SIETE RAYOS DE LUZ Seguir historia

evita Alma D. A.

Valentina dejó de preguntarse por su pasado poco después de llegar a aquella casa. Pero, con el paso del tiempo, empezó a sentir la necesidad de saber más sobre su pasado... y recordar lo que era, se convertiría en un castigo... o en una salida. ¿Tomará la decisión correcta? A veces, donde se juntan el cielo y el infierno, ocurren las mayores catástrofes o los más grandes milagros.


Fantasía Todo público.

#demonios #amor #amistad #sueños #ángeles #batalla #colores #enemigos
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Hija de Marte.

_Valentina...

Una vez más, aquella voz extrañamente familiar la despertaba de un sueño que en los últimos meses se repetía contínuamente. Y, una vez más, abría los ojos y a su lado no había nadie para calmar esa sensación de vacío inmenso que amenazaba con apoderarse de todo; una sensación que se hacía cada vez más intensa, y que la tenía en un estado de alerta y ansiedad que no podía controlar.

Durante los años que llevaba viviendo en esa casa, con la que se había convertido en su familia, rara vez había sentido la necesidad de preguntar por su pasado, y cuando lo hizo, fue más por curiosidad que por añoranza. Sin embargo, desde que esos sueños la atosigaban, crecía su obsesión por intentar recordar algo: un rostro, una palabra, un nombre... Cualquier cosa que explicara el porqué de esa inquietud, de su pérdida de memoria o de su peculiar aspecto. Era alta, aunque no en exceso, con un cuerpo esbelto y tonificado, y la piel dorada; una chica bonita... y normal si no reparamos en su pelo y sus ojos. Tenía el cabello largo, por las caderas, de un color gris titanio, algo que los médicos achacaban al posible trastorno que pudo sufrir cuando la encontraron inconsciente; y estaba adornado en algunas zonas con mechas rosas, que iban aumentando conforme pasaba el tiempo, cosa para la que no encontraban una explicación coherente. Y sus ojos, con el iris de un gris plateado, poseían unas fisuras del mismo color que las mechas de su pelo.

Mientras se preguntaba el motivo de estas, y de otras mil cosas, el sonido de alguien llamando a la puerta de la habitación, la sacó de su ensimismamiento.

_Valentina, han venido a buscarte.

_Bajo enseguida.

Tardó dos minutos en ponerse sus vaqueros rotos y la camiseta blanca sin mangas que tanto le gustaba, entre otras razones, por la capucha azul que llevaba, como la inmensa mayoría de sus camisetas, sudaderas o chaquetas, y por el dibujo de unos lirios que decoraba ambos costados de la espalda; y se guardó sus botas deportivas en la mochila. Luego se cepilló el pelo hasta desenredarlo y se cogió los patines para ponérselos abajo, bajo el suave sonido del repicar de las campanillas de cuarzo cristal del porche.

Mikael la esperaba fuera, como cada mañana, para ir juntos al instituto. A ella le encantaba salir y verlo allí, con sus pantalones estilo militar en tonos blancos, grises y azulados, con dos correas negras en la pierna derecha, de las que colgaban unas cadenas y unas llaves; y con su camiseta azul de manga corta, con la capucha siempre ladeada, mientras el viento ondeaba su pelo negro con mechas cobalto y miraba hacia su amiga clavando en ella sus ojos, de un azul tan claro que parecían arrancados del mismo cielo. En su rostro y sus gestos nunca se reflejaba preocupación alguna, era la calma personificada, pero estando siempre vigilante cuando se trataba de proteger a Valentina, como el mejor de los soldados.

La chica se lanzó a sus brazos nada más verlo, como hacía cada día, dado que la relación que tenían era realmente especial, y le hizo soltar la chaqueta que llevaba colgada del brazo, que cayó al suelo, para poder rodearla por la cintura. Se sentía demasiado agobiada, pero ya podía estar pasando por cualquier tipo de problema, o podía romperse el mundo en mil pedazos, que estar cerca de Mikael lo arreglaba todo, para ella no había lugar más seguro que sus brazos, ya que ningún miedo podía alcanzarla allí.

Mientras Valentina estaba sentada en la escalera atando los cordones de los patines, Mara salió con el almuerzo de ambos y se lo ofreció al chico, que se acercó y la besó en la mejilla.

