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sagazuster

Josué lo tiene todo: su familia es rica, es guapo, obtiene lo que desea sin mucho esfuerzo y se da el lujo de elegir a la chica con la que quiere acostarse. Para librarse de las reglas de los dormitorios de la universidad se da a la tarea de buscar un compañero que quiera compartir gastos y así rentar un departamento, pero necesita alguien discreto y que no ceda a las presiones de su familia para soltar lo que en realidad hace. Andrés es un chico tímido y discreto que conoció a Josué en la preparatoria y desde entonces lo mira de lejos, y cuando Josué le sugiere rentar el departamento con él no lo piensa dos veces para aceptar, pero no le confiesa su orientación sexual. ¿Qué pasará cuando Josué comience a buscarle citas a Andrés?, ¿se atreverá Andrés a confesar que es gay? Puedes adquirir tu copia de este eBook para apoyarme en: Payhip: https://payhip.com/b/fujI Amazon:http://www.amazon.com/dp/B00Q0J7EBI Smashwords: https://www.smashwords.com/books/view/495268


LGBT+ Sólo para mayores de 18.

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I.

Desde niño siempre fue decidido, aunque desordenado; Josué Villalpando siempre tuvo sus metas claras, aunque los pasos para llegar a ellas todo el tiempo estuvieron oscilando de acuerdo con su estado de ánimo o su vida social, su agitada vida social. Siempre había sabido que lograba llamar la atención a donde fuera, que era atractivo para la vista de la mayoría de la gente que lo rodeaba: alto de estatura, incluso desde niño fue más alto que el resto de sus compañeros; su cabello castaño era tan oscuro que muchos lo consideraban negro, siendo uno de sus atributos más llamativos junto con sus ojos casi negros y sus facciones varoniles, aquel mentón ancho, su nariz recta y sus labios carnosos que cuando se curvaban en una sonrisa parecían iluminarle el rostro.

Durante la secundaria lo supo: él estudiaría leyes en la Ibero de Puebla, igual que su padre había hecho. Sin importar en realidad que tuviera que mudarse desde Cuernavaca, en Morelos, hasta la capital del vecino estado de Puebla; sus padres tenían una casa en el estado de Puebla, en Atlixco aproximadamente a una hora de distancia de la capital, en auto, donde sus padres solían pasar más tiempo gracias a que su hermana mayor ya estaba trabajando y quizás por casarse si los cálculos de esta iban bien; además, contaban con que él cumpliera lo que se había propuesto. Si sus padres decidían mudarse definitivamente a Atlixco le facilitaría poder pedirles el dinero que fuera necesitando para satisfacer sus necesidades.

Al momento de mudarse a la ciudad para conocer el campus lo decidió: no quería vivir en los dormitorios de la universidad, y menos si su padre y hermana se habían encargado de que le tocara compartir dormitorio con aquel sujeto insoportable con el que ya había tendido suficientes problemas durante la mayor parte de su vida escolar; permanecería ahí durante algunas semanas en lo que rentaba un apartamento para poder tener más libertades, y poder socializar a sus anchas, sin tener que someterse a las reglas que “alguien más” había establecido de forma arbitraria, eso no iba con él.

El verdadero problema radicaba en que el dinero que sus padres le aportarían para tales fines no sería suficiente para rentar un lugar que a sus ojos fuera “decente”; uno al que pudiera llevar consigo a las chicas con las que decidiera involucrarse, ya fuera por una sola noche o que se repitiera la hazaña; debía ponerse a encontrar un compañero con el cual compartir el apartamento y los gastos, pero no cualquiera le serviría para ese propósito, tenía que pensar muy bien qué le era más funcional; definitivamente tendría que ser alguien que no cediera a los “encantos” de su hermana Gisela para sonsacarle información sobre sus asuntos, y así evitarse problemas con su padre. Era momento de ponerse manos a la obra.

El curso inductivo a mediados de agosto le sirvió para conocer a algunos de sus compañeros y hacer un pequeño círculo social con el cual podría ponerse de acuerdo para salir de bares o fiesta los fines de semana; pero ninguno de ellos le hizo sentir la confianza suficiente para decidirse a proponerles rentar un apartamento, menos si se trataba de encontrar a alguien que pudiera ayudarle a mantener su vida social alejada de los oídos de su hermana mayor, y por ende, de su papá, ya que con unas cuantas copas encima —o una resaca de campeonato—, cualquiera de ellos hablaría sin dudarlo; de igual forma, no deseaba dejar esa “regla” sobre la mesa de forma explícita, ya que cualquier problema con el compañero de apartamento podría representar que todo fuera ventilado.

Estaba por darse por vencido cuando ingresó al aula donde se impartiría una de esas asignaturas de tronco común, en la que tendría la oportunidad de conocer compañeros de otras licenciaturas, nada más entrar al aula creyó haber hallado al candidato ideal: Andrés Macías, un chico alto casi de su propia estatura, más bien flacucho de piel demasiado blanca y cabello negro pulcramente peinado que desde su arreglo personal parecía ser una persona seria, quizás demasiado; se dedicó a verlo atender la cátedra del profesor con suma atención, notar la forma organizada en la que tomaba sus notas y manejaba su laptop durante la clase, además de la discreción con la que se comportaba lo supo, él tenía que ser su compañero de apartamento… Esperó a que terminara la cátedra y se acercó a aquel chico esbozando una enorme sonrisa, se sentó a su lado y le saludó:

—Hola, me llamo Josué Villalpando —se presentó, logrando captar la atención del chico quien levantó su mirada hacia su rostro—. Verás, estoy en planes de rentar un apartamento para no tener que vivir en los dormitorios de la universidad, ¿te interesa?

—Andrés Macías —respondió extendiendo su mano para estrecharla con la del muchacho que estaba presentándose—. ¿Dónde está el apartamento que tienes en mente? —indagó con curiosidad.

—Está a cinco minutos del campus en coche, como quince a pie —sonrió lleno de confianza—. Está amplio, y tiene todos los servicios, está en una muy buena zona.

—¿Cuánto tendría que pagar de renta? —disparó arqueando una ceja.

—Serían dos mil quinientos, más alimentos —explicó rebuscando una hoja y un bolígrafo, y comenzó a garabatear—. Si te interesa, este es mi número de móvil.

—¿Por qué no quieres vivir en los dormitorios? —preguntó con franqueza, sin dejar de mirar cada una de sus expresiones como si estuviera analizándolas.

—Voy a ser honesto contigo, no me gusta tener que obedecer reglas absurdas, y no poder socializar con las damas, ya tú me entiendes —dijo guiñándole un ojo, dibujándose en su rostro una sonrisa cómplice, con un toque de cinismo.

Andrés asintió sin decir nada, intentando por todos los medios que tenía a su alcance no lucir demasiado interesado en la propuesta.

Josué le miró con atención, quizás demasiada; el chico parecía analizar su propuesta con detenimiento, sabía que aquel flacucho muchacho terminaría siendo su compañero, si en algo se sabía bueno, era analizando a las personas. Se levantó de la silla llevándose su maleta a la espalda.

—Si te animas, llámame Andy —se despidió agitando su mano, comenzando a encaminarse a la puerta del aula.

—¿Hasta cuándo tengo para hacer cuentas con mi familia? —preguntó curioso.

—Debo avisarle al dueño del apartamento antes del inicio de la próxima semana —dijo sin mirar atrás, saliendo del lugar—. ¡Nos vemos!

Esperó unos minutos para que Josué se alejara lo más posible de ahí, para Salir del aula aun sintiéndose nervioso. Sabía que Josué Villalpando no le había reconocido, lo que de alguna manera le daba la seguridad de considerar su oferta y mudarse con él.

Tenía que contárselo a Marco su compañero de cuarto y mejor amigo desde la infancia, el único que le había acompañado después de cada traspié y que había celebrado con él cada paso acertado. Estudiaban juntos la licenciatura en Diseño Gráfico, lo que les facilitaba estar en contacto.

Nada más ver a Marco en el pasillo supo que él adivinó que se traía algo dándole vueltas en la cabeza. Le vio encogerse de hombros y entornar los ojos y se detuvo para darle oportunidad a su amigo de acercarse a él.

—¿Ahora qué pasó? —le escuchó preguntar en ese tono medio preocupado, medio en broma que siempre solía ocupar cuando no sabía cómo interpretarlo.

—Necesito contarte algo —le dijo entusiasmado.

—¿Aquí?

—¡No! —Exclamó—, sé que tenemos clase pero...

—Voy a pedirle a ese compañero que me pase las notas —resolvió haciéndose a la idea de que sería un semestre agitado—. Estoy seguro que vamos a hacernos varios favores este semestre... —Andrés le miró alejarse murmurando cosas, no pudo evitar sentirse apenado. Esperó a que Marco volviera con él y caminaron hacia las escaleras para abandonar el edificio y salirse del campus.

