El quinto pasajero Seguir historia

lucadomina Luca Domina

Gastón escucha un zumbido y algo le pica la nuca. No lo sabe, pero ahora lleva a un nuevo pasajero. Y el feliz viaje de regreso de las vacaciones familiares se convierte en una verdadera pesadilla.


Horror Literatura de monstruos Todo público.

#demonios #terror #muerte #escalofríos #posesión
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El quinto pasajero

“El infierno está aquí, entre nosotros. Detrás de cada pared, de cada ventana. Es el mundo detrás del mundo.”

John Constantine


“Ya no queda un solo demonio en el infierno. Se fueron todos a mi cabeza.”

"Antigua vida mía" (1995), Marcela Serrano


—1—


A las ocho de la mañana del martes 16 de enero de 2019, el sol calentaba el asfalto de la RN226 y daba indicios de lo que sería un apoteósico día de verano. Una hora más tarde, Gastón García asesinaría a su familia con sus propias manos y se quitaría la vida.


—2—


Un Peugeot 206 de color negro abandonó Mar del Plata y tomó la RN226 para dirigirse a Balcarce. El sol iluminaba de frente el parabrisas y encandilaba al conductor. El vehículo se deslizó al carril interno seguido por su alargada sombra y aceleró. Su interior se oscureció al sobrepasar a un camión de leche con las palabras La Serenísima escritas en su contenedor cilíndrico. No sería el primero ni el último de los camiones que rebasaría en la ruta. Los dos carriles de ida y los dos de vuelta, ahora separados por varios metros de terreno llano, se hallaban con tránsito fluido. A los camiones de cereal y ganado que predominaban durante todo el año en la zona, ahora se le agregaban los vehículos familiares que comenzaban o terminaban sus vacaciones durante el cambio de quincena. Los ocupantes del Peugeot pertenecían a los últimos.


Dentro del vehículo, el aire acondicionado trabajaba al máximo y el estéreo reproducía una lista repleta de canciones de Frozen, y en ese momento la protagonista cantaba; soy libre y ahora intentaré sobrepasar los límites. A Gasón García le gustó ese fragmento de la letra, lejos estaba de ser su música favorita, pero al escuchar las notas, desafinadas, pero no menos expresivas de su hija, no le molestaba la idea de escuchar lo mismo durante todo el viaje. Miró a su mujer en el asiento del acompañante; Laura llevaba el pelo atado con una colita, una remera blanca ajustada al cuerpo y un short corto deshilachado en las puntas, que la hacían aparentar menos de sus treinta y tres años. Los quince días de playa le habían dado un bronceado de revista. Ella también le miró, y ambos sonrieron. A través del retrovisor, observó cómo su hija Josefina cantaba y meneaba la cabeza de un lado a otro, claro, sin apartar la vista del celular de carcaza rosa que sujetaba entre sus manos, y en el cual apretaba la pantalla con sus pulgares de manera impetuosa. Gastón no recordaba el nombre del juego, pero sabía que se trataba de un gato que corría por la ciudad recolectando monedas y eludiendo autos para no ser atropellado. Josefina poseía la cabellera rubia de su madre, ese día se había puesto (porque elegía su propia ropa) un vestido azul de verano, y a juego unas orejas de gato del mismo color. Su rostro estaba marcado por la concentración; ceño fruncido y lengua fuera de la boca. Los días de agua y arena en su caso la habían puesto roja como un tomate y la piel se le caía en grandes pedazos (el primer día no había querido ponerse protector solar) A Gastón se le escapó una sonrisa más amplia al pensar que la niña parecía una serpiente cambiando de piel. En los dientes de Gastón, los brackets desprendieron un resplandor metálico, y buscó con la mirada a su otro hijo. Gabriel, quien había nacido año atrás, dormitaba en la silla para bebés y no lo inmutaba el calor, la música, ni la voz de su hermana. Solo llevaba puesto el pañal, y le protegía la cabeza un gorro de pescador de color marino, con un dibujo del pez payaso de Buscando a Nemo. Gastón puso la vista de nuevo en la ruta sin perder la sonrisa; las vacaciones habían llegado a su fin, pero él se sentía feliz, la vida no paraba de mejorar. A pesar de que el dólar no cesaba de subir como un globo inflado con helio, tenía un gran sueldo y una vez terminados de pagar los préstamos de la casa, contemplaba la posibilidad de cambiar el auto, y quien sabe, tal vez llevar a la familia a Brasil. Nunca haría una cosa ni la otra.

