Los perturbadores mensajes de mi hermana Seguir historia

juliomarkov Julio Markov

El reencuentro con su hermana mayor desata sus deseos prohibidos. Y una serie de inquietantes mensajes en su celular llevarán el morbo al extremo. ADVERTENCIA: la historia contiene incesto y lenguaje sexual explícito.


Erótico Sólo para mayores de 21 (adultos).

#morbo #cornudo #infiel #infidelidad #hermano #hermana #incesto #cuernos
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Los perturbadores mensajes de mi hermana

Faltaba menos de un kilómetro para llegar a la estación. Aquel incómodo estremecimiento que había comenzado en la mitad del viaje y que rápidamente había llegado a tomar todo mi cuerpo, ya conjeturado como manifiesto síntoma de ansiedad por el reencuentro, me hizo sentir el hombre más feliz del mundo.


Habían transcurrido dos años desde mi última visita. En ese tiempo, pocas veces habíamos consolado nuestra distancia a través de comunicaciones virtuales, un poco por culpa de nuestras demandantes actividades y otro poco por la escasa afinidad de Valeria a las cuestiones tecnológicas. Vale es acérrima defensora del contacto real: contante y sonante. Y era cuestión de minutos para que el esperado contacto se materializara.


El tren por fin se detuvo. Apenas puse un pie en el andén, levanté mi cabeza y los vi; me dirigí hacia ellos con paso urgente; mi equipaje me persiguió dando saltos desordenados. Las ávidas rueditas de la pesada maleta rebotaban una y otra vez contra el suelo al mismo tiempo que una amplia sonrisa se iba dibujando en mi rostro. Allí estaba mi risueña hermana junto a su esposo Ernesto. Delante de la pareja, justo en medio de los dos, se encontraba el pequeño Francisco: ya todo un hombrecito de tres años y medio. Era imposible que el chiquillo pudiera recordarme. Seguramente me observaría con la gélida timidez con la que suele observar un niño a un desconocido con pretensiones de tío simpático.


Sólo había que verlos… parecían una postal de la familia perfecta. Los amé en ese momento más que nunca. La conmovedora reunión estalló al influjo de besos emocionados y abrazos interminables.


Agotada la euforia inicial, emprendimos el viaje en auto rumbo al reducto familiar. En poco más de veinte minutos llegamos al privilegiado barrio privado en donde se alza la bonita casa de dos plantas que me albergaría como huésped de honor durante una semana.


Después de desempacar y terminar de establecerme en una de las habitaciones del piso superior, me reuní con la familia en la sala principal para brindar por el reencuentro. Allí referimos historias del pasado, hablamos de nuestro presente y también de nuestro futuro –el pequeño Francisco–. Con cierto dejo de nostalgia, mi cuñado contó –como ya lo había hecho en otras oportunidades– las vicisitudes laborales que lo habían obligado a mudarse lejos de su querencia y destacó el hecho de que mi hermana lo acompañara sin objeciones, apoyándolo en todo momento como devota y abnegada esposa, incluso teniendo que abandonar la cómoda estabilidad de su trabajo para luchar contra la incertidumbre que significaba conseguir un empleo nuevo en una nueva ciudad.


Puedo decir que este hecho describe mejor que nada la naturaleza de Vale: la persona más hermosa del universo; constantemente preocupada por el bienestar de los demás; siempre con esa mirada tierna; con esa proverbial dulzura capaz de reblandecer al ser más áspero.


Como buena hermana mayor, siempre ha sido protectora y condescendiente con su único hermanito, y esa vez no fue la excepción: desde que puse un pie en su casa, en todo momento estuvo pendiente de que no me faltara nada; incluso hizo efectiva parte de su licencia vacacional para que pudiéramos estar juntos la mayor parte del tiempo.


Yo esperaba una semana de ensueño junto a mis seres más queridos; una semana de disfrute máximo, totalmente despreocupado del mundo, y no aquellos perturbadores sucesos, a los cuales me voy a referir sin más dilación.


