El espejo descompuesto Seguir historia

andres_dm Andrés Díaz

Luisa y su pequeña hija Eli están por encontrarse con un momento amargo y aterrador.


Paranormal Todo público.

#terror #miedo #espejo #reflejo
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Casa nueva


Luisa recogía los platos de la mesa después de la cena. Ella y su hija, Eli, de apenas seis años, habían comido un poco de guisado de arroz con vegetales y carne. La había mandado a que se diera una ducha y después se fuera a dormir porque ya era bastante noche y al día siguiente tendría que ir a su nueva escuela. El esposo de Luisa no había podido comer con ellas porque había ido a pagar las últimas cuentas por los materiales que compraron para arreglar la casa a la que acababan de mudarse. Era una casa antigua. La mujer ya casi había terminado de lavar los trastes cuando escuchó la voz de su niña que le llamaba desde el piso de arriba, en el baño de la segunda planta.

—¡Mamá! —gritó su voz infantil, resonando por las paredes de la casa entera hasta llegar a los oídos de Luisa.

—¡¿Qué sucede?! —contestó aquella, sin abandonar la cocina.

—¡Creo que el espejo está roto! —gritó la niña.

Luisa cerró la llave del fregadero y se asomó hasta el marco de la puerta.

—¡¿Se cayó de la pared?! —preguntó, preocupada porque su hija podría cortarse con algún pedazo de vidrio del espejo que estaba en el baño, por encima del lavabo.

—¡No! —contestó la vocecita.

—¡¿No se hizo pedazos?! —preguntó Luisa.

Hubo un pequeño silencio.

—¡No! ¡No me refiero a eso! ¡Creo que está descompuesto! ¡Ya no sirve! —replicó la niñita.

Luisa no logró entender a lo que se refería su hija.

—¡¿De qué hablas, Eli?! ¡¿Cómo que descompuesto?!

—¡El espejo no sirve! ¡Mi reflejo no se mueve y sólo me está mirando! —dijo la pequeña niña.

Luisa sintió un escalofrío.

Había entendido bien las palabras de su hija, pero creyó que estaría diciendo alguna incoherencia.

—¡Voy para allá! —gritó, antes de apagar la luz de la cocina.

Salió de ahí y subió por las escaleras para dirigirse al baño, pensando que su hijita le estaría mintiendo y que realmente ella había roto el espejo. Llegó al segundo piso y entró al baño.

No había nadie ahí. No vio a su hija y el espejo tampoco estaba roto. La bañera estaba toda mojada, había un vaso con agua y un cepillo de dientes recién usado. Todo lo demás estaba completamente en su lugar.

—¿Hija? ¿Dónde estás? —preguntó a la nada sin obtener respuesta alguna.

Salió del baño y caminó por el pasillo para ir a buscar a su hija a su habitación. Tampoco estaba ahí: sólo vio su mochila y un uniforme tendido sobre una silla, listo para el primer día de clases en su nueva escuela. Volvió a salir al corredor y se quedó mirando extrañada. Sintió un tirón de su blusa por la espalda.

Dio un pequeño grito y se volvió rápidamente. Su hija estaba detrás de ella.

—¡Eli! —dijo Luisa, llevándose las manos al pecho y cerrando los ojos por el susto—. ¡Me asustaste! ¡No vuelvas a hacer eso!

—Mamá, el espejo no sirve —le dijo la niña, tirando de la blusa de Luisa y haciendo caso omiso a lo que su madre le había dicho.

—¿Qué? ¿De qué hablas? El espejo no está roto. Creí que te habías cortado.

—El espejo no sirve, mamá. Cuando salí de bañarme mi reflejo no se movía y se me quedaba viendo muy raro.

—Es tu imaginación, cariño. Eso que me dices no puede pasar —le dijo.

—¡Pero mamá! ¡Es cierto! —replicó la niña con seriedad.

Luisa estaba por decirle algo, pero su hija intervino nuevamente.

—Me estaba lavando los dientes y mi reflejo no hacía nada. Sólo se quedaba ahí parado y me miraba —dijo.

—Es que... hija, eso no tiene sentido.

—¡Es en serio! ¡Vamos, para que tú también lo veas! —respondió y le tomó la mano a su madre para llevarla hasta allá.

Entraron las dos al baño. La niña se puso delante del lavabo mientras que Luisa se quedó detrás, cerca del marco de la puerta. El reflejo de ambas aparecía en el espejo y se movían con total normalidad. No sucedió nada raro, nada inusual.

—¿Ves? —le preguntó Luisa a su hija, cruzando los brazos—. No hay nada mal con el espejo.

—Pero... no lo entiendo... —dijo la niña, completamente confundida—. Hace un momento mi reflejo no se movía mamá. ¡De verdad!

—Te dije que era sólo tu imaginación —respondió aquella.

—¡Es cierto! —refunfuñó y empezó a mover los brazos y el torso, como intentando provocar a la figura que proyectaba la pantalla de cristal. Su madre se fue a recargar en la pared y su reflejo quedó fuera de la imagen en el espejo.

—Es sólo tu imaginación, Eli —repitió.

—¡No lo es! —le dijo y tomó el cepillo de dientes volteando a ver a su mamá—. Yo me estaba lavando los dientes y mi reflejo no me seguía.

Eli nuevamente comenzó a lavarse los dientes, tomó el vaso de agua y escupió. Miró a su mamá a través del espejo y notó una sonrisa en el rostro de aquella porque aún no le creía.

Luisa vio en el espejo los ojos del reflejo de su hija, mirándola y haciendo lo mismo que ella, haciendo lo que cualquier reflejo normal haría.

