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aylenzunino Aylen Zunino

Úrsula, acusada de brujería y quemada en la hoguera se alza ahora de entre las cenizas para castigar a un país cegado por la avaricia y el poder. Esclava del diablo por toda la eternidad, Úrsula se verá obligada a cumplir los deseos del extraño Sr. Jabal, que dice ser un enviado de su amo Satanas con la misión de vigilar y someter a la joven bruja para que se haga su voluntad. Sangre, dolor y muerte es lo que Úrsula sembrará por las calles de las ciudades más prestigiosas de Suiza, hasta que encuentre a la pequeña e indefensa Ruth que hará resurgir en ella la poca humanidad que quedaba


Horror Horror gótico No para niños menores de 13.

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Las heladas noches de Suiza



Lucerna, Suiza.

1419


La única compañía de Úrsula aquella noche eran las estrellas brillantes que solo podía ver en su propio charco de orina y el susurro de las hojas movidas por una helada brisa salada que le escocia las heridas en su espalda infligidas por el látigo.

Lo que más deseaba en ese momento no era su libertad, o que la gente del pueblo dejara de arrojarle fruta podrida, piedras o excremento. Lo que realmente deseaba era cubrir su desnudez con cualquier tela. Los jóvenes habían tironeado su vestido hasta reducirlo a jirones desparramados en la tierra.

Llevaba más de una semana atada a ese poste sin comida, desnuda y lastimada. Las piernas, que ya no resistían su peso, temblaban, se sacudían, imploraban un descanso de aquella tortura.

El sonido de pasos acercándose le helaron la sangre. Iban a tocarla, a golpearla o peor, las mujeres, generalmente, eran las más crueles. De hecho era por culpa de una mujer que Úrsula se encontraba en esa situación tan comprometida. Las falacias de su antigua empleadora la habían empujado al borde de la muerte, ya que el juicio solo era parte del procedimiento, una justificación para quitarle la vida.

Los pasos se detuvieron junto a ella y un hombre alto de piel pálida, labios rosados y cabello rubio le escrutó el rostro que Úrsula intentaba esconder tras su delgado brazo. La capa negra, como una noche sin luna, le llegaba hasta los tobillos.

- Pobre, pobre niña. - su voz era grave y profunda, tenebrosa, no iba muy acorde con su rostro angelical. Se quitó la capa y la pasó por los hombros de Úrsula.

El contacto de la tela en las heridas le producía un ardor insoportable, pero las lágrimas que rodaron por sus mejillas no eran de dolor. Aquel era el primer gesto de amabilidad que Úrsula Bachman recibía en muchos años. Estaba conmocionada y sobre todo, agradecida.

El hombre, frunciendo el ceño, alzó las manos, con intención de secar sus lágrimas, pero Úrsula se encogió de tal manera que decidió dar un paso atrás para demostrarle que no quería hacerle ningún daño.

- No, no pequeña lombriz. No llores. - dijo, compungido - Mira como te han dejado estos burdos bárbaros.

El extraño alzó la mano nuevamente y Úrsula se encogió con un leve gemido. Sin embargo, no se detuvo esta vez, él le tomó el rostro con delicadeza.

Las manos del extraño eran suaves y cálidas, no supo muy bien por qué, pero se sentía tranquila ahora, su cuerpo había dejado de temblar y estaba convencida de que aquel hombre no le haría daño.

A pesar de aquella certeza Úrsula no dejaba de preguntarse por qué. ¿Por qué aquel hombre, al que jamás había visto en su vida, estaba siendo amable con ella? No tenía sentido. ¿Acaso era una nueva forma de tortura? Estaba segura de no querer averiguarlo.

Úrsula alzó la mirada y clavó sus ojos en los del extraño. Ojos rojos como la sangre fresca que en un parpadeo se volvieron negros como la capa que caía suavemente sobre el cuerpo desnudo de la joven, protegiéndola del frío.

- Estoy asustada - admitió Úrsula contra su voluntad. Era como si las palabras estuvieran desesperadas por salir. - Pero quiero morir, que todo esto se termine. No estoy segura de poder soportar ya nada más.

- ¿Y quién podría culparte, pequeña lombriz? - su voz era dulce, reconfortante - Yo también estaría deseoso de que las frías manos de la muerte sostuvieran las mías. Pero eres valiente Úrsula.