La ruta se ensanchó y la división entre los carriles desapareció al llegar al peaje señalado como El Dorado. Gastón disminuyó la velocidad del Peugeot y se situó detrás de un Chevrolet Astra al final de la cola de la cabina correspondiente. Preparó el dinero con el cambio justo, y decidió que era un buen momento para bajar las ventanillas y recibir un poco de aire fresco para apaciguar el irritante calor y dejar descansar al pobre aire acondicionado. Una medida perfectamente normal y racional que cualquiera pudo haber llevado a cabo.

El peor error de su vida.

La ventanilla bajó con el sonido del sistema automático y la tenue brisa matinal dio un poco de alivio a los cuatro. Gastón se dispuso a cambiar de marcha para avanzar en la cola, cuando escuchó algo parecido al zumbido de un mosquito. De inmediato, sintió un dolor punzante en la nuca. Se llevó instintivamente una mano a la zona afectada y apretó los dientes para no gritar.

El maldito bicho me picó —pensó. Aunque no podía ser un mosquito, debió de picarle una avispa porque el dolor era terrible y pronto le envolvió la cabeza.


—¿Te encuentras bien? ¡Gastón! —le preguntaba una voz familiar a la distancia. Sintió una sacudida y miró a un lado. Era Laura; ella lo miraba con una marcada preocupación en su rostro y le apretaba el hombro con una mano.

Sonó una bocina, y de inmediato otro par se unieron a la misma, formando un coro chillón y molesto. Gastón se dio cuenta que ya estaba en la cabina del peaje. ¿En qué momento había avanzado? No lo sabía. Recordaba haber disminuido la velocidad al acercarse al peaje y después, nada. Entre los bocinazos surgió un insulto y eso le hizo reaccionar. Tomó el dinero que había preparado y se lo entregó a la empleada acompañado de un tímido, lo siento. La joven mujer no emitió palabra y le dio el correspondiente ticket con una mueca de reproche digna de una anciana. La talanquera se elevó y Gastón salió de allí lo más rápido que pudo.

—¿Qué te sucedió? Estabas completamente abstraído —dijo Laura, bajando el volumen de la música al mismo tiempo que silenciaba el reproche de su hija con una mirada. Gabriel seguía durmiendo. —Me habías preocupado.

—No sé, pero estoy bien. Ya se me pasó —contestó Gastón, encogiéndose de hombros, no lo recordaba. Se sentía mal; por extraño que pareciera, y a pesar del calor sofocante, tenía frío, mucho frío, y las cienes le palpitaban. Decidió no preocupar a Laura, ya se le pasaría. —Me vendrían bien unos mates.

Laura consintió a su pareja. De la matera apoyada en el piso entre sus piernas sacó el mate; a continuación, le colocó la yerba, y agregó azúcar en el hueco que dejó alrededor de la bombilla. El termo con el agua caliente estaba adornado con un variado repertorio de princesas de Disney. Esperó a que Gastón rebasara a un Renault 12 que en su fabricación habría sido de color rojo y que ahora mostraba un rosa desvaído, y cuando regresó al carril exterior le alcanzó el mate. En ese momento notó con claridad, que, a pesar de la piel morena por naturaleza de su marido sumada a su fuerte bronceado, se hallaba pálido. —Debe estar por enfermar —pensó. —. Algún resfriado de verano.

En el momento que Gastón sujetó el mate y sintió el calor entre sus dedos se dio cuenta de lo helado de su cuerpo. Sorbió despacio y apreció el recorrido del agua desde su boca al estómago, lo que solo le sucedía cuando lo tomaba en invierno. Al devolverlo observó la frente de Laura perlada de sudor. El calor debía ser agobiante, pero ¿por qué él tenía frío? En ese punto los dedos de los pies se le habían entumecido y los huevos comprimido. También tenía perlada la frente, pero en su caso, recordaba a los síntomas de una fuerte fiebre. Las cienes le palpitaban en latidos arrítmicos. Se esforzó por tomar un par de mates más antes de dar las gracias aludiendo acides estomacal. En realidad, el agua caliente lo quemaba por dentro como si su cuerpo se hubiera escarchado. La preocupación comenzó a acecharlo.


