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beccablume Becca Blume

Muy pocas veces en su vida había pensado en la muerte. El concepto le era bastante indiferente. Las escasas ocasiones en las que ese hecho se había colado en su existencia, fue porque el tío de alguien falleció o el primo de un conocido o el vecino de una mujer a la que le encantaba el chisme o la abuela de algún nieto desconsiderado que sólo la veía dos veces al año. Incluso cuando se enteraba de que algún familiar cercano había pasado a mejor vida, el suceso no ocupaba, siquiera, un segundo pensamiento de su parte pues jamás fue muy cercana a su familia. Así que, pensar en ello, jamás le había supuesto un problema. Hasta ahora. Maika entendería que la vida no solo era una simple casualidad.


Paranormal Todo público.

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1 Retrospectiva

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Las hojas secas crujían bajo el peso de sus botas.

El viento silbaba sobre su cabeza revolviendo sus cabellos oscuros y meciendo las copas de los árboles con suavidad. El frío se colaba entre sus prendas a pesar de haberse abrigado lo suficiente para soportar el otoño y sus bajas temperaturas. Las nubes se habían vuelto espesas a medida que la tarde comenzaba a caer y solo esporádicos rayos de sol lograban atravesar la esponjosa barrera.

Sus manos, enfundadas en unos guantes grises, habían comenzado a temblar ligeramente, y mantener la cámara fija ya no le era posible. Soltó un bufido de exasperación y bajó sus manos a modo de rendición, observando lentamente como se le escapaba la oportunidad de capturar en una imagen a aquel halcón que surcaba el cielo desde hace varios minutos. Tal vez debía olvidarse del asunto y volver a casa. No podía permitir que la noche la atrapara de nuevo vagando en el bosque.

Emprendió su camino de regreso, dejando que sus pensamientos divagaran. Estos fueron desde lo que había logrado fotografiar en el día y en sus ideas para editarlas para que se vieran mejor, hasta ciertas cosas de su infancia que lograba recordar. En algún punto, su mente se había desviado hasta su época en la preparatoria, y eso la llevó a imaginar lo que estaría ocurriendo con sus compañeros que se habían mudado a la ciudad, mientras ella rondaba sola entre la naturaleza. Seguramente estaban haciendo alguna tarea, o quizás, estaban sentados en una butaca frente a un blanco pizarrón mientras el maestro les explicaba alguna cosa sobre la materia. Maika negó como si tratara de alejar el rumbo que estaban tomando sus reflexiones de la vida, de su vida. Porque, nada podía amargarle más, que pensar en ello y en sus pocas ganas de continuar; hasta cierto punto, ya se había resignado a que jamás saldría de ese pueblo. La oportunidad se le había escapado tres años atrás.

La joven detuvo sus pasos y dejó escapar un nuevo suspiro, pero ésta vez de cansancio. Se suponía que sus salidas furtivas hacia el bosque eran para dejar de pensar en eso que la molestaba, pero tal parecía que hoy no sería el caso. Se sentía tensa a pesar de la caminata y el tiempo que dedicó a fotografiar el paisaje.

Paisaje.

Alzó la vista y observó su entorno con ojo crítico, como si fuera la primera vez que se percataba realmente del sitio donde se encontraba.

La naturaleza puede ser bastante bipolar, pensó, recordando que esa mañana el sol había salido con todo su esplendor, y ahora parecía que el cielo se caería a pedazos con la tormenta que amenazaba con caer, lo cual también le recordó las leyendas que iban de boca en boca de los habitantes, como si todo lo que rodeara El Toro fuera el presagio a la mala suerte y a lo sobrenatural.

El bosque era la atracción principal para que la imaginación creativa de la gente echara a volar y trajera a la vida historias vagas de apariciones, fantasmas, asesinos y cualquier otra cosa que se les ocurriera. Maika nunca había sido amante de creer semejantes historias, pero admitía que siempre le había gustado escucharlas. Era por eso, que cuando fue capaz de adentrarse sola entre la arboleda sin perderse, lo había hecho sin pensar, impulsada por una insana curiosidad de encontrar algo que valiera la pena contar y que fuera real. Muchos, sin temor a equivocarse, podía asegurar que pensaron que su intrepidez se trataba de un acto de rebeldía. Otros quizás la llamaban estúpida por ser capaz de adentrarse al bosque con una simple cámara fotográfica y un viejo celular de tapa, que había visto mejores años.

Pero nada más lejos de la realidad.

Maika sólo era llevada por simple y sencilla curiosidad.

Estaba fascinada por la vibrante actividad que llenaba de viveza a un lugar tan “tenebroso”, era fantástico ver como los insectos y demás animales no parecían afectados por lo que podría acechar entre las sombras como tanto insistían los humanos; la gente no tenía ese poder sobre ellos, no podían infundirles sus temores y eso estaba bien.

Maika deseaba poder mostrar al mundo el interior de esa bella naturaleza que les rodeaba. Quería que la gente apreciara lo que capturaba a través del lente de su cámara y que así, pudieran ver a través de sus ojos. Pero la realidad era bastante desalentadora. Maika era una aficionada solamente y sabía perfectamente que absolutamente nadie le tomaría enserio.

Y de nuevo volvía a los mismos pensamientos pesimistas.