Caminaron sobre el boulevard hasta llegar al centro comercial que estaba más cerca y se metieron al único restaurante de cadena de la pequeña plaza comercial, para beber café y conversar con calma, suerte que a esas horas en el lugar no había más de tres mesas ocupadas.

—¿Y bien? —preguntó Marco con impaciencia, aborrecía aquel suspenso que Andrés solía utilizar tan bien.

—Josué Villalpando estudia en la misma universidad —le soltó sin más, Marco le miró boquiabierto—. Además, no me reconoció en absoluto y me propuso que rentáramos un departamento porque no quiere vivir en los dormitorios.

—Por supuesto que no quiere vivir en los dormitorios Andrés, ¿ese tipo sabe seguir reglas? —Se burló el muchacho—. Además, y más preocupante todavía, ¿estás viendo como una ventaja el que no te haya reconocido?—le disparó sin miramientos dejándolo frío—, no me hagas reír Andrés, eso mismo va a estresarte en un tiempo —continuó mientras su tono sonaba más y más angustiado—. Seguro va a estar llevando cuántas chicas se le atraviesen para acostarse con ellas en tus narices y tú vas a estar retecontento, ¿verdad?, sí, sin lugar a dudas es la receta perfecta para una úlcera gástrica.

—Exageras.

—Sabes que no —insistió tajante.

—Escucha Marco, es mi oportunidad para conocerlo en verdad y no sólo mirarlo de lejos —insistió con ese aire de inocencia y entusiasmo que podían convencer a Marco con facilidad.

—Pregúntale a tu familia si ellos van a apoyarte con los gastos, si es así yo no tengo nada más que decir —resopló dándose por vencido—. Ya sabes que voy a estar contigo para apoyarte, ¿no?

—De verdad gracias Marco... —dijo revisando la lista de contactos de su móvil para llamar a su madre y convencerla de apoyarlo.

Conforme escuchaba la insistencia con la que Andrés le contaba a su madre la situación, Marco iba llenándose de preocupación, sabía que el plan de irse a vivir con aquel sujeto no era tan difícil para alguien como él, para Andrés era otra historia, porque ese tipo le gustaba y mucho. Se hizo a la idea, cuando Andrés saliera del dormitorio era posible que cualquiera terminara compartiendo habitación con él; entornó los ojos y buscó calmarse, los padres de Andrés no podrían muchos “peros” a la decisión de su hijo.

—¡Accedieron! —celebró con una expresión de felicidad casi infantil—. Pensé que harían más preguntas pero no. Es un alivio, no me gustaría tener que explicar tantas cosas.

—Me alegra que te dieran luz verde Andresito, lo que no sé si me alegra mucho es que termines viviendo con ese tipo... —insistió con evidente preocupación—. En fin, me ofrecería a ser yo quien lo hiciera, pero no va a ser suficiente para ti, ¿verdad? —Le vio negar con la cabeza, en silencio; sabía que era algo que quería hacer por sí mismo—. Bien... —resopló—. Voy a estar ahí.

—Lo sé, y lamento que vayas a tener un nuevo compañero de dormitorio Marco, pero...

—Ya no te disculpes ni digas nada al respecto; con suerte será alguien agradable, y con mucha más suerte nadie, ¿verdad?

—Eso sí.

—Anda, terminemos de beber esto y volvamos al campus, así lo buscas y le dices que sí vas con su oferta —dijo resignado, levantó su taza con café americano para acercarla a sus labios y terminar de beber el caliente líquido. Andrés asintió satisfecho y tranquilo, sorbió el resto del café de su taza y esperó a que Marco terminara para dirigirse a la caja del lugar, pagar, y volver al campus.

Andrés suspiró nervioso, se llevó ambas manos al rostro frotándolo con insistencia; no podía darse el lujo de buscarse problemas apenas iniciando su carrera universitaria, pero sabía que se trataba de Josué, el muchacho que tanto le gustaba de hacía ya dos años atrás, nunca imaginó topárselo en la misma universidad.

Tragó saliva con dificultad, sabía bien que eso le daría la oportunidad de estar cerca de Josué, de conocerlo de verdad y no sólo observarlo de lejos. Tenía que ser discreto. A pesar de sus dudas logró convencer a sus padres de apoyarlo en lo de la renta del departamento que compartiría con él; ahora sólo debía avisarle al muchacho que lo haría, y quería hacerlo lo antes posible. Por lo menos antes de que el muchacho abandonara el campus para perderse entre fiestas.

Josué salía del edificio acompañado de un par de muchachas cuando lo vio, dudó en caminar hacia su encuentro; pero era viernes por la tarde, y sabía que el fin de semana no lo vería. Suspiró buscando hacerse de valor y comenzó a caminar con la mayor naturalidad que le era posible hasta detenerse a un par de metros de donde Josué charlaba entre carcajadas con ambas muchachas.

—Josué… —le llamó esbozando una sonrisa tímida.

El muchacho se giró para mirarlo y sonrió, se disculpó con ambas chicas y caminó hasta él con ese aire de seguridad tan suyo.

—Hola, Andy —le saludó con entusiasmo—. ¿Te has decidido?

—Sí, la verdad es una gran oferta, y una oportunidad de salir de lo convencional —explicó con toda la tranquilidad.

—Me parece perfecto —celebró Josué—. Hoy mismo llamaré al señor González para que hagamos el trato con él de forma directa, ¿te parece?

—Claro, claro —dijo el chico esbozando una ligera sonrisa—. ¿Cuándo tendríamos que reunirnos con él?

—Espero que sea mañana mismo, aprovechando que mañana no tenemos clase; no me gustaría que te vieras perjudicado —dijo dando un par de palmadas en la espalda del chico, haciéndole dar un par de pasos para evitar caerse—; se ve que te gusta mucho estudiar, ¿me equivoco?

—Es importante para mí—respondió—. ¿Qué licenciatura estudias, Josué?

—Derecho, desde siempre supe que quería ser abogado —le contó, transformándose esa expresión de conquistador, en una llena de ilusión que le dejó boquiabierto por ser aquella la primera vez que era testigo de ella—. ¿Y tú, qué estudias Andy?

—Estudio diseño gráfico —respondió desviando su mirada hacia el par de chicas que parecían seguir esperando a su acompañante—. ¿Están esperándote?

—Sí, nos han invitado a una fiesta, ¿quieres venir? —Le invitó volviendo a tener esa sonrisa llena de autosuficiencia dibujada en el rostro que solía ser tan clásica en él—. Si vienes conmigo ni preguntarán si fuiste o no invitado.

—No, gracias —dijo apenado—. Debo empacar las cosas que tengo en la habitación de los dormitorios; mi compañero de cuarto, a pesar de ser mi amigo, es un desastre y ha revuelto en el lugar incluso mis cosas, así que es mejor que vaya y haga eso para poder mudarme al departamento en cuanto sea posible.

—En eso tienes razón… —reflexionó—. Te llamaré para avisarte qué me dice el señor González, ¿de acuerdo?

—Claro, gracias; esperaré tu llamada —dijo asintiendo con timidez—. Te veo luego, Josué.

—Sólo porque no te animas, la fiesta estará buenísima —dijo caminando de vuelta hacia las chicas quienes sonrieron al verle acercarse.

Le miró alejarse entre los jardines del campus hasta desaparecer. Suspiró desganado y comenzó a caminar con rumbo a los dormitorios con suma lentitud, y así ponerse manos a la obra para comenzar a guardar sus cosas.

Podía sentir como si su corazón le latiera en la garganta de los nervios al pensar que viviría en el mismo departamento que él, todo el tiempo que podría invertir en conocerlo, en conocer sus gustos, sus intereses, sus amigos. Entró a su dormitorio siendo recibido por Marco, quien descansaba sobre la pequeña cama arrinconada junto a la ventana del cuarto.

—¿Y bien? —le preguntó el muchacho sin mucho interés real.

—Ya le avisé a Josué, quedó de avisarme cuándo nos reuniremos con el dueño del lugar —le explicó, comenzando a sacar aquellas cajas con las que había llegado, para volver a guardar las pocas cosas que había sacado—. Me invitó a una fiesta que darán hoy, pero no pude ir…

Marco se enderezó de golpe acomodándose sentado sobre la cama para mirarlo de forma directa.

—¿Por qué? —Le cuestionó intuyendo la respuesta de su amigo—, ¿sabes lo genial que va a estar esa fiesta?, ¡y tú que la vas a dejar pasar!

—No puedo ser obvio, Marco… —respondió como si aquella respuesta fuera una verdad absoluta.