Avanzaron kilómetros y kilómetros bajo un cielo azul despejado e interminable sobrepasando vehículos de todo tipo y siendo dejados atrás por otros. A los lados de la ruta predominaban los campos de cultivos de diferentes cereales, y si uno miraba a la distancia, el terreno se asimilaba a un mantel a cuadros muy colorido. Cuando una Toyota Hilux los rebasó como una bala Gastón escudriñó su propio velocímetro; el Peugeot se deslizaba a unos 120km/h, por lo que calculó que la camioneta iría a unos 170km/h fácilmente. Pensó en los conductores que arriesgan su vida sin ninguna necesidad y luego pateó ese pensamiento; había vislumbrado una espesa zona arbolada más adelante junto a los carriles del sentido contrario. En pocos minutos observó un cartel verde de su propio lado que decía Laguna res. La brava. Habían hecho prácticamente tres cuartas partes del recorrido; Gastón se alegró, sabe Dios que necesitaba llegar a su casa y descansar. Si al otro día continuaba sin cambios visitaría a su médico, tenía una excelente obra social.

Mientras Laura entablaba una discusión al parecer adulta con Josefina (la niña hablaba como si fuera catorce años mayor cuando defendía algo con ahínco) sobre el uso excesivo del celular. Gabriel seguía durmiendo. Pasaron frente a la entrada de la laguna. Gastón sabía que el sendero de tierra que se adentraba entre los árboles llevaba a una zona de casas de verano y un poco más adelante al club de pesca. Lo invadió la nostalgia. recordaba la primera vez que había ido con Laura, a las pocas semanas de haber comenzado a salir juntos. Habían ido en el auto de los padres de ella. Gastón no tenía auto, en realidad no tenía nada; esa era su mayor preocupación. Laura era maestra y aunque solo trabajaba como suplente, tarde o temprano conseguiría un puesto fijo. Él era un pobre peón de albañil y no proyectaba mejoría en su futuro. Ella era hermosa y podía elegir a quien quisiera para estar a su lado. Sin embargo, después de ese día, Gastón pensó que realmente podía funcionar. Se habían divertido muchísimo; tomaron mates en el muelle, compartieron un kayak y se bañaron en las oscuras y frías aguas, y para finalizar él hizo un asado en una de las parrillas situadas bajo la sombra de los árboles. Gastón valoraba que se había quedado con él a pesar de todo. Cuando resultó embarazada por accidente su mundo se tambaleó, pero entonces llegó el nuevo trabajo, como caído del cielo, y a partir de ese momento solo se recordaba siendo feliz. Amaba a Laura.

No... La odiaba, y deseaba hacerle daño.


¿Qué? Se estremeció y los dedos se le pusieron blancos al apretar el volante. ¿Qué era esa idea que surgió en su cabeza? Jamás se le hubiera ocurrido algo semejante. El odio brotó de lo profundo de su mente, de un lugar oscuro y olvidado. No. Era más bien como si esa idea viniera de fuera, como si se la hubieran inyectado directamente a través de sus sienes; de su nuca. Ocultó ese último pensamiento, como un niño que rompe algo y lo esconde debajo de la cama. —Estoy delirando —se dijo. —realmente estoy enfermo. Será mejor que no espere hasta mañana y vaya hoy mismo al médico. —Apretó los dientes para que no le tiritaran. El frío que le invadía no era normal. Tal vez debería dejar que su mujer tomara el volante, pero eso le daba miedo. Sin la necesidad de enfocarse en la ruta, quien sabe que idea podría penetrar en su mente. Pisó el acelerador y trató de resistir. Faltaba poco para llegar a Balcarce.


Diez minutos más tarde y a tan solo ocho kilómetros de su hogar, Gastón vuelve a reaccionar por un bocinazo. Da un respingo en el asiento. No sabe que sucedió y solo se percata que un Mercedes gris lo sobrepasa mientras le sigue tocando bocina. Laura parece hablarle con un semblante de preocupación, pero él no la escucha. Se ha dado cuenta que apenas va a 80km/h y sigue reduciendo la velocidad a medida que baja las marchas. ¿Qué pretende? ¿quería frenar para orinar? No es eso, simplemente no sabe que está haciendo. Vuelve cambiar de marcha para recuperar la velocidad, pero no sucede absolutamente nada. A dado la orden a sus brazos y piernas, pero no le obedecen, el Peugeot disminuye gradualmente su avance y comienza a deslizarse hacia la calzada. Laura baja el volumen del estéreo hasta el mínimo con cierto nerviosismo, y antes que el auto se detenga por completo pregunta a su marido; ¿Qué te sucede? Por favor respóndeme amor.

