Las Máscaras del Imperio Seguir historia

benedictjm Benedict JM

Ilustración de portada: Benedict J.M. © del texto: Benedict J.M. /DRAMA /FANTASÍA OSCURA/STEAMGOTH/FANTASÍA URBANA/Esta obra es dirigida hacia un público mayor de 18 años de edad, puede contener escenas de violencia extrema, adicciones, sexualidad explicita y lenguaje vulgar./ En un mundo llamado Origen Rót, que se ha dividido a lo largo de los años en dos continentes: Tronos Nuevos y Tierras Ancestrales. El destino de los Imperios se ve nublado por antiguas magias, sin embargo, los gobernantes ahora están más preocupados por sus tierras que por las antiguas leyendas. En el norte, Yulia Lebedeva, se verá implicada en una conspiración contra la Corona Roja, poniendo a prueba su capacidad para gobernar, en una línea muy delgada del bien y el mal. Maxim, cuyo hogar ha sido destruido, se ve en la necesidad de viajar a la capital, un lugar que pondrá a prueba su ambición y moralidad. Y Dorran O'Neill, un alquimista perteneciente a un antiguo grupo de sabios, intenta encontrar una respuesta a la supuesta enfermedad de las Grandes Duquesas, quienes parecen ser herederas de una Magia Ancestral. Una historia llena de magia, seres sobrenaturales, traiciones y personajes que sacrificarán todo con tal de tocar la gloria un par de segundos, todos bajo las Máscaras del Imperio.


Fantasía Épico Sólo para mayores de 18.

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Maxim



Otoño, 1542, C.A.


Aquella noche se celebraba el décimo cuarto cumpleaños del príncipe Yuri Kuznetsov. Como era de esperarse la gala irradiaba la buena posición de Lenusy en el Imperio. Había manteles rojos con elegantes centros de mesa, las linternas empañaban con su luz amarillenta mientras la excitante música de piano, trompetas y tambores acaparaban el espacio.

Entre la alta sociedad de Lenusy se podían apreciar los fracs finos, los vestidos entallados y los largos collares de perlas de las damas cuyos rostros estaban fuertemente maquillados, además de los peinados en cabellos cortos.

Maxim, desde el fondo, al lado de la barra, observaba atento el baile de los príncipes. El hombre de largos cabellos castaños sonreía evidenciando su regocijo, mientras que la mujer de rasgos extranjeros, cuyos ojos rasgados eran de un gélido color azul, le seguía el paso suave. Pero Maxim sólo podía verlos desde su rincón, con el traje de mesero bien acomodado, el cual era completamente negro a excepción de la camisa, con una pajarita blanca en el cuello.

—Hey, niño, lleva eso a la cocina—ordenó el anciano de rostro duro al deslizar una bandeja con copas vacías—, trae más—agregó en seco.

El quinceañero cogió la bandeja, y tras dar una fugaz mirada a la pareja con opulentos atuendos, entró a la cocina detrás de las puertas rojas aterciopeladas.

La cocina tenía colores fríos, metálicos, se escuchaban el tintineo de los sartenes y el murmullo de la carne cocinándose en aceite. Maxim caminó despreocupado entre los pasillos, a lo lejos divisó a su madre, quien se dedicaba a vigilar un par de sartenes, ella no advirtió su presencia, él no interrumpió su faena. Llegó hasta la mesa donde acomodaban las copas. Los cabellos rubios parecieron centellear bajo la luz amarilla de la linterna.

Entonces miró a la derecha, allí estaba su hermano, Boris, quien jugaba con un niño de cabellos largos enfundado en un elegante traje de noche.

—No deberían estar aquí—repuso Maxim metiendo sus manos en los bolsillos, apoyó la espalda contra la pared.

—Valentin quería ver un truco—respondió Boris, casi indiferente mientras escondía monedas en sus mangas.

Boris ya tenía veinte años, pero a veces llegaba a ser más infantil que Maxim. Ambos hermanos eran completamente opuestos. Mientras Boris era de buena musculatura, Maxim tenía un aire más dócil. Pero ambos compartían los rasgos de su madre, una brillante cabellera rubia y un par de ojos azules.

Sin embargo, su posición en la sociedad no era más que la de la servidumbre de los Kuznetsov. Pero era Boris quien más contacto tenía con los príncipes, después de todo era su chofer, y Maxim solamente les llevaba la bandeja cuando lo ordenaban.

—Novikov, rápido, lleva esto—gruñó el cocinero al dejar una bandeja con compas de vino blanco en la mesa plateada.

Maxim suspiró, se acomodó los guantes blancos.

—Salgan de aquí, si madre os ve estallará como la última vez—dijo Maxim inclinándose hacia ellos, con un aire de desdén.