—¿Y, qué vas a hacer cuando él se dé cuenta que eres gay; y que además, él te gusta? —preguntó—. Y no hablemos de cuando él te ubique y recuerde quién eres y que no hiciste aclaración alguna…

No supo qué responder, Marco tenía razón; sabía que si Josué se enteraba de su orientación sexual, y de su gusto por él, terminaría siendo echado fuera no sólo del apartamento, sino de su vida; más si él se enterase de que ya se conocían desde la preparatoria y no había dicho nada aún. Bajó la mirada a la caja que sostenía entre sus manos.

—No quiero ser aguafiestas, amigo; pero es una posibilidad, y no quiero hacer que ahora busques salir corriendo, sólo que disfrutes de esto mientras dure —le dijo volviendo a recostarse, con la mirada fija en el techo.

—Lo sé… —musitó de forma casi inaudible, sin despegar su mirada de una austera libreta.

°°°

La fiesta se llevó a cabo en la lujosa casa que algunos estudiantes, en cursos más avanzados de leyes, rentaban desde hacía un par de años; chicas y chicos por doquier charlando, bailando y bebiendo, la música a todo volumen hacía retumbar los vidrios de las ventanas al ritmo de los bajos de cada canción de música electrónica que sonaba. Algunos jugaban en la piscina que estaba en el jardín trasero del lugar, Josué se encontraba recostado sobre un camastro junto con una chica.

Las manos del muchacho recorrían con insistencia el cuerpo de la misma sin dejar de besar sus labios, su mentón y su cuello, mientras la joven gemía y le pedía que continuara, aferrando sus manos a su espalda; el alcohol y la excitación estaban haciendo de las suyas en él una vez más. Invitó a la chica a acompañarlo a una de las habitaciones dentro de la casa; caminaron sin dejar de besarse y acariciarse, dando tumbos y tropezando con la gente a su paso hasta internarse dentro de una de las recámaras. Se desudaron con torpeza y en ocasiones entre risas, Josué acariciaba el cuerpo de la chica con aquella desesperación que era producto de la excitación de la que estaba siendo presa; mientras ella jadeaba sin cesar encajando sus uñas con fuerza en su espalda, arqueándose conforme él iba excitándola más y más. De fondo podía escucharse la música haciendo retumbar a su ritmo incluso el piso del lugar. Las habilidosas manos de Josué estaban haciendo que la joven comenzara a rogarle por más de sus atenciones, retorciéndose sobre las sábanas.

—¿Traes condón? —le preguntó ella entre jadeos, logrando desconcentrarlo.

Josué se enderezó con rapidez yéndose de lado producto de la embriaguez, comenzando a estirar su mano para tratar de alcanzar sus pantalones ya tirados sobre el suelo, cayendo al suelo de forma estrepitosa al lograr tocar la prenda. La chica comenzó a reír a carcajadas por el ruido que la caída del muchacho había generado, mientras él buscaba condones dentro de su billetera, sin lograr encontrar alguno. Miró la fuerte excitación que se erguía entre sus piernas, y se enderezó con la mayor pericia que le fue posible para volver a abordar a la chica quien insistió en que él usara un condón, obligándolo a confesar que no tenía un preservativo; ella se negó a continuar y se incorporó con torpeza, sentándose sobre el colchón sin dejar de mirarlo con decepción, permaneciendo firme a pesar de las constantes súplicas de Josué, quien no tuvo más remedio que quedarse solo dentro de la habitación para masturbarse con frenesí hasta correrse entre sus dedos, imaginando lo que “pudo ser, y no fue”. Bufó molesto mientras se lavaba las manos en el sanitario, sin dejar de mirar su rostro reflejado en aquel enorme espejo.

—Carajo… —protestó golpeando el muro que tenía a su derecha.

No le quedó más remedio que irse de la fiesta y permitir que aquella “anécdota” pasara desapercibida. Rogó en su interior, porque ella no dijera nada; al caminar hacia su automóvil la vio comenzar a enredarse con uno de los muchachos de curso superior que vivía en aquella fina residencia rentada, no pudo evitar sonreír continuando su camino; lo sabía, para el lunes ella no sabría nada de lo que había sucedido durante la fiesta, y él podría prepararse para la siguiente parranda. Subió a su auto y se encaminó a los dormitorios de la universidad, se escabulló con la mayor discreción que le fue posible hasta internarse dentro de la habitación; entró y se dejó caer sobre la cama cayendo dormido casi al contacto con el colchón.

Por la mañana fue citado por el encargado de los dormitorios para reprenderlo por la hora y estado con el que había llegado durante la madrugada; su compañero de cuarto se había quejado del escándalo que Josué había hecho al llegar, y al verlo entrar crudo a la oficina supo que el muchacho había conducido hasta ahí en estado de embriaguez; le reportó con el profesor encargado de su generación, quien le advirtió que ese tipo de conductas eran castigadas con dureza, y que por ser la primera ocasión lo dejaría correr; agradeció el apoyo del profesor y se comprometió a no volver a tener un reporte más de los dormitorios. Salió con rapidez y regresó a su dormitorio para guardar sus cosas, tenía que contactar a Andrés, y decirle que el dueño del departamento los vería a las cinco en el lugar, para firmar el contrato de arrendamiento.

Tras terminar de guardar sus cosas marcó el número de Andrés, para ponerse de acuerdo con él para llegar al departamento, su compañero de cuarto le observaba por el rabillo del ojo, buscando no perder detalle de la conversación.

—¿Andy?, soy Josué —anunció haciendo una breve pausa, esperando cualquier tipo de respuesta—. Llamo para avisarte que es hoy a las cinco, pero necesito que nos veamos para que te lleve al lugar.

—Claro —respondió el chico con tono distraído—. ¿Dónde te veo?

—La entrada de los dormitorios, ¿te parece? —preguntó evitando dar demasiados detalles.

—¿A qué hora? —respondió Andrés buscando seguir escuchando su voz a través del móvil.

—Yo creo que con quince minutos antes de la hora; el lugar no queda lejos, y en mi auto llegaremos muy rápido —explicó con su clásico exceso de confianza.

—De acuerdo, ¿cuándo puedo llevar mis cosas? —preguntó con tono lleno de curiosidad.

—Yo creo que desde hoy mismo, eso haré yo —dijo volviéndose a mirar a su compañero de cuarto para hacerle saber que sabía que estaba buscando enterarse.

—¿Te molesta que lleve mis cosas desde ya? —preguntó—. No tengo auto, por lo que te agradecería me ayudaras con eso.

—No tengo problema, te veo ahí —dijo de forma cortante, sintiéndose incómodo por la obvia curiosidad de su molesto compañero de cuarto.

—Claro, gracias —dijo antes de finalizar la llamada.

Josué golpeó el escritorio frente al que su entrometido compañero de cuarto se encontraba sentado.

—¿Satisfecho, soplón? —preguntó con agresividad.

—El hecho de que te largues de aquí no significa que vayas a dejar de meterte en problemas, Villalpando —le espetó el muchacho con rostro inexpresivo—. Y eso no me lo voy a perder.

—Como digas, Montesinos; puedes jugar al santito todo el tiempo que quieras; pero recuerda bien, cabrón de mierda, “más rápido cae un hablador, que un cojo”; y como tú maricón, de plano ni coges —dijo entre carcajadas, tomando la enorme maleta y la caja con la que había llegado al dormitorio.

—Muy gracioso, Villalpando; parece que en eso sí eres bueno—respondió sin perder aquella inexpresividad—; bueno, en algo que lo seas…

Josué salió de la habitación y azotó la puerta tras hacerlo. Caminó a través del pasillo hasta las escaleras para comenzar a descender hasta la entrada del edificio, para esperar a que Andrés llegara puntual, y poder largarse de aquel lugar lo más rápido posible. Esperó cerca de diez minutos hasta que le vio descender las escaleras sosteniendo entre sus manos una caja, y una mochila colgada al hombro, quedándose desconcertado.

—¿Es todo? —le preguntó sorprendido.

—No —respondió esbozando una enorme sonrisa, y volviendo su mirada a las escaleras de donde descendía un muchacho alto de cabello negro rizado y piel morena que cargaba una pesada maleta—. Marco me ayudó a bajar mis cosas —explicó con amabilidad.

—Entiendo —dijo aliviado—. Pues vamos, mi auto está aparcado en el cajón de estacionamiento que me habían asignado —dijo caminando hacia sus cosas para llevárselas.

Salieron del edificio y caminaron hasta el aparcamiento con rumbo al lujoso automóvil del muchacho. Marco miró boquiabierto el vehículo Toyota Camry color negro estacionado, Josué abrió la cajuela del vehículo para que acomodaran sus cosas, Andrés comenzó a guardar lo que llevaba y esperó a que Marco reaccionara para guardar el veliz color marrón; el muchacho sacudió ligeramente su cabeza y levantó la pesada maleta para guardarla dentro del auto.