—Necesito tomar un poco de aire fresco, solo eso. No te preocupes. —miente. Él está tan desorientado como ella. El frío le cala los huesos, y algo más se hace presente con la misma intensidad; miedo.

Se desabrocha el cinturón de seguridad y abre la portezuela. El calor abrasador le golpea sin previo aviso e inmediatamente comienza a sudar. Hileras de automóviles pasan a gran velocidad a unos pocos metros de donde se halla, pero no les presta atención. Ésta vez sus piernas si le obedecen y lo alejan un par de metros. Se detiene frente a una alambrada que separa la calzada de un campo, y para ese momento, la musculosa y la maya se le pegan al cuerpo como una segunda piel. El contacto del sol le duele, tiene cada centímetro de su ser entumecido por el frío, como si estuviera dentro de un congelador. Los autos silban a su espalda, varios pájaros gorjean a la distancia, y el típico susurro del verano le rodea. No escucha nada de esto. Lo paraliza un perturbador zumbido a su espalda. Frente a él una vaca hace sus necesidades sin parar de arrancar la hierba. Cierra los ojos por un segundo y vuelve a abrirlos; el corazón se le sube a la garganta.


El campo desapareció y también el verano. El cielo se descubre invadido por enormes nubes de tormenta y ve todo como en una película en blanco y negro. Se protege el rostro con una mano al ser golpeado por una brisa gélida y baja la vista; descubre que un manto de nieve le cubre las rodillas y el cuerpo se le ha escarchado hasta la cintura. Lo único que queda de la realidad es el zumbido, y ahora no se encuentra solo; lo que sea que lo produce, tiene amigos y son muchos. Se siente como en el interior de un enorme panal de abejas. El sonido es tan insoportable que se tapa los oídos antes de volverse loco. Ya estoy loco, pensó, mira este lugar. Lo intentó, pero la falta de luz solar sumado a que la nieve se eleva con el viento, solo le deja vislumbrar algunos metros por delante. La vaca a desaparecido y en su lugar ahora hay una especie de escultura de hielo. Entrecierra los ojos y la observa en detalle. Aunque no lo creyera posible, un escalofrío le desgarra la espalda y se le hace un nudo en la garganta. Dentro de la placa de hielo se encuentra atrapada una persona. El viento cesa por un momento, y lo que logra ver, le dan ganas de gritar, darse la vuelta y echar a correr. No puede hacer nada de eso. Fue solo un instante, pero se le grava en la mente; no solo una, sino miles y miles de esas estatuas de hielo hasta donde alcanza la vista, y sobre ellas surcando los cielos criaturas que van más allá de su comprensión. Hay algo que si comprende; esas criaturas son las dueñas de los zumbidos, y escucha un zumbido particularmente cerca, sobre su cabeza. Despega una mano temblorosa de su oído derecho y la lleva hacia su nuca…


Se rascó la nuca. Había vuelto a quedarse colgado. A lo lejos siguiendo la ruta se vislumbraba la gran fábrica de papas fritas donde trabajaba, McCain. Las chimeneas escupían su humo blanco habitual. Nunca se había preocupado por el humo, solo le preocupaba el dinero en su cuenta bancaria. Al conseguir trabajo en la fábrica se terminaron los problemas. Se casó con Laura, alquiló un departamento y ahorró. Junto con la ayuda de un préstamo (que obviamente le darían conociendo donde trabajaba) se compró un terreno y más tarde construyó su hogar. La familia se agrandó y el futuro irradiaba felicidad. Con eso en la mente, Gastón regresó al auto. Un pensamiento no tan bueno escarbó en su cabeza, como un pequeño gusano en el interior de una fruta; acabar con la vida de su familia. A partir de ese momento, todo sucedió con rapidez.