Al día siguiente a mi arribo, estaba jugando con mi sobrino en la espaciosa sala principal de la casa cuando vi bajar a Vale con atuendo deportivo. Me enteré allí de sus flamantes sesiones de yoga. Muy dulcemente –fiel a su estilo– me preguntó si me molestaba que practicara en la sala y yo le contesté afirmativamente con una sonrisa irónica. Luego le dije que practicara tranquila, como si estuviera sola, pues con Francisquito nos encontrábamos felizmente ocupados. Pero lo cierto fue que esa primera sesión despertó en mí un demonio que había estado dormido durante años. Despertó de súbito, desenfrenado, incontenible.


Mi hermana lucía radiante. La musculosa ajustada y las apretadas calzas deportivas hacían patente su exquisita figura: inmejorablemente estilizada. Casi me había olvidado de su esplendoroso cuerpo. El amor fraternal, que se había exacerbado con la distancia, había desdibujado en mi mente esas curvas turgentes, a las que tanto había homenajeado –no sin sentimiento de culpa– durante mi adolescencia y por el que tanto hostigamiento había recibido por parte de mis lúbricos amigos.


La actividad lúdica con mi sobrino pasó a un segundo plano. La hipnótica cadencia de los sensuales movimientos de mi hermana logró acaparar toda mi atención al instante. Súbitamente, mis ojos abandonaron el candor de hermano y se convirtieron en los de una bestia rabiosa de deseo; en un solo pestañeo hicieron desaparecer la presencia inocua de mi dulce Vale para revelar a la otra Vale: la hembra increíblemente voluptuosa, la mujer con rostro de ángel, espíritu inocente y cuerpazo de puta. En un claro gesto de represión, mis dientes mordieron mis labios al punto de casi hacerlos sangrar.


Los siguientes días sólo aumentaron mi apetito prohibido. En cada oportunidad que tenía examinaba el culo de mi hermana en forma rigurosa: concluí que era perfecto. Sin importar cuál fuera el vestuario escogido, sus férreas nalgas sobresalían ostensiblemente y se bamboleaban a cada paso como convidando: daban ganas de morderlas. Pronto advertí que no podía dejar de desear a mi propia hermana, y pronto confirmé que no podía dejar de masturbarme pensando en ella.


Me excitaba en extremo fantasear con que detrás de aquella angelical fachada se escondía una verdadera ninfómana. Imaginaba una escena en donde mi cuñado no daba la talla y era yo el que debía intervenir para calmar la fiebre de su mujer. Mis visitas al baño se hicieron más frecuentes y mis descargas de semen cada vez más abundantes.


Al quinto día ya podía declararme adicto al culo de Vale. Me era imposible no mirárselo. Cada vez que ella se paseaba delante de mí, mis ojos se clavaban en sus nalgas de manera automática, aun en presencia de mi cuñado. Para no despertar sospechas, mi cerebro mantenía activado todo un sistema de alertas que me proporcionaban el decoro necesario para que mi obsesivo acecho no quedara en evidencia.


El morbo que me provocaba calentarme tanto observando a mi hermana se sumaba al de hacerlo ante los ojos de su marido, y al secreto orgullo que me producía la discreción de mis inspecciones. Estaba convencido de que éstas eran indetectables. Quizá fue por esto que esa tarde, al despertar de mi siesta, aquellos primeros mensajes encendieron en la pantalla de mi teléfono una luz de terror que casi me provoca un desmayo:


“¿Te gusta mi cola, pendejo?”

“Me la vas a gastar de tanto mirármela”


Mis ojos se desorbitaron frente a la pantalla de mi celular. Una sudoración fría brotó de los poros de mi piel y aquel temblequeo que me había invadido en el tren volvió más fuerte y despiadado. Completamente envuelto por una vertiginosa cerrazón, volví a leer los mensajes. Y a releerlos. Pero mi asombro no cesaba. Mi corazón galopaba como potro desbocado. ¿Sería posible que me hubiera descubierto?


