Pirata Seguir historia

alonsociribe Alonso C.

Jason Belmont, un intrépido joven que sueña con ser rico en una era en donde la lucha contra la piratería aumenta y los corsarios mas leales a la corona sucumben lentamente a quebrantar sus creencias. Jason iniciara un viaje donde se convertirá en el corsario mas temido de altamar, con el fin recuperar lo perdido y embarcarse a un camino de venganza y amor. Luchando contra una organización secreta que se mueve en las sombras, estando mas allá del entendimiento de la época en la que Jason se encuentra.


Fantasía Épico Todo público.

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Esta es mi historia


Una vez le corté la nariz a un hombre.

No recuerdo cuándo fue: en 1719 más o menos. Ni dónde. Pero sucedió durante el asalto a un barco español. Queríamos sus provisiones, por supuesto. Me enorgullezco de mantener la embarcación bien abastecida, pero había algo más a bordo. Algo que no teníamos, pero necesitábamos. Alguien, para ser exacto. El cocinero del barco.

El cocinero de nuestro barco y su ayudante estaban muertos. Habían sorprendido al ayudante del cocinero meando en el lastre, lo que yo no permitía, por lo que fue castigado a la manera tradicional: se le obligó a beber una jarra llena de meados de la tripulación. Debo admitir que nunca me había encontrado a un hombre que hubiera muerto por el castigo de las meadas, pero eso fue lo que le ocurrió al ayudante del cocinero. Se bebió la jarra de meados, se fue a dormir aquella noche y nunca más se levantó. El cocinero se las apañó solo durante un tiempo, pero bien le gustaba un trago de ron; y después del trago de ron era propenso a tomar el aire nocturno en la toldilla. Le oía pisar fuerte por el techo de mi camarote, bailando una melodía. Hasta que una noche le oí pasar por el techo de mi camarote y bailar una melodía, pero a continuación hubo un grito y un chapoteo.

Sonó la campana y la tripulación corrió a la cubierta, donde tiramos el ancla y encendimos faroles y antorchas, pero no había ni rastro del cocinero.

Tenían a unos muchachos trabajando con ellos, desde luego, pero no eran más que unos niños; ninguno poseía ningún talento culinario aparte de remover la olla o pelar patatas, y llevábamos viviendo de comida cruda desde entonces. No había ningún hombre entre nosotros que supiera hacer algo más que poner agua a hervir.

Hacía poco habíamos tomado un buque de guerra. Un viajecito buenísimo en el que nos hicimos con el último modelo de cañones para la batería de un costado y una bodega llena de artillería: alfanjes, picas, mosquetes, pistolas, pólvora y proyectiles. Gracias a uno de los capturados de su tripulación, que luego pasó a formar parte de mi tripulación, me enteré de que los señores tenían un barco con una reserva excepcional en el que servía un cocinero especialmente hábil. Se decía que había cocinado para la corte, pero ofendió a la reina y fue desterrado. No creí ni una palabra de aquel rumor, pero no por ello dejé de repetirlo y le dije a mi tripulación que le tendríamos preparando nuestra comida antes de que terminara la semana. En efecto, nos encargamos de perseguir a aquel particular barco y, cuando lo encontramos, no perdimos tiempo en atacarlo.

Nuestra nueva batería de costado resultó muy útil. Nos acercamos y acribillamos la embarcación a cañonazos hasta hacerla pedazos, destrozamos las velas y el timón quedó astillado en el agua.

Ya estaba orinando cuando mi tripulación amarró y subió a bordo. Corrían a toda prisa, como ratas, por los laterales, con el ambiente cargado por el hedor a pólvora, el sonido de los mosquetes disparando y las espadas chocando. Yo me hallaba entre ellos como siempre, con una espada en una mano y una daga; la espada para la distancia y la daga para terminar a corta distancia. Dos de ellos se abalanzaron sobre mí y despaché al primero llevando la espada a la parte superior de su cabeza para cortarle el tricornio por la mitad al tiempo que la daga partía su cabeza casi en dos. Cayó de rodillas con mi espada entre los ojos, pero el problema era que la había clavado demasiado y, cuando fui a sacarla, arrastré el cuerpo que todavía se retorcía. Entonces se me echó encima el segundo hombre, con terror en la mirada; sin duda, no estaba acostumbrado a luchar y, con un movimiento rápido de la daga, le amputé la nariz, consiguiendo el efecto deseado de hacerle retroceder, salpicando sangre que salía del agujero donde había estado su nariz, mientras yo usaba ambas manos para por fin sacar mi espada del cráneo de mi primer atacante y continuar la batalla. Terminó pronto, matamos lo mínimo posible, puesto que yo había dado la orden especial de no hacer daño al cocinero bajo ningún concepto. Había dicho que, pasara lo que pasase, teníamos que llevarnos al cocinero vivo.

Y mientras su barco desaparecía bajo el agua y nosotros nos alejábamos, dejando atrás la niebla por el humo de la pólvora, un casco astillado y trozos del barco destrozado que se mecían en el mar, reunimos a su tripulación en la cubierta principal para hacer salir al cocinero; apenas había un hombre entre nosotros sin salivar, sin que sus tripas no rugieran. Sabíamos detectar el aspecto de alguien bien alimentado. Por supuesto.