Hacía mucho tiempo que nadie la llamaba por su nombre. La habían llamado puta, zorra, bruja tantas veces que la gente del pueblo había olvidado su nombre y ahora se referían ella como la puta del diablo, la zorra come niños, la bruja de Lucerna entre los más populares.

No le extrañaba, de todos modos, que él conociera su nombre, Úrsula era famosa de Lucerna hasta Habsburgo. El conde en persona la había escupido.

- No quiero hacerte daño Úrsula. - declaró acariciándole las mejillas con los pulgares - Al contrario, quiero sanar tus heridas, quiero cuidarte. Deseo tu bienestar más que nada en este mundo.

Ni siquiera su madre le había dicho palabras como aquellas.

- ¿Acaso eres mi ángel de la guarda? - inquirió ella, esperanzada - ¿Vienes a llevarme al cielo? ¿Eres una aparición?

Él rió con amargura.

- No me es posible entrar al cielo, pequeña lombriz, pero digamos que sí, soy tu ángel de la guarda.

El extraño posó su mano sobre un enorme cardenal en su estómago, consecuencia de las patadas que le habían propinado los oficiales cuando la restaron, y este, con una sensación de ardor, desapareció en cuanto el extraño levantó la mano.

Úrsula lo miró estupefacta. Incapaz de comprender qué había sucedido.

- No, pequeña lombriz, no llores otra vez. - suplicó - No soporto ver llorar a una hermosa mujer.

- ¿Qué... qué fue lo que...? - tartamudeó consternada.

- Es magia. - dijo - brujería ¿Acaso no es eso de lo que se te acusa?

- S-sí, pero yo no...

- Lo sé, pequeña lombriz, lo sé. Tu eres una pequeña niña a la que han lastimado mucho con justificaciones inventadas. Yo voy a cuidar de ti ahora, Úrsula.

- Pero...

Los acontecimientos se sucedían mucho más rápido de lo que Úrsula podía comprenderlos. Se sentía abrumada, confundida, perdida.

- Shhh, pequeña lombriz. No hay necesidad de que comprendas todo ahora. - era como si supiera como se sentía - Hay que darle tiempo a este tipo de cosas que parecen tan imposibles.

Él abrazó a Úrsula, metiendo las manos por debajo de la capa y a medida que le acariciaba la espalda las heridas se cerraban. Tocó cada parte de su cuerpo con la misma delicadeza con que le acarició el rostro, curando todas sus heridas, mitigando todos sus dolores.

Nuevamente, las lágrimas de agradecimiento rodaron por las mejillas de Úrsula. Esta vez, en lugar de secarlas con sus dedos, el extraño beso las mejillas de Úrsula. Sus labios cálidos le dejaron una sensación reconfortante que detuvo su llanto en el segundo preciso en que estos se rozaron con su piel.

- Puedo darte el poder para escapar - susurró en su oído - el poder para empezar otra vez, el poder para olvidar o el poder para destruirlo todo.

Los rostros causantes de su desgracia acudieron a su mente, llenándola de odio. Un odio que quemaba tan rápido sus entrañas que sintió como lo poco que quedaba de amabilidad en ella se volvía cenizas. Sólo había dolor. Un punzante y agónico dolor.

- Escapar no.

- Muy bien, destrucción será. - dijo él sonriendo - Ahora, cerremos el trato.

El extraño se percató de la duda en sus ojos y le tomó el rostro con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos que nuevamente se habían vuelto rojos como la sangre.

- Has sido valiente para ser una lombriz, Úrsula. Por eso llamaste la atención del señor. Quiere reclutarte, quiere que le sirvas. Esta es tu oportunidad para ser amada y valorada. ¿Qué te hacía tu padre? ¿Qué hizo tu madre cuando se enteró? Te envió lejos, como si tu merecieras el castigo por sus deseos perversos - Úrsula asintió, pero ¿cómo él sabía todo eso? - Te envió a la boca del lobo. A que más hombres hicieran contigo lo que quisieran. A que esa horrible mujer te golpeara, te insultara, te humillara, te acusara de brujería cuando la encontraste engañando al general. El dulce general Castagnoli, del que te enamoraste el primer día solo porque te ofreció una cálida sonrisa y se comportó como un caballero. ¿Acaso no quieres tenerlo? ¿Acaso no quieres que tus padres mueran? ¿No quieres que aquellos que te lastimaron rueguen, supliquen, imploren clemencia?