Revisé varias veces mi teléfono: pensé que podía tratarse de una broma o un error. El estilo de putita soberbia que imperaba en los mensajes me dio la esperanza de haberme equivocado al agendar el contacto: quizá le había asignado el nombre de Vale al número de algún amigo bromista o de alguna vulgar compañía de ocasión. Para mi desazón, comprobé que el número era el correcto –o quizá deba decir el incorrecto–: no había duda de que los mensajes provenían del celular de mi hermana.


No respondí. Me quedé encerrado en mi habitación, inmóvil, aterrorizado. Pasaron horas. Se hizo de noche y yo sólo pensaba en cómo pedir disculpas. En esa tesitura, logré esbozar un breve discurso que ensayé más de diez veces. Cerca de las 21 recibí otro mensaje de Vale; éste era más largo y aún más perturbador que los anteriores:


“Bajá a cenar, pendejo. Me puse una calcita que me marca bien la cola, parece que me va a explotar, jajaja. Quiero que me la mires todita. No sabés cómo me pone que me recontra mires la cola delante de Ernesto. Me hace sentir bien yegua”


Esta vez mi estupor fue más grande, tan grande cómo la erección que experimenté de inmediato; aunque aún más grande fue el desconcierto que casi le provocó un cortocircuito a mi cerebro. Esa no era la Vale que yo conocía. No parecía mi dulce y circunspecta hermana la que escribía esos mensajes. Ella no usaría ese lenguaje tan soez. La que escribía esos mensajes tenía que ser una verdadera zorra, igual a la que imaginaba en mis más recientes fantasías.


La mórbida excitación que me causó descubrir a la trola escondida dentro de mi cándida hermana hizo que me masturbara en forma vehemente, olvidando por completo la preocupación por haber sido descubierto. Al terminar, sin embargo, mientras limpiaba el gran caudal de semen que había derramado, la preocupación volvió, acompañada de todos los pruritos morales posibles.


Bajé la escalera lentamente y me apersoné en la cocina con actitud temerosa. Ernesto y el pequeño Francisco estaban sentados en uno de los lados de la mesa. Mi cuñado me recibió con un caluroso gesto de bienvenida y me invitó a sentarme junto a ellos. Este hecho me causó cierto alivio. Mientras me sentaba con amedrentada disposición –propio de quien se siente culpable– pude ver el teléfono de mi hermana sobre un mueble a unos pocos metros de la mesa. Me aterrorizó pensar que mi cuñado podía llegar a leer los improcedentes mensajes.


Luego mis ojos se detuvieron en Vale. Estaba parada de espaldas a nosotros –de frente a la mesada– dándole el toque final a su actividad culinaria. Llevaba puesta una calza que le quedaba reventando. Sus glúteos se erguían bajo la forma de dos grandes bolas macizas, perfectamente redondas, que desafiaban la resistencia del material de confección de la prenda. Nunca le había visto una calza tan ajustada. Realmente parecía que le iba a explotar, como bien me había anunciado ella misma en su atrevido mensaje. Un trabajo de reojo intermitente me permitió contemplarla como ella quería sin dejar de escudriñar a mi cuñado.


Durante la cena me mantuve en silencio: absorto. Por suerte mi cuñado se encargó de animar la velada con múltiples anécdotas que disimularon mi letargo. Hoy no podría repetir yo ni media historia referida por Ernesto durante esa cena; recuerdo que le sonreía de vez en cuando y asentía con mi cabeza para que no se notara que ésta estaba en otro lugar. En algún momento me pareció que Vale me miraba con gesto cómplice, pero no estaba seguro que no fuera producto de mi predispuesta imaginación.


Luego de la cena acusé cansancio y me retiré a mi habitación lo más rápido que pude. Cerca de la medianoche la pantalla de mi celular volvió a iluminarse:


“Te gustó mi nueva calza?”


Quedé congelado nuevamente. Mi respiración se agitó durante unos segundos y luego se interrumpió otros tantos. Dos minutos después llegó un nuevo mensaje:


“No me vas a contestar, hermanito?”


¿Qué debía hacer? ¿Seguirle el juego? Ganas no me faltaban, sin embargo opté por la evasión:


“Hola Vale, perdón que no te contesté, la verdad es que tus mensajes me tomaron por sorpresa”


Ella me respondió rápidamente –y sin vueltas– antes de que yo pudiera pergeñar mi segundo mensaje de fuga:


“Te puse la pija como caballo, verdad pendejo?”