_Mikael, cuida de ella.

_Para eso estoy aquí -contestó con una mirada cómplice.

Valentina se puso en pie cuando estuvo lista, cogió la chaqueta del chico, que había dejado en su regazo y se acercó a Mara para darle un fuerte abrazo antes de marcharse con su amigo.

*****

De camino al instituto iban jugando y riendo como siempre, pero la sombra de la preocupación era evidente en el rostro de Valentina.

_Esos sueños siguen desvelándote, ¿verdad?

Ella asintió. No quería preocuparlo, por lo que evitaba el tema la mayor parte del tiempo, aun sabiendo que a él no podía engañarlo con facilidad.

_Sólo son sueños, ya lo sé. Pero la sensación de que se repiten por un motivo es tan fuerte... Y esa voz... la he escuchado antes, pero no consigo recordarla -paró un instante y cogió el colgante que llevaba alrededor del cuello-. Las dos últimas veces me he despertado agarrando esto.

El colgante tenía forma de punta de flecha, con unas ondas en gris y rosa que parecían cambiar según la posición desde donde lo miraran, y colgaba de una cadena blanca y corta, cuyos eslabones tenían la forma del símbolo de infinito. No sabía a ciencia cierta de qué estaba hecho, mucho menos quien se lo había regalado, ya que, junto al suave algodón blanco con el que le habían hecho la camiseta que llevaba puesta, era todo lo que tenía de su anterior vida.

_¿Me estoy volviendo loca, Mika?

Él la cogió por los brazos, haciéndola girarse hacia él, y la miró un segundo a los ojos.

_¡Vamos! Esa pizca de locura siempre ha sido parte de ti, es lo que te hace tan especial -dijo intentando quitar importancia a las inquietudes de Valentina.

Ella agachó la cabeza, asustada, y entonces él la abrazó. Sabía muy bien que si había algo que pudiera hacer que sus preocupaciones desaparecieran por un momento, era eso. Nada era más efectivo.

_Si sientes que estás perdida, que te hundes o que te rodea la oscuridad, sólo tienes que coger mi mano, lo sabes. Aunque esté lejos, aunque no puedas verme, siempre voy a estar cerca de ti para sostenerte -dijo cogiéndole la mano-. Nunca voy a dejar que te pierdas, Val... Nunca voy a dejarte caer.

Y un escozor se apoderó de los ojos de Valentina mientras las lágrimas resbalaban sin control por sus mejillas, sabiendo que no tenía sentido que un sueño alterase de esa forma su bienestar. Aunque, si se paraba a pensar, pocas cosas en su vida tenían sentido.

*****

Mikael la acompañó casi hasta la puerta de la clase, donde aquel día el profesor estaba presentando a una alumna nueva, Analía Rosales, una chica extremadamente delgada, con la tez pálida y grisácea, el cabello color plomizo por los hombros y un rostro afilado en el que destacaban especialmente los ojos, de un gris tan claro que casi parecían plateados. Al pasar por delante de ella, se cruzaron sus miradas y un escalofrío recorrió el cuerpo de Valentina. De cerca, pudo ver que, además de tener un color inusual, los ojos de Analía también destacaban porque estaban bordeados en negro, y el iris tenía pequeñas motas del mismo color.

_Tus ojos ya no son los únicos especiales, ¿eh? ¿Celosa?-dijo bromeando Elisabeth, su compañera y mejor amiga, a excepción de Mikael.

_Aliviada, más bien -contestó sin poder apartar la mirada de la chica nueva. Había algo en ella que le atraía de un modo extraño, algo que le resultaba familiar.

Finalmente apartó la vista y se dio la vuelta, dirigiéndose a su mesa, al lado de la ventana. Una vez sentada, miró a través del cristal procurando despejar la mente, y vio que Mikael estaba fuera del instituto hablando con alguien de quien sólo pudo distinguir una chaqueta con capucha violeta. En ese instante, un destello de luz azulada la hizo apartar la mirada y, cuando se giró de nuevo, su amigo ya no estaba allí, y no pudo ver qué dirección había tomado.

_Acabará dejándote sola, siempre lo hacen. Todos.

Valentina se sobresaltó. Estaba tan sumida en sus pensamientos, que no se percató de que Analía se había acercado a ella.