Gastón cerró la puerta y se acomodó en el asiento del conductor. No oía las incesantes preguntas de preocupación de su esposa, no escuchaba nada en absoluto. Intentaba digerir su último pensamiento, ¿una idea macabra desde algún rincón de subconsciente? No, no lo pensé, lo escuché. Escuché el pensamiento de alguien más, como telepatía.

Su cuerpo se sacudió y miró a Laura. La observaba moviendo los labios, pero no brotaban palabras. Gastón extendió el brazo y gentilmente apoyó la palma en su cuello. Ella dejó de gesticular y pareció sorprendida. Entonces, la mano de Gastón se deslizó a su rostro, tapándole nariz y boca. La empujó con todas sus fuerzas, estrellándole el cráneo contra el cristal de la ventanilla. El impacto sonó a un golpe seco, y Gastón recuperó los sentidos. El interior del Peugeot se sumió en silencio. Laura no gritó, estaba demasiado asombrada para hacerlo. Josefina había soltado el celular y contemplaba la escena con los ojos bien abiertos. Su padre trató de decir algo, pero solo expulsó un gemido.

¿Qué eh hecho? Santo Dios, la eh lastimado, se dijo. Disminuyó la fuerza con que le aferraba la cara, y Laura se despegó lentamente de la ventanilla. Detrás de ella se había formado una telaraña en el cristal, y en el centro de ésta, predominaba una mancha rojiza. Gastón se estremeció, lucho por separarse de su mujer, pero era inútil, no la soltaba. El silencio se rompió cuando su mujer al fin logró gritar. Pero el grito se detuvo en cuanto la cabeza le fue a para de nuevo contra la ventanilla.

Gastón quería gritar, decirle que lo perdonara, que no era su intención. Que huyera, que se alejara de él. En cambio, solo pudo decir:

—Amor…

Laura comenzó a llorar y a sacudirse para liberarse de las garras de su marido. Josefina se le unió en el llanto, pidiendo a moco tendido a su padre que la soltara. Gabriel se acomodó en su asiento de bebé y siguió durmiendo. Laura pataleó, se sacudió y clavó las uñas en el antebrazo de Gastón. Éste vio como los tendones se le marcaban junto con los músculos, y maldijo todos los años de gimnasio; no podrá librarse, si fuera hace seis años cuando me conoció podría hacerlo, pero hoy no. Apretó los dientes y luchó por quitar su mano. No sirvió de nada, no controlaba su cuerpo. Era el muñeco de un ventrílocuo del infierno, no existía mejor manera de expresarlo. Las uñas de Laura se enterraron en la carne de su antebrazo y la sangre comenzó a correr en hilillos, pero había dolor. La arremetida se produjo por tercera vez, y fue la última. El ruido recordó le recordó a Gastón a una rama quebrándose. La telaraña creció hasta apoderarse de toda la ventanilla. Laura se sacudió en espasmos y quedó petrificada.

—No, no, no… —murmuró Gastón. Su mano la soltó, y vio inclinarse la cabeza de ella hacia un costado.

La sangre le bajaba en cascada por la cabeza y le manchaba la remera. Estaba muerta. Le había roto el cráneo.

Las lágrimas le escocieron los ojos y lloró hasta casi ahogarse. Su hija lo imitaba al mismo tiempo que aullaba MAMÁ una y otra vez hasta quedar afónica. En medio de la conmoción, Gastón tuvo una nueva acogida de telepatía; esta vez en forma de sentimientos. Dicha, alegría, felicidad, todas ellas debido a la muerta de la mujer que amaba.

—¿Por qué? Dios, por qué… —chilló Gastón.

No hubo respuesta. Pero si una señal. Su cuerpo se movió. Se inclinó, apoyó una mano en cada uno de los respaldos de los asientos y se irguió un poco mirando hacia atrás. Observando a su hija. La pesadilla apenas había iniciado. Combatió consigo mismo para detenerse, pero era inútil, Josefina era la siguiente.

—¡Hija, vete! ¡Corre! ¡Aléjate de mí! ¡Sal del auto y pide ayuda!

La niña no le hizo caso. Quedó paralizada en el asiento retenida por el cinturón de seguridad. Las lágrimas el empapaban las mejillas y los mocos le colgaban de la nariz. Por qué lastimaste a mamá, papá, por qué, repetía sin secar a medida que las garras de su padre se aproximaban a ella.

