Historias de terror y relatos ocuros Seguir historia

unsimpleescritor Un Simple Escritor

Este es un compilado de historias no conectadas entre sí, las cuales tendrán temáticas relacionadas con el terror, suspenso, dramas oscuros, sangre y demás cosas similares. Sin embargo si noto que algunos de estos son especialmente bien recibidos, no descarto la opción de hacer un libro completo basado en ninguno de ellos.


Horror Todo público.

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Historia 1 - El Bulto

Hola, mi nombre es Patricia, y la historia que les estoy por contar me cambió la vida, o más bien la dividió; tal cual la línea histórica se separa en “antes de Cristo” así como “después de Cristo”, mi vida era una antes de “ese” día, y ahora es otra totalmente diferente.

Recordar esto no es algo del agrado de todos, mi familia cree mejor dejarlo en el olvido, incluso mi terapeuta, Kristi, hace lo posible por ayudarme a superarlo, según ella. «¿Haz escuchado de nuevo esas voces, señorita Villanueva? —pregunta en alguna que otra sesión semanal—. ¿Te piden hacer cosas malas?». «¡No, las voces nunca dicen nada! —me gustaría responderle—. Ojalá lo hicieran, así al menos sabría por qué están ahí». Sin embargo, dejo ese tipo de respuestas solo para mí, como pensamientos están bien, de ahí no deben pasar; así Kristi podrá dar un buen informe sobre mí y la familia dejará de tratarme como una cosa rara.

¿Por quién me toman? He visto muchas películas, sé cómo acaban los personajes que, sin prueba alguna, repiten hasta el cansancio una historia demasiado absurda pero cierta. Obviamente nadie les cree, entonces ellos terminan obsesionados o enloqueciendo. Si bien les va, los internan en un psiquiátrico de por vida o, en el peor de los casos, acaban dentro de una caja tres metros bajo tierra.

No, no voy a acabar así, eso téngalo por seguro. Mas por amor a la verdad me veo en la necesidad de preservar, aunque sea en este corto escrito, mi encuentro con esa… “cosa” y soltarlo en la red. Si hay alguien más en el mundo con una experiencia similar, le suplico contacte conmigo por mensaje privado. Me gustaría charlar, y sobre todo saber si alguien encontró la forma de deshacerse de las voces, eso sería genial.

Bueno, basta de rodeos, vamos allá.

Todo comenzó un jueves por la tarde en una cafetería cerca de mi universidad. Estudiaba para el examen de fin de semestre en la carrera de leyes, aunque no estaba haciendo un buen trabajo. Por aquella época, en lugar de ser aplicada, prefería más las fiestas, tomar grandes cantidades de alcohol y uno que otro acostón con algún chico. Entonces, luego de reprobar por segunda vez el mismo parcial, mis padres me advirtieron: «Si vuelves a perder una clase, conseguirás trabajo y pagarás tú tus estudios».

Así que heme ahí, con libros sobre Derecho Romano, Sociología Jurídica así como Teoría del Derecho pero sin entender un carajo sobre ellos. Entonces, en medio de todo el ajetreo, nerviosa y distraída tiré mi vaso de café por accidente.

Hasta la fecha me pregunto qué hubiera pasado si eso nunca hubiera ocurrido.

—¡Ah! ¡Caliente! —exclamó al parecer una mujer.

—¡P-perdón!

Al parecer mi capuchino expreso terminó sobre los vaqueros de una chica de pelo castaño ondulado, piel aceitunada y ojos color miel.

—No te preocupes, fue más el susto. ¿Me pasas algunas servilletas?

—Sí, claro.

Giré para tomar algunas de en medio de todo mi caos de libros, entonces ella dijo:

—¿Tú también estudias en mi facultad?

Cuando le alcancé el puño de servilletas arrugadas, puede prestar la debida atención a su camisa: hecha de polo, blanca, y sobre la parte derecha del pecho tenía el símbolo de mi universidad.

—Tercer semestre —comenté por mera cortesía.

—Primero —contestó ella, sonriente—. Mi nombre es Marisa, Marisa Echeverría, mucho gusto.

—Patricia Villanueva.

Las futuras abogadas, al menos en mis cursos, solían ser rudas, robustas, de mirada intimidante. En cambio, ella con una cara radiante de felicidad, busto grande y cintura delgada, parecía más una alumna de enfermería o gastronomía.

