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123escribo Vul Plex

La línea de la vida puede adquirir caprichosas formas geométricas. ¿Qué espera encontrar Joss?


Erótico Sólo para mayores de 21 (adultos).
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UNO

1 de Julio de 2013

Alejandra se incorpora y comienza a caminar rodeando la mesa de su despacho. Acostumbra a hacerlo cuando quiere reflexionar. Facilita su concentración.

Camina despacio, marcando los pasos, casi de puntillas, pero eso no impide que sus movimientos sean elegantes, de modelo, incluso con las zapatillas deportivas. Con cada paso, sus vaqueros ajustados muestran unos tobillos morenos que los calcetines, cortitos, no logran cubrir. Tras el ventanal de la quinta planta, la primavera, se despereza ante un sol todavía bajo.

Suspira.

El termostato marca unos suaves veinte grados, pero ella resopla y se recoge las mangas de la chaqueta. La lana abulta ahora a la altura de sus codos. Es incómodo. Una mala idea. Cubre de nuevo sus brazos y desata la lazada que ejerce de cierre. Su camiseta de marca queda a la vista, blanca y presionada por unos pechos no muy grandes que todavía lucen con cierta altivez. La edad está siendo benévola con su moreno rostro aniñado, como los dos embarazos lo han sido con su figura.

Vuelve a la silla y gira con firmeza la pantalla. Necesita asegurarse de que aquello que ha leído sigue ahí; El monitor muestra un correo electrónico y, en su interior, un extenso texto. Se siente estúpida; pero qué coño, claro que sigue ahí.

Lee por segunda vez las últimas líneas y sonríe. Sonríe sin querer, desde dentro, con esa flojera que provocan los nervios.

—No me lo puedo creer.

Se sorprende al oír su voz y tarda un instante en comprender que ha pensado en alto.

Cubre su sonrisa con el dorso de la mano y decide tomarse un tiempo antes de leerlo de nuevo. No todo. No es necesario. Sólo en principio y el final. No, no. (Se corrige) Es mejor leerlo entero otra vez.

Vuelve a sentarse y, desde la esquina de la mesa, su marido y sus dos hijos le devuelven la sonrisa. Gira el marco con ternura, ocultándolos de su vista. No es más que un burdo intento por desterrar el sentimiento de culpa que, como un bizcocho horneado, comienza a aflorar. ¿Qué estoy haciendo? Se pregunta.

Concluye que aún no ha hecho nada y enciende un cigarrillo.

Aún no ha hecho nada pero se está planteando hacerlo y no sabe si está bien, si es el momento. ¿Acaso puede haber un momento adecuado para eso? Se siente un poco abrumada. Abrumada por el enorme giro que su vida está dando.

Atrás quedaron los años de desidia y monotonía. De esa abulia que la atenazaba. Un tiempo en el que una opresiva sensación de vacío se adueñaba de ella como el agua lo hace de la tierra en la pleamar. No era infelicidad, al menos no el tipo de infelicidad que la gente presupone. ¿La crisis de los cuarenta? Puede que sí, o no, quién sabe. Fuera por el motivo que fuese sufría un grave problema de incompletitud. Como si lo vivido no alcanzase para justificar su nacimiento. Por fortuna, su marido, se percató de la situación y, como siempre hacía cada vez que detectaba un problema, aportó una brillante solución:

—Estás en casa porque quieres. Monta un negocio, como yo. Algo que te divierta y te llene. Una librería por ejemplo. A ti siempre te gustó “eso” de leer.