La duda se había extinto de sus ojos, en lugar de eso, había una llama crepitante.

- Quiero todo eso, ángel de la guarda. Quiero todo eso y más.

Los labios del extraño y los de Úrsula se juntaron en un apasionado beso.

Cuando la joven abrió los ojos nuevamente el extraño había desaparecido, junto con la capa que la protegía del frío.

No se sentía diferente, no sentía ni una pizca de poder en su interior.

Quizás el hombre extraño no fue más que una alucinación. Tal vez ya estaba muriendo de hambre.

Eso la reconfortó.

Se acabaría al fin esa terrible pesadilla en la que se había visto inmersa desde la llegada de su familia a la tierra asquerosa sobre la que estaba de pie en ese momento. De tener saliva habría escupido esa tierra maldita, pero no había humedad en su boca. Los guardias le daban el agua suficiente para que continuara con vida, no para que escupiera su amada Suiza.

No supo si se quedó dormida o se desmayó, pero cuando los guardias la encontraron a Úrsula le colgaba la cabeza sobre el pecho, los brazos estirados hacia arriba, encadenados al poste, el pecho descubierto y las piernas dobladas.

Horrorizados corrieron en busca de su santidad, el arzobispo de Murbach que estaba allí para presenciar el juicio y la ejecución.

Úrsula abrió los ojos al sentir unos insistentes golpes en la mejilla. Frente a ella se había congregado mucha gente, aldeanos, guardias, algunos nobles. Arrodillado a unos centímetros de su rostro había un hombre mayor, de unos sesenta años, con el pelo entre grisáceo y blanco, arrugas bien definidas y un olor a viejo asqueroso. Llevaba una túnica sencilla de lana y la escrutaba con ojos duros casi blancos de lo claros que eran.

- Les dije que no estaba muerta - dijo el anciano. - Ahora, suéltenla.

Úrsula miró a los hombres que se acercaban a ella con total incredulidad.

No podían estar dejándola libre. Eso era imposible. ¿O tal vez el apuesto extraño de anoche era real y ahora tenía el poder de cumplir sus deseos?

No, de ser así habría muerto ya que no deseaba libertad sino desaparecer.

Cuando los miró a los ojos los hombres se detuvieron e intercambiaron miradas nerviosas.

- ¿Qué están esperando? - los apremió.

- Nadie quiere tocarla, su santidad. - respondió un oficial bajito y regordete que se persignaba mientras miraba a Úrsula.

- ¿Y ustedes nos protegen, malditos afeminados?

El hombre, su santidad, extendió la mano y le dieron la llave de los grilletes.

En menos de un segundo los brazos de Úrsula estaban libres, se frotó las muñecas como un acto reflejo porque realmente no le dolían. El anciano le pasó su capa por los hombres, cubriendo su desnudez.

- ¿Podrás caminar, querida?

Úrsula negó con la cabeza, las piernas ni siquiera le respondían para ponerse de pie. Tenía los músculos entumecidos.

- Tú - señaló al guardia más fornido - levántala.

El guardia obedeció. Pasó al frente y, sin ninguna delicadeza, tomó a Úrsula en sus duros brazos. Aquel hombre medía casi dos metros de alto y Úrsula imagino que solo su huesos pesaban más que el anciano y ella juntos, ni hablar de sus músculos. Su rostro inexpresivo era el de un monstruo: tenía el ojo derecho ligeramente más grande que el izquierdo, la nariz rota le había quedado torcida y los dientes desiguales, podridos quedaban a la vista por una malformación en la mandíbula.

Entraron a la iglesia que se encontraba a sus espaldas y la multitud quedó tras la puerta en cuanto esta fue cerrada por los asistentes del reverendo.

Ya había estado en el interior de la iglesia antes. Paredes de piedra, bancos de madera, un altar muy poco bello, la oscuridad que engullía la luz de los candelabros. Siempre le pareció un lugar especialmente frío y conocía al reverendo de aquella iglesia. Demasiado bien. No era un lugar donde encontrar a Dios, Úrsula lo había intentado una vez, había rezado, implorado porque Dios le diera fuerzas para soportar aquella vida a la que su madre la había condenado y como si el señor se burlara de ella el reverendo, fingiendo compasión por aquella descarada prostituta le arrancó la ropa y la hizo suya en el altar.