_¿Cómo dices?

_El amor. Es la peor de las torturas. Provoca heridas que no sanan nunca.

_Estás equivocada -contestó sin siquiera saber porqué le daba explicaciones-, Mikael y yo sólo somos amigos.

_¿Estás segura de eso? -añadió con un tono de voz que pretendía hacer dudar a Valentina.

-¡Por supuesto! -dijo sin vacilar.

Se dio cuenta de que Elisabeth miraba, preguntándole con la mirada si todo estaba bien. Valentina asintió, sonriendo, aunque no pareció convincente a los ojos de su amiga. Se volteó de nuevo hacia la ventana, evitando a Analía, y miró al lugar donde había visto a Mikael unos minutos antes. Era cierto que sólo eran amigos y, aunque su relación era muy íntima, no tenía ningún derecho a pensar que él tenía la obligación de contarle todo, o de decirle dónde iba a estar a cada instante, pero se sentía tan perdida cuando no lo tenía cerca... Miró sus manos y cerró los ojos, recordando lo que Mikael le había dicho mientras la abrazaba aquella mañana en la puerta. Y, apenas sin darse cuenta, apretó los puños y una voz la sorprendió de nuevo.

_Sigo aquí contigo.

Abrió los ojos de par en par, mirando a todos lados. A su alrededor, los compañeros atendían al profesor. Sólo Analía se giró hacia ella, como si también lo hubiera escuchado, y le sonrió maliciosa. Valentina apartó la vista y la dirigió a sus propias manos, que seguían cerradas, y, poco a poco, una oleada de calma se fue adueñando de ella.

*****

El resto de la mañana, la pasó realmente tranquila. A la hora del almuerzo estuvo con Elisabeth, y quedaron para ir a comer juntas cuando salieran a mediodía, ya que su amiga había estado muy inquieta toda la mañana, viendo la tensión que se quedó reflejada en el rostro de Valentina desde que Analía había ido a hablar con ella en clase, y necesitaba asegurarse de que todo iba bien.

Así que salieron de clase y se dirigieron a la cafetería que había en el callejón del parque. Estaba algo escondida, sólo se podía acceder por una calle que resultaba algo estrecha, pero quien conocía el lugar no lo cambiaba por otro, ya que era un local pequeño, pero muy acogedor; con las paredes blancas y doradas, decoradas con macetas de flores rosadas que despedían un olor relajante, y unos sofás individuales del mismo color, con el nombre del local impreso en letras blancas: ''Anahata''. Las siete mesas de las que disponía el local, las habían hecho con troncos de árboles grandes y, en el centro de cada una, había una figura hecha a escala de diferentes animales: un gato, un lobo, un búho, un caballo, un águila, una serpiente y un puma.

Las chicas se dirigieron a su mesa de siempre, la que tenía la figura del puma, en el rincón que había más alejado de la puerta.

_Y ahora, ¿puedes decirme lo que quería la tipa esa? -dijo Elisabeth mientras se sentaban.

_Nada, sólo es una chismosa que le gusta opinar sin saber.

_¿Por eso se te descompuso la cara de esa manera? -le preguntó con preocupación.

Valentina se quedó callada unos segundos, dudando si quería seguir con la conversación.

_Me dijo que Mika acabará dejándome sola -contestó con tristeza-. Que el amor es la peor de las torturas.

_Mikael nunca haría nada que pudiera lastimarte.

_Lo sé. Y ella no va a conseguir que dude de él.

_Entonces, ¿cuál es el problema? ¿A qué se debe esa cara de preocupación?

_¿Sabes qué más me dijo? Que si estaba segura de que sólo somos amigos.

_Pero eso es normal, viendo el tipo de relación que tenéis, es evidente que sentís más que amistad.

_¡Lis! ¿Tú también? -Valentina no sabía bien cómo tomarse las palabras de su amiga.

_Vamos, Valen. Piénsalo. Estáis siempre juntos, no se ha separado de ti desde... Bueno, ya lo sabes... Los dos tenéis una forma especial de demostrarnos a los demás cuánto nos queréis, nos lo decís a menudo y nos abrazáis con total naturalidad, vais derrochando cariño sin avergonzaros por ello. Pero, cuando lo hacéis entre vosotros, la luz que irradiáis es totalmente diferente, es mucho más íntimo, casi mágico...