—No lo sé, hija. Lo siento, en verdad lo siento. Por favor huye. —pidió Gastón con palabras entrecortadas por amplias bocanadas de aire.

Una de sus manos se escurrió hasta detrás de la cabeza de su hija y la otra le apretó la pera. Los ojos de la niña revolotearon en sus órbitas y después se clavaron en un lugar fijo con un gesto de terror. Pero no observaban a su padre, observaban detrás de él. La mano de Gastón se humedeció con las lágrimas y el sudor de su hija, pero él no la sentía, estaba entumecida por el frío al igual que el resto de su cuerpo. Los músculos se le endurecieron y reaccionó cerrando los ojos; a sus oídos llegó un crujido seco y llanto de la pequeña desapareció. Antes de abrir los ojos ya lo sabía; le había partido el cuello. Su segundo asesinato. Al igual que su mujer, la cabeza de Josefina se inclinó a un lado. Gastón sentía nauseas, el corazón le latía desbordado y las lágrimas le empañaban los ojos.

—¿Por qué nadie me ayuda? —gritó a todo pulmón, pero las palabras salir de su boca en un susurro. Los autos pasaban junto al Peugeot y ninguno frenaba; los cristales polarizados hacían un gran trabajo.

El placer que llegaba desde fuera le desbordaba la mente. Placer por lo que acababa de suceder, y también… por lo que vendría a continuación. El miedo que sintió Gastón en ese momento fue el peor de su vida; la pesadilla todavía no había terminado. Gabriel lloraba sin cesar.

—No puedo ¡te lo suplico! No a él. No a mi pequeño. —rogó Gastón. Su cuerpo se acomodaba entre los asientos delanteros para acercarse a Gabriel.

Gabriel se contorsionaba dentro de su sillita, con la boca bien abierta expulsando sonoros alaridos. Gasón cerró los ojos, pero ahí estaba su pequeño. Trató de nuevo, pero no lo consiguió; algo le presionaba los parpados y evitaba que los cerrara. La cosa quería que observara. Una de sus manos cubrió la boca del pequeño y amortiguó sus alaridos. Lentamente, su otra mano se acercó a la nariz de Gabriel, y utilizando dos de sus dedos como pinzas, le obstruyó las fosas nasales. Gastón fue obligado a observar como el rostro de su hijo iba del blanco al rojo, y del rojo al violeta, y del violeta a la muerte.


Gastón dejó de llorar, ya no le quedaban lágrimas. El pulso se le desaceleró y rosó la calma. Ya todo había terminado, no podía quitarle la vida a ningún otro miembro de su familia; todos estaban muertos. En estado de shock, no se dio cuenta cuando su cuerpo regresó al asiento del conductor, abrió la puerta y salió del vehículo. Caminó un par de pasos y se detuvo al borde la ruta. Volvió en sí. El calor abrasador le lastimaba la piel helada y había comenzado a sudar a mares. Se llevó una mano al rostro y se enjugó la frente. Pero no fue eso lo que le permitió percatarse de que controlaba su propio cuerpo. Fue el zumbido, el zumbido se alejaba…

Gastón vislumbró un camión a la distancia, la cabina era blanca y leyó la palabra Iveco en cuanto se aproximó; los mismos camiones que veía todos los días en la fábrica. Por un momento estuvo a punto de levantar una mano para pedir ayuda, pero se detuvo. Nadie puede ayudarme, nada los traerá de vuelta, se dijo, mi familia no tiene futuro. El futuro que tan fácilmente vislumbraba con felicidad, ahora le parecía oscuro, muy oscuro. El camión se hallaba cerca y el conductor no dio indicios de haber visto a Gastón. Estaba parado al borde de la línea quieto como una estatua, un cadáver. Y eso mismo sintió él; su vida se había acabado. No pensaba terminar en la cárcel o en el loquero al contestar con sinceridad el por qué los había asesinado. No fui yo, fue la cosa, la cosa me usó a su placer, murmuró bajo el radiante sol. A continuación, con dos grandes zancadas, se arrojó frente al camión. Lo último que vio fue su reflejo en el parachoques cromado, escuchó el silbido de los frenos y olió el caucho quemado, después todo fue oscuridad y el zumbido se esfumó.


