Ángeles Caídos: la maldición del niño Seguir historia

karina_rodriguez1998 やotterhead

La naturaleza humana puede llegar a ser apabullante, cruel, injusta e irrevocablemente frágil. Una fragilidad que solo las personas capaces de amar pueden detentar. La humanidad está abarrotada de historias en donde el amor ha sido el arma más poderosa en contra de cualquier enemigo... ¡Tonterías! A eso que le llaman amor es colocarse una frazada endeble y vulnerable. El amor puede convertirte en un ser manipulable... De eso estaban conscientes los Guerreros Japoneses. En busca de crear un arma letal en contra de su enemigo, Shiru Takeda fue en busca de un niño nacido el tercer día del tercer mes, que, según un antiguo mito, nacían los Ángeles Caídos. Este ser crecería con una norma que cargaría por el resto de su vida: el amor no da paso a su alma, su único objetivo es servir como guerrero, y de eso Shiru se encargaría. «Nacido como Ángel Caído, condenado a una vida sin amor; será un alma negra, guerrero de piedra. Vida por toda la eternidad, amor será mortalidad. Yo te condeno a la vida eterna sin amor, y si este hace cabida, la muerte se llevará la vida».


Fantasía Todo público.

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Prólogo


PRÓLOGO

Aldea Adonis, 1060 d. C.

El cielo estaba matizado de un azul llamativo y con brochazos blancos, como si los mismísimos ángeles hubieran pintado su mejor obra de arte, dándoles a los aldeanos un día cálido y resplandeciente. En Adonis días como ese era un estado común y frecuente. Poco llovía. El calor era abrasador la mayor parte del tiempo, pero ese día en específico el clima era perfecto. Árboles de olivo se podían encontrar en los alrededores de la aldea, distribuidos naturalmente a beneficio de los adoniquianos, quienes cada tarde recogían los frutos que sus ramas les otorgaba. Las viviendas eran pequeñas, prácticas, sin mucho atavío, aunque transmitían la calma y comodidad que el hogar siempre logra dar.


La vivienda más grande les pertenecía a Adrastos y Adara, los elegidos por la aldea para ser líderes, después de que sus padres murieran en una épica batalla en contra de los Adelphos, quienes le arrebataron sus tierras. Después de esa batalla, en donde murió la mayoría de su pueblo, Adrastros y Adara decidieron ir en busca de unas tierras que les brindara seguridad y paz a ellos y a su aldea. Fueron nómadas por casi siete meses, hasta que dieron con unas tierras al sur del continente, alejados de los Adelphos o de cualquier otro tipo de amenaza.


Adrastros y Adara eran un matrimonio sólido. Su amor fue de inspiración para muchos poetas y pintores de su época. Cada tarde, Adrastros reunía a los aldeanos frente al gigante árbol de olivo en la plazoleta– que con dedicación y esfuerzo construyeron después de establecerse en esas tierras– solo para cantarle a su amada. Adara lo acompañaba en cada letra, en cada palabra, juntos demostrándose su amor por medio de melodías espectacularmente salidas de sus cuerdas vocales. Después de que ambos dieran comienzo a la canción, los adoniquianos los seguían en coro, dando paso a un espectacular canto de amor.


Su amor inspiró a muchos, pero así como tenían admiradores, así mismo había personas quienes los envidiaban; secretamente, por supuesto, pues ese matrimonio era respetado y hasta temido.


Millicent era la bruja de la aldea, una mujer ambiciosa y oscura, llena de los más siniestros sentimientos hacia Adara. La bruja estaba enamorada de Adrastros, pero este nunca la vio como algo más que una hermana. Cuando el guapo y fornido hombre conoció a Adara, se enamoró casi al instante, dejando a un lado a Millicent, con quien había pasado toda su infancia y adolescencia. La bruja intentó sentir felicidad por Adrastros, pero lo único que creció en su interior fue odio hacia aquella hermosa mujer de cabello rubio y ondulado como las olas.


Con el paso del tiempo, Millicent fue adquiriendo sus dotes de brujería, herencia de su abuela. La joven fue introduciéndose a ese mundo oscuro hasta que llegó a convertirse en una de las brujas más temidas. Los adoniquianos querían el exilio de la bruja, pero Adrastros, en su bondad y amor hacia Millicent, no permitió que eso pasara, pues, aunque la joven era peligrosa, él solo veía a la niña con quien compartía sus aventuras de niño. Ese acto solo provocó que la bruja se enamorara aún más de ese respetado hombre. Ella decidió no hacer nada en contra de Adara con tal de que Adrastros la viera como alguien bueno, aunque todos la vieran como un monstruo.