Pero Boris sólo arqueó ambas cejas y se encogió de hombros.

El muchacho se apresuró a llevar la bandeja plateada, apoyándose con la espalda abrió la puerta izquierda.

Entonces una explosión destruyó las murallas de la ciudad y el estruendo obligó a los músicos a guardar silencio. Todos se miraron confusos, perplejos. Maxim no se movió, apretó con fuerza la bandeja mirando en derredor. Los invitados estaban atónitos, se miraban unos a otros comunicándose con gestos.

—¿Qué sucede? —dijo una mujer con voz temblona.

Las luces parpadearon con agresividad, luego comenzaron a explotar una por una. El candelabro en el centro dejó caer una lluvia de cristales provocando que quienes se encontraban bajo él corrieran despavoridos. Todo quedó sumergido en una agonizante oscuridad.

Maxim sintió que alguien se detuvo a sus espaldas, miró de soslayo, era Boris.

—¿Has escuchado eso? —musitó Boris deteniéndose a su derecha.

Al mismo tiempo una luz azulosa comenzó a centellear en los callejones, acompañada de una pesada neblina. Entonces la pesadilla comenzó, con los graznidos de cuervos y el estrepitoso avance de los jinetes vestidos de negro.

—¿Papá? —musitó el joven príncipe al acercarse a la pareja en el centro de la pista.

—Tranquilo, Yura—dijo Vladimir Kuznetsov sin apartar la mirada de los ventanales.

Al mismo tiempo la princesa se volvió hacia Boris, únicamente asintió, con un velo de temor en el bello rostro pálido.

—Los Emisarios—musitó Boris.

Maxim lo miró sin saber a qué se refería.

Los invitados se acercaron a los cristales, los guardias comenzaban a formarse ante el palacio blanco de Lenusy.

Pero cuando unas esferas azules se levantaron sobre el cielo, todos quedaron paralizados. Hasta que fue demasiado tarde. Aquellas esferas se impactaron contra el edificio. Los muros comenzaron a desmoronarse, hubo una agitación, y el estridente grito de las mujeres hirieron los nervios.

Maxim había caído de bruces ante el impacto, cuando levantó el rostro no vio más que nubes de polvo que se alzaban entre los escombros de algunas paredes. El cristal de las copas le habían cortado parte de la mejilla izquierda, la sangre comenzaba a escurrir por la camisa blanca almidonada. Intentó moverse, pero un fragmento de la pared había caído sobre su pie derecho, apretó los dientes ante el dolor.

Mientras que, frente a él, Boris se levantaba con pesadumbre.

—Max—musitó Boris, atónito, se acercó a él—, tranquilo, no te muevas—agregó mirándolo a los ojos.

El muchacho asintió. Entonces sintió que su hermano levantaba los escombros. Cuando miró la herida se percató de que se había fracturado el pie, el hueso sobresalía entre el musculo desgarrado. Inhaló profundamente.

—Espera—dijo Boris acomodándose ante la fractura.

Maxim abrió los ojos como platos al advertir lo que su hermano pretendía, negó con la cabeza, pero Boris lo ignoró. Entonces, con brusquedad, reacomodó el hueso. Maxim gritó, presionó la herida, pero su hermano de inmediato le vendó con su corbata.

—Iré por Valentin, ocúltate—dijo su hermano, luego se puso de pie y entró a la cocina.

El humo deambulaba en las calles, rodeaba el gigantesco palacio. Los fusiles, como un hiriente lamento, resonaban en los alrededores, y se escuchaba los alaridos de las personas que habían despertado en medio de aquella masacre.

La nieve en las calles se bebía la sangre derramada de los cadáveres amortajados. Hombres, mujeres y niños corrían entre las ruinas, intentaban ocultarse, pero los jinetes los sorprendían en los callejones.

El muchacho tenía los oídos ensordecidos, arrastrándose entre el polvo se ocultó detrás de la barra de fina madera. Palpó la herida en su mejilla, frunció el ceño ante el ardor.

Levantó la mirada hacia la pared con estantería destrozada, y vio que unas sombras perezosas se alargaban como espectros acompañadas de un resplandor azuloso. Una parvada de cuervos entró como nubes, se aculaban en el techo. Por lo que el adolescente decidió espiar. Ocultándose detrás del cadáver del anciano con traje empolvado. Quienes habían entrado eran hombres de aspectos tétricos. Con trajes negros, antiguos, de hombreras de plumas y máscaras de cuervo. Sobre sus pechos centellaban cristales alargados de color azul. Llevaban espadas que centelleaban como relámpagos.