Fue Caroline la que me enseñó a apreciar la buena comida. Caroline, mi único amor verdadero. En el tiempo demasiado breve que pasamos juntos, refinó mi paladar y me gustaría pensar que habría aprobado mi política respecto a la comida y cómo le pasé a mi tripulación ese amor por las cosas buenas; una tripulación que sabía cómo yo, en parte debido a lo que ella me había enseñado, que un hombre feliz es un hombre menos propenso a cuestionar la autoridad del barco, razón por la que durante todos estos años en el mar nunca he llegado a oler un motín. Ni uno.

—Aquí estoy —dijo, dando un paso al frente, aunque sonó más bien «caqui soy», al llevar la cara vendada porque algún idiota le había cortado la nariz.

Pero, bueno, ¿por dónde iba? Caroline. Querías saber cómo la conocí.

Bien, tiene su historia, como dicen. Tiene su historia. Puesto que tengo que remontarme al pasado, a una época en la que yo era un simple criador de ovejas, antes de saber nada de Barbanegra, de Hornigold, de Nasáu o del Altar; y no habría sabido nada de todo eso si no hubiera sido por un encuentro casual en la bufona, en un día caluroso de verano de 1711.

El asunto es que yo era uno de aquellos alborotadores a los que les gustaba beber, aunque eso me metiera en unos cuantos líos. Bastantes… incidentes, a decir verdad, de los que no estoy demasiado orgulloso. Pero esa es la cruz que tienes que soportar si tienes debilidad por la bebida; es raro encontrar a un borracho con la conciencia tranquila. La mayoría de nosotros habrá considerado dejarlo en una u otra ocasión, para reformarnos y tal vez encomendarnos a Dios o hacer algo con nuestra vida. Pero entonces llega el mediodía y sabes que lo mejor es otro trago, así que vas directo a la taberna.

Las tabernas a las que me refiero estaban en Bristol, en la costa suroeste de la querida vieja Inglaterra, donde estábamos acostumbrados a inviernos extremos y veranos magníficos, y aquel año, aquel año en particular, el año en que la conocí, 1711, como digo, no tenía más que diecisiete años.

Y sí, sí, estaba borracho cuando sucedió. Por aquel entonces, me pasaba borracho la mayor parte del tiempo. Quizá…, bueno, no exageremos, no quiero hablar mal de mí mismo. Pero quizá sí la mitad del tiempo. Tal vez un poco más.

Mi casa estaba en las afueras de un pueblo llamado Hatherton, a unos once kilómetros de Bristol, donde éramos propietarios de una pequeña granja de ovejas. A mi padre le interesaba el ganado. Siempre le había interesado, así que, al tenerme, se había liberado del aspecto del negocio que más despreciaba, es decir, los viajes a la ciudad con la mercancía, regatear con los comerciantes y vendedores, negociar, llegara acuerdos. En cuanto alcancé la mayoría de edad, lo que quiere decir en cuanto fui lo suficientemente hombre para mirar a los ojos de nuestros socios del negocio y comerciar como un igual. Bueno, eso era lo que hacía y mi padre estaba encantado de dejarme hacerlo.

Mi padre se llamaba Bernard. Mi madre, Linette. Eran de Swansea pero se trasladaron al suroeste de Inglaterra cuando yo tenía diez años. Todavía tenemos acento galés. Supongo que no nos importaba mucho que nos hiciera diferentes. Era criador de ovejas, no una de las ovejas.

Padre y madre solían decir que tenía un pico de oro, y mi madre en particular opinaba que era un buen mozo y que con mi encanto podía conseguir cualquier cosa que me propusiera; y es cierto, hasta yo me digo a mí mismo que tengo buena mano para las mujeres. Pongámoslo así: tratar con las esposas de los comerciantes era un terreno de caza donde tenía más éxito que al regatear con sus maridos.

El modo en que pasaba el día dependía de la estación. De enero a mayo, era la época del parto de las ovejas, cuando estábamos más ocupados, cuando permanecía en los establos desde el amanecer, tuviera resaca o no, porque tenía que comprobar si alguna oveja había parido durante la noche. En tal caso, las llevábamos a uno de los establos más pequeños para ponerlas en los rediles, que llamábamos chironas del parto, donde mi padre se encargaba de ellas mientras yo limpiaba los comederos, volvía a llenarlos, y cambiaba el heno y el agua; y mi madre anotaba aplicadamente los detalles de los nuevos nacimientos en un diario. Por aquel entonces, yo no sabía escribir. Ahora sí, por supuesto, Caroline me enseñó, junto con muchas más cosas que me convirtieron en un hombre, pero no entonces, porque ese deber recaía en mi madre, cuyos conocimientos no eran mucho mejores que los míos, pero sí bastaban al menos para llevar un registro.

A mis padres les encantaba trabajar juntos. Más razón aún para que a padre le gustara mandarme a la ciudad. Mi madre y él eran uña y carne. Nunca he visto a dos personas tan enamoradas y que tuvieran menos necesidad de demostrarlo. Se apoyaban el uno al otro. Era bueno para el alma verlo.