—Vaya, trabajas duro para los exámenes finales. Me agrada ver compañeras tan dedicadas.

—Ojalá fuera de las estudiosas, la verdad solo espero no reprobar.

Marisa dio una pequeña risa para después terminar de limpiar el café sobre muslo.

—Oye, estoy esperando a unos amigos, podría sentarme aquí. Me gustaría echarle un vistazo a las torturas futuras, digo, a las lecturas futuras.

Acepté sin pensarlo demasiado, después de todo le había arrojado un café, aparte, no parecía una mala chica.

Tomó asiento frente a mí. Yo pedí otro capuchino, volvería repasar mis libros, o al menos ese era el plan. No obstante, tras unos minutos con solo ligera música pop de fondo y el bullicio de las personas, comencé a ver a Marisa de reojo; al estudiar, siempre terminaba por distraerme con cualquier cosa, esa vez le tocó a ella ser mi entretenimiento. Tal como dijo, daba vistazos a los libros que yo no estaba usando e incluso podía verle una sonrisa en su rostro de vez en cuando. ¿Quién se reía con esa clase de literatura? Al parecer ella, para mí en cambio, leer tanto texto por centímetro cuadrado en una hoja sin dibujos era una verdadera tortura.

No pasó mucho tiempo para animarme a conversar con ella, honestamente solo quería un descanso de forzar mi cerebro por tanto tiempo. La chica parecía ser una especie de genio o algo por el estilo, terminó con honores su preparatoria pública, también le gustaba hacer deporte por lo cual pudo entrar a mi universidad con una beca de baloncesto. Deportista, bonita, amable, inteligente... en resumidas cuentas una chica perfecta, o lo que es lo mismo, un total opuesto a mí. Yo había egresado a duras penas de mi preparatoria privada y entré a la carrera solo porque mi padre me daría trabajo en su despacho al terminar, no era especialmente bonita, mi más grande atractivo con los chicos era mi capacidad para despilfarrar el dinero de mis padres.

Con cualquier otra mujer, no pasaría mucho antes de odiarla por creerse la gran cosa y tratarla de forma cortante por mis clásicos celos. Pero ella tenía un “algo” en su tono de voz, en su forma de hablar, era tranquila, relajada, daba bastante paz su compañía. Sin darme cuenta dejé los libros de lado, disfruté la plática de cosas mundanas apoyando la cabeza sobre una mano y dándole sorbos lentos al nuevo capuchino. El tiempo transcurrió sin apenas notarlo. Para cuando mi bebida acabó el sol había bajado, entonces, el teléfono de Marisa sonó.

—¿En serio? —dijo con el móvil pegado al oído—. Bueno, es una lastima. Sí, supongo que será para la próxima.

—¿Qué ocurre? —le pregunté ya con familiaridad.

—Mis amigos no podrán venir, al parecer se canceló todo de último minuto.

—Bueno, ¿y ahora qué harás?

—Tomaré un microbús para ir a mi casa. Será una noche tranquila para mí.

—Pff, ¿todavía tomas esas cosas? —le pregunté haciendo un ademán exagerado—. Mejor pide un auto con tu teléfono, es un poco más caro, pero llegas rápido a donde quieras y no tienes que andar apretujada entre un montón de extraños.

Ella me preguntó cómo hacerlo. Impresionada por su ignorancia en cosas tan simples, le ayudé a instalar la aplicación en su celular, entonces alegó no tener tarjeta de crédito, a lo cual propuse de inmediato hacerlo con la mía y compartir el viaje. Quería ir a casa también, aparte, que ella viviera del otro lado de la ciudad parecía el pretexto perfecto para dar un largo paseo. Estaba un poco harta de la vida esa tarde.

Cargue mi mochila, tomé el resto de los libros con las manos y salimos fuera del café. Esperamos unos cuantos minutos hasta ver el carro estacionado una cuadra al lado. Luego de algunas señas el automóvil vino hacia nosotras. No era un vehículo muy vistoso, cuatro puertas, color blanco, nada del otro mundo.

Marisa me ayudó con algunos libros cuando entramos por la puerta de atrás. Recuerdo que mientras nos acomodamos podía escuchar la piel sintética de los asientos rechinar. El olor de esos fuertes perfumes baratos de pino inundaba el lugar.

—Buenas noches —se presentó el conductor—. ¿A dónde las llevo? —era un tipo robusto de mediana edad, traía lentes cuadrados negros, barbado y con una camisa de rayas.