Aquellos hombres iniciaron una carnicería, pues a todo aquel que intentaba huir lo tomaban y clavaban su larga espada, partiendo cuerpos a la mitad, dejando las entrañas esparcidas por el suelo de mármol.

Entonces un hombre de gran estatura entró, llevaba una capa de plumas negras, completamente ataviado en negro, con una máscara más grotesca que la de sus subordinados, llamaradas azules refulgían en las cuencas oscuras.

Pero Maxim no lograba moverse, estaba atónito, y la fuerza había abandonado su cuerpo. Desde lejos observó que esos hombres llevaban a rastras a los Kuznetsov.

—Altezas—dijo aquel hombre, tenía una voz cavernosa.

Maxim sintió que la piel se le erizó con sólo escucharlo.

Dos hombres tomaron a los tres príncipes por los cabellos, obligándolos a levantar el rostro.

—Ustedes tienen algo que me pertenece—comentó el enmascarado inclinándose hacia Vladimir Kuznetsov.

—No sé de qué hablas—respondió el príncipe con voz cortada.

—¿Dónde está el niño? —preguntó con hostilidad tomando el rostro del príncipe.

—Soy yo—gruñó el joven Yuri Kuznetsov entre sus padres.

A lo que el enmascarado respondió con una señal hacia el Emisario que sostenía al muchachito.

Entonces el Emisario revisó la nuca del príncipe, pero luego negó con la cabeza.

—Tenéis otra oportunidad, ¿dónde está el niño? —gruñó el enmascarado, y sin el menor esfuerzo levantó a Vladimir Kuznetsov tomándolo del cuello.

El príncipe intentaba mantenerse de puntillas, le costaba respirar, comenzaba a toser.

—Vete a la mierda—masculló Vladimir Kuznetsov con voz ahogada.

—Bien, vayamos a negociar—ordenó el enmascarado dejando caer al príncipe.

Entonces los hombres arrastraron a la familia hacia el Salón del Trono, a la izquierda de aquel lugar.

—Buscadlo, y terminen con el resto—sentenció el enmascarado, entonces siguió a quienes llevaban a la familia Kuznetsov.

Cuando Maxim vio que uno de esos hombres se aproximaba a él, retrocedió y se ocultó detrás de la barra. El Emisario husmeaba entre los cuerpos tumbados, los movía con la punta de su bota y si alguno aún vivía hacía una sola pregunta.

—¿Dónde está el príncipe?, ¿el niño?

Pero nadie respondía, y lo único que obtenían era una decapitación fugaz, sin titubear.

Mientras que, en lo que quedaba del salón, el humo del exterior se colaba ligeramente, Maxim permanecía oculto, se cubría la boca con ambas manos, y de soslayo pudo ver a un mozo castaño que intentaba ocultarse entre dos maceteros.

Sin embargo, en ese momento el Emisario se detuvo, envainó su espada y al mismo tiempo el mozo se revolvió provocando que uno de los maceteros se desparramara ante él.

El Emisario se volvió, y cuando sacó al muchacho de su escondite, Maxim pudo ver el terror reflejado en los ojos del joven mientras era cogido por los cabellos.

—¿Dónde está el príncipe? —gruñó el Emisario, amenazándolo con su espada de brillante plata.

—No lo sé, no lo sé—balbuceó el muchacho empuñando las manos cerca de su rostro, protegiéndose.

—¡Dime!, ¿dónde mierda tienen a ese bastardo? —masculló el Emisario, clavando los ojos blancos en su víctima.

—No lo sé, lo juro por Shura—respondió el muchacho cuyas lágrimas se marcaban sobre la piel manchada.

—Inútil, hijo de perra—replicó el hombretón.

Y tan pronto pronunció esas palabras, clavó la espada en el cuello del quinceañero.

Una mancha oscura creció bajo el vasallo que se revolvía en su sitio, aferrándose a la hoja brillante que le cortaba la piel de las manos. Pero el Emisario hizo girar la punta de su espada, rompiendo la garganta, desgarrando el musculo.

—Sigues tú—gargajeó el hombre acercándose al escondite de Maxim.

Él sintió que se le congeló la sangre, y cuando el Emisario empujó la barra con facilidad, un grito se atoró en su garganta seca.

Entonces el hombretón lo tomó por los cabellos, él por instinto, arrastró consigo una botella de vino quebrada.

—¿Dónde está el príncipe? —repitió el Emisario mientras permanecía sobre él, aprisionando su cuello.

Maxim tosía mientras el rostro se volvía escarlata y apretaba los párpados cuando intentaba liberarse de la pesada mano enguantada.

—Te haré hablar—amenazó el Emisario y dejó caer la espada.

Pero en ese momento su espalda comenzó a empaparse con la sangre de los cadáveres.