Su marido era un buen hombre. Alto, fuerte, guapo, algo rudo y poco dado al trabajo, pero un buen hombre. Se dedicaba a personalizar vehículos para todo aquel que pudiese pagarlo. Y no muchos podían; sus diseños y sus acabados no era baratos. Alejandra no consideraba eso un trabajo. Es cierto que le dedicaba muchas horas y les reportaba ingresos, pero sabía que para él era una afición. Afición remunerada, pero afición. Siempre había sido un poco holgazán para todo aquello que no le divertía, pero tampoco suponía ningún problema, Alejandra sabía que esa pereza podían permitírsela. Su suegro les había dejado en herencia más dinero del que podrían gastar, y aunque a lo largo de su vida habían gustado de algunos lujos, nadie podría calificarlos como derrochadores.

Sí, le gustaban los libros, desde pequeña. Carecía de estudios superiores y se arrepentía, (la vida la llevó por otros derroteros) pero siempre fue una avezada lectora; Ya fuera una revista, un “best seller” o una biografía, no volaba sobre las palabras en pos del final de la historia. Alejandra desgranaba el texto y analizaba el estilo, sintiendo un gozo especial cuando creía descubrir las tornillos que ajustaban la trama.

Su marido, una vez más, llevaba razón. Tenía dinero, ilusión y poco que perder.

Publicar su propia revista convirtió aquello que era un sueño infantil en un cuento adulto; "cuento" por la extensión de los textos y "adulto" por la temática de la revista.

Con apenas nueve números en la calle, la revista Erotomía ya había recibido un prestigioso premio CLAP.

Sin tiempo para asimilarlo había pasado de ser una anónima ama de casa a ejemplo social, a paradigma de mujer emprendedora.

Aspira el humo del cigarrillo y recorre con la mirada su coqueto despacho de inspiración industrial. En la pared de ladrillo visto destaca el recorte enmarcado de la entrevista que, con motivo del premio, había publicado un diario de tirada nacional. La ilustra una fotografía; un primer plano de su cara sonriente, con la barbilla apoyada en sus dedos entrelazados y, bajo ellos, el galardón.

Alejandra está convencida de que sin esa entrevista nunca habría recibido ese correo electrónico.

Aplasta el cigarrillo con vehemencia y dirige, de nuevo, toda su atención al monitor.

El texto es de un tamaño considerable, casi una novela y no tiene cabida en su revista. Aunque eso ya lo había descartado tras la lectura de las primeras páginas.

— ¿Qué hago? ¿Respondo? ¿No lo hago? ¿Qué quiero hacer en realidad?

De nuevo está pensando en voz alta.

Se acaricia la melena rizada y castaña en un gesto coqueto e inconsciente y, tras un profundo suspiro, se sumerge de nuevo en el texto que rezaba así:


1 DE JULIO DE 2013

MAÑANA.

Fumo en la ventana para aplacar los nervios. En este hotel no está permitido, pero me da igual; soy demasiado feliz para que esa norma arruine mi momento.

Me cuesta creer que haya ocurrido. Me acerco a la almohada y percibo que aún conserva su olor. Vale, ha ocurrido. ¿Y ahora, qué? He necesitado veinticinco años, no debo/quiero demorarlo más. Me siento en el escritorio, enciendo el IPad y las palabras fluyen:

Me llamo Jossy, y esta es la única mentira que encontrarás en mi relato. Comienzo a escribir mi historia mañana, dos de Julio de dos mil trece. Sí, soy consciente de que es una paradoja, sé que para ti, hoy, es día uno.

Quiero contártelo todo, sin guardarme nada, como me gustaría haber hecho en su momento de haber tenido la ocasión. Pero hoy (mañana) no es día de reproches, si no de reencuentros.

Mi existencia (mi vida es otra cosa) comenzó en la primavera de mil novecientos setenta y por lo que me contaron fue, más o menos, así:

En una habitación de hospital, una pareja, sonreía. Se habían casado un año antes y, amarse con la pasión de un primer beso, había dado su fruto. El joven padre acostó al recién nacido a los pies de la camilla y comenzó a desnudarlo.

— ¿Frank, qué haces? —Preguntó ella. —Tápalo, que no le coja el frío.

—Espera, voy a contarle los dedos.