“Jajaja”


Y había acertado. Si el culo de mi hermana me ponía a mil, y sus inesperados mensajes me habían puesto a cien mil, su jerga extremadamente soez me puso a un millón. Hirviendo de calentura, mis trémulos pulgares se rebelaron contra mi mente evasiva y se atrevieron a mandar el siguiente texto:


“Tenés una cola impresionante, Vale”


Cuando tomé consciencia de lo que había hecho ya no había vuelta atrás. Así que, con suma ansiedad y tiritando de calentura, esperé su respuesta; ésta llegó enseguida y con tono altivo:


“Ya lo sé, jajaja”


Inmediatamente después me llegó la siguiente ráfaga de mensajes:


“En el baño te deje colgada la tanguita que tenía puesta. Quiero que te la imagines toda metidita en mi cola y te mates a pajas”

“Te la podés quedar: es mi regalito para vos”

“Andá ya, antes de que la vea Ernesto”


¡Qué pedazo de puta! Sin perder un segundo salí corriendo de mi habitación y me dirigí hacia el baño. Al llegar advertí con horror que mi cuñado me había ganado de mano. Estaba a punto de entrar. Le lancé un grito desesperado. Él se detuvo, volvió su rostro y me miró perplejo. Entonces le improvisé un breve discurso acerca de alguna urgencia fisiológica que me aquejaba –no era del todo mentira– y le pedí por favor que me cediera su turno. Él, como buen anfitrión, accedió gustoso y yo entré al baño casi corriendo mientras le agradecía el gesto de solidaridad. Una vez que estuve adentro, tranqué la puerta y comencé la inspección.


Y allí estaba, colgando del grifo de la ducha. Era una diminuta tanga lila de encaje. Por delante estaba adornada con sensuales detalles sobre fondo transparente; por detrás era tan sólo un exiguo triangulito que se unía con la parte delantera con un hilo casi imperceptible. Lentamente la tomé entre mis manos al mismo tiempo que me la imaginaba enterrada en la cola de Vale.


Después la acerqué a mi nariz: tenía un aroma delicioso. A continuación, la hice colgar de mi palpitante miembro y allí quedó: izada en símbolo de la rijosa y memorable liturgia que mi mano estaba a punto de iniciar. Y fue tan memorable como breve: estaba tan caliente que sólo necesité de unas cuantas jaladas para provocar una explosión de espeso y blanco semen tras la cual mi deseo prohibido quedó esparcido por todo el piso y salpicó paredes, lavabo, inodoro, cortina... ¡Uff!


Cuando salí del baño volví a encontrarme con Ernesto, que esperaba su turno dando un impaciente paseo por el amplio corredor que comunicaba las habitaciones. Me preguntó si me encontraba bien; le respondí con mi pulgar hacia arriba y seguí el camino hacia mi habitación. Una vez allí, me tiré en la cama y metí mi mano por debajo de mi pantalón para rescatar la tanga que todavía se encontraba enroscada en mi pene. La observé nuevamente, la estudié en forma minuciosa, volví a olerla, la restregué por mi rostro, la atesoré como jamás lo había hecho antes con ningún otro objeto material.

Instantes después reaparecieron los mensajes:


“Te gustó mi tanguita, pendejo?”

“Es bien chiquitita, viste?”

“Te gustaría ver cómo me queda?”


Respondí rápido y confiado, mitad por la tranquilidad de saber que mi cuñado no estaba en ese momento en su habitación y mitad porque ya me había abandonado enteramente a los designios de la incestuosa lujuria:


“Me encantó, Vale, me gustaría mucho vértela puesta. No sabés qué paja que me hice…”


Su repuesta llegó al instante:


“Mmm… me la llenaste de lechita?”


Todavía me costaba creer que mi hermana fuera tan zorra; pero cómo me calentaba. Mi pene ya estaba nuevamente erguido como mástil de hierro y la pequeña braguita ya había vuelto a flamear en él.


