Las infames excepciones Seguir historia

eliasrei Elías Rei

Ella lo tuvo todo. Él la tenía a ella. Por un tiempo creyeron que sus vidas pudieron haber prosperado juntas, pero ¿porqué darle la oportunidad a un hombre que no quería cambiar? Si no es fácil salir de una vida peligrosa, ¿porqué arriesgarse? Como predicho, su relación se quiebra y los términos no son claros, aunque de todas formas nunca lo fueron. Por eso ninguno tendría que algo que perder, ¿cierto? A ninguno le pesaría el recuerdo del otro. Y entonces, el reencuentro sucede. LENGUAJE Y ESCENAS EXPLÍCITAS. EL CONTENIDO MULTIMEDIA NO ME PERTENECE. LOS ELEMENTOS DE LA PORTADA FUERON UTILIZADOS CON FINES RECREATIVOS. NO ME PERTENECEN.


Drama Sólo para mayores de 18.

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BARBÁRICO

31


Froté mi mejilla, el día había empezado mal cuando Tadeo se cayó de la cama. Fue mala idea llevarlo a dormir conmigo, pero es que tenía pesadillas y no podía conciliar el sueño. No le había sucedido antes, ni una sola vez. Si algo hice bien en sus primeros seis años fue insistir en que los monstruos no existen.

La tostadora no servía. Él estaba irritado. Lo único que deseaba merendar era pan con mermelada y no lo comería a menos que estuviera tostado. No dejaba de llorar sobándose la frente, justo en su chipote. Me acerqué a retirarle el brazo para que no siguiera lastimándose, sin embargo, interceptó mi mano aun antes de llegar a tocarlo y la aventó lejos de él.

Respiré profundo. El ambiente se tornó muy pesado en segundos, Tadeo se calló enseguida al verme sentada frente a él sin saber más que hacer, sólo llorar. Nos miramos como si entendiéramos que la culpa de todo no era de ninguno. Él se cayó al rodar en sus sueños. La tostadora se averió porque era corriente. Darién nos dejó porque no podía seguirlo hasta Cuba.

Tadeo se levantó limpiándose las lágrimas de las mejillas, se acercó a mí y recibí un abrazo. Gracias, murmuré.






Salimos de casa muy tarde; hacía tanto frío que le puse encima al menos tres suéteres y una chamarra. Nuestra excusa fue que el coche no prendía pues hacía mucho frío.

Lo mismo funcionó en la universidad, aunque sabía que me descontarían cierta parte de mi salario del día por el retraso. Dejé que el saco amarillo colgara del amplio perchero repleto de otros de mis estudiantes.

—Buenos días.

Arrimé mi bolso y otros papeles sobre el escritorio. Absolutamente todos se encontraban bajo un silencio incómodo. No me atreví a cuestionarlos por temor a que no me contestaran.

Saqué un plumón negro del bolso; Johana, la más curiosa de mis estudiantes, levantó su mano sin mucha prisa.

—¿Quiere que le entreguemos los reportes?

La duda entró en mi cabeza: —¿Los reportes?

Sonrió sin que se viera como burla. —Sí, —respondió mostrándome su trabajo con el título en negritas—. El de Las brujas de Salem.

—Oh, sí, es cierto. Espero que estén en inglés. Pásenlos al encargado se cada fila y los ponen sobre el escritorio.

Hicieron caso omiso sin titubear. Traté de recordar lo que planeaba hacer con el plumón, pero me fue imposible. Tomé asiento en lo que terminaban de entregar sus reportes. Genial, más trabajo, gracias a mí.

Terminé a las dos de la tarde. No me podía quejar. Ese ciclo me habían otorgado una clase más en la carrera, lo que significaba mejor sueldo.

Mi celular sonó en el camino a la escuela, preferí ignorarlo. Tadeo me encontró cuando apenas iba dando la primera vuelta a su escuela, subió al coche por la parte de atrás y plantó un beso en mi mejilla.

—Oye —hablé cambiando la ruta—, ¿qué dices si vamos a la Macroplaza para ver una película?

Volteó emocionado a verme por el espejo, asintió con energía.

—Oye ma…

—Dime.

—¿También puedo ir a jugar con Demian mañana en su casa?

Intercambiábamos miradas por el espejo. —Primero tengo que hablarle a tu tía para preguntarle.

—¿Pero si puedo?

—Tadeo.

—Ya…

Terminé la discusión y me concentré en manejar. La extrañeza que me invadía desde temprano me atacó más fuerte, tanto que no estaba cómoda conduciendo.

Miré a Tadeo, jugaba con un vengador en miniatura. Revisé la calle como pude; unos cuantos autos al frente, un carro gris detrás, a considerable distancia, y en general no había mucho tráfico. Y aun así no me quité los nervios de encima.

El estacionamiento se encontraba lleno en el exterior, tuvimos que ir al subterráneo. Salimos del carro tomados de la mano, luego entramos en el ascensor.

—Mamá, podemos ver la de los que pelean si quieres, yo me tapo los ojos.

Sus elecciones nunca me convencían. A su edad todavía le deberían gustar las películas animadas.

—O si quieres la de amor.

Lo observé morderse una uña, ahora por culpa mía él también sufría de ansiedad. Subió la vista hacia mí.

—Pero la de las mascotas no.