—3—


A las diez de la mañana el tránsito en la RN226 no aminoraba, pero los vehículos disminuían la velocidad en un corto tramo del asfalto. Por un lado, los que recorrían los carriles en dirección a Balcarce, se veían detenidos súbitamente por un oficial de policía. Éste los hacía frenar, hablaba por radio, y les indicaba a seguir. Pero no por el asfalto, sino por la banquina, la cual se delineaba por conos anaranjados. Los conductores se topaban por un camión de carga cruzado en medio de los carriles; el parachoques pintado de rojo. Aquellos que aventuraban la vista podían distinguir restos de carne ensangrentada y trozos de una materia blanquecina. También había un Peugeot negro, el cual era escudriñado por varios oficiales; su interior estaba vacío. Al final del tramo cortado se hallaba una ambulancia con las balizas encendidas, y su lado, tendidas en el suelo, tres bolsas plásticas del tamaño de una persona.

En los carriles en dirección a Mar del Plata, los vehículos no se detenían, pero si aminoraban la marcha para vislumbrar el espectáculo. Algunos incluso bajaban las ventanillas para inmortalizar el momento con sus celulares. Pero nadie osaba permanecer cerca de la escena. A pesar de los más de treinta grados de temperatura, ese tramo de la ruta era visitado por una brisa, aunque no helada, ponía la piel de gallina.

Raúl Casas bajó manualmente la ventanilla de su vieja Ford 100, pero no para sacar una foto; no poseía celular, a sus sesenta y cinco años ya no pensaba en aprender a usarlos. Buscó en la guantera y encontró un paquete de cigarrillos Parlíament, sacó uno y se lo llevó a la boca. En el momento en que le daba una pitada, hizo una mueca de dolor y se le calló entre las piernas. Rápidamente lo apagó y se rascó la nuca; debía de haberle picado un mosquito. Sin prestarle demasiada atención, encendió otro cigarro y subió el volumen de la radio. Sonrió, le esperaba un buen día en el campo. Junto con la felicidad, sintió un escalofrío y se le helaron los pies. Tuvo un extraño presentimiento; atropellaría al primer ciclista que se cruzara en su camino


—4—


Roberto Gonzales abrió los ojos y ahogó el grito que luchaba por escabullirse de su garganta. En la oscuridad de la habitación, notó que tenía la frente perlada con gordas gotas de sudor y un hilillo de transpiración le recorría las axilas. Se inclinó hacia la mesita de noche y estiró el brazo en busca de su celular; la pantalla de éste se iluminó y reveló que eran las tres de la mañana. Lo dejó de nuevo en la mesa y apoyó la cabeza en la almohada. Voy a volverme loco, se dijo en sus adentros, mientras miraba la oscuridad del techo. A su lado, Teresa, su mujer, roncaba. Roberto escuchaba con envidia los silbidos que salían de su boca. Ella podía dormir porque no tenía pesadillas, él en cambio, desde el accidente soñaba cada noche con lo mismo. El hecho de que el hombre que se arrojó frente al camión que conducía había asesinado a su propia familia, y que varios testigos lo habían visto saltar, había librado a Roberto de cualquier tipo de culpa. Pero despierto a esas horas, su mente trabajaba sin descanso, ¿hubiera podido evitar atropellarle? Él creía que si…

Si hubiera prestado atención a la banquina, lo habría visto, desacelerado y deslizado el camión hacia el carril más alejado. Pero no lo hizo. Tan solo pensar en por qué no lo había visto le ponía la piel de gallina. Comenzó a visitar a un psicólogo inmediatamente después; el sindicato se hacía cargo de los gastos. El hablar con alguien le complacía, pero siempre le ocultaría lo que le distrajo en la ruta. No se lo diría a nadie, el secreto seria enterrado junto con él cuando muriera. Y la razón era muy simple, era el tipo de cosa que uno contaba y directamente era tildado de loco. Prefería vivir con las pesadillas antes de que lo tacharan de loquito. Se quitó el sudor de la frente, cerró los ojos y se obligó a dormir. Casi de inmediato, comenzó a soñar.