Justo cuando iba a responder en el mismo tono indecente en el cual estaba inmersa la conversación, oí en chirriante sonido de la puerta del baño. Entonces decidí cambiar el mensaje que tenía previsto por otro de advertencia:


“Cuidado, Ernesto va para ahí!”


Recibí un lacónico “Ok” y ya no volvimos a intercambiar mensajes esa noche.


El sexto día amanecí en llamas; temblando de exaltación. Apenas abrí los ojos, mi mano trémula buscó mi teléfono a gran velocidad y, con aparente autonomía, me obligó a releer los mensajes de Vale; luego tomó la tanga y me obligó a olfatearla nuevamente. Finalmente procedió con un inevitable ordeñe matinal que no logró apagar del todo el fuego en mis adentros. Sólo después de una ducha bien fría pude afrontar con dignidad la salida familiar que teníamos planificada para esa jornada.


Salimos luego del desayuno. La mañana transcurrió entre visitas a interesantes lugares turísticos de la ciudad y culminó con el almuerzo en un bonito restaurante; por la tarde dominaron los divertidos paseos en el parque. En todo momento Vale se dirigió a mí de forma dulce e inocente, como la Vale que yo conocía, tan diferente a la otra, a la nueva, a la putona. Era increíble cómo podía ser tan puta cuando me enviaba esos sucios mensajes al celular y tan candorosa cuando me trataba en persona. Era inconcebible que primero me regalara una de sus tangas para que me pajeara hasta morir y luego me mirara a los ojos como si fuera la más inmaculada de todas las hermanas mayores.


Había dos posibilidades: la primera era que una personalidad alternativa (trastorno de identidad disociativo creo que le dicen) tomara el control de su mente en ciertos momentos. Su lascivo comportamiento podría ser una forma de liberar sus deseos reprimidos; esos que bien podrían emerger desde el interior de una esposa y madre aburrida de su honorable cotidianeidad. O quizá, sencillamente, se había vuelto puta muy a consciencia. ¿Estaría fingiendo ingenuidad delante de su esposo para que éste no advirtiera lo zorra que era? En cualquier caso, estábamos ante una mente verdaderamente siniestra. En cuanto a mí, me costaba sostenerle la mirada y traté de evitarla en todo momento.


Pasé toda la toda la tarde disfrutando de mi sobrino y eso me sirvió para despejar un poco mi agobio. Ver al pequeño Francisco corriendo en el parque, desbordante de inocente alegría, logró despojarme momentáneamente de mis pensamientos infernales. Sin embargo, yo sabía que los demonios ejecutores de mis dulces tormentos sólo estaban descansando; que pronto retornarían, y con más furia que antes.


Volvimos al caer la tarde y nos aprontamos para una cena especial: mi última cena en familia. Durante la velada, Ernesto mencionó el episodio de la noche anterior en la puerta del baño y el asombro que le causó mi reacción desesperada ante una urgencia fisiológica.


Miré a Vale por el rabillo del ojo y me pareció detectar una sonrisa maliciosa en su hermoso rostro. Intenté cambiar de tema rápidamente, pero mi cuñado insistió: aseguró que era cosa de familia pues a su dulce esposa solía ocurrirle lo mismo en algunas ocasiones. Finalizó su comentario con una carcajada.


En ese momento me atreví a mirar a mi hermana a los ojos por primera vez en todo el día. Ella me devolvió la mirada y me hizo un gesto de pucherito, inclinando levemente su cabeza hacia un costado y transformando su boca en una sensual trompita. Esto me calentó sobremanera.


Más tarde, cuando ya todos nos habíamos retirado a nuestras habitaciones, los demonios retornaron:


“Te gustó mi pucherito de trola, bb?

“Apuesto que sí… jajaja”

“Cuántas pajas llevás con mi tanga?”