Toda su vida había odiado la pregunta ¿qué quieres ser de grande? Y más había odiado ver que la mayoría de sus compañeros parecían tener una respuesta clara ante lo que querían de su futuro, como si tuvieran su existencia resuelta y la aceptaran tal como era. En cada año escolar, la escuchó hasta el cansancio, y siendo sincera, jamás encontró una respuesta, porque había tantas cosas que quería hacer y le aterraba la idea de volverse esclava de un único trabajo en el que posiblemente tendría que matarse a sí misma para “poder ser alguien en la vida.”

Cuando el profesor de tutorías se presentó un día en su clase a presentar opciones universitarias y a decir que era momento de elegir, quiso levantarse de su asiento y gritarle en la cara que podía irse al infierno él y su tonta idea de que ellos debían elegir para tener un mejor futuro. ¡Al diablo con eso! Alguien debía ser realista y decirles que aquello que todo esos maestros con sonrisas forzadas decían para animarlos a ir a la universidad, se trataba de pura basura. Ahora más que nunca sabía que tenía razón, y cuanto más, cuando veía a sus ex compañeros regresar uno por uno de manera derrotada sin haber conseguido realizar su sueño, si es que tenían alguno.

Así que harta de esa situación, Maika se dedicó a la fotografía porque eso era lo que quería. Le gustaba. Y por supuesto, su decisión tuvo sus pros y sus contras. Pero mientras tanto, allí estaba ella; sola como un alma en pena, caminando sobre el desnivelado suelo de las montañas en única compañía del frio abrazador y todos aquellos animalillos que no le prestaban demasiada atención. Ella seguía viviendo en ese odioso pueblo, pensando en que, cuando menos los que fueron sus amigos, sí estaban estudiando y dando todo de sí para superarse.

Suspiró nuevamente, pues ese día en particular había obtenido muy pocas fotografías que pudiera calificar como buenas. Además, estaba lo suficientemente frustrada consigo misma por dejar que sus pensamientos se desviaran de lo importante y se dedicaran a dar vueltas a lo incierto que le parecía el futuro últimamente. Maika sabía que no podía seguir ignorando el asunto, debía hacer algo al respecto y pronto. Debía hacer algo si no quería acabar como la mayoría de sus compañeros; sin estudios y sin una meta en la vida. Era tan triste ver como todos se estaban quedando recluidos en ese lugar fuera del tiempo, mientras que sólo unos cuantos habían decidido continuar con el aprendizaje que una escuela podía darles y así, salir del pueblo fantasma para buscar su pequeño lugarcito en el mundo.


***


Volvió a casa más pronto de lo que creyó. El sol aún se asomaba sobre las montañas y dejaba caer sus últimos rayos sobre el llano dónde estaba asentado El Toro, -Un nombre increíblemente pretencioso referente al buen ganado, pero Maika no era quien para juzgar a sus fundadores- así que supo inmediatamente que lo que le esperaba al cruzar la puerta de su casa, no le agradaría.

—¿Dónde estabas?

Odio cuando tengo razón, pensó en cuando hubo atravesado la puerta. Apretó los labios en una fina línea, conteniéndose de soltar un comentario inapropiado que le causaría más problemas de los que de seguro ya tenía.

—Fui a tomar fotos—respondió, sacudiendo su abrigo para dejarlo en un perchero al lado de la puerta y dirigirse a la cocina a servirse un poco de agua. Ignoró lo más que pudo los pasos que le siguieron de cerca, sabiendo de ante mano que su padre no le dejaría las cosas tan fáciles.

—¿Cuándo vas a hacer algo?

—Estoy tomando agua justo ahora, eso es hacer algo—no pudo evitar decir con sarcasmo mientras rodaba los ojos, dándole la espalda al hombre que se decía su padre. Estaba segura que si él le hubiera visto, le habría soltado tremendo guantazo por faltarle al respeto; aunque, pensándolo bien, solo debías respirar para hacer pensar al hombre que estaba siendo ofendido o sobrepasando su autoridad.

—¿Crees que voy a mantenerte toda la vida?—siguió cuestionando su padre, ahora con un tono más duro y con toda la intención de hacerla “recapacitar”—Deberías ponerte a trabajar. Si no sirves para hacer los quehaceres de la casa, entonces ve pensando en cómo vas a vivir, o hazlo como tu hermana y busca un hombre que quiera mantenerte.

Maika se giró levantando su rostro con una expresión enfurecida, encontrándose de cerca con los frívolos ojos de su padre clavados en ella, severos como los de la mayoría de los hombres de campo que vivían en ese pueblucho o que habían crecido en algún rancho. Por supuesto que conocía esa mirada, la había visto tantas veces, en diferentes personas y ocasiones, en diferentes casas; el clásico estereotipo de hombre duro, cabeza de hogar y el único con el privilegio de alzar la voz. Quería gritarle tantas cosas, hacerle ver que si ella seguía estancada allí era su culpa y no de ella. Tragó saliva pesadamente, sintiendo sus ojos escocer por lágrimas de impotencia.

—¿Y pasarme el resto de mi vida ganando setenta pesos diarios?—replicó ella— ¿O manteniendo a un hombre que ni siquiera voy a querer y que seguramente me tendrá de esclava? No, gracias—pasó por un lado de su padre, no sin haber deseado chocar su hombro contra él a propósito, yendo directo a su habitación, cerrando la puerta de un potente portazo para dejar en claro su enfado.

27 de Septiembre de 2019 a las 22:56 2 Reporte Insertar 4
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Ana Jiménez Ana Jiménez
Me ha gustado, una trama que deja mucho que pensar. Lamentablemente esta fue la realidad de varías mujeres, sometidas a los estereotipos de la época. Seguiré leyendo, ya me agrada Maika.
~

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