La carcajada de la madre fue espontánea, y la respuesta del padre fue sincera y tierna.

—No te rías, me han dicho que hay que hacerlo.

—Me río, cielo, porque eso fue lo primero que hice yo.

Frank, satisfecho, envolvió al recién nacido en la manta y lo acunó en su regazo. Ella se acomodó la almohada, exhaló un profundo suspiro y, ya relajada, cerró los ojos un instante.

Esos jóvenes veinteañeros eran (son) mis padres, y tenían planes. Planes para ellos y planes para mí.

Sus sueños pasaban por despertarse abrazados todas las mañanas y materializar sus proyectos impregnados de tinta y cafeína. Deseaban vivir con holgura, ser unos viejecitos felices, y sentir el orgullo de haber gozado una vida plena. Anhelaban dejar un legado perdurable; ciudades preñadas de prácticas obras públicas, bellos edificios de usos múltiples, y funcionales bloques de apartamentos en los que anónimas vidas pudieran disfrutar sus días.

Yo crecería sano y fuerte, recibiría la mejor educación basada en sus valores, y la caprichosa existencia sería benévola conmigo. Trazarían una amplia trocha forrada de seda y algodón por la que me deslizaría, sonriente, hasta la edad adulta.

Su parte del plan la están cumpliendo. Poseen un exitoso estudio de arquitectura, viven con salud en la preciosa casa que sus noches diseñaron y, a pesar de su edad, son guapos y atléticos. Creo que son felices, muy felices.

Mi parte... bueno, mi parte del plan, por lo que a ellos respecta, también se está cumpliendo.

Así comenzó mi existencia. Mi vida empezó más tarde. En el verano del ochenta y cuatro.

GESTACIÓN

El verano de mil novecientos ochenta y cuatro lo disfrutamos, mis padres y yo, en la costa cercana a la ciudad. Nos refugiamos en unas tiendas de lona instaladas al abrigo de un restaurante de playa. Mis padres le llamaban "camping", pero tras varios años de practicarlo, las autoridades le llamaron "acampada libre" y tuvimos que dejarlo. Pero eso ocurrió más tarde. Incluso después de “nosotros”.

Ese fue nuestro primer veraneo. Mi madre y yo disfrutamos los dos meses pero mi padre sólo en el mes de Julio. En Agosto trabajaba y nos veía los fines de semana. La soledad de mi madre la paliaba la presencia de alguna buena amiga (que no le faltaban) y, juntas, disfrutaban como colegialas en una excursión.

El restaurante, aunque de una planta, era grande y coqueto, y suponía el único vestigio de civilización en dos kilómetros a la redonda.

Bosques de pinos, humedales y praderas nos circundaban, e incluso disponíamos de una modesta colina rematada en un acantilado que, cortado a cuchillo, ofrecía unas maravillosas puestas de sol sobre el mar. Un pequeño paraíso al lado de casa.

La virginidad del entorno era hollada por el rudimentario cableado eléctrico, y la mía lo sería por la persona que estaba al frente de la diminuta heladería del negocio. Se llamaba Sasha y con ella, a dios, se le fue la mano. Era la única hija de los dueños del restaurante. La familia vivía en una casita anexa al negocio desde la que, a modo de atalaya, ahuyentaban por las noches a los amigos de lo ajeno.

El campamento constaba de tres tiendas de lona dispuestas en "U", de tal forma que el local, que cerraba el cuadrado, nos protegía de los traicioneros vientos marinos. Disponíamos de luz gracias a un cable conectado al bar. A cambio, mis padres abonaban una cuantía que no sé especificar. Lo que sí recuerdo bien es que del cable pendía una bombilla que iluminaba la intersección de las tres tiendas. Esta se encontraba enroscada en un portalámparas de dos enchufes que, a su vez, abastecían de energía a todo el conjunto. No entiendo como seguimos vivos. Los días de lluvia eran muy frecuentes (incluso en verano) y con todos aquellos cables... Pero en fin, así se hacían las cosas antaño.

