Cuento corto
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La Quinta

Suena la alarma del celular, pero hacía 30 minutos que estaba despierto con los ojos cerrados y en un total silencio con una sensación extraña entre nervios y emoción, pues era el día en el que iba a competir en mi quinta maratón (42km).

Veo que el reloj marca las 4:16AM (la carrera empezaba a las 6:00AM), me levanto de la cama pidiéndole permiso al cuerpo y me dirijo al baño. Estamos a unos 21C; sé que voy a competir y a sudar, sin embargo siento la necesidad de bañarme con agua helada. Abro la ducha, las gotas se dejan derramar sobre mi cuerpo, mis músculos se contraen, respiro profundo y acto seguido viene a mi mente la primera vez que entrené para una competencia de running, en ese tiempo solo corría carreras de cinco kilómetros. Me froto los ojos para sacarme las lagañas y en doce minutos ya estaba fuera del baño para empezarme a preparar.

Me pongo un short Nike negra, mis zapatos Adidas grises (o como también los llamo: mis campeones), mi reloj y por último una camiseta sin mangas celeste y blanco que tiene escrito el nombre de la competencia: MARATÓN DE GUAYAQUIL 2019 DE DIARIO EXPRESO. Adicional a esto, llevaba en las manos mis gafas, una visera negra y mi número de competidor.

Camino hacia la cocina a paso lento pero firme y me empiezo a preparar, lo que considero, el mejor desayuno que puede tener un atleta antes de competir: un batido de guineo, un huevo duro y de postre yogurt griego con frutillas, no puedo comer demasiado pues me espera una larga mañana de competencia y puede afectarme. Me acomodo en la silla y bocado a bocado empiezo a engullir los alimentos. Aproximadamente estaba consumiendo ciento treinta calorías.

Una vez saciada mi hambre me dirijo a la puerta, salgo y emprendo mi camino al famoso Malecón 2000, específicamente al Palacio de Cristal que es donde empezaría la competencia. Soy de rápido caminar y en siete minutos llego a mi destino. Alzo la mirada, veo a dos amigos a lo lejos, me acerco a ellos y empezamos a compartir nuestros objetivos con respecto a la competencia; uno me dijo que va a ser la primera vez que compite en una carrera de esta distancia y quiere divertirse, el otro que trataría de no morir en el intento, y por último lo que yo tanto anhelo es mejorar mi marca de la última maratón de 3h58min. Me despido de mis amigos y poco a poco nos fuimos perdiendo entre la multitud.

Veo que mi reloj digital marca 5:37AM, empiezo mi calentamiento, un poco de estiramiento, skipping, y movimiento de articulaciones para que fluya el líquido sinovial. Quince minutos de un pequeño entrenamiento y unas cuantas untadas de linimento olímpico en las piernas me hicieron estar preparado para un nuevo reto; estaba emocionado, ansioso, pero también sentía miedo, ese miedo que tuve la primera vez que competí a los diecisiete años, mi entrenador me ha dicho que es normal, pues muchas cosas te pasan por la mente: ¿acabaré?, ¿mejoraré mi marca?, ¿me acalambraré a media carrera? etc.

5h55min, - ¡atletas, a formarse! - anuncia por el micrófono el animador de la competencia. Me formo entre los últimos; no sé por qué, pero siempre me ha gustado formarme ahí antes de que partan las carreras. Preparo el cronómetro y empieza la cuenta regresiva 10... 9..., mis piernas estaban listas, la mente entrenada y el corazón preparado, estaba por empezar mi quinta;..., 3... 2.... 1... cruzo la línea de partida, me persigno y la batalla había comenzado.

Todo fluía perfectamente hasta el kilómetro 10, tenía buen ritmo, respiración adecuada y motivación.

Kilómetro once. Un día un experimentado runner me aconsejó que en carreras de esta distancia no ingiera agua ni bebidas hidratantes durante los diez primeros kilómetros pues al hacerlo descoordinamos a nuestro organismo, pero sobretodo a nuestra mente ya que “cada vez que veamos un punto de hidratación nos veremos en la supuesta necesidad de pedir agua innecesariamente”. Viendo que ya había superado el límite antes mencionado logro divisar un punto de hidratación a treinta metros de distancia, me acerco al asistente que sostenía dos vasos plásticos llenos agua bien fría, (uno en cada mano) tomo ambos, uno para beber y el segundo para refrescarme al echarlo sobre mi cabeza y cara.

Kilómetro dieciséis, el miedo me invadió, dudé de mis capacidades, me acalambré, quise bajar la velocidad y caminar, algo que nunca había hecho a mitad de una competencia. Peleé con el dolor y corrí acalambrado durante los 26 kilómetros que restaban.

Kilómetro veintiuno, a la altura de la Universidad Católica se encontraba un nuevo punto de hidratación y repetí el proceso: uno de los vasos con agua sirvió para refrescarme, y el otro para hidratarme. El dolor del calambre aún seguía, pero ya me acostumbré a correr con él, vi el reloj y el tiempo marcaba 1h40min - puedo lograrlo - dije mientras empezaba a aumentar la velocidad. Ya estaba a mitad de camino

Hasta el kilómetro treinta y cuatro corrí sin ningún problema, además de los que ya presentaba.

Kilómetro treinta y cinco, el pecho me quiere explotar, tengo las piernas destrozadas y me salió una ampolla en el pie que me está matando, a eso sumemos los dolores previos; sin embargo una sonrisa se dibujó en mi rostro pues tuve la mejor vista a lo largo de toda la maratón, a mi izquierda resplandecía el gran estadio Monumental de Barcelona Sporting Club en toda su majestuosidad.

Kilómetro cuarenta, 3h50min marcaba el cronómetro, estaba a siete minutos de romper mi récord y aún habían dos mil metros pendientes... ahora solo mil quinientos y así sucesivamente. Embragué y pisé a fondo el acelerador, quemé los últimos cartuchos.

Kilómetro cuarenta y uno y medio, últimos quinientos metros - ¡amigo, rematemos en estos últimos metros! - me dijo una chica que estaba a mi lado. Diviso la meta y tras ella a mi novia esperándome, corrí como si no hubiese un mañana, cruzo la línea final y detengo el cronómetro con la esperanza de haber logrado mi objetivo. Poco a poco empiezo a bajar la velocidad, me quito las gafas blancas que me acompañan en todas mis competencias, mi visera empapada y mal oliente por la mezcla de sudor y agua, y me persigno una última vez agradeciendo a Dios por brindarme una oportunidad más de hacer lo que amo.

Mis piernas no respondían, me desplomo diez metros después de la meta y dos asistentes me cargan hasta que me lograron sentar en un banco. Llega el médico y me inyecta una intramuscular. Mi novia se acerca con la medalla y me la coloca alrededor del cuello, mi entrenador me saluda y me felicita - corriste como campeón olímpico - esas palabras me dieron una emoción tan inefable que logré pararme del banco con un salto de alegría sin sentir dolor alguno (al menos por ese momento).

Observo el reloj y veo que mi tiempo fue de 3h55min, había establecido una nueva marca personal y eso hizo que siga enamorado de este grandioso deporte. El running no solo es correr, no es solo entrenar; el running es un estilo de vida.

Cuando compites en una maratón corres treinta kilómetros con las piernas, cinco con la mente, cinco más con el corazón, y los dos últimos con lágrimas en los ojos.

2 de Octubre de 2019 a las 05:34 0 Reporte Insertar 0
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