—¿Dónde está ese hijo de puta? —masculló él, inclinándose hacia el adolescente, con el aliento con aroma a hiervas y odio.

—Vete a la mierda—respondió él forcejeando y escupió a la máscara.

Más en ese momento, el Emisario le propinó un par de golpes con la empuñadura negra de su estoque.

Un silbido agudo ensordeció los oídos de Maxim, la mirada se volvió borrosa y sintió el sabor férreo entre su boca.

—Vaya que eres hermoso, vamos a divertirnos—masculló el Emisario cerca de sus oídos.

Maxim sintió escalofríos, la respiración se cortó, la boca se secó. El hombre lo obligó a permanecer boca abajo.

Entonces el Emisario tiró de los pantalones del muchacho, se desabotonó los suyos. Mientras que él intentaba no desmoronarse en ese momento, parpadeó rápido, miró en derredor y cuando el hombre lo embistió, él sintió que se le revolvieron las tripas.

Sin embargo, no gritaba, no quería desperdiciar sus fuerzas en algo que no serviría para nada.

Pero en ese momento alguien se abalanzó hacia el Emisario, golpeó la cabeza del hombretón. Fue cuando el Emisario se incorporó, se volvió hacia su agresor. Era una mujer rubia, quien aún se aferraba a la antorcha, con los ojos inyectados de odio y miedo.

Maxim se volvió, con la mirada borrosa, pero logró reconocer a su madre.

El Emisario se abalanzó sobre ella. Katya intentó propinarle otro golpe, pero esta vez lo detuvo sin problema alguno. Los ojos de Maxim se abrieron como platos cuando el Emisario arrebató la antorcha de las manos de su madre y la arrojó al charco de sangre.

Ella si quiera tuvo oportunidad de moverse, el hombretón la cogió por el cuello llevándola a rastras hasta que su espalda se impactó contra la pared en donde le propinó un par de golpes en el rostro. Katya tenía ambas manos aferradas al brazo del Emisario, apenas podía estar de puntillas.

—Tendré que terminar lo que empecé—masculló el Emisario con una voz tétrica, como metálica.

Pero Katya no respondió.

Sin embargo, el Emisario la obligó a ponerse con el rostro contra la pared, con el antebrazo la aprisionaba fuertemente, mientras que la pesada mano sostenía sus cabellos.

Sin embargo, antes de que el Emisario comenzara la grotesca escena, Maxim cogió una botella quebrada, se abalanzó hacia él y la clavó en el costado derecho del hombre, éste retrocedió con un gesto desagradable en los labios, presionaba la herida.

Maxim se volvió, frunció el ceño ante el dolor que le causaba su fractura, cogió dos cristales del suelo y con todas las fuerzas que tenía lo clavó en la vena yugular del Emisario. El hombre escupió sangre, se palpó la herida mientras trastabillaba en retroceso.

Por lo que Maxim aprovechó, cogió la antorcha ensangrentada y propinó un golpe a la cabeza del Emisario. Este cayó al suelo de rodillas, Maxim lo golpeó una vez más. Su madre estaba contra la pared, estupefacta.

Pero el muchacho sabía que no era suficiente y sin esperar más subió a él, arrancó la máscara y comenzó a clavar los cristales por el cuello y rostro. La sangre le cubrió las manos, gritaba embriagado de rabia. No se detuvo hasta que el pecho del hombre dejó de contraerse.

Contempló unos segundos el collar que poco a poco se apagaba, y lo arrancó con rabia. Se levantó con un poco de dolor en la cabeza, dejó caer su arma sobre la sangre espesa. Lo miró por lo bajo, con los cabellos enmarañados cayendo sobre el rostro, cogió el estoque, era pesado, pero exhaló preparándose, apretó los labios y blandiendo en mandoble cortó la cabeza del Emisario.

Inhaló, guardó el collar en su bolsillo.

Sólo entonces se dejó caer de rodillas frente a su madre, comenzó a llorar mientras abrazaba las piernas temblorosas de la mujer, sintió náuseas, tomó aliento y comenzó a vomitar.

Su madre se puso en cuclillas, lo abrazó, besaba su frente con desesperación.

—Lo lamento, lo lamento—musitaba Maxim aferrándose a su madre.

—Estoy bien, Max. Pero debes buscar a Valentin—musitó ella sosteniendo el rostro congestionado del muchacho.

Maxim suspiró, asintió.

—Búscame en casa cuando encuentres a Valentin y Boris, ahora ve, estaré bien—dijo la mujer limpiando las mejillas de su hijo.

Maxim la abrazó y acto seguido se puso de pie, trastabillando abandonó el salón y comenzó a correr por los pasillos.

4 de Octubre de 2019 a las 01:11 0 Reporte Insertar 2
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