Mientras el repulsivo hombre la embestía sin piedad el cuadro de Dios los miraba y parecía decir entre dientes que Úrsula no encontraría consuelo allí. Ni en ningún otro lado.

El grandulón seguía a su santidad hacia la oficina del reverendo. Caminaban en silencio, pero sus pasos resonaban en toda la iglesia vacía creando un eco espeluznante. Úrsula quería salir de allí. A medida que se acercaban al altar lograba escuchar los jadeos del reverendo en su oído, su aliento caliente en el cuello, sus manos sujetándola, el peso de su cuerpo sobre el suyo.

Escondió el rostro en el cuello del guardia y este, como si lo intuyera, le acomodó la capa para que no se le vieran los pechos. No pudo agradecerle, la voz no le respondía.

No se sentía segura, el corazón le palpitaba a una velocidad sobrehumana y quería llorar, quería gritar ¿Qué harían con ella ahora? La incertidumbre la torturaba más que cualquier otra cosa.

El anciano abrió la puerta de madera y un olor asqueroso a carne quemada salió de la habitación. Le ordenó al guardia que la dejara sobre un banco de madera que había bajo la estrecha ventana y que luego se marchara.

Con poca delicadeza la depositó sobre el banco y le dedicó una triste mirada a modo de despedida con sus ojos disparejos.

Cuando el oficial salió de la habitación, el anciano cerró la puerta tras él y puso una silla frente a mi. Sus movimientos, para ser un anciano, eran ágiles y fluidos. Sonrió de forma reconfortante.

- Muy bien, señorita Bachman, en vista de que no nos han presentado apropiadamente - el hombre le tendió una mano que Úrsula no estrechó - Muy bien - continuó él - acepto el rechazo. Soy Hervan Richter, el arzobispo.

Ella se aclaró la garganta antes de presentarse.

- Úrsula Bachman, la bruja de Lucerna

Su voz era rasposa y pastosa por el desuso.

- ¿La bruja? - preguntó frunciendo el ceño - ¿Acaso ya hay sentencia?

- ¿Usted espera que la corte falle a mi favor, padre? - preguntó con cinismo - Yo ya estaba condenada a la hoguera desde el día en que la señora Sofía me acusó de matar a su sirviente y coger con sus caballos. Apoyada en todo por ese hijo de una gran puta.

- ¿Se refiere usted al señor Dobelli?

- ¿Y a quien más?

El hombre suspiró y la miró con seriedad. No había asco ni miedo en sus ojos o algún tipo de sentimiento, por lo que Úrsula sospechaba que no creía en eso de la brujería, o era un estoico de lo más sorprendente.

- Tengo entendido, según lo que pudo contarme el reverendo Viemen - Úrsula tembló al oír su nombre - Usted trabajaba para el señor Dobelli en su mansión del pecado.

Los ojos de Úrsula se llenaron de lágrimas hasta desbordar y mojarle el rostro.

- Úrsula - dijo Richter tomando su mano - Está bien, estamos en la casa del señor, yo voy a ayudarle a rectificar el camino.

Contuvo el llanto tanto como le fue posible, solo para poder hablar con claridad.

- Esta no es la casa del señor - murmuró - Yo no trabajaba para ese hombre, padre, mi empleadora era la señora Castagnoli.

- ¿Entonces que hacía en aquel lugar Úrsula?

- Cosas aberrantes, padre. - la sombra de un recuerdo le surcó el rostro y de repente se puso pálida - La señora me obligaba a mi y a otras dos chicas a ir por la noche a la mansión del señor Dobelli. A una de ellas, Frisa creo que era su nombre, el señor Dobelli la mató a golpes frente a mi y dijo que si hablaba yo también iba a morir. - se pasó una mano por la frente para sacarse la imagen de la cabeza - Ya me había dado palizas antes, al igual que la señora Sofía. Ella nos golpeaba a todos, abusaba de nosotros, padre. Todo el mundo lo sabía pero a nadie le importaba. A la señora Robin le cortó la mano izquierda porque había robado unas joyas, joyas que luego encontró en el establo, donde se veía con sus amantes. Más que amantes sus víctimas. - ahora que había empezado a hablar, ya no podía parar. El día que la apresaron, nadie le preguntó nada. - Vine aquí - siguió, conteniendo el llanto - en busca de consuelo. Viene buscando que Dios me iluminara o me llevara con él, pero no encontré más que perversidades, maltratos y profanación. Este lugar no es sagrado padre, esta no es la casa de Dios y no sé si alguna vez lo haya sido. Aquí solo habita un monstruo.