Valentina bajó la cabeza, y la sombra de tristeza que se apoderó un momento antes de su voz, se hizo visible en su mirada.

_Lis... Me salvó la vida.

_Y, ¿sólo es eso lo que sientes? ¿Gratitud?

_No lo sé, pero es normal que me sienta tan unida a él, o tan perdida cuando no está. Mika me encontró en el embalse, él es lo primero que recuerdo desde que desperté. Los primeros días en el hospital fueron horribles. Yo no recordaba más que mi nombre, y nadie me reconocía, nadie había denunciado mi desaparición. Tenía pesadillas en las que me perdía en un bosque en llamas, o me ahogaba en la cascada del Jardín donde aparecí... Y, siempre que despertaba, Mika estaba ahí, cogiendo mi mano para tranquilizarme. Sin ni siquiera conocerme, no se movió de mi lado durante las siete semanas que pasé en el hospital.

_Hasta que Mara te acogió -continuó Elisabeth.

_Así es. Después de atenderme durante todo ese tiempo en el hospital, me permitió formar parte de su familia. Y Mika seguía ahí, día tras día, durante los primeros meses pasaba incluso las noches conmigo en casa de Mara, asegurándose de que esas pesadillas no se repetían. Cada vez que empezaba a dudar de que este era mi lugar, me demostraba lo equivocada que estaba. Consiguió hacer que la necesidad de preguntar por mi pasado desapareciese, haciéndome ver que tenía todo lo que me hacía falta para ser feliz: una familia que se desvivía por mí, muchos amigos que me querían sin hacer preguntas incómodas,... Y a él, mi protector, quien me ha guiado desde entonces. No sólo salvó mi vida, Lis, salvó mi alma -y por segunda vez ese día, las lágrimas se dejaron ver en el rostro de la chica.

Elisabeth cogió con firmeza las manos de su amiga por encima de la mesa, dejando al descubierto la pulsera de siete esferas, cada una de diferente color, que ella llevaba , y el brazalete de cuero índigo que portaba Valentina en la muñeca izquierda. Un brazalete que Mikael le había regalado, y del que él llevaba otro a juego. Ambos eran exactos, a excepción de que el del chico llevaba bordado en plata una espada, y el de ella un escudo.

_Valentina... -dijo Elisabeth aplicando un poco más de presión a las manos de su amiga para conseguir que la mirase- No es pecado estar enamorada.

En ese momento, un resplandor rosa inundó los ojos de Valentina, y sintió una profunda punzada en el centro del pecho que le hizo cerrar con fuerza los puños.

_¡Valen! ¿Estás bien? -se preocupó Elisabeth al notar la presión en sus manos.

No era la primera vez que la chica veía ese brillo en los ojos de Valentina, era una de las peculiaridades de su amiga. Cada vez que veía a alguien pasando por un buen momento, sus ojos se iluminaban con ese tono rosáceo; si, por el contrario, presenciaba algún tipo de discusión o era testigo de algún tipo de tristeza, momentáneamente desaparecían las fisuras rosas que los caracterizaban. Pero jamás brillaron con tantísima intensidad, y en ninguna ocasión le provocó dolor.

_Estoy bien -sonrió levemente-. De verdad.

_¿A qué ha venido eso?

_No ha sido nada, es que últimamente no estoy descansando bien y me empieza a pasar factura. -Y, sintiendo un extraño impulso, añadió:- Tengo que volver a clase, me he dejado los patines.

_Espera, te acompaño.

_No te preocupes -dijo sin saber porqué la evitaba. Se levantó de la silla y la besó en la mejilla-. Hay algo que necesito hacer. Nos vemos mañana. Te quiero Lis.

_Y yo a ti Valen -dijo con pesar.

Cuando Valentina salió por la puerta, Selena, la camarera, se acercó a recoger su plato, que estaba prácticamente intacto. Miró a Elisabeth y le dijo:

_Deberías haber ido con ella, centinela.

_No podía seguirla, quería ir sola. Tengo la obligación de respetar su voluntad -contestó con una mezcla de rabia y pena en la voz.

*****

Mikael se puso en contacto con un amigo desde el instituto, nada más dejar a Valentina en clase, y salió a reunirse con él, que llegó unos segundos más tarde.