—Perfecto… —susurró Josué para sí mismo, saboreándose la partida de los dormitorios—. ¿Estás listo ya, verdad? —preguntó para asegurarse que su salida era una realidad.

—Claro, todo listo —aseguró Andrés. Marco sonrió y dio un par de palmadas sobre la espalda de su amigo, quien devolvió el gesto asintiendo en silencio sin dejar de sonreír.

Josué caminó hasta la portezuela del conductor y oprimió el control que tenía en la mano hasta que escuchó el pitido para abrir el auto, se introdujo en el mismo y esperó a que Andrés hiciera lo mismo. Encendió el vehículo y condujo con rapidez hasta el edificio donde se encontraba el departamento que rentaría con Andrés, una vez hecho el trato y pagado lo convenido, debería ir a casa de sus padres para comunicarles que ya había rentado el lugar, y conseguido al compañero de cuarto que compartiría gastos con él; estaba seguro que así lograría que sus padres confiaran un poco más en él y, con un poco más de suerte, en unos meses ya no necesitaría de un roomie para vivir fuera de los dormitorios.

Llegaron hasta el apartamento, donde un hombre de unos cuarenta y algo de años de estatura media y regordete con amable expresión les esperaba sosteniendo un folder color azul. La charla transcurrió con rapidez y calma, entregaron la documentación y el pago solicitado para poder firmar el dichoso contrato de arrendamiento, el hombre parecía acostumbrado a rentar su propiedad a jóvenes universitarios, por lo que se limitó a recibir los papeles y el dinero, y entregó las llaves del lugar, salió con plena tranquilidad dejándolos a solas dentro del apartamento amueblado que acababan de rentar. Andrés recorrió el que sería su “hogar” durante al menos un año al que ya se había comprometido al firmar aquel contrato con el señor González; miraba de reojo la actitud ansiosa de Josué que enviaba mensajes de texto desde su móvil sin dejar de revisar los alrededores del lugar. Entró a una de las habitaciones, el mobiliario del lugar era sencillo pero cómodo; una cama matrimonial, una pequeña mesilla de noche al lado de la misma y un amplio escritorio junto a la ventana, le pareció perfecta.

—¿Esta será tu habitación? —Preguntó Josué mirando a Andrés asentir en silencio—. Genial, entonces la del otro lado es la mía; voy por mis cosas, ¿te ayudo con las tuyas? —dijo caminando con prisas hacia la entrada del departamento, mientras el chico lo seguía tratando de ir a su ritmo.

—Gracias —dijo—. No me gustaría causarte problemas…

—No los hay —dijo sin detenerse—. Lamento apresurar las cosas, pero debo ir a casa de mis padres en las afueras de la ciudad, voy por algunas cosas y a dar la dirección a mi familia —explicó llegando al auto.

—No hay problema, al contrario —dijo—. Gracias por ofrecerme rentar el lugar, queda cerca y es mucho más tranquilo que estar en los dormitorios.

Josué asintió a modo de respuesta mientras bajaba del portaequipaje las valijas y mochila que había ahí, mientras Andrés bajaba del asiento trasero las cajas que habían llevado, para llevarlas hasta el apartamento. Josué dejó las maletas frente a uno de los pequeños sillones de la sala y ayudó a Andrés a dejar las cajas sobre el mismo. Tomó su maleta y sus cajas y corrió a la que sería su alcoba para dejar sus cosas ahí y así ir a casa de su familia a dejarlo todo “arreglado”. Andrés sólo pudo verlo desaparecer a través de la puerta sin decir una sola palabra más; suspiró cansado, miró la pesada maleta y dirigió su mirada hasta la puerta de su recámara, entornó los ojos y deseó tener a su amigo de infancia con él, al menos para ayudarlo a llevar esa pesada valija. Se levantó y comenzó a arrastrarla para acercarla lo más posible a su habitación, se dio unos segundos para respirar y continuó llevando las cajas y mochila para ponerse a acomodar sus cosas.

Josué condujo cerca de una hora hasta llegar a casa de sus padres, imaginaba la expresión incrédula de su padre al escuchar que por fin había hallado un roomie con el que compartiría gastos y la renta. Sonrió y celebró de forma interna aquella pequeña victoria sobre la falta de confianza que su padre tenía en él y “sus hábitos”, como tanto solía reclamarle una y otra vez desde la preparatoria. Llegó a la propiedad de su familia y estacionó su auto justo a la entrada de la casa como tanto solía criticarle su hermana mayor, Gisela; la consentida de papá, la “hija perfecta” de buenas costumbres, y que es incapaz de cometer un error; la de buenos modales y sonrisa diplomática, aún en momentos complejos; la de las buenas calificaciones y excelentes comentarios de los profesores; la ahora pediatra inmaculada que le llevaba a él unos 7 años de ventaja en todo. Descendió del auto y esperó a que Marta, la mujer que asistía a su madre en la casa, le abriera la puerta y le permitiera pasar; sonrió al verla y la saludó de forma cariñosa con un fuerte abrazo.

—Bienvenido a casa, niño Josué —le dijo aquella mujer de unos cincuenta y pico de años con cabello castaño entrecano, dibujándose aquellas profundas líneas de expresión en su apacible rostro al sonreír.

—Gracias, nana —le respondió el muchacho—. ¿Están mis papás?

La mujer asintió despacio, como tratando de adivinar lo que había ido a buscar ahí.

—También está la señorita Gisela...

—Me imagino —respondió festejándolo—. Mejor todavía.

Avanzó hasta la sala de estar de la casa y buscó con la mirada a su madre, quien se encontraba sentada sobre unos de los amplios sillones concentrada en la novela de Danielle Steele que tenía entre sus manos; caminó hasta ella dando grandes zancadas y depositó un beso sobre la frente de la mujer que le miraba con ternura y comenzaba a acariciar su rostro.

—Josué... —murmuró de forma casi inaudible, con voz ronca, más bien afónica.

—¿Cómo sigues, madre? —preguntó con visible preocupación.

—Mejor ahora... —respondió sonriente acariciando el rostro de su hijo.

—Me alegra, mamá.

—Tu padre y Gisela están en el despacho —le anunció la mujer levantándose del sillón, y depositando aquel colorido separador de listones que él le hubiera obsequiado en algún cumpleaños, justo en la página donde se había quedado, para dejar el libro sobre la mesilla de fina madera que estaba junto al sillón.

—Gracias —dijo el muchacho rodeando los hombros de su madre con su brazo derecho, y caminando a su lado hasta el despacho de su padre; al llegar a la puerta estiró su mano izquierda para girar aquel picaporte y abrirla para poder entrar.

Dentro de la lujosa oficina se encontraba su padre sentado detrás del enorme escritorio de caoba, bebiendo una copa de whisky; y frente a él estaba Gisela, su hermana, una chica de piel blanca y cabello castaño dorado rizado, sosteniendo en su mano derecha una copa con cognac; ambos dirigieron su mirada hacia la puerta y le miraron de forma reprobatoria al verlo ingresar junto a su madre.

—Sabes que pudiste llamar a la puerta antes de entrar, ¿verdad, Josué? —le recriminó su padre.

—Tengo ya compañero de cuarto —le anunció haciendo caso omiso al reclamo de su padre—. Ya hemos firmado el contrato anual, y de hecho ya hemos trasladado nuestras cosas ahí.

Su padre suspiró desganado, tras unos segundos comenzó a asentir sin decir una sola palabra, mientras Gisela le miraba de reojo.

—Para variar has hecho tu capricho, te felicito Josué —le dijo su hermana levantándose de la cómoda silla en la que había estado sentada—. Espero te quedes a cenar para poder escuchar más de tus aventuras, como la de la fiesta de ayer, ¿qué tal?

Josué la miró inexpresivo, sabía que estaba tratando de provocarlo y no le daría el gusto de lograrlo, no esta vez.

—El que me quede a cenar depende de que papá me invite a hacerlo, ¿verdad papá? —le dijo al hombre que les miró arqueando una ceja.

—Haz lo que quieras; esta también es tu casa, Josué —respondió de forma seca—. Ahora, si me disculpan, estaba por hacer unas llamadas importantes de negocios con un cliente...

Gisela salió de la oficina tras asentir en silencio, dejando atrás a su hermano y su madre, quienes comenzaron a caminar hacia la puerta.

—Andrea, ¿puedes esperar un minuto? —le pidió el hombre a su mujer, quien asintió y caminó de nuevo hacia dentro del despacho, cerrando la puerta detrás de sí.