En cuanto Marisa dijo su dirección el hombre comenzó a conducir. Esa noche el tráfico estaba pesado, por lo cual íbamos un poco lento. Para mí era perfecto, así podía mirar con toda tranquilidad por la ventana, uno de mis pasatiempos favoritos cuando iba en automóvil.

—Gracias por ayudarme con esto, en verdad es más cómodo que el microbús.

—También puedes pedirle a estos conductores comida a domicilio, ¿sabes?

—¿¡En serio!?

Nos tardamos como quince minutos en salir del centro. En la autopista poco a poco nos quedamos sin carros alrededor, para cuando llegamos a la colonia de Marisa, apenas si había uno que otro vehículo en las calles. Se trataba de una zona residencial con las casas apretujadas, todas enrejadas y con bastantes árboles. A pesar de la hora podías ver niños jugando en los pequeños parques o gente saliendo de las tiendas de abarrotes. Nunca había ido a esa zona de la ciudad antes, por ello puse especial atención, era un sitio nuevo para conocer.

En un punto, vi una extraña línea sobre el camino. Era gruesa, de tono rojizo oscuro. No recordaba haber visto una señalización como esa jamás, sin embargo, cuando estaba a punto de preguntar por ella, pasamos por un bache. El repentino salto me sacó un susto e hizo que girara la cabeza hacia enfrente.

—Lo siento, no lo he mirado —se disculpó el conductor.

No le presté demasiada importancia a eso, no obstante, cuando volteé de regreso a la ventana levanté las cejas de la impresión. Miré una casa verde, luego un lote baldío seguido de un garaje color crema; esas eran las mismas construcciones en el mismo orden de la calle que acabábamos de pasar.

Por un segundo pensé: «¡Vaya! qué gran coincidencia, dos calles iguales». Pero cuando vi las mismas construcciones por tercera vez, la extrañes cambió por miedo.

—Oiga —dije asomando la cabeza hacia la parte frontal del carro—, al parecer está dando vueltas en círculos.

—No sé qué está pasando —contestó el conductor de inmediato con voz nerviosa—. El GPS tampoco funciona.

—¿Qué quiere decir? —exclamó Marisa preocupada.

El conductor trató de dar vuelta para el lado contrario en el cruce solo para, a los pocos segundos, regresar al punto inicial de la cuadra anterior. Era algo por completo irreal e inexplicable, como una de esas películas viejas donde el fondo siempre se repetía durante las escenas de conducción.

Comenzamos a ir más rápido. Volví a voltear hacia la ventana, el cielo no tenía estrellas; solo el alumbrado público daba un poco de luz a una calle sin persona sobre su cera. Por otro lado, las casas estaban por completo a oscuras.

Tuve la idea de sacar el celular, no tenía cobertura, aparte, los minutos en el reloj de la pantalla de inicio iban a una velocidad anormal, casi parecían segundos. Nada tenía ni una pizca de sentido, y el auto yendo cada vez más rápido me ponía nerviosa tanto a mí como a Marisa.

De repente, el conductor se estacionó para luego comenzar a bajar del automóvil.

—Iré a buscar gente en las casas.

Apenas abrió la puerta pude sentir una corriente de aire helado llegar desde afuera. Tanto Marisa como yo mirábamos con miedo como el tipo caminaba en medio de la calle oscura. Llegó hasta la casa más cercana unos metros al frente, y tocó la puerta con ímpetu. No hubo respuesta. Caminó hacia los lados para tocar desde la ventana, al parecer tampoco funcionó. Entonces lo vi sacar su teléfono para activar el flash, después trató de ver a través del cristal. No duró ni diez segundos con la linterna levantada antes de dejar caer el aparato. Dio un paso hacia atrás con todo su cuerpo temblando, luego, comenzó a correr hacia nosotras.

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó mientras abría la puerta.

—¿Qué pasa? —pregunté espantada.

—¡Viene para acá!

Volteé hacia la casa. Los cristales de la ventana comenzaron a romperse, después el marco completo. Algo comenzó a salir por el hueco del muro. Parecía un bulto: costal negro, grande y flexible.

Iluminado por la luz de los postes parecía avanzar como una especie de gusano hacia la cera. Al verlo, sentí la sangre helada junto a un vuelco en el estómago.

—¡Arranca! ¡Arranca! —gritamos Marisa y yo.