Hacía años que no se veían y, aunque Ezequiel llegó con el rostro cubierto por la capucha violeta de su chaqueta, Mikael lo reconoció enseguida, su aura era inconfundible.

_Tenemos que hablar -le dijo sin rodeos a su amigo-. Vamos al Jardín.

Una vez allí, a Mikael le era imposible disimular su inquietud, daba dos pasos y volvía al mismo lugar de nuevo, algo que era totalmente impropio de él.

_Cálmate Mikael. ¿Qué es tan urgente para que me hagas llamar?

-Se está acercando a ella, intenta atraparla mientras duerme, cuando es más vulnerable.

_Lo sé, -Mikael se sorprendió- Samael la llama para despertarla antes de que la encuentre.

_Entonces, la voz que ella escucha es la de Samael, por eso le resulta familiar -dijo, casi en un susurro, con un deje de alivio en la voz.

_Sí. Pero no sé hasta cuando podrá seguir ocultándosela, Rossier es muy astuta.

_Pero no podemos dejar que se acerque más, y ya no sé qué más puedo hacer para protegerla, lleva parte de mi casco y mi escudo. Ayúdame, por favor, Ezequiel.

_Mikael, lo siento, no puedo involucrarme más.

_Pero si consiguen hacerse con ella entraremos en batalla, y el poder que tiene, en las manos equivocadas, es impredecible.

_Lo es incluso en las suyas propias, lo sabes -un silencio inquietante llenó el lugar-. Si tenemos que luchar, lucharemos. Siempre hemos encontrado la forma de vencer.

Mikael se mostró perplejo. Esa idea no era, ni mucho menos, aceptable. Ninguna idea que implicase hacerle el mínimo daño a Valentina lo era. Ezequiel continuó hablando al ver la expresión de su rostro.

_Todos sabemos porqué te quedaste con ella, Mikael, porqué no permitiste que nadie más la guardara -empezó a decir intentando mostrar la comprensión que sentía-. Tu deber es proteger a los humanos, pero esta vez no ha sido ese el único motivo que te ha impulsado; y no te culpo, las almas puras no tienen poder para decidir a quien entregarse, simplemente sucede. Pero la suya no lo es, tienes que recordarlo. Te condenarás, Mikael.

De pronto, un enorme vacío se abría paso en el interior de Mikael, una sensación intensa que lo hizo tambalearse.

_Valentina... -dijo para sí- Algo va mal, no puedo sentirla.

Se dispuso a marcharse a toda prisa, pero Ezequiel lo agarró por la muñeca y su amigo se giró para mirarlo.

_Mikael, sé que la protegerás ante todo y, si se diese el caso, ante todos. Piensa bien las consecuencias.

Lo soltó y desapareció, dejando tras de sí un rayo de luz violeta. Por su parte, el rayo de luz azulado que había cegado aquella mañana a Valentina, apareció en el callejón de la cafetería, y Mikael con él.

Entró en Anahata, y vio a Elisabeth sentada al fondo, con cara de preocupación y tocando las esferas de su pulsera con nerviosismo. Se acercó con el corazón acelerado, sin entender porqué Valentina no estaba allí con su amiga. Ya a su lado, le preguntó qué hacía sola, y si sabía donde podía encontrarla.

_Esa estúpida norma... -dijo enfadada- No he podido ir con ella, quería ir sola. Ha vuelto al instituto porque olvidó sus patines.

El chico le rozó la mejilla con la yema de los dedos para tranquilizarla.

_Mikael, me tiene preocupada. Algo no va bien, ¿verdad? Hoy...

_Tranquila, yo lo arreglaré -dijo sin dejarla terminar.

Y se marchó hacia el instituto, esperando que Valentina aun estuviese allí, rogando para que estuviese bien... sobre todas las cosas, rogaba que estuviese bien.

*****

La escuela estaba prácticamente desierta cuando Valentina llegó, apenas quedaban cuatro o cinco alumnos que aprovechaban que las puertas seguían abiertas para estudiar en la biblioteca, algún profesor que terminaba de corregir exámenes y el personal de limpieza.

Cuando la chica entró a la clase, se sorprendió al darse cuenta de que, sobre su mesa, estaba sentada Analía, mirando por la ventana.