Conducía su camión una calurosa mañana de regreso a Balcarce luego de haber descargado en el puerto de Mar del Plata. En ese momento el estómago le rugía. Deseaba llegar a su casa y al desayuno que Teresa le tendría preparado. Entonces lo vio, y cualquier otra cosa que pudiera estar sucediendo en el asfalto, o en la banquina, dejó de tener importancia alguna. A varios metros del suelo, un poco más alto que la cabina de su camión, algo se movía. En primera instancia no distinguía su forma, pero a medida que avanzaba se le iba revelando. En principio creyó que se trataba de una abeja, pero las abejas no poseían el tamaño de una gallina. Llegado a ese punto, el miedo le recorría la sangre y le helaba las extremidades, pero era incapaz de dejar de escrutarlo con la mirada. Para cuando pudo distinguirlo con claridad, unos pocos segundos antes que aquel asesino decidiera poner fin a su vida usando el parachoques del camión, supo que esa criatura no pertenecía a éste mundo. Volaba pesadamente como una abeja, pero no se le parecía, más bien era alguna clase de mosquito, intuyó. Poseía un largo apéndice que sobresalía de su diminuta cabeza, como con lo que el mosquito extrae la sangre. El cuerpo estaba recubierto por pelaje, escaso como el de un perro con sarna, y Roberto recordó a los animales antárticos; pelo blanco como la nieve. Pero en esa blancura había algo extraño, algo que destacaba, algo negro. El abdomen era traslucido, una fina membrana, y en su interior se agitaba alguna clase de líquido. Al parecer lo había utilizado porque solo rellenaba un cuarto del abdomen. ¿A qué se asemejaba esa sustancia? Si lo apuraban diría que, a petróleo, pero no era eso, era algo diferente, atroz. Roberto se estremeció entre las sábanas; desde el núcleo de su mente le llegó un claro mensaje; la criatura transportaba una sustancia maligna.


NOTA DEL AUTOR


Tanto la ruta, las ciudades y los lugares señalados en el relato, son reales. Yo mismo eh recorrido el trayecto Balcarce Mar del Plata cientos de veces. Los personajes son ficticios y solo viven en mi imaginación.

Eh leído muchas historias de posesiones, demoníacas, extraterrestres o de seres desconocidos, y siempre hubo un aspecto que me pareció extraño; los dueños de los cuerpos arrebatados siempre permanecen al margen. Para explicarme mejor; o mueren para dar sitio a la entidad que los corrompe o se ocultan en alguna morada segura de su mente hasta que todo vuelve a la normalidad (la mayoría de las veces). Poniéndome en el lugar de una criatura maligna deseosa de hacer daño, para lo cual arrebata el cuerpo de una persona, disfrutaría haciendo sufrir a mi portador tanto como a mis víctimas; de ahí surge este relato. El protagonista no tiene donde esconderse y se ve obligado a ser un espectador de lujo en un acto atroz y vil.

Por otra parte, me gustaría explayarme solo un poco sobre el infierno. Se lo describe como un sitio caluroso y relacionado estrictamente con el fuego. Y yo no estoy de acuerdo. El fuego nos ha acompañado desde los tiempos primitivos y ha sido el responsable de nuestro avance a pasos agigantados. El fuego es renovación, aunque es peligroso, pero la vida surge de entre los despojos que deja a su paso. El fuego es demasiado compasivo en ese sentido para ser el elemento predominante en el país del dolor eterno. El infierno es frío. Los desgraciados que terminan en él, permanecen congelados en una agonía constante y eterna (una criogenización perversa).

En cuanto a las criaturas que moran en el gélido infierno, también me parece demasiado compasivo darles un carácter o apariencia total o parcialmente humana. Sería demasiado gentil percibir que algo malo va a sucederte al contemplar una sonrisa maléfica o cualquier otro gesto. Por eso los hijos del infierno no muestran rasgos humanos, son formas comparables a insectos; no hay nada más terrible que un insecto (digamos una araña) caminándote por el cuerpo ¿y por qué? Porque no posees la más remota idea de que hará, no hay indicios o gestos que te lo indiquen, no sabes si te picaran/morderán, hasta que lo hacen…

Muchas gracias por leerme.

5 de Octubre de 2019 a las 02:54 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Luca Domina Tengo 27 años. No miro televisión y en el tiempo libre prefiero leer novelas (las devoro). A pesar de que comencé a escribir hace poco más de un año, siempre estoy intentando mejorar y alcanzar el sueño de publicar. Reto para 2019: Leer 100 libros.

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