Adiós, tú. Seguir historia

123escribo Vul Plex

Las leyes y los castigos se inventaron para combatir el mal, pero... ¿Y si ya no hiciesen falta? Si, de alguna manera, los buenos y los malos se diferenciasen por su forma, ¿Seguiríamos, ambos, siendo humanos o uno de los grupos perdería su condición? Alguien pulsó el botón, y Julio Ferro se verá obligado a enfrentarse a ese mundo y a si mismo. Con todas sus consecuencias.


Post-apocalíptico Sólo para mayores de 21 (adultos).
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El padre de LA MADRE. ELLOS, los míos y YO.



El dolor es un claro indicativo; me he despertado. La más absoluta negrura me rodea. Sigo ciego, pero siento como mi caja torácica se dispone a acoger la primera bocanada de oxígeno; comienza a distenderse. El dolor es intenso y el siseo que lo acompaña es casi entomológico. Mis músculos se tensan y mi corazón comienza su desbocado bombeo.

«Si, déjame ir. Déjame ir con ellos, hija de puta... mierda de vida».

Pienso, porque no puedo hablar. Todavía no. Aún no tengo boca.

Comienza la lucha por la supervivencia. El cuerpo lo hace por su cuenta ya que mi mente no tiene el más mínimo interés. Los latidos, cada mañana, son como puñetazos. Golpes con los que una vida de cínica sonrisa me tortura. El recuerdo redundante de la mera existencia me martillea, aflorando con cada impacto aquello que tanto añoro. Siento los golpes y albergo la vana esperanza de que por fin ocurra, que el músculo al fin se rompa y la paz, en forma de muerte, me dé alcance. Aún a costa de incumplir mi promesa.

Pero no será hoy. Mi nuevo cuerpo se defiende. Mi nuevo cuerpo es asombroso.

El dolor va remitiendo. Mis poros se desbloquean, mis músculos se relajan y el oxígeno termina inflando mis pulmones. Mis costillas crujen, y el sonido de quebradas ramas secas reverbera en mi cerebro embotado. Me convulsiono unos instantes y toda la maquinaria vuelve a funcionar. La piel cartilaginosa que sellaba mi boca se separa. Reaparecen los huecos de mi nariz, mis orejas adquieren forma reconocible y la dura cubierta de mis ojos se retrae. Recupero mi ano y mi pene, e incluso mi piel adquiere su habitual color rosado. Cuando mis cabellos se forman con la dura corteza que protegía mi cráneo ya he recuperado el aspecto humano. La descripción cronológica es correcta y, juraría, el proceso cada día es más rápido. Es un alivio. Puede que algún día sea indoloro.

Es entonces, al observar mi apariencia humana, cuando recuerdo que ya no puedo morir. No con la facilidad de antes.

—Pues si no puedo morir que, al menos, vivir no duela.

Cada mañana, cuando el proceso finaliza, repito esa misma frase. Dicen que todos los suicidas cambian de opinión en el último momento. Cuando ya no hay vuelta atrás se arrepienten y ansían vivir. Tal vez yo no sea tan diferente al resto.

Abandono la cama y doy comienzo a las ya innecesarias rutinas.

Me ducho, aunque mi cuerpo no suda y no se ensucia. Me visto, aunque mi cuerpo no necesita ropa. Desayuno, aunque mi cuerpo no necesita alimentos.

Lo sé desde hace meses, pero llevo cuarenta y cinco años haciendo cosas de humanos, ¿Cómo voy a parar ahora? Quizá estas rutinas sean las que me permitan seguir sintiéndome parte de esta raza, aunque, paradójicamente, eso es lo último que deseo.

Algún día dejaré de hacerlo, dejaré de hacer cosas de humanos. Empezaré por dejar de comer y de beber, reduciré el consumo de electricidad al mínimo y no volveré a utilizar ropa. La ropa se ensucia y hay que lavarla, y hacerlo consume recursos. Me aceptaré a mí mismo. Viviré el tiempo que necesite con mi nueva condición. ¿Meses o años?

—Joder, no creo que necesite tanto.

Hablo solo porque no tengo con quien hablar. Me gusta oír mi voz de vez en cuando. Me ayuda a permanecer cuerdo. Llevo tanto tiempo encerrado en mi isla que a veces tengo la sensación de que ya no hay nada más ahí fuera. Pero sí que lo hay. Han tardado en recuperarse, pero lo han hecho. Han reconstruido el mundo y no me cabe ninguna duda de que, ahora que vuelven a ser fuertes, me están buscando. Incluso han venido a inspeccionar, sin éxito, la isla en un par de ocasiones.