Josué regresó a la sala ignorando por completo la presencia de su hermana en el pasillo; la chica caminó detrás de él para esperar a que sus padres salieran para cenar, sabía que la conversación que sostendrían dentro sería en torno a la actitud soberbia e inmadura de su hermano y el que su madre siempre estuviera protegiéndolo.

—Te encanta ver cómo papá y mamá discuten por tus estupideces, ¿verdad? —le preguntó sentándose en el sillón en que su madre hubiera estado sentada cuando llegó.

—No sé de qué hablas, Gisela; si lo que buscas es que me largue sólo tienes que decirlo, no necesitas actuar como una arpía para lograr que me vaya de aquí y te permita seguir siendo la “reinita” de la casa —le respondió sin alterarse, mirando a través de la ventana.

—Eres un idiota... —bufó la joven desviando su mirada hacia el libro que su madre había estado leyendo—. Estoy segura que vas a meterte en problemas antes de siquiera terminar el primer semestre; y con eso tu privilegio de vivir fuera de esta casa va a esfumarse de tus manos, Josué.

—Si tú dices...

Gisela suspiró fastidiada, se llevó una mano al rostro y la frotó sobre su frente, su hermano podía exasperarla de maneras insospechadas, pero tenía que aguantar hasta la cena y que fuera su padre quien le pidiera a Josué que se retirara de una buena vez.

Josué se giró hacia el pasillo al escuchar la puerta del despacho abrirse, miró a su madre salir sonriente acompañada de su padre, que lucía tranquilo. Les vio caminar hasta la estancia para que fueran juntos hasta el comedor para cenar, envió un mensaje de texto a Andrés, avisándole que volvería tarde, para que no se molestara al escucharlo llegar ya entrada la noche. Cenó con su familia procurando evitar roces con Gisela, hasta que la conversación sobre la dichosa fiesta salió de nuevo a relucir.

—Entonces, ¿tuviste una fiesta anoche que te hizo conducir ebrio hasta los dormitorios, Josué? —comentó su padre, pudo ver la tristeza reflejada en rostro de su madre, y aquella sonrisa burlona dibujada en el rostro de Gisela.

—Fue un descuido estúpido, sí; pero no estaba tan bebido —explicó con la mayor calma que le era posible.

—¡Pusiste en riesgo tu vida, y la de otras personas, carajo! —Reclamó su padre azotando las manos sobre la mesa—. Además, Manuel Montesinos dijo que estabas completamente borracho.

—¡Cuántas veces debo decirte que Manuel Montesinos me aborrece! —Reclamó perdiendo la paciencia—, que él va a exagerar cualquier cosa que escuche, o vea que yo haga...

—¡Por favor, Josué! —exclamó su padre furioso—. Ahora resulta que todos te odian, y por eso te inventan rumores, ¿cuándo vas a aprender a hacerte responsable de tus estupideces?

—¡Rogelio, por favor! —Reclamó su esposa con visible incomodidad—. Si tienen reclamos qué hacerse háganlo en tu despacho; no durante la cena.

Ambos permanecieron en silencio unos segundos, Rogelio Villalpando asintió en silencio y suspiró frustrado, desviando su mirada hacia el ventanal para tratar de calmar su molestia. Josué fijó su mirada en el plato que tenía enfrente y colocó sus manos sobre la mesa, había perdido el apetito; sólo quería salir de ahí. Al terminar de cenar, Josué se despidió de su madre y caminó hasta la puerta principal de la residencia siendo seguido por su padre.

—No quiero que hagas idioteces como esa, ¿entiendes? —Le espetó con molestia—. Quiero que utilices la cabeza que para algo la tienes.

—No volverá a suceder —aseguró entre dientes—. Aquí está la dirección del departamento, me voy.

Su padre tomó con su mano derecha aquel papelillo color amarillo en el que su hijo había anotado la dirección del departamento que había rentado. Suspiró preocupado al verlo marcharse con tanta molestia, pero no podía evitar recriminar aquellos errores estúpidos que veía a su hijo cometer por soberbia.

Condujo a alta velocidad con la ventanilla abajo para sentir el viento chocar contra su rostro lo más que se pudiera, y así enfriar su cabeza un poco; estaba furioso, quería romperle la cara a Montesinos, sabía que si se dirigía a los dormitorios lo encontraría y sería su oportunidad de meterse en un problema mayúsculo, no podía darse ese privilegio, no después de discutir con su padre por “sus estupideces”. Se dirigió directo a su apartamento recién rentado, ingresó y azotó la puerta tras entrar. Andrés salió de su habitación sosteniendo su móvil contra su oreja izquierda, y le miró desconcertado; Josué caminó hasta internarse en su habitación ignorándolo, y se encerró.

Andrés regresó a su recámara y cerró la puerta detrás de sí, continuando con su llamada telefónica.

—Acaba de regresar mi compañero de cuarto... —explicó—. Lamento la tardanza.

—No te preocupes, hijo —le dijo su madre de forma comprensiva—. Lo importante es que te sientas cómodo, ¿seguro que no te falta nada?

—Sólo un librero pequeño —respondió—. Creo que iré mañana por el librero que dejé en la habitación de los dormitorios, le pediré a Marco que me acompañe en su camioneta.

—Ya que mañana voy a ir a Puebla yo puedo ir por él y llevártelo mañana en la tarde hijo, de paso conozco el lugar donde vivirás al menos este año... —sugirió la mujer con preocupación.

—Lo que te haga sentir más segura mamá; te aseguro que todo está bien, creo que a Josué no le fue bien en su casa, regresó algo molesto, por eso se escuchó la puerta —explicó con la intención de tranquilizar los nervios de su madre.

—Entonces iré mañana cerca de las cinco a dejarte el librero, ¿algo más? —interrogó no dando oportunidad a que su hijo se retractara.

—Entonces una cafetera, madre —pidió comenzando a sonreír, sabía que su madre iría sí o sí; buscar disuadirla sólo provocaría una discusión sin sentido.

—Entiendo, el librero y te llevaré la cafetera nueva que me regaló tu tía en mi cumpleaños —dijo la mujer—. Te veo mañana, entonces.

—Hasta mañana en la tarde, mamá —respondió el chico, esperando que su madre finalizara la llamada. Colocó el móvil sobre el escritorio y caminó hasta el armario para sacar ropa para darse una ducha, no presionaría a Josué, esperaría a que hablara si eso le apetecía.

°°°

Tal y como lo había previsto, su madre había llegado puntual para llevarle el librero, la cafetera y algunos víveres; sonrió al verla, pese a que su madre solía ser demasiado entrometida en su vida personal le agradaba tenerla cerca.

—Es un lindo lugar —dijo la mujer ingresando al departamento—. Bastante iluminado, ¿estás solo?

—Josué salió a comprar algunas cosas que necesita —explicó Andrés con amplia sonrisa—. Gracias por traerme estas cosas, mamá.

—No tienes nada qué agradecer, Andrés; me alegra venir, y ver dónde vas a vivir; créeme, me tranquiliza que me lo hayas permitido.

—Lo sé —reconoció el chico invitándola a sentarse en la pequeña sala.

—Tu padre me pidió que te dijera que puedes llamarlo cuando sea, no importa la hora, no lo olvides, ¿quieres?

—No lo haré mamá, no te preocupes —insistió Andrés con tranquilidad.

—¿Puedo conocer tu habitación? —preguntó con curiosidad.

—Claro, mamá —dijo el chico entre risas—. Es la habitación de la derecha —indicó—, ¿quieres café? —preguntó.

—No hijo, debo ir a reunirme con las chicas en el centro comercial donde las dejé—le avisó—. Como vamos a hacer una subasta para recaudar fondos para el orfanato, decidimos venir a ver unas cuantas cosas hasta acá.

—Entiendo, mucha suerte con eso —dijo el chico comenzando a preparar café en el aparato que recién le había llevado su madre.

La mujer entró a la habitación de su hijo, sonrió al ver sus cosas en ese escrupuloso orden en que solía mantenerlas siempre; se sintió tranquila al darse cuenta que todo estaba en calma, aunque no dejaba de generarle curiosidad el compañero de apartamento de Andrés. Esperaría al menos a verlo llegar y hacerse de alguna idea sobre la clase de persona con la que su hijo mayor conviviría durante al menos un año. Salió de la habitación y volvió a la sala a ver a su hijo esperar a que la cafetera terminase de preparar la bebida cuando escuchó que la puerta se abría dejando pasar a Josué, quien saludó con amabilidad. El muchacho se presentó con todo el encanto que era capaz de tener para lograr tener a la familia de su compañero de departamento tranquila, ya podía verse que no era un chico que buscara alejarse de ellos.