Richter asintió, mirando por la ventana, pensativo.

- Estoy al tanto de la historia del altar, el reverendo Viemen me lo contó todo - dijo con el ceño fruncido - ¿Gusta un poco de agua?

Úrsula, luego de dudarlo un momento, asintió. El hombre se puso de pie y caminó hacia una mesita junto a la puerta, tomó una jarra de arcilla y le sirvió agua en un vaso del mismo material.

- Llegó esta mañana, muy temprano, una carta del general Castagnoli. - el corazón de Úrsula dio un vuelco - en la que daba buena fe de que usted era una muy buena cristiana y jamás le haría daño a nadie.

Le tendió el vaso y cuando Úrsula fue a tomarlo, con ansiosa desesperación, él volvió a apartarlo.

- Sin embargo, en vista de estas nuevas pruebas contra usted, me temo que la carta del general deberá ser descartada.

- ¿Qué nuevas pruebas? - preguntó Úrsula, contrariada, con la voz rasposa y enferma. Había pasado demasiado frío la noche anterior, y todas las noches antes de esa.

Por un segundo, la salvación había estado a su alcance. La había saboreado sutilmente con la punta de la lengua. Un hombre como el señor Claudio, defendiéndola, casi había contemplado la posibilidad de que la dejaran vestirse.

- Tengo entendido que los oficiales se propasaron un poco con usted cuando la capturaron. El reverendo me dijo que había sido azotada hasta la inconsciencia repetidas veces...

Entonces Úrsula lo entendió. Las marcas del látigo, los moretones, las cortadas, aquel hombre se las había sanado la noche anterior.

El extraño era real, por lo tanto, el pacto también lo era.

Instintivamente se llevó una mano a la espalda. Nada. Ni un rasguño.

- Exacto. - dijo el hombre sentándose junto a ella en el banco - No hay marcas, ni heridas, ni un solo rasguño. Usted - sonrió - mi querida señorita Bachman, ya no necesita un juicio, su cuerpo es prueba suficiente de que hizo un pacto con satanás y es su fiel sirvienta. Ha sido condenada a la hoguera, para purificar sus pecados.

Úrsula lo miraba tan confusa como cuando le ordenó a los guardias que la soltaran.

- ¿Mis pecados? - preguntó - pero la carta...

- Aunque no se hubiesen curado todas sus heridas por medio de la brujería, la carta del señor Castagnoli no hubiese cambiado su destino querida. Su esposa ya testificó que él estaba bajo su hechizo, que asesinó al mozo de cuadras y fornicó con los caballos. El señor Dobelli dijo que sus... "empleadas" le pagaban para que se deshiciera de sus... "problemas", que la encontró fornicando con sus cabras. Y el reverendo Viemen alega que usted lo hechizó, es la única forma de tapar su total falta de consideración hacia el Señor y este establecimiento. - suspiró mientras el corazón de Úrsula se aceleraba y la respiración se le entrecortaba - Jamás la palabra de una puta de burdel importará más que la de cualquier otra persona.

Indignada, Úrsula golpeó la mano en la que el anciano tenía el vaso de agua y esta se derramó sobre él. La arcilla se hizo añicos en el suelo, cerca de los pies de ella.

- Yo no soy ninguna puta de burdel, y ellos son un montón de delincuentes - espetó

Él rió.

- Tal vez así sea, pero no es usted quien decide su destino señorita Bachman, ni el de nadie aquí y su sentencia ha sido dictada gracias a que usted le entregó a la corte pruebas irrefutables. - espetó.

El anciano se acercó más a ella y le quitó la capa. Úrsula quedó paralizada.

- La verdad, Úrsula, es que corromperías hasta al hombre más devoto del señor.

Ella se puso de pie en cuanto el hombre alzó una mano para tocarle un pecho, le arrancó la capa y volvió a taparse.

Él miró a los pies de Úrsula con una sonrisa de triunfo. Ella bajó la mirada y se dio cuenta de que estaba parada sobre los pedazos de vaso rotos. La sangre empezaba a verse por debajo de sus pies, pero ella no había emitido ni un sonido, a penas sentía un cosquilleo molesto.

Así que al final si me dio poderes - se dijo Úrsula - el poder de no sentir nada.