El conductor giró la cabeza con la intención de mirar por el vidrio trasero. Aún recuerdo claramente la expresión de terror en sus ojos verdes y sus labios torcidos producto de la fuerza con la que apretaba los dientes.

Movió la palanca de cambios sin verla siquiera. Avanzamos en reversa a gran velocidad. A la poca distancia el automóvil dio un fuerte derrape para quedar de frente. Era nuestra primera vez en virar hacia atrás por esa calle eterna, y por alguna razón no habíamos notado que al inicio de la cuadra una densa oscuridad no dejaba ver nada más allá, ni siquiera luces de alumbrado público o el resplandor de la ciudad a la distancia.

Miré hacia esa cosa otra vez. Estaba arrastrándose hacia nosotros como si se tratara de una bolsa llena de agua de proporciones colosales.

—¡¡Rápido!! —grité.

El tipo pisó a fondo. Recorrimos la calle en cuestión de segundos hasta entrar en la densa penumbra. Dentro, no podíamos mirar nada a pesar de las luces del auto. El conductor comenzó a ir cada vez más aprisa.

—Sí… ¡Sí! De seguro esto es un sueño —lo escuchaba decir mientras inclinaba su cuerpo sobre el volante.

De un momento a otro, pudimos ver algunas luces al final del túnel. Eso me dio un poco de esperanza, no obstante, cuando nos acercamos pudimos ver la cruda realidad de que habíamos llegado otra vez a la misma calle. Aunque esta vez con esa cosa esperándonos en medio del camino.

El conductor trató de frenar, fue demasiado tarde. Chocamos de lleno contra esa masa gelatinosa y negra. Vi como el parabrisas se manchó de negro en un instante, también, de forma antinatural, todos los demás vidrios del carro fueron cubiertos. Nos sumimos en una oscuridad total, una fracción de segundos después, el carro sufrió una volcadura.

Por esos breves instantes no escuché nada más que los golpes del metal, el vidrio y algo similar al agua; sentí como era arrojada de un lado a otro dentro del vehículo sin poder hacer nada para evitarlo. Luego de un fuerte golpe en la cabeza perdí el conocimiento.

Del tiempo que pasé desmayada no tengo idea, pero vaya si recuerdo la forma en cómo desperté.

—¡Oye! —escuché de repente—, ¡Oye, despierta!

Entreabrí los ojos, tardé un poco en ver con claridad, estaba mareada, sentía caliente la cabeza.

—¿Qué… qué pasó?

—Tranquila todo va a salir bien.

Al despertar por completo llevé una mano a mi brazo izquierdo pues tenía mucho dolor. Una terrible punzada me hizo alejar los dedos de inmediato, aunque también percibí un leve crujir, en ese momento agaché la mirada para después dar un grito ahogado al ver la escena: mi brazo se encontraba contorsionado en un pronunciado arco por completo imposible, mi piel, hinchada, parecía estar a punto de abrirse en cualquier momento a través de sus manchas moradas con rojo oscuro. Era la peor fractura que había visto en toda mi vida.

Miré alrededor, el automóvil se encontraba de cabeza, la luz entraba por agujeros en los vidrios rotos y mis libros estaban regados por todos lados. Yo de alguna forma había terminado atrás de los asientos, recargada sobre el vidrio trasero.

—No te preocupes, te voy a sacar de aquí —me dijo Marisa entre jadeos. Tenía un poco de sangre cubriéndole la frente y parte del cuello.

Mientras me jalaba con cuidado, pude ver al conductor de reojo. Desvié la mirada al instante, pues tenía medio cuerpo fuera de la ventana de su puerta, no podía ver más allá de su cintura debido a ese extraño fluido oscuro, sin embargo, una inmensa mancha de sangre emanado de su torso, llenando su camisa de rayas de rojo. No se me hizo difícil suponer porque Marisa no lo estaba ayudando a él.

Salimos del carro, de forma inevitable nos embarramos un poco de esa fluido oscuro. Aún era de noche y aún nos encontrábamos en esa maldita calle. A duras penas me pude levantar.

—¡¡Ayuda!! —gritó Marisa al aire conmigo recargada sobre uno de sus hombros—. ¡Hay alguien aquí! Por favor, quien sea.