_Supuse que volverías a buscarlos. -Dijo sin ni siquiera girarse hacia ella.

Se acercó con cautela, inquieta, preguntándose porqué la chica nueva estaba allí ocupando su sitio y, al parecer, esperándola. En un primer momento, por la mañana, su rostro le resultó conocido, lo que le hizo pensar que, de un modo u otro, podría ser parte de su pasado, pero se sentía tan agitada cuando se acercaba a ella, que no se veía capaz de preguntarle si la reconocía, así que se dispuso a coger los patines de la percha que había al final de la habitación, y a marcharse de allí. Pero, cuando se dio la vuelta para salir de la clase, Analía estaba frente a ella, bloqueándole el paso mientras fijaba su mirada en el colgante abriendo intensamente los ojos.

_Hacía mucho que no lo veía.

Valentina se quedó petrificada, una extraña corriente la recorría de arriba a abajo e hizo que se quedara inmóvil, sin saber cómo reaccionar a lo que la chica acababa de decir.

En ese momento Mikael apareció en la puerta, con el semblante preocupado y los puños cerrados mientras miraba la escena. Al verlo, Analía sonrió pícara, disfrutando de la situación, y se acercó a Valentina para coger el colgante con la punta de los dedos, diciéndole al oído de un modo tan suave que el chico no fue capaz de escucharlo:

_Este es mi regalo para ti, hija de Marte -y se marchó sin decir nada más, mirando desafiante a Mikael.

Durante unos segundos que parecieron eternos, los dos amigos se quedaron con los ojos clavados en la puerta, sin entender muy bien lo que acababa de pasar.

Valentina fue a dar un paso hacia Mikael, pero apenas le dio tiempo. El chico se movió tan rápido que, cuando se dio cuenta, ya lo tenía frente a ella, abrazándola con fuerza, casi con desesperación, como si teniéndola así pretendiese conseguir que nadie pudiera arrebatársela jamás. Ella se quedó tan sorprendida al sentir la intensidad de ese abrazo, que no fue capaz de articular palabra alguna.

_Creía que te había pasado algo, no conseguía encontrarte, no sabía qué hacer -dijo sin aflojar la presión de sus brazos-. Si te hubiera pasado algo... si algún día te pasa algo... -se le hizo un nudo en la garganta y no pudo más que hundir el rostro en el cuello de su amiga.

Valentina, que hasta el momento había permanecido inmóvil, rodeó con los brazos a Mikael por la cintura. Él relajó ligeramente la tensión y la miró a los ojos, diciendo con tristeza:

_No te vayas. No te alejes de mí.

_Mika...

Valentina se sobrecogió. Tenía mil cosas que decirle, que preguntarle. Era él quien se había ido aquella mañana sin decir nada a nadie, ¿por qué le pedía a ella que no se fuese? ¿Dónde había estado para volver así? ¿A qué se debía tanta preocupación si sólo se habían separado unas horas?... Sin embargo, no dijo nada en ese momento. En su lugar, apoyó la cabeza en el pecho de Mikael, permitiéndose escuchar durante un par de minutos ese latido que devolvía la calma a cada resquicio de su ser. Y, entonces, sin alejarse ni un centímetro, sólo añadió:

_No voy a ningún sitio donde tú no puedas acompañarme.

Y la puerta de la clase se abrió, dejándoles ver la expresión sorprendida del señor Iuvart, el director del instituto.

_¿No es tarde para que estéis aun aquí?

Los chicos asintieron y, después de coger sus mochilas y los patines, salieron a la calle.

*****

De camino a casa, Mikael cogió la mano de Valentina, entrelazando sus dedos. Ella lo miró.

_Hoy soy yo quien se siente perdido -le dijo sin apartar la vista del suelo.

Valentina le hizo levantar la cabeza para clavar sus ojos en los de él, poniéndole la mano en la barbilla.

_Yo tampoco te voy a dejar caer, Mika -y le besó la mejilla, sonriéndole dulcemente.

Él le devolvió la sonrisa, recuperando un poco de la calma que había perdido por primera vez desde que Valentina lo conocía.

_Tu pelo ha vuelto a cambiar... Estás muy bonita -dijo con ternura.