El fuego de la hoguera no expiaría sus pecados porque ni siquiera lo sentiría. El extraño la había engañado, no le otorgó los poderes para vengarse, sino para morir sin dolor.

Había sido estafada.

- Podrá quemarme si le apetece, su santidad - masculló con odio - pero dudo que mis pecados logren ser expiados si no puedo sentir el fuego chamuscándome la carne.

- ¿Es esto una confesión? - inquirió el anciano juntando las cejas.

Ya que más daba. Iban a quemarla de todas maneras.

- Si, confieso hasta las fechorías más fantasiosas, volé bajo la luna llena, fornique con caballos, cabras, con cualquier animal que se le ocurra, corrompí a un hombre de Dios, quemé los campos y maté al ganado, impedí que las mujeres fueran madres y embruje a las vírgenes para que le ofrecieran sus cuerpos a mi señor. El señor que me ha dado el poder que poseo, que no es nada comparado al que su Señor le dará jamás.

El hombre río nuevamente, esta vez de una forma cínica.

- Pues yo tengo el poder de hacer con todo el mundo lo que quiera sin que me quemen en la hoguera. ¡Guardia! - la puerta se abrió rápidamente y quien entró no fue el amable y horrible grandulón, sino el hombre que la había pateado y azotado, el oficial Mathis - Lleve a la bruja a la mazmorra y asegúrese de que no esté cómoda.

Mathis le arrancó la capa, se la devolvió al anciano y la tomó por los cabellos. Úrsula habría gritado de haber sentido algo.

Le puso grilletes en los tobillos y las muñecas y le puso uno en el cuello a modo de correa. Estaba desnuda, indefensa y asustada. Tal vez no sintiera dolor, pero aún así tenía miedo. Le asustaba que el hechizo se acabara, que cuando la ataran y la quemaran viva su cuerpo recuperara la sensibilidad. Sin embargo, no iba a mostrarse temerosa. Iba a guardar el mismo valor fingido con el que soportó toda esta tortura.

- Es un largo camino de aquí hasta allá, bruja. - dijo Mathis torciendo el gesto en lo que, Úrsula supuso, era una sonrisa de satisfacción. - Y hay mucha gente enojada en las calles.

Úrsula rió. Su risa, tintineante y armoniosa, hizo eco en toda la iglesia. Ambos hombres quedaron pasmados.

- La gente del pueblo puede hacerme lo que quiera. Golpearme, violarme, desgarrarme, descuartizarme... quemarme. Todo será en vano.

La voz de Úrsula era distinta ahora. Profunda y un tono más grave. Si iba a morir, moriría con dignidad.

El oficial miraba embelesado a Úrsula, como si hubiese descubierto agua después de vagar por el desierto.

- Mathis - dijo el anciano - muévete.

El encanto pareció esfumarse en cuanto oyó la voz del anciano y parpadeó confundido. Sin mediar palabra sacó a Úrsula de la habitación y luego de la iglesia.

Mathis tenía razón fuera había una multitud de gente con más fruta podrida, piedras y estiércol. Pronto descubriría que aunque su sentido del tacto en la piel se había perdido, el resto de sus sentidos continuaban funcionando muy bien.

Para cuando acabó la procesión, tenía el cuerpo muy sucio y herido, el pelo empapado en pulpa podrida y excremento, la planta de sus pies desnudos se había lastimado y tenía una ligera capa de sangre. Algún hijo de puta había arrojado vidrio roto a sus pies, pero ella no se apartó, piso los restos de vidrio mirando a los ojos a la multitud que retrocedió un paso al no ver ni un ápice de reacción en su rostro.

No entendía a esa gente. Compañeros de trabajo, vendedores amables del mercado, caballeros agradables con los que había hablado, incluso su amiga Edith a quien le había contado todo lo sucedido, gritaba a todo pulmón que la quemaran.

¿Qué les había hecho Úrsula para que ellos la odiaran tanto?

Estaba fatigada, y dolorida para su sorpresa. Al parecer había un límite para el hechizo. Justo como había sospechado.

La arrojaron a una sucia celda fría y la colgaron de los grilletes en las muñecas en medio de la habitación de un gancho que colgaba del techo. Las puntas de los pies apenas rozaban el suelo.

- Es hora del baño - dijo Mathis con una expresión divertida en el rostro. - No puedes asistir mañana toda inmunda.