Cuanto más tiempo pasaba, más me dolía el cuerpo, aunque también podía ver con mejor claridad y mi respiración cada vez era más normal. A pesar de sonar contradictoria, me encontraba un poco más tranquila, no sabía si era por estar concentrada en el dolor, la adrenalina, o el hecho de haber arrollado a esa cosa. Pero mi tranquilidad duró poco, porque de repente percibí un ruido desde atrás, parecía como si estuvieran arrastrando algo por el suelo.

Recuerdo que paramos de caminar al tiempo que abrimos los ojos de par en par. El líquido negro sobre nosotras había comenzado a moverse. La sensación fue asquerosa, como tener a muchos gusanos andando por encima de la ropa. Mi corazón latía cada vez más rápido mientras seguía el camino de esas manchas negras junto a Marisa, iban hacia el carro accidentado.

El enorme bulto tomaba forma otra vez a unos metros de nosotras.

Había sentido miedo antes, al igual que cualquier persona, como por ejemplo cuando miré a esa cosa a la distancia desde el vehículo, pero mirarlo tan cerca fue algo demasiado abrumador. Las piernas me temblaban de forma involuntaria, sudaba a pesar del frío, tenía la lengua trabada y un hormigueo helado recorría todo mi cuerpo.

Terminó de formarse en una apariencia ovoide. Como si fuera hecho de agua negra, tenía espasmos, ondas recorriendo su cuerpo, las cuales, por momentos, parecían rostros de personas gritando.

Quería largarme de ese lugar, correr con todas mis fuerzas, más mis pies no me respondían. De un momento a otro, el bulto comenzó a elevarse hacia arriba tal cual el agua de una fuente, su color comenzó a cambiar poco a poco en un rojo encendido; vi unas protuberancias blancas salir de la punta de esa nueva forma, unos segundos después, los gritos llegaron.

—¡¡Aaahh!! —traté de usar mi único brazo bueno para cubrirme un oído. Era inútil, los alaridos estridentes parecían rebotar dentro de mi cabeza acompañados de un pitido, me producían una gran sensación de dolor.

Con el mundo vibrando a mi alrededor, volteé a ver a Marisa, ella también me volteó a ver a mí con sus ojos llorosos. Su cara era una mezcla de sufrimiento, angustia y miedo. Esa fue la última imagen que miré antes de terminar de oír los gritos, antes de ver solo oscuridad.

Había quedado completamente ciega.

Sentí a mi compañera alejarse de mí con un duro jalón. —¡¡¡Ayuda!!! —podía escuchar sus gritos entre el pitido constante en mis oídos, oía todo como si estuviera debajo del agua—. ¡¡¡Aaaaahhhhh!!!

—¿¡¡Marisa, dónde estás!!? —traté de andar con las manos al frente. Ella gritaba horrible, sin parar; su voz se hacía tan aguda y penetrante que parecía difícil creer que le pertenecía a un ser humano. Poco a poco podía escuchar con más claridad, con ello otros sonidos comenzaron a llegar a mí entre los alaridos de la pobre chica: ruidos viscerales junto a tronidos similares a los de las ramas de un árbol al ser quebradas.

De repente, todo quedó en silencio de golpe.

—¿¡¡Marisa!!? —gritaba girando la cabeza para todos lados a pesar de no ver nada.

Fue entre esos gritos desesperados cuando volví a escuchar a algo arrastrándose. Paré de hacer ruido al instante. Solo percibía mi propia respiración forzada entre el sonido continuo que esa cosa hacia al avanzar. ¿Dónde estaba? No sabía, el ruido parecía venir de todos lados: arriba, abajo, izquierda, derecha, me volvía loca.

Pero cuando menos lo pensé, sentí un dolor inmenso en mi pie izquierdo. —¡¡¡Aaaahhh!!! —caí al suelo—. ¡¡¡No, no, no!!! —trate de arrastrarme con un solo brazo, desesperada, llorando. Sea lo que sea que le hizo a Marisa al parecer también lo quería hacer conmigo.

Las punzadas recorrieron desde la punta de mi pie hasta lo último de mi cabeza, no sé cuánto tiempo anduve por el suelo, sin ver nada, clamando por ayuda y rogando por mi vida, pero todo terminó cuando alguien me sujetó por los hombros.

—Oye…

—¡No! ¡¡No!! —grité con voz ronca mientras me retorcía—. ¡Suéltame!

—Tranquila, no te va a pasar nada. Te quiero ayudar.