—Un placer conocerte, muchacho —respondió la mujer con amplia sonrisa—. Cualquier cosa que se les ofrezca no duden en llamar —ofreció.

—Le agradezco mucho, señora Macías; es usted muy amable —respondió Josué con aquel aire encantador que solía ayudarlo a conseguir lo que fuera que se propusiera.

—Bueno muchachos, debo irme —avisó la mujer tomando su bolso del sillón—. Espero verte en fiestas patrias, Andrés; no olvides que tu padre organiza la tardeada en la escuela.

—No lo olvidaré, ahí estaré —aseguró sonriente.

—Estás invitado Josué, si te gustan esta clase de eventos, claro está —invitó la mujer entre risas amables.

—Muchas gracias, señora; si no voy a casa cuente conmigo —aseveró el muchacho con amplia sonrisa.

La mujer salió del departamento e hizo la seña a su chofer de retirarse y llevarla a su reunión.

—Tu madre es amable... —resopló Josué mirándola partir.

—Lo sé —respondió el chico mirándolo de reojo.

—Lamento la escena de anoche —se excusó apenado—. Mi reunión con mi familia terminó mal; bueno, siempre que mi hermana y mi padre escuchan chismes pasan esta clase de cosas —relató dejándose caer sobre el sillón.

—Hay que esperar a que las cosas se calmen para dialogar y no encenderse —sugirió Andrés sirviendo café en una taza de cerámica color negro—. ¿Quieres café?

—No, gracias —dijo levantándose con flojera—. Voy a bañarme, me pondré a estudiar un poco y quizás me quede dormido, me haría bien hacerlo...

Le miró caminar hacia el pasillo y desaparecer de su vista, le escuchó ir y venir hasta encerrarse dentro del baño. Bebió su café en calma, sentado frente al monitor de su laptop para revisar su correo electrónico.

°°°

Durante las siguientes tres semanas y media que llevaban viviendo bajo el mismo techo convivieron poco, entre las diferencias en sus horarios y las constantes fiestas a las que Josué asistía cada jueves y viernes a las que, hasta entonces, había podido encontrar pretextos para no asistir.

—Si quieres convivir con él debes conocer un poco el ambiente en el que él se mueve, ¿no te parece? —le dijo Marco en tono burlón.

—Tienes razón... —admitió Andrés suspirando—. Supongo que iré a la fiesta de mañana en la noche, ¿quieres venir?

—¡Por supuesto que no! —Exclamó el muchacho con repulsión marcada en el rostro—. Esas fiestas y yo no combinamos.

—Pero...

—Nada, Andrés —le interrumpió—. Eres tú quien quiere conocer a Josué Villalpando porque cree que le gusta desde hace como 2 años; si necesitas algo me llamas y voy por ti, pero no voy a acompañarte.

—De acuerdo… —resopló nervioso. Al escuchar la puerta principal abrirse titubeó por unos segundos, Marco entornó los ojos y tosió para invitarlo a mantener la compostura—. Gracias, Marco…

—De nada, Andrés —respondió volviéndose a mirar a Josué entrar al departamento acompañado de una chica de cabello oscuro y baja estatura.

—¡Qué bueno que están! —saludó Josué sin dejar de abrazar a la chica que no dejaba de reír—. Mañana en la noche habrá una fiesta buenísima en el Damtshaa, ¿vienen?

—Claro, ¿por qué no? —Respondió Andrés—. Bueno, yo sí iré…

—¡Genial! —Celebró Josué—, ¿y tú, Marco?

—Supongo que sí, necesito terminar un proyecto, si lo hago temprano cuenten conmigo —respondió resignándose a acompañar a Andrés, quien sonrió al entender la actitud de su amigo de antaño.

—Bueno, Larissa y yo vamos a charlar un poco en mi habitación —dijo encaminándose a través del pasillo sin soltar a la chica.

—No sé cómo estás dispuesto a aguantar esto… —bufó Marco con molestia, escuchándolos reír a carcajadas dentro de la habitación—. Si sabes lo que va a pasar ahí dentro, ¿verdad? —finalizó buscando ser discreto.

—No soy idiota, por supuesto que lo sé —respondió incómodo—. No es la misma chica con la que llegó la semana pasada —dijo luciendo decepcionado.

—Hay un tipo de leyes en los dormitorios…—intervino Marco—. Él dice que “Villalpando” es un gigoló o un prostituto, pero yo dudo que cobre algo…

—¡Marco! —reclamó Andrés perturbado por el comentario.

—Yo sólo te comparto lo que me dicen, y lo que veo y escucho que pasa contigo. No te enojes, Andrés; creo que si quieres estar aquí para poder verlo bien podrías instalar una cámara y dejar que se consiga otro compañero de cuarto…

—Firmé un contrato.

—Es mucho masoquismo de tu parte, sobre todo para querer ver todo lo que un tipo como este es capaz de hacer… —insistió—. Además, tú sólo crees que te gusta, ¿ya le dijiste que eres gay?

—¡No, cállate! —Manoteó buscando que su amigo guardara silencio—. No puedo decirle eso, no quiero tener problemas con él…

—¿Encima es homofóbico? —Preguntó incrédulo—. ¡Sí que estás jodido amigo!

—No lo sé… —reconoció—. Pero no quiero arriesgarme a que lo sea.

—¿Estás dispuesto a fingir ser heterosexual para no “arriesgarte”?, ¡eso sí que no me lo pierdo! —se burló esbozando una sonrisa retorcida en su rostro.

—No es gracioso, Marco… —murmuró bajando la mirada a sus manos entrelazadas entre sus rodillas, su semblante de tristeza logró hacer a Marco suspirar largamente.

—Soy tu amigo, maldición… —se quejó—. Lo único que quiero es que estés bien. Voy a estar aquí, sólo no lo olvides.

—Gracias…

—Me tengo que ir, no quiero problemas en los dormitorios —dijo levantándose del sillón—. Te veo mañana en clase, y supongo que iremos juntos a la dichosa fiesta en el Damtshaa…

—Claro, cuídate —dijo acompañándolo hasta la puerta del departamento—. Nos vemos mañana.

Marco agitó su mano y caminó hasta la escalera para comenzar a descender y salir del edificio. Andrés cerró la puerta y caminó de nuevo a la sala para levantar el par de tazas vacías que yacían sobre la mesilla de centro, para llevarlas a la tarja y lavarlas. Escuchar las risas mezcladas con jadeos y gemidos de ambos le hacían sentirse nervioso, incómodo; se apresuró a volver a su habitación y ponerse los audífonos para escuchar música en su móvil y así olvidarse de todo, al menos hasta escuchar cuando la chica se marchara, igual que la anterior; sólo debía esperar. A diferencia de la chica de la semana anterior, esta permaneció hasta la mañana siguiente dentro del apartamento y se topó con ella en la cocina.

—Buenos días… —siseó Larissa aún adormilada.

—Buenos días —respondió Andrés mirándola de reojo sirviéndose café caliente en una taza.

—Yo también quiero… —pidió la chica de forma caprichosa.

Entornó los ojos y buscó una taza para servirle café y entregárselo. Verla beberlo en pequeños sorbos con la mirada fija en el humo que la bebida despedía lo hizo sentir incómodo.

—¿Azúcar? —ofreció para tratar de aligerar el ambiente.

—No, eso tiene calorías —respondió con altanería—. ¿Tú debes ser Andy, verdad? —preguntó mirándolo de forma fija.

—¿Andy? —preguntó desconcertado.

—El roomie de Josué, Andy, ¿me equivoqué?

—Andrés, sí… —corrigió él—. Andrés Macías.

—Larissa Sotomayor —se presentó ella—, ¿qué estudias tú?, yo estudio nutrición

—Diseño gráfico —respondió de forma seca.

—¡Qué lindos ojos tienes! —Exclamó con exageración al acercar su rostro al del chico—, estoy segura que tienes muchas chicas a tus pies.

—¿Es broma? —cuestionó con incomodidad.

—¡No, cómo crees!

—No, no tengo muchas chicas a mis pies; soy más bien del tipo solitario… —respondió buscando evadir el tema—. ¿Estuvo buena la fiesta de anoche?

—Buenísima, pero no mejor que la de hoy en el Damtshaa, esa va a estar bien chingona —respondió ella colocando la taza en la tarja y dando media vuelta—. ¿Irás, verdad?

—Sí, después de terminar un proyecto…

—Genial, así te presentaré a una amiga; aunque es algo mamona… —meditó la muchacha—, pero verás cómo la pasas bien esta noche —dijo guiñándole un ojo antes de desaparecer en el pasillo.