La tienda de mis padres, una gran Alpine, era la primera a la izquierda y su interior estaba dividido. Una mitad era un pasillo/vestidor usado también para guardar la ropa y las mochilas. La otra mitad la formaban tres dormitorios separados por telas. Uno lo ocupaban ellos y los otros dos se reservaban para mis tíos o amigos de la familia que nos visitaban de vez en cuando. La tienda central se usaba como cocina, comedor y sala de estar. Enfrentada a la gran Alpine estaba mi canadiense de dos plazas (la única sin luz eléctrica) que, en ocasiones, compartía con alguno de mis primos o algún inoportuno hijo de los amigos de mis padres. (Sí. Yo no era muy sociable por aquel entonces.)

El verano discurrió con placidez hasta aquel miércoles de finales de Agosto. El pequeño pueblo costero celebraba sus fiestas patronales y esa semana nos acompañaba una de las mejores amigas de mi madre; Lisa.

Lisa, con veintiséis años, ocho menos que mi madre, era una mujer muy atractiva. Por su altura, su delgadez y unos pechos tan enormes que amenazaban la integridad de sus camisas. (En realidad no eran tan grandes, pero ya se sabe que cuando eres pequeño, la percepción de tu entorno es distinta.)

Yo era un niño de catorce años recién cumplidos. Fuerte para mi edad, huraño y solitario. Hablaba poco (porque no tenía mucho que contar) y leer era, para mí, un vicio casi malsano. Salgari, Stevenson o Julio Verne, eran mi compañía favorita. (Atrás habían quedado Blyton, los Hollister de Jerry West o Robert Arthur con sus tres investigadores) Por fortuna, Sasha y yo, compartíamos afición, y por desgracia (para las vivencias de aquel verano) me enteré tarde.

Mi relación con Sasha fue, durante mes y medio, educada; o educadamente inexistente, para ser más exactos. A esa edad, la diferencia de género y dos años de experiencia eran, a mi infantil modo de ver, un océano que ni mi admirado capitán Nemo osaría cruzar. Yo estudiaba en un colegio religioso y mixto, pero esa mezcla de sexos, en lugar de servirnos para acortar distancias, era utilizada por los curas como una obsesiva manera de subrayar las supuestas diferencias. (No me incorporé a la enseñanza pública hasta unos años después, cuando, con dieciséis años y en aras de mis intereses, conté a mis padres los entresijos de aquella madraza católica.)

Así que, todavía con catorce, y a salvo de los peligros del sexo propio y opuesto, dediqué mi verano a leer, a vagabundear por calas y rocas, y a bañarme en un mar cuyo horizonte lejano me hacía soñar con tesoros que, mucho me temía, nunca serían míos.

Ella, Sasha, trabajaba y, en sus horas libres, visitaba el arenal. Normalmente sola, aunque en ocasiones se acompañaba de un grupito de amigos del pueblo. Tenía un bonito cuerpo en el que resaltaba su estómago plano y unas curvas bien pronunciadas. Con una mirada brillante y pícara, su rostro era bello, infantil, y lucía una sempiterna cinta sujetando su cabello castaño y rizado. En la playa vestía biquinis sobre la cadera, a la moda de la época, y cuando iba con camisetas y pantalones recortados se calzaba sandalias bajas. Su piel morena contrastaba con una radiante sonrisa rodeada por unos labios rojos y carnosos. Sus besos sabían a crema de cacahuete, producto de los caramelos que consumía constantemente.

(Han pasado muchos años y muchas mujeres, pero cada vez que me llega el aroma de la crema de cacahuete cierro los ojos, siento su lengua en mi boca y mis manos, ya adultas, aún intentan alcanzar en la oscuridad aquellas curvas suavemente pronunciadas. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos.)

18 de Octubre de 2019 a las 16:44 0 Reporte Insertar 1
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