Cuando el invierno sea frío... Seguir historia

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Berenice Sanlucar


Durante las vacaciones decembrinas, Mia Zambrano decide visitar a su prima, Isabella, en la ciudad de Milán, Italia. Una vez ahí, la chica se cruza en el camino de Luca Paolucci, un joven fotógrafo italiano que no puede evitar enamorarse de Mia. Con lo que ambos comienzan una apasionada relación que parece estar dispuesta a superar el tiempo y la distancia; no obstante, al destino le gusta jugar, y las cosas no siempre suceden como habían sido planeadas…


Romance Romance adulto joven Todo público.

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Te tomaré una foto

Pasear por las calles de la hermosa Milán, en Italia, tenía un efecto tan hipnotizador que ni Mia o su prima, Isabella, parecían ser conscientes de que se habían convertido en el foco de atención para un joven fotógrafo y su cámara. Luca Paolucci había quedado tan embelesado por Mia que, por más que lo intentaba, no conseguía parar de tomarle fotografías. No que la muchacha fuese de una belleza extraordinaria, su figura diminuta no se encontraba tan desarrollada como la de la chica a su lado, su piel era bastante pálida y tenía el cabello de un castaño oscuro que caía a media espalda.

Pese a eso, más de una vez, Luca pensó en presentarse con las muchachas e invitar a Mia para que tomara algo con él, no obstante, era como si la misma fuerza que lo atraía hacia la joven, lo repeliera para acercarse. No pudo sino verla marcharse entre la multitud, y sentirse un completo tonto; porque la probabilidad de volver a verla era de uno en un millón. Sin embargo, y pese a que era consciente de lo anterior, el hombre pasó varios días recorriendo las calles de la ciudad, con la esperanza de que Mia apareciese de nuevo frente a él, pero sin éxito alguno.

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­­ –Deberías venir conmigo–, le demandó Marcello a Luca, casi una semana después de que el último hubiera desistido en buscar a Mia–, creo que te sentaría bien distraerte un poco. Seguro que en la disco encuentras a otra chica que te ayude a sacarte de la cabeza a la turista en las fotos­.

–No soy bueno bailando–, respondió Luca, al tiempo que metía las fotografías de Mia en un folder, y guardaba este en un cajón de su escritorio–, pero debo admitir que, si me quedo un minuto más aquí, me volveré loco de tanto pensar en ella.

Tras estas palabras, ambos hombres se encaminaron hacia la discoteca. A Luca nunca le había gustado demasiado aquel lugar, porque todo lo que podía hacerse era bailar o beber; en lo primero era realmente malo, y lo segundo después de un rato le parecía tedioso. Sin embargo, y por una razón que no sabía explicar, algo en su interior le decía que necesitaba hacer una excepción en esa ocasión.

No obstante, poco tiempo después de haber llegado a la discoteca Luca comenzó a arrepentirse de su decisión. Marcello no había tardado ni dos segundos en desaparecer entre la muchedumbre, que se movía al ritmo de una música bastante estruendosa, y él se había quedado en un rincón algo alejado de la barra de bebidas, en la única compañía de una cerveza.

Llevaba ya largo rato estancado en aquel sitio dando pequeños sorbos a su bebida, y fingiendo no notar la insistencia con la que una que otra muchacha lo miraba, para evitar dar pie a una de esas embarazosas situaciones en las que las chicas solían pedirle bailar, y únicamente tenía dos opciones: hacerlo y avergonzarse a sí mismo por lo mal que aquello se le daba, o rechazar la oferta y que las muchachas lo tomaran por un engreído. Cuando sucedió lo realmente inesperado: la joven de sus fotografías, esa a la que llevaba días buscando con desesperación, apareció ante sus ojos.

Mia e Isabella bailaban la una al lado de la otra como si no hubiese nadie más en torno a ellas, sin preocuparse por el siguiente movimiento, dejándose guiar por el compás de la música que las acompañaba. Sólo verla, Luca volvió a quedar hechizado por el misterioso encanto que la chica parecía ejercer en él, y se quedó observándola, varios minutos, sin atreverse a retirar de ella su mirada por miedo a que de pronto desapareciese.