Era cierto, desde que salió de la cafetería, las mechas rosas de su pelo habían aumentado de nuevo, convirtiéndolo así en el tono principal.

Siguieron caminando sin decir nada más. En los veinticinco minutos que tardaban en llegar a pie desde el instituto hasta su casa, esa fue toda la conversación que tuvieron. Los dos estaban intentando asimilar lo que había pasado a lo largo del día, sin mucho éxito por el momento, y la tensión era evidente.

*****

Cuando por fin llegaron a la escalera del porche de Valentina, los chicos seguían cogidos de la mano, y también continuaba en sus rostros la necesidad de tener una explicación.

Valentina empezó a subir los escalones, pero Mikael la abrazó suavemente por detrás, apoyando la cabeza en el centro de su espalda, y tuvo que parar en el primer peldaño.

_Deberías irte a descansar, Mika -dijo acariciándole las manos. Y un momento después, bajó la cabeza con tristeza, añadiendo:- Quisiera tener la mitad de la facilidad que tú tienes para serenar mi alma. Es una tortura no saber cómo calmar la tuya.

Mikael apartó la cabeza para presionarla un poco más contra su pecho, y apoyó su barbilla en el hombro de ella.

_Mi alma está en paz cuando estás cerca.

_Pues quédate conmigo esta noche -se apresuró a responder, girándose hacia él-. Por favor Mika, que ese sea mi regalo.

_Val...-Mikael se quedó absorto.

En ese instante Mara abrió la puerta, haciendo sonar las campanillas que tenía colgadas. Los había visto llegar desde el ventanal y salió a recibirlos, escuchando la última parte de la conversación. Valentina se abrazó a ella agotada por tanta tensión.

_Es evidente que ninguno de los dos ha pasado un buen día -dijo al ver los rostros afligidos de ambos-. ¿Te quedas Mikael? A Valentina le vendría bien descansar una noche, esos sueños van a acabar con ella.

_Claro -respondió mientras subía a darle un beso en la mejilla y un abrazo fugaz, a modo de saludo.

_¿Qué haríamos sin ti? -le sonrió.

*****

Después de cenar, Mara se fue a la habitación y los chicos recogieron la mesa. Cuando todo estaba guardado, Valentina fue a darse una ducha repasando, una por una, las cosas que Analía le había dicho: ''...hacía tiempo que no lo veía...'' ''...hija de Marte...'' ''...¿estás segura de eso?...'' Lo que le llevó también a recordar la conversación con Elisabeth: ''...¿eso es todo lo que sientes?...'' ''...no es pecado estar enamorada...''. Ya no estaba segura de nada, en un solo día su mundo se giró por completo.

Salió de la ducha y se puso su pijama gris de pantalón corto con un lazo púrpura en cada pierna, y camiseta de tirantes también con una lazada en la cintura. Cogió, de la habitación que había al lado del baño, un pijama de pantalón largo y camisa de manga corta de lino blanco con cordones color salmón que pertenecía a Sam, el hijo de Mara, al que Valentina sólo vio un par de veces durante el primer año que vivió allí, y se lo llevó a Mikael.

Ambos se acomodaron en el sofá, Valentina medio tumbada y acariciando el cabello de Mikael, que se recostó apoyando la cabeza en las piernas de su amiga. Y buscaron en la televisión algo que ver, intentando evadir preguntas de las que no estaban seguros si querían oír las respuestas. Cuando la película que habían dejado puesta terminó, Valentina se levantó con cuidado, hacía rato que Mikael se había quedado dormido. Lo tapó con una manta fina de algodón azul que él le había regalado y que siempre utilizaba cuando estaba en el sofá, le besó la frente y salió al porche, apoyándose en la barandilla mientras intentaba despejar la mente, concentrándose en el olor que le hacía llegar la brisa marina y mirando las estrellas de un cielo totalmente despejado.

Se ausentó por completo de la realidad durante una media hora, aproximadamente.

_¿Va todo bien? -preguntó de pronto Mikael adormilado, con una voz tan suave que Valentina ni siquiera se sobresaltó, a pesar de no haberlo escuchado acercarse.

_Sí, todo va genial, -contestó sonriendo- te has dormido...

_Lo sé, lo siento. Debía cuidar de ti y... -dijo mientras agarraba la manta que se había puesto sobre los hombros.