—Cinco años, un mes y diez días.

Suspiro porque me parece imposible haber soportado su ausencia durante tanto tiempo. Si los hubiese tenido a ELLOS en aquel tiempo...

— ¿Para qué pensar en lo que podría haber sido? Puedo hacer cosas increíbles pero no puedo cambiar el pasado.

Me angustio y siento la necesidad de ver el sol. Confirmo la ausencia de posibles miradas indiscretas y doy la orden:

—Ventanas, por favor.

Alzo la voz, aunque con un susurro sería suficiente. Los paneles de pura roca granítica se deslizan por el acantilado y la luz natural inunda la estancia. Gotas de lluvia golpean el material sintético del ventanal y desaparecen al instante. El polímero biológico sintetiza el agua y nunca se moja, ni se ensucia.

—Como yo.

En un gesto estúpido y carente de motivos, sonrío ante la observación.

No aprecio belleza en el mar embravecido. El sol permanece oculto tras las nubes y no hay visos de que la situación vaya a cambiar.

Decepcionado, abandono la amplia zona de estar y recorro el aséptico pasillo que lleva al laboratorio. Las puertas se abren a mi paso, con un leve siseo, hasta que llego a la inútil zona de desinfección; hace dos años que está obsoleta, ya no hay gérmenes en el búnker. ELLOS no lo permiten.

El mecanismo realiza su absurda e inútil labor y, ya en el laboratorio, conecto la gran pantalla elevada de la estancia. El laboratorio está situado en el centro del bunker. Es un amplio espacio pentagonal de dos pisos de altura equipado con el más sofisticado equipo nanotecnológico y biológico. La pantalla, oblicua respecto al suelo, ocupa una superficie de veinticuatro metros cuadrados. En uno de los equipos de control pulso dos teclas (es un decir ya que el panel es holográfico) y sus rostros aparecen. Mi esposa, mi hijo y mi perro. Asesinados. Muertos por la crueldad del hombre, por la avaricia, por la perpetuación de un sistema que favorece a los no empáticos, a los psicópatas. Sus rostros me miran sonrientes desde una terraza en París. Incluso nuestro fiel labrador, Djoco, que mira a cámara con sus ojos dulces y su lengua rosada colgándole de los belfos, parece sonreír.

Mi esposa, mi hijo y mi perro. Que nadie me pregunte a quién quiero más porque no sabría decirle. Joder. ¡Cuanto quise/quiero a mi perro! ¿Cómo se puede querer tanto a un animal?. Quizá porque ya no soy humano y no me siento atado a ninguna especie. O quizá porque eso es, en realidad, la cualidad de ser humano; superar todas las barreras polimórficas y anteponer la justicia y la razón a los entes actuantes.

—"Los derechos universales del hombre". Se les llena la boca al pronunciar esta frase. Me pregunto qué pasará con esos derechos y su universalidad cuando se encuentre vida extraterrestre inteligente... Aparecerá, por mucho que diga Fermi. Es más, me pregunto qué pasaría si YO me diese a conocer. Bueno, yo soy terrícola y nací humano pero aun así... se montaría una buena.

—Sí. Se montará una buena, de eso se encargarán ELLOS. Estoy seguro

Sonrío ante la idea (la segunda del día, todo un logro) y continúo con la rutina diaria. Me centro en el trabajo.

El soporte tridimensional me muestra la evolución de las últimas horas. Cotejo los datos con los de las pantallas y, complacido por los resultados, decido comprobar el efecto de uno de ELLOS en tejido cerebral vivo. Inoculo al sujeto del nicho tres y, en pocos segundos, lo que veo es asombroso.

—Sí. No creo que necesite tanto

Contemplo de nuevo la instantánea de mi familia. Mi esposa, mi hijo y mi perro. Me despido de ellos con un “hasta pronto”.

— Os quiero. Si todo resulta como yo creo, volveré a veros.

Dicen que todos los suicidas cambian de opinión, justo en el último momento, cuando ya no hay vuelta atrás se arrepienten y ansían vivir. ¿Será cierto? Adiós, tú.

18 de Octubre de 2019 a las 14:55 0 Reporte Insertar 1
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