba de hablar e insistía en caminar aun más.

Ya se había caído un par de veces, en medio de sus emocionados y divertidos relatos ¿A qué horas le pasaban tantas cosas? pensé distraída en tanto veía por encima de su hombro hacia la terraza de un bar, después de ayudarla a levantar de la arena tras su tercera caída.

Había un inquietante hombre allí que tenía clavada su mirada en nosotras. Bien podría estar mirando el horizonte con esa postura imponente de “soy el rey del universo”, sin embargo, y no me explicaba el porqué, estaba segura que nos estaba viendo, en especial a mí.

No podía ver mucho de sus rasgos porque estaba a contra luz, pero su camisa oscura ondeaba por la brisa al igual que el pantalón de color claro que llevaba. Me estremecí un poco y me extrañó su inmunidad a fría brisa marina que nos azotaba de vez en vez.

Había una mujer detrás suyo, que también miraba en nuestra dirección con un cóctel en la mano, intercalando su atención entre él y nosotras, conjeturé que podría tratarse de su esposa.

Quité la mirada de los desconocidos por unos segundos regresando a la parlanchina de Paula, pero inevitablemente regresé al extraño.

Algo en su físico se me era familiar, no tenía claro si era la forma en cómo sostenía el vaso mientras hablaba con su otra mano dentro de su bolsillo izquierdo del pantalón, o tal vez su porte erguido y arrogante, pero en definitiva mi instinto me decía que le conocía.

Su rubia compañera miró de soslayo de nuevo en mi dirección y dijo algo que lo hizo romper el contacto visual conmigo para mirarla, regresando al bar seguido por ella.

Entonces lo supe, sorprendida quedé a media palabra al reconocerlo.

—¿Qué pasó? ¿Qué viste? —preguntó Paula mirando por todos lados.

—Creo que a un fantasma —escuché la burla de mi compañera de viaje.

—Y la ebria soy yo —replicó siguiendo mi mirada pero retornando luego a mí con un gran interrogante.

—Creo que acabo de ver a David —aclaré, sin prestarle atención a su burla.

—¿A David? ¿Nuestro David? —preguntó, volviendo a mirar en la misma dirección en la que yo lo hacía. Si tenía razón, la mujer que le había seguido de regreso al establecimiento sin duda era Catalina.

—Sí, pero no es nuestro David, Paula. Es solo David —le contradije molesta.

—Es fácil saber si era o no era él.

—¡No voy a entrar al bar! —Le grité sujetándola por el brazo cuando viró en esa dirección, Paula miró extrañada mi reacción.

—No dije que lo hicieras yo podría ir sola, pero está bien hay otras maneras de confirmarlo. Dime ese hombre ¿Estaba una rubia con él? —preguntó soltándose de mis manos, mi silencio le respondió —. Entonces indudablemente era nuestro David —ignoró mi desaprobación con un gesto burlón —Qué cosas tiene la vida, encontrarnos a ese personaje tan lejos —Arrastró la voz al hablar en tanto recorría mi rostro.

Me estremecí de nuevo, aunque esta vez no estaba segura si era por el frío.

—Vamos, regresemos al hotel. Me estoy congelando —Le di la espalda a mi compañera sin esperar su respuesta.

—O te da miedo encontrártelo —canturreó Paula a mis espaldas.

—¿Qué dijiste? —exigí girando para confrontarla.

—Yo no he dicho nada, la brisa hace sonidos confusos ¿Sabes? —contestó, ocultando una sonrisa ante mi semblante nada amistoso.

Caminamos hacia el hotel a paso rápido, cualquiera pensaría que tenía prisa por entrar en calor pero en realidad, aunque lo negara en voz alta, era encontrarme con David lo que estaba evitando. Ese hombre me sacaba de quicio, incluso Paula decía que me desconocía cuando estaba cerca de él.

A primera vista era atractivo, interesante y excelente conversador, sin embargo una vez lo empiezas a conocer te das cuenta de lo mal humorado, quisquilloso, soberbio, vanidoso e inflexible que puede llegar a ser. Me ponía de mal humor solo el verlo.

—¿De mal humor o terriblemente nerviosa? —Me detuve con brusquedad al escuchar a Paula, comprendiendo que había estado hablando en voz alta. Mi rostro ardió de la vergüenza mientras la escuchaba reírse a mi costa —No tenía claro si aún te gustaba pero ahora estoy segura —afirmó, antes de volver a soltar otra carcajada, hasta se tuvo que agarrar de la pared para no caerse.

—¡Cállate Paula!, van a pensar que estas ebria —le reclamé exasperada con mi mejor tono puritano, acelerando el paso hacia los ascensores, ella me seguía completamente divertida de la situación, despertando la curiosidad de los huéspedes que nos encontramos en el camino.

—Ana Milena ya deja de correr, no creo que seas tan de malas que esté hospedado aquí.

—¿Quieres apostar? —repliqué entre dientes y la risotada de Paula llenó el ascensor.


31 de Octubre de 2019 a las 02:53 0 Reporte Insertar 0
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