Sudó frío, sólo de pensar en que aquella chica estaba buscándole una “cita” para la dichosa fiesta en el antro ese le daba escalofríos. Se talló el rostro con ambas manos y se hizo a la idea. Marco tenía razón, era él quien quería estar cerca de Josué Villalpando y conocer un poco más de su ambiente; quizás en una actitud masoquista, porque no tenía idea de si Josué era homofóbico o no y, lo sabía bien, no había mentira que durara cien años, menos cuando de sexualidad se trataba… Suspiró y tomó la determinación de seguir adelante, si sentía que las cosas se ponían complicadas le confesaría a Josué su orientación sexual y punto; si eso era motivo suficiente para cancelar lo del departamento y que él volviera a los dormitorios lo haría sin más, pero nunca diciendo que no lo había intentado…

Se alistó con rapidez para verse con Marco en la biblioteca del campus y terminar de una buena vez el proyecto que debían entregar antes que el profesor se marchara de su cubículo, alrededor de las seis de la tarde pese a ser viernes. Después de eso ya irían a arreglarse para asistir a la dichosa fiesta en el Damtshaa, y poder ver un poco más de esa vida universitaria que tan fascinado tenía a Josué.

Josué salió de la alcoba tras escuchar a Andrés despedirse de Larissa, quien estaba terminando de arreglarse para irse a casa de su tía; le dolía la cabeza y poco podía recordar de todo lo que había hecho con ella en su propia habitación, ver su ropa desperdigada por el suelo junto a aquel bote mal cerrado de lubricante y los envoltorios vacíos de un par o dos de condones le hicieron sentirse obligado a recordar. Se dio una ducha con agua fría para despertar y salió cubriendo sólo su cadera con aquella toalla azul marino que tanto le fascinaba; caminó hasta la cocina y se sirvió café en una taza negra de cerámica que estaba guardada, sonrió al ver todo en un orden casi escrupuloso, reaccionó al escuchar el timbre del departamento sonar, corrió hasta la puerta y abrió dejando ver de nuevo a Larissa, que había regresado para recoger sus aretes, que había dejado olvidados sobre la mesilla de noche junto a su cama.

—No te olvides que quedamos de ir juntos, Villalpando —dijo ella acercando su rostro al del muchacho que sonrió—, ¿vamos a llegar con Andy y su amigo, o cómo?

—¿Andrés va a ir? —interrogó confundido.

—Claro, tú lo invitaste anoche y los dos dijeron que irían…

—Pues me pongo de acuerdo con Andy y ya te aviso —respondió Josué comenzando a acariciar la espalda de la chica.

—No empieces, debo regresar, no quiero problemas con la chismosa de mi tía —Cortó el jugueteo seductor del muchacho—. Me llamas antes de las tres y nos vemos en el campus después de las seis y media para irnos a la fiesta, ¿verdad?

—Sí, Larissa; así será —confirmó él levantando sus manos y dando un paso atrás.

Ella sonrió y comenzó a caminar con rapidez hasta la puerta, él la siguió y la vio marcharse; cerró la puerta al verla desaparecer en las escaleras. Sacudió su cabeza, le pareció increíble que su discreto y aburrido compañero de apartamento hubiera aceptado ir a una fiesta en un antro.

«Quizás cortó con su novia y necesita distraerse», pensó convenciéndose a sí mismo de ser quien ayudara a su roomie a superar aquel bajón, y hacerse de una novia guapa y de amigos chidos. Si bien Andrés parecía ser muy reservado en cuanto a sus asuntos sociales, era un chavo bastante agradable, uno del que valdría la pena hacerse su amigo. Volvió a su cama a dormir un par de horas más, antes de volver a bañarse y arreglarse para contactar a Andy y ponerse de acuerdo con él y Larissa para ir a la fiesta en el Damtshaa. Lo llamó minutos antes de las cinco, quería saber si ya se había echado atrás, para convencerlo en caso de ser necesario, pero todo parecía indicarle que Andrés estaba entusiasmado con la idea de ir a la fiesta, quedó de verlos a él y Marco pasadas las seis en la entrada de los dormitorios; sonrió satisfecho, todo estaba acomodándose para tener una fiesta increíble en el antro de moda de la ciudad.

Se duchó de nuevo y se vistió para matar; esa noche iría por todo, iría a divertirse a sus anchas y a hacer que Andy la pasara bien y olvidara a la cruel novia que lo había abandonado. «¿Qué clase de chica es capaz de dejar a un tipo discreto y educado como Andrés?, cierto, las mujeres son hijas de la mala vida y les gustan los tipos como él: guapos, mujeriegos, y que les gusta divertirse sin mirar atrás», pensó terminando de peinarse sin dejar de sonreír al mirarse al espejo.

Buscó su billetera y la guardó en el bolsillo trasero de sus jeans ajustados, tomó la chaqueta negra de cuero de su armario y salió con rumbo al campus para buscar a Andrés y Marco, que le esperaban conversando sobre la acera. Marco fumaba un cigarrillo con actitud despreocupada mientras Andy lucía nervioso por algo; estacionó el auto y los alcanzó para enterarse de lo que sucedía, y de paso, aprovecharía para darle un par de consejos a Andy para lucir imparable en la fiesta.

Andrés y Marco escucharon con atención los consejos que Josué estaba dándoles para tener éxito con las chicas en la fiesta; si bien Marco sabía que toda aquella palabrería no podía importarle menos a Andrés, se miró simular un interés quizás exagerado, se limitó a sonreír y seguirle la corriente a ambos.

Se dirigieron al campus de nuevo para encontrarse con Larissa, que estaba acompañada de una chica de baja estatura y cabello negro ondulado que le llegaba por debajo de la cintura, perfectamente peinado. Andrés suspiró de forma ruidosa al ver a Josué bajar de su auto, caminó hacia ellas tras hacerles la seña de que esperasen dentro de la camioneta de Marco.

—¿Sucede algo? —preguntó Marco con curiosidad al ver la reacción de su amigo.

—La chica de cabello negro es amiga de Larissa, dijo que me la presentaría… —admitió apenado.

—Bueno, ella puede ser tu coartada para evitar seguir los “consejos” del casanova de Josué, ¿no te parece?

Andrés meditó durante unos segundos aquella frase de Marco; sabía que charlar y bailar con aquella chica le serviría para evitar sentirse ridículo al pretender seguir los consejos de Josué, pero sabía también que no podía darse el lujo de hacerle creer a esa chica que él podría llegar a interesarse en ella, tenía que tomar una decisión pronto. Asintió en silencio al verlos caminar hacia el aparcamiento, ambos descendieron de la camioneta con amplias sonrisas dibujadas en el rostro.

—Marilú, él es Andrés; el chico del que te platiqué —dijo Larissa mientras Andrés extendía su mano para saludar a la chica.

—Mucho gusto… —dijo él apenado.

La chica estrechó la mano del muchacho y se acercó para depositar un beso sobre su mejilla derecha.

—El gusto es mío, soy María Luisa Ortega —dijo con sonrisa fingida.

—Andrés Macías —se presentó él, con visible incomodidad.

—Bueno, bueno… —intervino Josué—. ¿Marilú, te vas con Andy y Marco? —le preguntó más bien dando por hecho aquella situación, mientras él y Larissa caminaban hacia su auto.

Marco se limitó a conducir en silencio mientras Andrés trabaja de romper el hielo con María Luisa sin obtener mucho éxito.

—¿Tiene mucho tiempo que Larissa y tú son amigas? —preguntó Marco logrando sorprender a Andrés.

—No, nos conocimos en la universidad —respondió desviando su mirada hacia la ventanilla.

—Sí que Larissa es una chica simpática y agradable… —celebró Marco con tono irónico—. Es una chica con la que gusta conversar… —Andrés le miró de reojo haciendo una mueca de espanto al escuchar y entender lo que pretendía—. ¡Qué corto se me ha hecho el trayecto con tan buena conversación! —exclamó divertido.

María Luisa bufó de forma discreta esperando a que Marco apagara el vehículo para poder bajarse e internarse en la fiesta y olvidarse del “amiguito” que Larissa quería que distrajera. En cuanto Marco apagó el motor, la chica salió disparada buscando con la mirada a algún conocido que le sirviera de pretexto para hacerse la desaparecida.

—Escucha —la interrumpió Marco—, mi amigo tampoco quiere perder el tiempo contigo, pero por amabilidad, ¿podrías siquiera entrar con él y después cada quién su rollo?

—Marco… —intervino Andrés incómodo.

La muchacha miró de reojo aquella expresión apenada en el rostro de Andrés y suspiró de forma ruidosa.

—De acuerdo… —aceptó dándose por vencida.