El baño consistía en agua helada y un látigo de tres puntas. Un oficial le echaba baldazos de agua helada mientras Mathis la azotaba sin piedad. Golpeó su espalda, su estómago, sus pechos, sus piernas por ambos lados. Le arrancó las uñas una por una. La fuerza del hechizo menguaba, sentía los latigazos como ramas raspando su cuerpo, pero no se quejó. Cuando le arrancaron las uñas con las tenazas fue como si se clavara una astilla relativamente grande, pero tampoco se quejó.

Veía las heridas ocasionadas por el látigo y pensaba en cuánto dolor habría sentido de no estar embrujada.

Mathis, ante el silencio solemne de Úrsula, decidió que implementaría métodos más severos para hacerla rogar.

Le quebró un dedo y esta vez Úrsula aulló de dolor y Mathis jadeó. Le quebró otro y gritó una maldición.

- Sabía que ibas a quebrarte - murmuró el hombre en su oído, su aliento asqueroso a carne en descomposición le revolvió el estómago. - Suplica.

- ¿Para qué la verga se te ponga dura? - Úrsula lo escupió. - Ni en tus más enfermas fantasías.

Mathis le propinó un puñetazo en la cara con la mano con la cual se limpió la saliva del rostro.

Ella comenzó a reírse cada vez más fuerte mientras la sangre le baja por la barbilla. Más y más fuerte. El suelo se movió y Mathis retrocedió con una expresión de susto que le duró dos segundos.

Abandonó la celda lentamente y cerró la reja una vez que estuvo fuera. La risa de la bruja lo acompañó, retumbando dentro de su cabeza, hasta el bosque en el que luego lo encontraron colgado del árbol más viejo, alto y aterrador. En el tronco había una cara tallada que parecía burlarse.

Ella permaneció en la celda lo que le pareció una eternidad hasta que apareciera otro guardia con la cena. Los brazos le dolían, las tripas le rugían. Comería lo que fuera que le trajeran, incluso excremento.

- Le daré diez minutos padre - dijo el oficial abriendo la celda - no más.

¿Padre? Úrsula alzó la mirada. ¿Qué buscaba ese hombre? ¿Venía a torturarla en persona?

- Espere a que yo lo llame - dijo el padre poniendo una mano en el hombro del oficial - quiero conversar con ella en completa privacidad, y bájenla de ahí.

Este obedeció las indicaciones del padre al pie de la letra, la descolgó junto con otro oficial que vigilaba la puerta y los dejaron solos.

La única luz de la estancia era una lámpara fuera de la celda que no disipaba ni una sola de las sombras danzantes que había dentro.

El padre se quitó la capa y Úrsula bufó. El padre era el apuesto extraño que la había embrujado.

- Te traje esto pequeña lombriz

- Gracias...

- Jabal - se presentó

- Ya me preguntaba cuándo volvería a verte Jabal, tu me engañaste.

Dejo una canasta en el suelo con queso, pan, fruta que no estaba podrida, mermelada y carne de ciervo que aún estaba caliente.

Se abalanzó a la comida como una bestia hambrienta y comenzó a devorar la carne.

- Eso es - decía el extraño - necesitaras fuerzas si quieres renacer.

- ¿Renacer? - preguntó con la boca llena.

- Tu no te preocupes, pequeña, yo me encargaré de todo

El extraño se acuclilló junto a ella y le acarició el largo cabello rubio.

- El hechizo se desvanece - dijo Úrsula luego de tragar el último pedazo de carne - Y tu me engañaste.

- Yo jamás podría hacer tal cosa, lombriz. Obtendrás lo que quieres cuando el Señor obtenga lo que desea. Es un simple "esto por aquello".

Mordisqueó el queso como un pequeño ratoncito intercambiando bocados con el pan mojado en mermelada.

- ¿Qué hay del hechizo? - insistió.

El extraño suspiro.

- Creí que era lógico, pero evidentemente no para ti. - murmuró - Los poderes emanan de aquí - tocó su cabeza - y de aquí - tocó su corazón - y ambos órganos se cansan Úrsula. Solo tienes que dormir y no preocuparte por nada.

- Sigo sin entenderlo - insistió

- Prometo explicártelo mañana

- ¿Por qué no ahora?