No puedo decir que no esperaba sus mensajes. No sólo los esperaba, sino que los deseaba. Respondí sin vacilar:


“Me encantó tu trompita sexy, hermanita. Y desde que me regalaste la tanguita no he parado de pajearme imaginándome cómo te queda”


Como era previsible, ella fue un poco más allá:


“Mmm… qué lindooo!... En quince minutos asomate a la puerta de mi cuarto, bb. Quiero que me veas cogiendo con Ernesto. Voy a estar pensando en vos”


Era increíble. ¡Quería que la espiara mientras tenía sexo con su marido… pensando en mí! El morbo había escalado a nivel leyenda. Conté hasta 900 y me dirigí hacia el lugar de la cita. Lo hice con extremo sigilo. La puerta de la habitación estaba entreabierta –calculé que ella había tomado la precaución de dejarla así para facilitarme las cosas–, y aunque la abertura no era del todo generosa como para permitirme ver con claridad lo que ocurría en la pieza, los sonidos provenientes del interior me dieron ostensibles señales de acción. Empujé lentamente la puerta hasta dejar una hendidura lo suficientemente pequeña como para no ser detectado pero lo suficientemente grande como para poder observar lo que estaba ocurriendo en el lecho matrimonial.


Vale estaba desnuda sobre la cama; en cuatro. Mis ojos la contemplaron enteramente y confirmaron que estaban ante la hembra más hermosa y sensual que yo había visto en mi vida: un verdadero homenaje a la perfección. Mi afortunado cuñado, arrodillado detrás de ella, la embestía con ganas. Ella, con los ojos cerrados y bien aferrada al respaldo de la cama, arremetía hacía atrás haciendo que su humanidad se devorara con desesperación al pequeño pene de su marido. Pensé que los resquicios más recónditos de aquella espectacular hembra merecían un antagonista que estuviera a la altura, y no la miseria que le ofrecía mi microfalosómico cuñado. No obstante, ella parecía disfrutar.


Allí estaba la putita de mi hermana en acción. Una hermosura. Su piel lucía suave, tersa, resplandeciente. Afiné mi oído y pude escuchar sus silentes jadeos, al igual que el chapoteo rítmico del choque genital. Recuerdo claramente el momento en que mi cuñado la tomó del pelo y se lo jaló con fuerza hacía atrás. Vale quedó con su rostro ligeramente apuntando hacia arriba producto del tirón. En esa posición, abrió su boca e hizo emerger una larga y rosada lengua, con la que primero ejecutó unos lujuriosos serpenteos al aire y luego se relamió varias veces sus gruesos y colorados labios.


Me calenté tanto que salí disparado por el corredor; lo hice al mismo tiempo que Ernesto anunciaba su culminación entre discretos gimoteos. Corriendo en puntas de pie, me dirigí velozmente hasta mi habitación, cerré la puerta y reiteré mi acostumbrado ritual.

Rato después la perra volvió a escribirme, tras lo cual se suscitó el intercambio de mensajes que trascribo a continuación:


Vale: “Me espiaste, pendejo?”


Yo: “Por supuesto, hermanita. No sabés cómo me pusiste. Sos bien perra, cogés como una puta! Pensaste en mí?”


Vale: “Obvio, bb!!! Cerré mis ojos y pensé en vos todo el tiempo. Ayer soñé que estábamos desayunando y de pronto vos me agarrabas de los pelos, me ponías boca abajo sobre la mesa, me bajabas la calza, me arrancabas la tanga y me metías la pija en la cola delante de mi marido. Qué culeada que me dabas, por favoor! Por suerte Fran no aparecía en el sueño, si no nunca te hubieras animado, jiji”


Yo: “Por Dios, Vale, qué lindo sueño! Qué morbo!! Y qué hacía tu marido?”


Vale: “Al ver que yo empezaba a gozar como una yegua quedaba como pasmado. Entonces vos le decías: ‘lo siento cuñadito pero el culazo de tu mujer necesita una pija de verdad’. Luego yo le decía: ‘mirá y aprendé cómo se satisface a una hembra, boludo’, allí él sacaba su pijita y se pajeaba mirando cómo me hacías el orto, jiji”


Yo: “OMG!!! De verdad te gustaría que te diera unos cuantos pijazos en la cola en frente de tu marido, nena?”