—Mamá, ¡te juro que es cierto...! —dijo Eli.

En seguida se dio media vuelta, pero su reflejo no se giró...

Le tomó apenas una breve fracción de segundo a Luisa darse cuenta de lo que pasaba. El corazón le dio un brinco: vio a su hija, a escasos metros frente a ella, y vio también al reflejo de su hija, mirándola fijamente desde el espejo, como si fuera otra persona, parada detrás de Eli. Después de eso, el reflejo de la niña volteó a ver fijamente a su hija.

—¡Eli, ven acá! —le gritó, aproximándose a ella, tomándola de un brazo y apartándola del espejo, tirando el vaso de vidrio del lavabo, que se estrelló en el piso y se rompió en varios pedazos que se regaron por todo el lugar.

Se colocó de nuevo cerca de la puerta, abrazada de su hija. Volvió a ver el espejo pero el reflejo también había desaparecido.

—¿Qué era eso? —le preguntó a su hija, desconcertada.

—¿Qué cosa, mamá? —respondió la pequeña niña.

—¡Tú reflejo, Eli! ¡Tú reflejo no se movió! —le dijo, impresionada y aterrada por la escena que acaba de ver.

—¡Te dije que era cierto! —contestó Eli, con aires de victoria por saber que tenía la razón.

Luisa la soltó y la colocó detrás de ella.

—Quédate aquí, Eli —le dijo, en tono muy serio. La niña se sorprendió por la reacción de su madre y se espantó un poco.

Luisa caminó lentamente hacia el lavabo y vio su reflejo aparecer poco a poco frente a ella, de manera normal. Se colocó delante del espejo, mirando hacia cada punto de la superficie del cristal y sin descuidar el rostro de la imagen delante de sí. Se acercó al lavabo, teniendo cuidado de los pedazos de cristal roto en el piso, que movió con un pie y sin despegar la vista del espejo. Se aproximó un poco más. No podía creer lo que acababa de ver.

—¿Mamá...? —le llamó su hija a sus espaldas.

—¡Quédate ahí, Eli! —le ordenó, todavía sin apartar la mirada de su propio reflejo y corroborando que los labios de este también se movieran.

Luisa comenzó a acercar su rostro un poco más al espejo. Levantó la mano derecha y la dirigió lentamente hacia la superficie del vidrio. No podía dejar de ver su rostro, el reflejo de su cara; ahora no podía asegurar que esos ojos eran realmente o no el simple reflejo de los suyos.

En ese momento, una figura comenzó a asomarse detrás de la imagen que se veía en el espejo, una sombra oscura, desde la espalda del reflejo de Luisa, mientras que esta se quedó paralizada por el terror, con la mano a centímetros de la pantalla de cristal.

Los ojos de Luisa se ensancharon y su respiración se detuvo.

Un grito cruzó el silencio tenso de la habitación.

—¡Mamá! —chilló Eli desde el otro extremo del baño, en el umbral de la puerta que daba al pasillo.

Luisa volvió rápidamente la cabeza para ver a su hija y observó cómo algo se la llevaba hacia el corredor, y acto seguido, la puerta se azotaba detrás de ella.

—¡Eli! —gritó Luisa, desesperada, y entonces algo le sujeto la manó. Cuando ella volvió la vista hacia el espejo, su reflejo ya no estaba... y frente a ella sólo se hallaba la figura oscura de una niña que la retenía con una fuerza impresionante y le hacía sentir que la piel le quemaba. Luisa comenzó a quejarse por el dolor y a gritar por el miedo. No le podía ver el rostro a aquella cosa, pero estaba vestida con una pijama igual que la de su hija.

Luisa escuchó varios gritos viniendo desde afuera de la habitación.

—¡Mamá! ¡Ayúdame! —clamaba su hija desde el otro lado de la puerta, llorando de miedo.

—¡Eli!!! —gritó Luisa, angustiada porque no podía zafarse del agarre de aquella cosa que la sujetaba por la muñeca. Ese ente en la pantalla de cristal empezó a gruñir como si fuera un animal, y comenzó a jalar a la aterrada mujer hacia ella, hacia el espejo.

Entonces, las luces se apagaron: en el baño, en el pasillo y en cada una de las habitaciones. Luisa gritó con un terror absoluto y la casa entera se quedó a oscuras y se llenó de alaridos y de llantos desesperados.

Después sólo hubo silencio.

Cuando el esposo de Luisa regresó tras resolver sus asuntos pendientes, consiguió la casa vacía y no encontró a su esposa ni a su pequeña hija. Solo vio unos trastes a medio lavar en la cocina, el uniforme y la mochila de su hija en su habitación; y un vaso roto en el piso del baño de la segunda planta.

La policía hizo todo lo que pudo para investigar qué había pasado con su hija y con su esposa, pero nunca encontraron ningún rastro de ellas.



[Escrita en el verano de 2017. Las últimas modificaciones han sido en el verano del 2019.]

19 de Septiembre de 2019 a las 21:29 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Andrés Díaz 22 años. Futuro psicólogo clínico. Escritor amateur. Escribo desde hace una década: este año he decidido compartir mis creaciones. Mis mayores referencias literarias son: Pacheco, Rulfo, Poe, Lovecraft, King, Verne, Sade, Conan Doyle, entre muchos otros. Busco encontrar mi propio sello, aunque suelo explorar distintas narrativas. Mi sueño es que mi obra sea causa de asombro, pesadillas y escalofríos. Wattpad: @Andres22DM Sweek: @AndresDM Instagram: @andresdiaz623 Twitter: @Andres22DM Litnet: Andrés Díaz

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