- Úrsula - su voz se volvió más profunda y grave de lo habitual. Hizo que ella temblara y agachara la cabeza. - Ya basta. Si digo mañana es mañana. No discutas, pequeñas lombriz.

Ella abrió una botella de vino que encontró al fondo de la canasta, tapada por la fruta.

- Eso te ayudará a dormir.

Le dio un largo y ruidoso trago que la hizo sentirse mareada.

- ¿Estarás allí? - preguntó ofreciéndole la botella. El extraño la miró confundido - En mi ejecución, cuando me prendan fuego.

Él aceptó la botella y le dio un trago.

- Claro - dijo sonriendo - ¿Quién crees que te ayudará a renacer? Hay que sangrar y decir las palabras, no cualquiera puede hacerlo.

Úrsula también sonrió, pero con tristeza en los ojos.

- No quiero que nadie llore por mi cuando muera - confesó - No me dejes morir sola, Jabal.

Los ojos de Jabal se ensombrecieron.

- No temas pequeña lombriz - dijo él, tomándole la mano con dulzura - Te prometo que estaré allí, que lloraré por ti. Pero debes hacer una cosa, para que yo pueda traerte de nuevo del mundo de los muertos.

Claro - se dijo la joven - las condiciones.

El extraño se acercó a ella un poco más y la besó. Fue un beso tierno al que Úrsula correspondió.

- ¿Eso es todo?

Él rió sonoramente.

- Ojalá fuese tan sencillo. Esto va a dolerte, pequeña lombriz, pero no grites. - Jabal se percató de la duda y el miedo en sus ojos, así que la tomó del rostro con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos - Escúchame, tu eres una mujer fuerte, una mujer poderosa, yo te prometo que todos arderán en el infierno y ellos mismos alimentarán el fuego. Los haremos pagar, Úrsula, a todo el mundo.

Alzó la mano para tocarle la frente, pero ella lo detuvo.

- Tengo miedo - admitió

- Yo esteré contigo, confía en mi.

Soltó la mano del extraño y este le presionó la frente, entremedio de los ojos, murmuró unas palabras inteligibles y todo se oscureció para ella.

El resto de los sentidos se volvieron más agudos. Olía a humedad, lilas y galletas de limón, como las que hacía su mamá.

- ¿Dónde estás? - oyó que su padre decía al entrar a su cuarto.

Úrsula se llevó instintivamente las manos a la boca para no hacer ningún ruido, pero la espalda le ardía terriblemente allí donde la piel se había abierto por los latigazos, allí donde no tenía uñas sintió un dolor punzante y constante y casi grita cuando los dedos quebrados tocaron la madera de la cama.

- Sal de ahí, Úrsula - ordenó su padre, pero ella jamás hacía caso. - No me obligues a buscarte.

Oía los pasos, el tintinear de la hebilla del cinturón que colgaba de su mano. No haría ninguna diferencia que saliera, la golpearía igual. Siempre lo hacía cuando su madre se iba.

- ¡Sal de una maldita vez mocosa!

Sintió como la sujetaba del brazo y la arrastraba por el suelo, fuera de la protección de la cama. Gritó cuando el cinturón golpeó su espalda ya herida. Gritó y gritó, cuando su padre le arrancó jirones de piel.

- Te han crecido los pechos - decía - Muéstramelos. Voltéate.

Ella intentó escapar, pero él la tomó de las piernas y la giró.

- Por favor - sollozaba - Papá, por favor.

- Yo no soy tu padre - respondía y la penetraba.

Numerosas manos trepaban por su cuerpo, aferrándose a sus pechos, a sus muslos, a su estómago. Clavándole las uñas hasta hacerle brotar la sangre. Una boca le mordía el cuello mientras otra lamía su entrepierna completa. Gimió mientras la sangre caliente le empapaba el cuerpo y entonces todo se detuvo.

Abrió los ojos entre mareos que le dificultaban la visión. Alguien entraba y salía de su vagina, con embestidas duras y grotescas. Veía su pelvis, su abdomen trabajado, su pecho, sus brazos musculosos manteniéndole abiertas las piernas, su cabeza peluda como la de una cabra, ojos rojos como la sangre y un par de cuernos que lo coronaban.

- ¿Qué es esto? - murmuró.

Apenas oía su propia voz. El hombre bestia embistió a Úrsula una vez más y esta perdió el conocimiento.

29 de Abril de 2020 a las 20:39 0 Reporte Insertar Seguir historia
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