Vale: “Me encantaría, bebé. No hay nada que me caliente más. Quiero ser tu putita y que él lo sepa, que sea su castigo por dejarme con ganas”


Yo: “Se quedó con muchas ganas mi putita?”


Vale: “Tu putita está que arde... Mandame una fotito de tu pija, porfi!!!”


¡Era el colmo! ¡Cada vez estaba más puta! Me encantó. Sin pensarlo demasiado encendí la cámara de mi cel y tomé varias fotos de mi enfierrada herramienta. Luego la observé en las imágenes y no pude evitar sentirme orgulloso: lucía enorme y poderosa, erguida como un obelisco y surcada por gruesas venas; hinchada a punto de explotar. Envié mis fotos y la conversación prosiguió:


Vale: “Qué pedazo de pija que tenés, pendejo hijo de puta! Igual que en mi sueño. Me mojé todita!!”


Yo: “Te gusta, bebé? Cuando quieras es tuya”


Vale: “Mmm… te gustaría que me tragara toda tu lechita?”


Yo: “Me encantaría, puta hermosa… te embadurnaría de leche de pies a cabeza”


Vale: “Ay, nene, qué chanchito que sos. Me gusta. Me hacés sentir muy putita!”


Tras ese último mensaje me llegó otro con una imagen adjunta. Era un primerísimo plano de esa cola preciosa, musa de todas mis pajas:


“Quiero que te pajees con mi culazo y me mandes fotitos, amor. Quiero ver tu lechita derramada en mi honor”


De más está decir que accedí a su pedido; y en tiempo record. La imaginé con el culito para arriba posando para la asselfie mientras su marido dormía a su lado y no pude hacer otra cosa más que sacudirme por enésima vez. No habrían pasado dos minutos cuando ya le estaba enviando las fotos de mi caudalosa acabada, de mi pene chorreante y de su bombachita lila bañada en semen. Su respuesta fue inmediata:


“Mmm… qué delicia, amor! Quiero ese vergón en mi cola. Quiero tu lechita en mi pecho y en mi boquita”


Urgente tomé mi celular y, con firme decisión, tipeé el siguiente texto:


“Vení a mi habitación ahora! Esta noche te voy a romper el orto, hermanita!!”


Pero no lo envié. Me acobardé a último momento: mi dedo pulgar repiqueteó a gran velocidad sobre la tecla de retroceso hasta no dejar ninguna huella del mensaje. Diez segundos más tarde lo escribí nuevamente y nuevamente lo borré. Estaba desesperado y confuso y demasiado excitado. Quería cogerme a mi hermana sin más demoras, pero no me animaba a dar el paso adelante hacia el abismo. Para colmo escuché pasos en el corredor y creí reconocer en ellos el andar de Ernesto. Este hecho dio impulso a mi definitivo paso hacia atrás.


Me fue imposible conciliar el sueño en mi última noche entre esas cuatro paredes: blanca prisión para mi lujuria. Sólo pensaba en cómo hacer para estar un rato a solas con Vale antes de mi inminente partida. ¿Y si no volvía a verla por otros dos años? Debía buscar la forma de deshacerme de mi cuñado.


A la mañana siguiente me levanté cansado, ojeroso, con los ojos inyectados en sangre producto del mal dormir. Con mi libido implorante bajé a desayunar. Vale estaba en la cocina con mi sobrino y –por supuesto– mi cuñado. Cuando lo vi tuve la triste certeza de que retornaría a casa sin lograr mi cometido.


Partimos cerca del mediodía. Casi no hablé de camino a la estación. Aunque mi silencio bien se podría haber interpretado como típica tristeza de fin de vacaciones, me figuré que Vale sospechaba que mi desconsuelo era en realidad pura resignación. Ella lucía sonriente, radiante, como de costumbre.


