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I
Iván Almeida Chávez


Un escritor deprimido y frustrado que no ha logrado el éxito literario que esperaba; sobrevive realizando oficios que nadie más quiere hacer y a veces trabaja de investigador en la compañía de su tio. Vive de forma patética en un viejo y húmedo apartamento con su perro y pasa los días que no trabaja refunfuñando y quejándose de los demás escritores que sí han conseguido éxito. Su vida se debate entre dos cosas: sumergirse por completo en su amargada forma de ver la vida hasta volverse loco y morir o ganar fama y dinero como escritor para alimentar a su anciano y enfermo perro.


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 18.

#misterio #soledad #amargura #apatía #escritores-frustrados
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Otro día más

«No soy un escritor, NO SOY UN ESCRITOR», se repetía ferozmente en su diálogo mental mientras releía el último párrafo que había escrito. «El mundo no necesita otro escritor, el mundo necesita matemáticos, físicos, científicos; hombres de ciencia que contribuyan al mundo con innovaciones que hagan la vida del humano promedio mucho más fácil, pero heme aquí escribiendo página tras página»


Estaba sentado en su escritorio de madera, tenía los pies apoyados sobre el respaldar de la silla metálica y tamborileaba los dedos sobre la hoja de papel que sostenía contra su pecho. «Es una porquería, todo escritor escribe porquerías; Albert Camus una porquería; James Joyce más porquería; Tolstoi escribió una majadería de libro lleno con mil páginas de porquería. Yo no soy la excepción, escribo porquerías, pero la diferencia es que tanto Camus como Joyce y Tolstoi nunca creyeron que lo que hacían era porquería o al menos tenían mejores dotes de vendedor. Al final esto de escribir es como todo lo demás; si nadie te conoce y no eres popular no venderás. Si no le caes bien a la gente no venderás…en definitiva todo se reduce a que si no eres bueno promocionando—prostituyendo tu novela— poco importa si lo que escribes es una mierda aceptable o una mierda ya demasiado hedionda; no venderás ni así regales dinero en medio de las páginas»


Se puso de pie sobre el escritorio, era liviano y ágil; sus piernas largas y tonificadas se ceñían elegantemente contra su pantalón de tela y se veían sus costillas a través de la camisa desabotonada. Se preguntó a sí mismo: ¿Con quién rayos hablo? Acaso ya enloquecí…¿será éste el mal del que hablaba Shakespeare; la locura sinónimo del genio creativo? …No, esas son cosas que inventan los escritores de poca monta. No hay ninguna creatividad en este oficio, es como cualquier otro. Me levanto temprano, me preparo un café y me siento a escribir unas seis o cinco horas—luego despego el culo entumecido del asiento caliente, en los días calurosos mi piel se torna pegajosa y levantarme es como despegar una pegatina mientras que en los días de frío los dedos de mis pies se engarrotan y debo frotarlos contra el lomo de mi peludo de mi perro para calentarlos—, tomo un descanso y entonces releo lo que he escrito, si me gusta continuo y si me parece malo lo guardo en el cajón derecho para que madure un poco y revisarlos en unos meses. No hay ninguna ensoñación romántica acerca de ser escritor; los días no son grises momentos plagados de cuitas o de reminiscencias aciagas, ni tampoco se vive esperando a la musa creativa —esa gamberra no existe y si existiese seguramente andaría tras algún idiota con más palabras rebuscadas que talento, seguro así pasó con “Como matar a un ruiseñor”, idiota el único libro que escribió en su vida y ganó el premio nobel…—, no hay tales majaderías, son sólo estúpidos clichés para cautivar a gente idiota…como yo.


De un brinco llego hasta el sillón rojo de imitación de terciopelo que se había encontrado en el basurero. Se dejó caer las nalgas primero y luego alzó las piernas sobre el apoya brazo. Rebusco entre su oreja y sacó un cigarrillo. Metió su mano en su bolsillo y sacó un fósforo.

«Me estoy volviendo cáustico y amargado…y me estoy volviendo viejo para esto de postergar mi vida.»

Sonó el timbre de un mensaje nuevo en el celular. Era un anuncio de trabajo de una empresa.

«Otras de esas porquerías de multinivel», dijo mientras leía el mensaje y soltaba el humo del cigarrillo.