Cada día su amor hacia Adrastros crecía, al punto enfermizo y obsesivo. Lo contemplaba cada vez que tenía oportunidad, lo observaba desde su ventana, lo visitaba todos los días e incluso lograba arrebatarle a Adara la atención de Adrastros por largo rato. La rubia no entendía cómo su marido podía ver a esa bruja como alguien bueno, digno de atenciones y mimos de parte de él. Aunque a Adara no le agradara Millicent, ella la respetaba y nunca le dio un mal trato, aun cuando la bruja se comportaba de manera hostil. Adara era una mujer madura, fuerte, de carácter vivaz y con un espíritu de guerrera fascinante. Era deseada por la mayoría de los hombres, pero ella solo tenía ojos para su amado Adrastros.

Ambos concibieron a un hijo.


Cuando dieron la noticia frente a todo Adonis, Millicent sintió como si algo en su interior se quebrara, como si los demonios que llevaba en su interior estuvieran engullendo sus entrañas, como si estuvieran perforando cada parte de su cuerpo... Se ahogaba, moriría de envidia, de odio...


Con esa aversión a flor de piel, salió a toda velocidad de la plazoleta, con su respiración agitada, sus manos temblorosas y su corazón martillando a una velocidad dolorosa.


—¡Maldita seas, Adara! —gritó con voz desgarradora y sintió cómo sus palabras quemaban su garganta.


Comenzó a dar vueltas desesperada, dolida, enfurecida, enloquecida...


—¡MATNIS VENTRE! gritó en persuâ, lengua de Las Brujas de Croäm, que significa maldeciré tu vientre.


Ese día, el tercer día del tercer mes, nacería Eros, el hijo de Adrastros y Adara. Ambos escogieron ese nombre por el dios del amor, o más bien conocido como cupido. Ese niño era fruto de su amor latente, era fruto de un amor puro y verdadero.


En la aldea todos esperaban ansiosos la llegada del pequeño Eros. Adara estaba en su vivienda, soltando respiraciones pesadas, gritos, pujadas, sintiendo cómo ese bebé salía poco a poco por su intimidad. Adrastros se encontraba a su lado, tomando su mano y sudando por causa de los nervios, o bien podía haber sido el calor que ese día estaba generando.


Con la llegada del ocaso llegó el pequeño Eros.


Adara sujetó al niño con una ternura palpable y acarició su mejilla con amor.


—Bienvenido, Eros —susurró la hermosa mujer, y Adrastros, inundado de felicidad y ternura, sonrió.


—Serás un guerrero fuerte y valiente —le habló su padre al niño, y este movió sus manitas como si estuviera dando una respuesta, irradiando inocencia y ternura.


A media noche, cuando todo Adonis se encontraba en la inconsciencia del sueño, ocurrió.

Un grupo de guerreros japoneses llegó a la aldea, destruyendo la paz y tranquilidad que la invadía. Todos se levantaron alarmados, gritos se escuchaban por todo el lugar y Adrastros se levantó deprisa, tomó su espada y antes de salir le ordenó a su esposa que tomara al niño y fuera a su escondite cuanto antes para mantener a salvo sus vidas. Esta, con la angustia colándose por sus poros, asintió temblorosa y Adrastros salió a toda velocidad hacia el exterior, encontrándose con los adoniquianos luchando contra guerreros japoneses con armaduras. El valiente hombre comenzó a pelear con asombrosa agilidad, aniquilando a varios japoneses en cuestión de segundos. No entendía qué sucedía, cómo los habían encontrado, quiénes eran esos hombres amarillentos que parecían armas letales, pero no había tiempo para pensar, todo era atacar a los intrusos y defender su aldea.


Millicent se encontraba escondida detrás de un árbol de olivo, contemplando la escena con enfermiza satisfacción y locura. Aprovechó la distracción de Adrastros y comenzó a dar grandes zancadas hacia el interior de la vivienda de la pareja. La rubia aún se encontraba en su habitación, haciendo equipaje para huir con su hijo, cuando giró y vio a la bruja.


—¡Tenemos que salir de aquí!... ¡Nos encontraron! —dijo Adara temblando, pero con firmeza. La bruja la miró con envidia, recorriendo su esbelto cuerpo con la mirada y se tragó la bilis que subió por su garganta.


—No puedes dejar solo a Adrastros, no puedes dejar que luche solo —le dijo esta, fingiendo miedo, y Adara, claramente recelosa por la inusual actitud de la bruja, frunció el ceño unos segundos.