Y el momento de la despedida llegó. Luego de un eterno agradecimiento a mi cuñado, me encargué de llenar de besos y mimos al pequeño Francisquito. Guardé el último de mis abrazos para Vale. Ella lo retribuyó con efusividad: se la notaba completamente emocionada. La ternura de su abrazo dejó en evidencia, una vez más, aquel intrigante contraste entre ángel y demonio que aturdía mi mente. Ante esa dualidad, me hubiera encantado conocer en persona al ser demoníaco que me había vuelto loco de calentura con sus mensajes obscenos y sus atrevidos regalos, pero solamente en nuestro escondite secreto y virtual habíamos podido dar rienda suelta a nuestra pasión prohibida; fuera de él, la fastidiosa ubicuidad de mi cuñado había resultado un verdadero obstáculo para nuestros impúdicos propósitos. Yo estaba convencido de que ese era el único sostén de la fraudulenta fachada angelical de mi hermana, de sus aparentes alas blancas.


Pero no quería partir sin despedirme de mi otra hermana: la indecente, la puta incestuosa que me había provocado en las narices mismas de su marido; y precisamente así era como iba a despedirme de la zorra: delante los mismísimos ojos de Ernesto. Entonces tomé mi celular y le envié el siguiente mensaje:


“Adiós putita hermosa, voy a volver a visitarte pronto y te voy a dar la culeada de tu vida. Pensá en cómo deshacerte del cornudo de tu marido”


Luego la observé con ansiosa curiosidad: quería ver a la puta solapada rompiendo su puritana coraza exterior y escribiendo la concupiscente respuesta; pero ella no tomó su teléfono. Su omisión no me sorprendió; después de todo, era lógico que lo tuviera en modo silencioso. Ya tendría tiempo para responderme más tarde, cuando estuviera fuera del rango visual de su inoportuno esposo.


Instantes antes de abordar el tren, rubriqué mi despedida con una última ronda de ceremoniales saludos. Allí me fundí en un último abrazo con mi querida Vale, lo que me sirvió de excusa para apartarla unos metros de su marido y susurrarle al oído:


–Te envié un mensaje.


Ella me miró algo sorprendida:


–¿Un mensaje? –me dijo.


Yo asentí con mi cabeza en forma temerosa, como presintiendo algo terrible. Ella me contestó con una blanca sonrisa:


–¡Ah!… Ernesto tiene mi cel...


Tras decirme esto, le pidió con urgencia el teléfono a su esposo. Éste caminó unos pasos y se lo entregó –no tuve el valor para mirarlo a los ojos, aunque su actitud indiferente me hizo suponer que no había visto el mensaje–. Completamente congelado, observé cómo mi hermana chequeaba la bandeja de entrada de su cel. Fueron unos segundos eternos hasta que ella volvió a hablarme con tono risueño, alternando su mirada entre la pantalla del celular, su marido y yo:


–Últimamente lo usa más que yo; lo tiene casi todo el tiempo. Yo le pregunto si es para controlarme; si tiene miedo que le mande mensajitos a algún amante, jaja. Pero, si es por mí, se lo regalo. Ya sabés de mi aversión a estos aparatitos, jiji.

Mmm… no tengo mensajes nuevos –me comentó luego, extrañada– quizá te equivocaste de contacto. ¿Qué me querías decir? Todavía estás acá, podés decírmelo personalmente –me dijo sonriendo.


Entonces giré lentamente mi cabeza hasta hacer contacto visual con Ernesto. Sus ojos me estaban esperando y, cuando se cruzaron con los míos, una sonrisa diabólica se dibujó en su rostro. Unos dientes que parecían afilados colmillos relucieron en la oscura claridad del mediodía. Yo, con unos ojos enormes que terminaban de comprenderlo todo, volví a mirar a mi hermana y le respondí con voz apagada:


–Nada importante… bobadas.


Completamente aturdido, agaché mi cabeza y corrí por el andén hasta la puerta de abordaje al tren. Una semana antes mi maleta me había perseguido a los saltos hasta recibir el cálido cobijo de mi familia, y en ese momento lo hacía en dirección opuesta, en busca del cobijo de una fría máquina de metal.

Por fin respiré aliviado: en cuestión de minutos estaría huyendo de aquel infierno a 250 kilómetros por hora. Sin mirar atrás.


16 de Septiembre de 2019 a las 02:35 0 Reporte Insertar 2
Fin

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