“Oportunidad única de ganar dinero, no necesita experiencia ni titulación ni hoja de vida. Requisitos: ser mayor de edad, no haber tenido pareja en los últimos 2 años y no tener familiares cercanos (preferencia ser extranjero sin papeles o huérfano). Acudir a Marmotas 315 y Rivayuela a la 1:00 pm. Importante: no venir acompañado.”

«Parece la invitación de Drácula…ya no saben cómo captar idiotas. Seguramente ha de ser multinivel, querrán vendernos alguna crema para las hemorroides o para la gonorrea. Quizás sean asesinos…pero ¿qué asesino pondría un anuncio tan misterioso? …Pues seguramente uno idiota y retrasado—es que hasta para ser asesino has de tener cierta inteligencia. No, no es un asesino, ha de ser algún imbécil jugando bromas para ver cuantos otros imbéciles acuden a tal dirección de mierda: “¿Marmotas y Rivayuela?” . Estaría loco si fuese, he ido a cincuenta y ocho entrevistas y la mitad han sido por anuncios como éste; me graduaría de tonto si caigo una vez más en esas mierdas multinivel. Además, tengo mejores cosas que hacer»

Había empezado a llover, pequeñas gotas de agua se filtraban por el techo y recorrían las paredes haciendo a su camino marcas marrones que serpenteaban como venas a través del tapizado de mal gusto que adornaba el cuarto. Una gota le cayó en el pie y otra cayó sobre su cigarrillo que había sido antes una perfecta columna de cenizas. Tenía el extraño talento de nunca dejar caer las cenizas, pero la gota le quitó su racha y sobre el suelo yacía desparramada su otrora perfecta columna de tabaco combustionado.

«Definitivamente iré»


Sacó unos mocasines ocres de debajo del sillón y saltó del sillón. Caminó hasta la cocina para revisar la olla de la comida; vio que había dos alas de pollo y algunas papas fritas.


Tomó una papa frita y tiro el resto sobre el plato del perro. «Disfrútalas». El perro alzó la trompa vagamente sobre su cuello, lanzó un perezoso GUAUF y se desplomó de nuevo.


Desenroscó un frasco de vidrio ahumado de conservas y extrajo tres monedas y un mugroso billete raído.


Recordó una vieja canción “goodbye under the sunshine” y comenzó a silbar su estribillo y luego a tararear la letra.


Se adelantó hasta la puerta y descolgó antes su sombrero y dentro de una solapa extrajo las llaves del Lada destartalado que manejaba y la llave planteada de la casa. Hizo una pausa antes de salir por completo a través de la puerta. No recordaba lo que seguía de la canción.

“let´s say goodbye before the sun dies,

“let´s give love before the time goes...

“let´s …. Let´s not stay here, sunshine never fears…


Cerró la puerta y corrió el seguro, pero antes de entrar a la oscuridad del pasillo anterior a las escaleras de bajada se arrepintió y volvió a insertar la llave plateada en la cerradura; ésta se abrió correosamente después de un sonido chirriante.

Apareció una vez más su cabeza por la puerta de entrada y le dijo a su perro: «Venga mi muerte si no vuelvo». El perro esta vez no se inmutó. Haló un poco la puerta y la dejó semiabierta. «Sólo por estúpida precaución dejaré la puerta así, no quisiera que los vecinos irrumpan a la casa alarmados por tu olor al cabo de unas semanas y encuentren el cadáver obeso de un perro antipático. Al menos en la calle podrás sobrevivir comiendo basura o quizás encuentres otro dueño tan apático como tú».

Su cabeza otra vez se perdió y caminó hasta las escaleras. El perro lo siguió detectando aún en la oscuridad gracias a su olfato. Su aroma bajó por las escaleras hasta el garaje. Se mezcló un poco con el dióxido de carbono del carro y abruptamente su aroma se desvaneció. El perro lanzó un quejido sordo y se dejó caer de nuevo. Sus empañados ojos observaban a un gato que se había metido por la ventana del baño.

Al cabo de un rato se quedó dormido y soñó que era un cachorro perseguido por un periódico gigante, pero antes de que lo alcanzara su dueño aparecía y mordía ferozmente al periódico hasta hacerlo trizas. Soltó un par de quejidos y finalmente parecía aliviado. Pasaron los minutos y por fin el gato se animó a bajar al ras del suelo y robar un ala de pollo. El Lada ya doblaba la esquina en Marmota.

18 de Septiembre de 2019 a las 19:19 0 Reporte Insertar 0
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