_No lo sientas. Has conseguido deshacerte de esa inquietud que se estaba adueñando de ti. Eso me hace sentir aliviada.

_Sólo necesitaba tenerte cerca, ya te lo dije -respondió mientras se acercaba por la espalda y la rodeaba con los brazos para abrigarla a ella también con la manta-. Vas a coger frío. No puedo descuidarme ni un momento contigo -sonrió.

Valentina le devolvió la sonrisa sin mirarlo. No se había girado desde que salió fuera. Se quedaron varios minutos así, tapados, en silencio, sintiendo el aire en la piel que quedaba descubierta. Después, la curiosidad pudo más que Mikael.

_¿Puedo preguntarte algo?

Ella asintió.

_¿Por qué justo hoy me pides que me quede 'como regalo'? Nunca has permitido que te regalen nada en estas fechas.

_Esta noche no quería estar sola -juntó su espalda aun más contra el pecho de Mikael-. Necesitaba esto... tenerte aquí.

_Estoy aquí. Siempre estoy aquí.

Valentina dejó de sonreír, y su mirada se quedó fija en el horizonte, pensativa.

_¿Qué sucede? -quiso saber el chico, viendo la preocupación en los ojos de ella.

_Analía, la chica nueva... sabía que hoy es mi cumpleaños. ¿Cómo es posible?

_Val, hoy hace siete años que apareciste en el embalse. Tu historia apareció en todos lados, buscando respuestas. Y se dijo que sería tu cumpleaños porque fue cuando comenzó tu nueva vida. Hay miles de personas que saben eso, no le des más vueltas.

_Pero ella sabe más. Estoy segura de que tiene algo que ver con mi pasado -añadió inquieta.

_Hagamos una cosa. Vamos a entrar a descansar, que lo necesitas, y mañana tenemos todo el día para nosotros, iremos al bosque y me cuentas todo. Esta noche déjame que cuide de ti ¿Trato hecho? -le propuso mientras la cogía de la muñeca y subían a la habitación.

_¡Eso lo haces siempre! -dijo ella dándole un cariñoso empujón con el hombro cuando entraron al dormitorio.

Mikael se tumbó en la cama, boca arriba, con un brazo por detrás de la cabeza.

_Y lo que te queda -contestó mirando fijamente a Valentina, mientras se tumbaba a su lado-. Siempre voy a hacer lo que sea necesario para protegerte.

_Lo sé -afirmó apoyando la cabeza en el pecho de su amigo y dejando que la venciera poco a poco el sueño-. Te quiero, Mika.

Mikael la rodeó con el brazo que le quedaba libre y la besó en la cabeza con ternura.

_Y yo te quiero a ti, Val.

*****

De madrugada, Mikael escuchó tocar la puerta de una forma muy suave. Era Mara, que pasaba a ver cómo estaba Valentina. No se sorprendió al ver que el chico estaba despierto. Desde que se acostaron no había dejado de mirar a su amiga, que seguía tumbada sobre su pecho, ni de acariciarle el brazo suavemente con la yema de los dedos, mientras recordaba la conversación que tuvo con Ezequiel y la horrible sensación que se apropió de su interior y le hizo pensar que a Valentina le había pasado algo. Jamás sintió un vacío tan inmenso, y supo de inmediato que era por ella.

Mara interrumpió sus pensamientos.

_Lleva semanas que no duerme tranquila. Esta noche sonríe, es increíble.

Mikael también sonrió, de manera casi imperceptible. Y Mara añadió:

_Creo que nosotros también deberíamos descansar. Gracias por quedarte esta noche.

_No, gracias a ti por resguardarla aquí.

Mara salió de la habitación y se fue a dormir, tranquila porque esa noche Valentina dormiría sin que las pesadillas le arrebataran el sueño.

Mikael también cerró los ojos para descansar. Tener entre sus brazos a Valentina, sentir el calor que desprendía, pensar que podía tenerla así siempre,... Esa era la mejor medicina para la tensión que había acumulado a lo largo del día. Sólo necesitaba saber que estaba con él, que podía protegerla, y todo estaba bien.

_A partir de hoy cambia todo, pero yo te seguiré sosteniendo. Siempre.

12 de Octubre de 2019 a las 19:31 0 Reporte Insertar 2
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