Reí. —De acuerdo. Vamos a ver.

El centro era enorme, dudaba que en otra ciudad del país hubiera uno igual de amplio. El cine se encontraba hasta el otro lado de la planta baja, por lo que había que cruzar el lugar.

Aseguré el agarre de nuestras manos. Mis pies trastabillaron al chocar con dos sujetos que parecían tener prisa, casi corriendo, y después se perdieron de vista. Inhalé profundo.

Enseguida el grito de una mujer hizo eco en la plaza, detuve mi andar al igual que casi toda la gente que estaba caminando. Otros gritos nos hicieron intercambiar miradas entre los visitantes; luego vinieron disparos, un montón de ellos. La muchedumbre comenzó a correr haciendo un desastre en el lugar y yo volteaba buscando algún lugar seguro, como un local o algo parecido.

En el segundo y tercer piso resonaron más disparos y corrí con Tadeo en brazos a la zona de comidas; allí me tiré bajo una mesa, colocando sillas alrededor de nosotros. Había otras familias haciendo lo mismo.

Los disparos cesaron, sólo entonces asomamos la cabeza entre las sillas para ver al montón de hombres armados y de trajes oscuros dispersándose hacia las tiendas riendo. Algunos llevaban puesto un pasa montañas, otros sólo un gorro y una especie de cuello negro que les cubría hasta la nariz.

—Así está la cosa señores —habló un corpulento de cabello en coleta—, se van a quedar calladitos mientras nos encargamos de nuestros asuntos y todo va a estar bien. De mientras, van a darnos todo lo que traigan que nos ayude, y no hablo de dinero. Ya.

Los hombres fueron los primeros en reaccionar quitándose los relojes y anillos y lanzándolos lejos, los tipos los recogían y los metían en mochilas.

—Rápido inútiles, o nos empezamos a divertir.

Procedí a quitarme el collar que traía puesto; las perlas no eran reales, aunque más valía que no creyeran otra cosa. Las arrojé junto con mi esclava de oro y unos anillos que tampoco eran valiosos.

Tadeo comenzó a gemir; acaricié su cabello atrayéndolo más a mí si era posible. Lo escuché hiperventilar y el mundo se me cayó encima. Con la rapidez que mis temblores me permitieron, coloqué boca arriba a Tadeo para darme a la tarea de buscar su medicamento. Mis ojos llorosos no eran de mucha ayuda.

—Aguanta, respira hondo mi amor.

Mis dedos tocaron el pequeño aparato, lo acerqué a su boca y le pedí que inhalara como siempre.

Algo hizo clic cerca de mi sien izquierda. —¿Qué haces?

Con lentitud giré la cabeza; sabía que era una pistola, empero, no permitiría que le hicieran algo a mi hijo. Coloqué mi vista sobre la de él.

—Por favor, mi hijo necesitaba su medicamento y tiene que…

Me sujetó el cabello sin cuidado arrastrándome con él, lejos de Tadeo —¡Me interesa una mierda! ¿Quién te creíste puta?

Grité con horror sin soltar el dilatador, intentando con la otra mano y con los pies de impedir que me alejara más del pequeño que me veía con pánico y respiraba aun con más frenesí.

—¡Carnicero! ¡Qué te traes estúpido, sin rehenes!

El hombre se detuvo, sentí al otro que habló acercarse para golpearle el hombro.

—Algo se traía ésta.

—¡No¡ ¡Lo juro, mi hijo tiene asma! —Las lágrimas rodearon mis mejillas como ríos— Por favor, mírelo…

El hombre se agachó hasta quedar a mi altura; sólo alcazaba a notar sus ojos oscuros bien abiertos e infundados en genuina consternación. Una vez descubierta su nariz y boca logré comprender lo que pasaba por su cabeza.

No era el mismo de antes; sus dedos estaban llenos de tinta, se le veía más corpulento y el cabello lucía largo y enredado. Eso y que ahora tenía mala sangre.

—Kadir —Mencionar su nombre me causó incomodidad, tanta que titubeé mis palabras—, te lo ruego, déjame ayudarlo, es lo único que tengo.

Buscó al niño; Tadeo nos observaba atento; yo sabía que él hacía lo posible por mantenerse tranquilo, pero no lo lograba. Sus ojos demostraban odio hacia el sujeto que lo inspeccionaba.

—Suéltala. —ordenó. Kadir se puso de pie; al sentir mi cabello ser liberado, me incorporé y avancé hacia Tadeo.

Acerqué el dilatador a su boca y repetimos la inhalación. Acaricié su frente todavía muy asustada, él por su parte ya no estaba llorando.

Como si estuvieran coordinados, los hombres salieron de los locales formando filas que corrían hacia las diferentes salidas del centro. El dichoso carnicero tomó una de las mochilas del suelo y se fue disparado. Busqué a Kadir casi sin pensarlo.

Él se encontraba de pie frente a la mesa, estudiándonos a ambos tratando de comprender lo que había sido de mi ésos últimos años. Se acercó dos pasos.

—La sangre siempre llama, Alina.

Dicho eso, se dio la media vuelta y salió corriendo. El corazón amenazaba con explotarme. Vaya forma de reencontrarse.

6 de Octubre de 2019 a las 19:32 0 Reporte Insertar 2
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