Así pasaron alrededor de dos canciones más, en las que Luca peleaba consigo mismo para reunir el valor de ir hacia Mia. Como ya se ha mencionado, él nunca había sentido gusto por bailar, pero esa noche todo su cuerpo le exigía tomar coraje y dejarse llevar junto a aquella muchacha. Mientras Luca se encontraba todavía enfrascado en una discusión interna, Mia comenzó a caminar en dirección a la barra de bebidas, deteniéndose un par de lugares hacia la derecha del hombre.

La joven se hallaba ordenando un par de aguas embotelladas, cuando de la nada, detrás de ella apareció un hombre que se miraba bastante pasado de tragos. Riéndose y casi cayéndose por el deplorable estado en que se encontraba, este se acercó a Mia, la tomó por la cintura y le susurró algo al oído.

Ante aquel comportamiento, la muchacha no tardó en reaccionar, se zafó violentamente de su abrazo, lo golpeó en el rostro y le tiró el agua encima. No obstante, parecía que aquel hombre no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta, volvió a tomarla por la cintura, trató de atraerla hacia él y de besarla a la fuerza.

Para Luca aquello fue demasiado, sin detenerse a pensar si quiera en lo que estaba haciendo, se abalanzó sobre aquel hombre, y apartándolo de Mia comenzó a golpearlo a diestra y siniestra; ante la mirada sorprendida de los presentes que se arremolinaban alrededor, para tener una mejor vista del espectáculo.

–Te ha dicho que no estaba interesada en ti–, le espetó Luca al hombre que segundos antes había atormentado a Mia, y en ese momento se sujetaba un costado, en tanto trataba de parar el sangrado de su nariz.

Si por Luca hubiese sido, la riña no habría parado ahí, pero algunas personas habían acudido en auxilio de aquel tipo tan nefasto, y se habían interpuesto entre ambos hombres. Por lo que el grupo de personas que había formado un círculo en torno al lugar de la pelea comenzaba a retirarse.

–¿Qué ha sucedido? –, demandó de pronto una mujer desde la multitud, cuya voz sonaba bastante angustiada–, ¿estás bien prima?

–Sí, estoy bien–, aseguró Mia con voz débil y en un perfecto italiano. Luego, dirigiéndose hacia Luca, añadió–. Ha sido muy amable de tu parte el defenderme, no tenías porqué hacerlo.

–No ha sido nada­–, mintió este, aunque comenzaba a sentir cierto ardor en las heridas de sus manos.

–Ten–, dijo Isabella, ofreciéndole un pañuelo–. Así al menos podrás quitarte las manchas de sangre.

Luca tomó lo que la chica le ofrecía, y comenzó a limpiar el líquido rojo que le manaba del torso de la mano, sintiendo los estragos que tantos golpes propinados a su adversario le habían dejado. Entonces, una voz familiar le recriminó:

–No puedo dejarte solo, sin que te metas en líos–. Era Marcello que caminaba hacia él con una expresión entre divertida y preocupada–. ¿Qué has hecho esta vez?

–Tu amigo se ha portado como todo un caballero, me ha defendido de un tonto, sin importarle salir lastimado–, apuntó Mia, quien parecía tan agradecida con el comportamiento de Luca, como preocupada por la sangre que fluía de sus nudillos.

–Así es Luca, él siempre…–Marcello no pudo evitar quedarse sin habla cuando se percató a quién pertenecía la voz que había dado respuesta a su cuestionamiento. Miró a su amigo consuma incredulidad, y luego posó los ojos de vuelta en Mia, como si no pudiese creer que en verdad se tratase de la chica que tenía a Luca sin dormir ni comer apropiadamente.

–Entonces, ¿tu nombre es Luca? –, preguntó Mia, sin prestar atención al traspié de Marcello.

–Sí–, asintió este–. Luca Paolucci, y este es mi amigo Marcello D’Angelo.

–Gusto en conocerlos–, dijo la muchacha, con una tímida sonrisa en los labios–. Yo me llamo Mia Zambrano y esta es mi prima, Isabella Salvatore.

19 de Septiembre de 2019 a las 18:23 0 Reporte Insertar 0
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