Esperaron a Josué y Larissa cerca de la puerta de acceso al local; Marco evitó a toda costa hacer contacto visual con la chica, se sentía molesto con la actitud que, aunque disimulada, aún mantenía hacia ellos. Andrés permaneció en silencio con la mirada fija en el aparcamiento, su mirada se iluminó al ver ingresar el lujoso auto de Josué, agradeció en sus adentros a que este hubiera llegado a terminar con el suplicio que representaba estar entre Marco y María Luisa.

—¿Listos para divertirse? —preguntó Larissa con entusiasmo al acercarse.

—Seguro… —respondió su amiga entornando los ojos.

—Entremos, pues… —pidió Marco comenzando a perder la paciencia.

Josué sonrió al darse cuenta de la tensión que existía en el ambiente; no pudo evitar imaginar que Marilú estaba incómoda por la presencia de Marco. Les apresuró a entrar casi empujándolos. Dentro del Damtshaa la música retumbaba por todas partes haciendo que el piso vibrara al ritmo de los bajos de la música; las luces de colores y el hielo seco llenaban el lugar con un ambiente perfecto para beber, bailar y perderse por una noche. Conforme iban avanzando dentro del lugar, Marco no podía evitar mirar que en algunos rincones había parejas tocándose y besándose sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor; Josué le pidió a una de las chicas que trabajaban en el antro que les asignaran una mesa, y para ese propósito ordenó un par de botellas de Chivas “para comenzar la fiesta”, decía entre carcajadas siendo secundado por una exageradamente animada Larissa.

—Vamos a bailar —ordenó Marilú a Andrés, quien la miró boquiabierto—. Anda, ya…

Llegó con la mano de ella aferrándose a la suya y tirando de ella para obligarlo a levantarse de la silla y caminar chocando con la gente a su alrededor hasta donde ella decidió soltarlo.

—Escúchame bien —le dijo ella al oído—. No tengo la más mínima intención de acostarme contigo esta noche, sé lo que Larissa es capaz de decir, y…

—No hace falta… —interrumpió él esbozando una sonrisa tímida—. No busco acostarme contigo, puedes estar tranquila.

Ella le miró sorprendida por la franqueza y sonrió; asintió y siguió bailando con él durante algunos minutos más hasta que le pidió que fueran a un lugar “más tranquilo”. Caminaron hasta un pasillo atiborrado de gente que conducía a los sanitarios y a una pequeña terraza en el extremo del lugar.

—Gracias.

—¿Te sientes bien, Marilú? —preguntó Andrés con visible preocupación.

—Sí, aunque si he de ser honesta contigo estoy cansada; hoy no estaba de humor para estas cosas —reconoció—. También quería disculparme contigo por mi actitud…

—No es necesario, entiendo que esta clase de cosas son más que incómodas —comenzó a reír de forma discreta.

—Me imagino lo que Larissa te dijo…

—No dijo gran cosa, sólo que me presentaría a una amiga suya para que me acompañara en esta fiesta.

—¿Puedes decirle a tu amigo que lo lamento? —pidió avergonzada.

—¿A Marco? —Preguntó él sorprendido—, él no fue precisamente amable contigo, ¿sabes?

—Sí, pero fue mi culpa —reconoció ella—. Si mi actitud hubiera sido otra, y él hubiera actuado como lo hizo tendría derecho a sentirme indignada.

—Se lo diré.

—¿Te gusta Larissa, y por eso aceptaste venir a esta fiesta? —preguntó tratando de adivinar la respuesta en el rostro del chico que la miraba desconcertado—. Se nota que esta clase de eventos no son muy de tu estilo.

—No, no tiene nada que ver con eso —admitió él.

—¿Qué estudias, Andrés?

—Diseño gráfico, ¿y tú? —preguntó curioso.

— Nutrición, estudio con Larissa, ¿no te lo dijo?

—Cierto… —musitó apenado—. Es que todo fue muy incómodo esta mañana…

—¿Se quedó con Josué después de la fiesta, verdad?

No necesitó palabras para saber la respuesta, aquella expresión que estaba dibujada en el rostro de Andrés le gritaba que “sí” de forma escandalosa. Asintió comenzando a reír, mientras aquel rostro pálido comenzó a sonrojarse y a tornarse confundido.

—No necesitas hablar, ¿te lo han dicho?

—Algunas veces… —reconoció incómodo—. Es algo que no me gusta del todo.

—Yo creo que es lindo —sonrió mirándolo con detenimiento—. A ti… —dudó—, no te gustamos las chicas, ¿verdad?

—¿Por qué dices eso? —respondió a la defensiva, con ambos ojos abiertos de par en par.

—No creo que eso sea malo, Andrés —replicó ella—. Sólo son sospechas mías, discúlpame si te he ofendido.

—No me has ofendido —admitió apenado—. Es algo que no puedo ir gritando de un lado a otro… sólo eso.

—¿Josué lo sabe? —preguntó sorprendida.

—No, no lo creo, ¿por qué?

—Porque no se me hace del tipo tolerante, ya sabes; se me figura más del tipo de chico “macho mexicano” que le gusta presumir con cuántas se ha acostado e ir de cama en cama, y tener un roomie gay no es muy “macho”, no sé si me explico —dudó ella.

—No es algo que él me haya preguntado siquiera —explicó nervioso—. Sólo me invitó a rentar un apartamento para compartir gastos y ya. Dudo que sepa gran cosa de mí, es más, creo que en realidad sólo sabe mi nombre —admitió con ligera decepción.

Ella lo miró en silencio y asintió, desvió su mirada hacia la linda vista de la avenida que tenían frente a sus ojos y recargó sus brazos sobre el barandal.

—No voy a decirle nada a nadie, puedes contar con eso —dijo casi en un suspiro—. A mí me gustan ambos —reconoció con timidez.

—¿Eres bisexual? —preguntó curioso.

—Sí, lo supe desde la secundaria; mi mirada no sólo se desviaba hacia mis compañeros en la clase de deportes, había una compañera de clase que podía hacerme temblar cada vez que se acercaba a mí para pedirme cualquier cosa —suspiró con nostalgia—; aún me acuerdo de ella y puedo incluso recordar su voz y el aroma de su perfume. Nunca me atreví a decir nada y cuando salimos de la secundaria ella se mudó a otro estado y no la volví a ver, me arrepiento de no haber hablado, aunque si lo hubiera hecho me habría ganado un escándalo, creo —comenzó a reír nerviosa—, ¿no lo crees?

—Creo que eso no lo sabrás —dijo él luciendo apenado—. ¿Tienes novio o novia?

—Ninguno de los dos; el novio que tenía terminó conmigo hace un par de días porque “ya no sentía lo mismo” —explicó haciendo el ademán de las comillas con ambas manos—. Cómo iba a sentir lo mismo si no quise acostarme con él, ¿verdad?

—Sólo quería acostarse contigo…

—Sí, lo conocí en una de estas fiestas que hay cada semana, y fue como automático —le contó tratando de recordar—; él se acercó, me pidió charlar, estábamos bebiendo mucho, de pronto besos, un poco de faje y me despedí porque mi móvil sonó; salimos un par de veces a tomar café y caminar por el centro comercial, pero cuando me propuso ir a una de las fiestas y escuché que el plan era que nos emborracháramos y tener sexo sin más porque “estaba con ganas de ver qué tal soy” se me revolvió el estómago y lo mandé a la chingada de una buena vez. Así que como no le pareció mi actitud terminó conmigo.

Andrés comenzó a reír de forma escandalosa, ella lo miró confundida.

—No te ofendas —insistió él—. No me río de ti, creo que tienes mucho carácter, te admiro; a mí por lo general me cuesta decirle que no a las personas, y termino en malas situaciones.

—¿Se han aprovechado mucho de ti, verdad?

—No tanto, Marco suele decir que tengo mucha suerte, porque de autodefensa no tengo nada.

Marilú comenzó a reír junto con él, el ambiente se había relajado al punto de poder charlar de cosas familiares y hasta íntimas con total naturalidad. Marco salió a la terraza buscando a Andrés, sorprendiéndose de lo relajados que ambos lucían al conversar.

—Es hora de irnos —intervino haciéndose presente.

—Claro… —suspiró Andrés—, ¿deseas que te llevemos a los dormitorios, Marilú?

—Si no es mucha molestia —dijo apenada—. Le decía a Andrés que lamento mucho haber sido grosera con ustedes, es que no es la primera vez que Larissa me cita con gente y digamos que ha salido muy mal...

Marco la miró sorprendido, asintió comenzando a rascarse la barbilla de forma nerviosa, permaneció en silencio sin saber qué responder. Andrés sonrió y les animó a apresurarse en su salida del Damtshaa, para llegar a su apartamento y que ellos pudieran volver a los dormitorios.

24 de Octubre de 2019 a las 22:42 0 Reporte Insertar 1
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