—Tengo que poner a salvo a mi hijo —sentenció, tomando al recién nacido en sus brazos. Millicent miró al bebé como si fuera una exquisita y fresca carne en tiempos de hambruna.


—Yo lo pondré a salvo, tienes que luchar junto a Adrastros —dijo la bruja, pero Adara, desconfiada, negó.


—No te dejaré a mi hijo —dijo con sutileza y amabilidad, pero en su voz destilaba la amenaza.


—¿No confías en mí? —inquirió con malicia la bruja y la rubia enarcó una ceja—. ¿Es que acaso quieres ver morir a tu amor?... ¿Cómo tú, la valiente y guerrera Adara, puede dejar a su marido luchar solo contra los guerreros más temibles y peligrosos? —Las palabras de Millicent hicieron que Adara dudara de su huida.


—No quiero dejarlo —dijo la rubia, ahora con preocupación y tristeza en su voz. La bruja sonrió, pero fue tan fugaz que Adara no pareció darse cuenta de su cinismo.


—Yo cuidaré de él, lo llevaré lejos de aquí, y cuando todo haya acabado, podrán regresar con su hijo —le dijo Millicent, fingiendo preocupación. Adara vaciló unos segundos, pero luego escuchó los gritos de su amado, besó la frente de su bebé y lo puso en brazos de la bruja.


—Cuídalo. Regresaré por él —le dijo y salió corriendo de allí. La bruja miró con triunfo a la criatura en sus brazos y comenzó a mecerlo suavemente, susurrando cosas en persuâ. Salió de allí con él en brazos hasta llegar a su cabaña en el bosque, apartada de todo aquel caos. Eros comenzó a llorar, su llanto resonaba por toda la arboleda seca y la bruja se irritó por el tan molesto sonido.


—¡Cierra la boca! —gritó ella, pero el niño no cesaba su llanto.


Entró a su guarida y colocó al bebé sobre una pequeña mesa. Si todo salía como lo había planeado, Shiru, el jefe de los guerreros japoneses llegaría en cualquier momento para buscar al Ángel Caído.


Eros seguía chillando, y Millicent no sabía qué hacer, así que alzó su mano e hizo una pequeña bolita de electricidad con ella– un poder elemental– y el niño cesó su llanto de inmediato, contemplando la luminosidad que la bruja generaba por su magia. Millicent bufó con fastidio y apagó la luz, pero volvió a encenderla cuando el bebé comenzó a chillar de nuevo. Así estuvo hasta que su puerta se abrió y entró un hombre no muy alto, vestido con armadura y de tez amarilla.


Era Shiru, el líder japonés de los intrusos que atacaron a todo Adonis.


—¿Dónde está? —soltó enseguida en su idioma japonés, y la bruja tomó al niño en sus brazos para mostrárselo.


Cumplo mi palabra —dijo ella en el mismo idioma y este intentó tomar al niño, pero la bruja retrocedió, sonriendo cínicamente—. Aún no he terminado mi trabajo —rezongó y colocó al niño en la mesa—. ¿Trajiste el amuleto? —inquirió y el japonés desató de su cuello un amuleto plateado con una roca color carmesí en el centro: era La Piedra de los Ángeles Caídos, los nacidos el tercer día del tercer mes.


Eros era uno de ellos.


Los japoneses reclutaban a todo niño nacido ese día, formando un ejército letal y poderoso. Los Ángeles Caídos eran incapaces de sentir amor, un sentimiento de debilidad y vulnerabilidad. Un alma sin amor es equivalente a un arma letal en contra de cualquier enemigo. Si se es incapaz de amar, se es capaz de hacer cualquier cosa.


Millicent colocó el amuleto en el cuello de Eros y este brilló con intensidad, cegando por unos segundos a la bruja y al japonés. Millicent sacó de su capucha negra una daga, la tomó con ambas manos y la levantó por encima del bebé.


Zucunrartzi persuâsques mentrâ Fall Engal. Guartza petzis poliertâ. Tnatzu eternö cartnutzâ. Yotzû contandenuâs. Torguâd fintâ gorpaluäd...


‹‹Nacido como Ángel Caído, condenado a una vida sin amor; será un alma negra, guerrero de piedra. Vida por toda la eternidad, amor será mortalidad. Yo te condeno a la vida eterna sin amor, y si este hace cabida, la muerte se llevará la vida.››


La bruja clavó la daga en el corazón de Eros y la maldición fue sellada.

22 de Octubre de 2019 a las 18:49 0 Reporte Insertar 1
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