La imagen llegó lentamente a mis ojos. El sol me encandiló por unos segundos, luego, pude ver la figura de una persona, era una mujer robusta de mediana edad, traía un vestido celeste debajo de un delantal verde. Cargaba una bolsa de plástico con alimentos en su mano.

—¿¡D-dónde, dónde está esa cosa!?

Giré la cabeza de un lado a otro. Estaba en la misma maldita calle y no había rastro del carro accidentado.

—Aquí solo estamos nosotras dos pequeña —dijo la señora, poniendo una cara de tristeza—. Tienes mucha sangre y heridas, llamaremos a una ambulancia de inmediato.

Ella me tomó entre sus brazos con cuidado, entonces no pude evitar empezar a llorar mientras gimoteaba. Seguía temblando, aunque fuera de día, aunque ya no hiciera frío, aunque esa cosa ya no estuviera ahí.

Me dolía el cuerpo, tenía sangre, lágrimas y sudor recorriendo mi rostro, haciéndome más difícil ver a cada segundo.

—Te pasó algo muy malo, ¿verdad? —comentó la señora con voz calma al tiempo que me acariciaba la cabeza—. No te preocupes, te voy a ayudar.

Cuando la ambulancia vino por mí, los paramédicos parecían bastante confundidos, pues aunque no había reportes de incidentes cercanos, estaba en shock, tenía mi pelo rubio teñido con bastante sangre, varias cortadas de vidrio en el rostro así como hombros, un brazo roto, algunas costillas astilladas, golpes por todo el cuerpo y el dedo meñique de mi pie izquierdo cercenado.

En el hospital mis padres no tardaron en llegar. Mi hermana corrió a abrazarme apenas entró al cuarto. Mis padres por su parte, preocupados como nunca antes, comenzaron a preguntar un montón de cosas, sobre todo mi madre la cual no para de llorar al ver mi estado tan demacrado.

Había desaparecido por tres días.

La primera persona a la cual le compartí esta historia con lujo de detalles, fue al perito de la policía. Obviamente no me creyó, en lugar de eso comentó algo acerca de sufrir un trauma tan severo como para tener alucinaciones. Las investigaciones de esa noche revelaron que la última vez en la cual captaron a aquel carro blanco, ocurrió por medio de una cámara de seguridad ubicada en una gasolinera. Me hicieron verla, la imagen era pixelada pero ahí estábamos los tres, yendo en la autopista hacia la colonia de Marisa, sin tener idea acerca de nuestro horrible destino.

El resto es fácil de contar, con solo mi testimonio y ninguna pista del paradero del automóvil junto a los otros dos tripulantes, la investigación quedó inconclusa. Fue un verdadero misterio para todos, algo completamente inexplicable. A petición de mi padre esta historia nunca se hizo pública.

Aunque conocí por muy poco tiempo a Marisa no parecía mala chica, su madre me rogó de rodillas en una ocasión que si tenía alguna pista sobre su paradero, lo que fuera, lo dijera a la policía, y Alex, como me dijeron que tenía por nombre el conductor, al parecer era padre de familia.

Perdí ese año en la universidad por supuesto, y el año siguiente y el siguiente también. Fui a terapias, estuve en un centro con muchos medicamentos. El miedo que le tengo a la oscuridad aún no se me va del todo hasta la fecha.

No sé por qué esa cosa solo me dejó vivir a mí o qué pasó exactamente esa noche, sobretodo porque de los tres, considero que yo era la menos merecedora de conservar la vida. Este año sin embargo he decidido recuperarme, voy a entrar a la universidad otra vez, me graduaré y viviré una vida normal; no quiero ser como ese personaje de películas de terror loco en un cuarto con paredes acolchonadas, no más.

Quiero dejar esa cosa horrible en el pasado. No obstante, hay algo impidiéndome superarlo del todo. Me pasa a veces, con los años ha sido menos, pero nunca ha parado: cuando estoy caminando por la calle, cuando duermo, cuando me encuentro en la casa con mi familia, a veces incluso en la terapia con Kristi puedo escuchar el horrible mar de gritos de esa espantosa criatura, tal cual como en aquella noche cuando perforó hasta lo más profundo de mis pensamientos. Las voces no piden nada, no dicen nada, solo gritan, gritan sin parar.
Y entre todas esas voces puedo escuchar a Marisa gritar también.

Fin

18 de Septiembre de 2019 a las 01:22 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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