En otoño llevábamos los carneros por los prados a pastar con las ovejas, para que pudieran continuar produciendo más corderos para la siguiente primavera. Los campos exigían un mantenimiento y debían construirse y repararse vallas y muros.

En invierno, si el tiempo era muy malo, llevábamos las ovejas a los establos, las manteníamos calientes y a salvo, listas para enero, cuando comenzaba la época de los partos.

Pero era en verano cuando mejor me lo pasaba. La temporada de esquileo. Mis padres realizaban la mayor parte del trabajo mientras yo viajaba más a menudo a la ciudad, no con la carne de res, sino con el carro cargado de lana. Y era en verano cuando tenía cada vez más oportunidad de frecuentar las tabernas de la zona. En realidad, podía decirse que era un habitual de estos locales, con mi chaleco abotonado, un calzón corto, medias blancas y un tricornio marrón ligeramente estropeado del que me gustaba pensar que era mi distintivo, porque mi madre decía que me quedaba bien con mi pelo (que siempre necesitaba un corte, pero cuyo color rubio era muy llamativo, si se me permite decirlo).

Fue en las tabernas donde descubrí que mi don de la palabra mejoraba tras unas cuantas cervezas al mediodía. La bebida tiene ese efecto, ¿no? Suelta la lengua, las inhibiciones, la moral… No es que yo fuese precisamente tímido ni retraído cuando estaba sobrio, pero la cerveza me daba esa ventaja. Y al fin y al cabo, el dinero que conseguía de las ventas adicionales como resultado de mi labia gracias a la bebida cubría de sobra los gastos de la cerveza. O al menos eso era lo que me decía para mis adentros por aquel entonces.

Y había algo más, aparte de la ridícula idea de que el Jason borracho era mejor vendedor que el Jason sobrio. Se trataba de mi estado mental.

Porque la verdad era que me creía diferente. No, sabía que era diferente. Había veces en las que me sentaba solo por la noche y sabía que veía el mundo de una manera que nadie más lo veía. Ahora sé lo que es, pero entonces no lo podía expresar con palabras aparte de decir que me sentía diferente.

Y ya fuera por eso o a pesar de eso, había decidido que no quería ser criador de ovejas durante toda mi vida. Lo supe desde el primer día, cuando puse el pie en la granja como un empleado, y no como un niño, y me vi a mí mismo, después miré a mi padre y comprendí que ya no estaba allí para jugar; no tardaría en irme a casa a soñar con un futuro en el que zarpaba a alta mar. No, ese era mi futuro, y pasaría el resto de mi vida criando ovejas, trabajando con mi padre. Me casaría con una chica del pueblo, tendríamos niños y les enseñaríamos a cuidar las ovejas, como habían hecho sus padres, igual que sus abuelos… Vi el resto de mi vida preparada, como las prendas de trabajo que se dejan arregladas sobre la cama, y en vez de invadirme un cálido sentimiento de satisfacción y felicidad, me aterroricé.

Así que la verdad era, y no hay modo de suavizarlo —lo siento, padre, descansa en paz—, que odiaba mi trabajo. Y lo único que puedo decir es que, tras unas cuantas cervezas, bueno, lo odiaba menos. ¿Estaba olvidando mis malditos sueños con la bebida? Probablemente. Lo cierto es que no pensaba en eso por aquel entonces. Lo único que sabía era que, en mi hombro, posado como un gato sarnoso, había un profundo resentimiento por cómo estaba acabando mi vida o, peor aún, por cómo había acabado.

Tal vez fuese un poco indiscreto respecto a algunos de mis sentimientos verdaderos. Puede que de vez en cuando les hubiera dado a mis compañeros borrachos la impresión de que en la vida me aguardaban cosas mejores. ¿Qué puedo decir? Era joven, arrogante y un bebedor hecho y derecho. Una combinación letal en el mejor de los casos. Y sin duda este no era el mejor de los casos.

—Crees que estás por encima de los que son como nosotros, ¿no?

Oía eso a menudo. O, al menos, variaciones de lo mismo.

Quizás habría sido más diplomático por mi parte responder con una negativa, pero no lo hacía y me metía en unas cuantas peleas. Quizás era para demostrar que era mejor que ellos en todo, incluidas las peleas. Quizá porque a mi manera estaba defendiendo el nombre de mi familia. Puede que fuera un bebedor. Un mujeriego. Arrogante. De poca confianza. Pero no era un cobarde. Oh, no. No me asustaba luchar.

Y fue durante el verano cuando mi temeridad alcanzó su punto crítico; cuando estuve más borracho y monté más escándalo, y sobre todo cuando más resulté ser un incordio. Pero, por otra parte, también había más probabilidades de que ayudase a una joven en apuros.

Ella estaba en La bufona, una taberna a medio camino entre Catherton y Bristol, que yo frecuentaba a menudo y, a veces, en verano, cuando mis padres trabajaban sin descanso en el esquileo y yo viajaba con más regularidad a la ciudad, la visitaba varias veces al día.

14 de Octubre de 2019 a las 03:49 0 Reporte Insertar 2
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