Kali Seguir historia

rubbersoul E. Guerra Maya

Dos extraños conocidos se encuentran.


Cuento No para niños menores de 13.
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9:34 am

Una resaca de vino barato, insomnio y malas decisiones me tenía noqueado en una banca del parque cuando una sombra eclipsó la poca luz que se filtraba por mis parpados cerrados y lentes de sol.

—¿Eres un policía? —Comencé a balbucear sin ánimos de abrir los ojos—. Seguramente ya lo discutimos. Esto es un lugar público. Tengo derecho a recostarme en esta banca oxidada. Además, ahora estoy limpio. No he bebido desde hace semanas... No, meses.

—¿Y esa botella en tu mano? —Era la voz de una chica que rondaba los 20 años.

Abrí los ojos de golpe. Intenté enfocar la mirada, pero la jaqueca lo hacía imposible; y si me hubiera quitado los lentes de sol, mis globos oculares habrían explotado. Poco a poco mi cuerpo se fue desentumiendo y logré enderezarme. Pude sentir cómo mi mano izquierda aun se aferraba a una botella casi vacía de esa agua de alcantarilla vendida como vino.

—Ah, es jugo de uva.

La chica se inclinó hacia mí y, mandando al carajo los modales o la prudencia, me arrebató la botella y asentó con brusquedad el último trago.

—Oh, mi viejo amigo tinto —me pareció escucharla decir entre dientes.

—Oye, hey, niña. ¿No te enseñaron a nunca beber de la botella de un extraño? Tú no sabes en donde he metido la boca. Las rameras de por aquí no están del todo aprobadas por el departamento de salubridad.

Contra todo pronóstico, la chica rió. Hubo algo en lo poco que pude capturar de risueña su expresión que me pareció agridulce-mente familiar.

Me pareció rara.

—Bueno, tú no eres un extraño —dijo empleando los tonos más graves que jamás había escuchado en alguien de su edad—. Tú eres el tío Dave.

«Aparte de rara, loca», pensé.

—Sin hermanos, sin pareja o algo que se le parezca; eso es imposible, niña.

«¿Dave? Desde hace años nadie me llama así». No recuerdo si eso lo dije o lo pensé.

¨Sin pareja o algo que se parezca¨, eso es evidente —dijo después de examinar con más detalle mi camisa negra salpicada de sangre y mis pantalones deshilados—. ¿Pero qué tal: Sin hermanos, pero con algo que se le parece?

Hubo algo en su manera de entonar esas palabras que me provocó un escalofrío. Sentí nauseas y estuve a punto de vomitar; pero al menos la jaqueca había desaparecido.

Tiró la botella a un bote de basura que estaba cerca y luego se sentó a mi lado.

—¿Quién eres?

—Me llamo Kali —respondió después de mirar sobre sus hombros.

—Eso no me dice nada.

Me apuñaló con unas gesticulaciones cargadas de, lo que me pareció ser, rencor o resentimiento.

Sin duda un rasgo de mi pasado había reencarnado en esa chica. Pero seguía sin poder ver nada claro, literalmente, por los lentes de sol. Así que, arriesgándome a quedar ciego, me las quite para escrutarla mejor.

—Vaya que tienes la cara hecha una mierda —dijo con graciosa hostilidad.

—Mira quien lo dice.

Y no bromeaba. Se veía del carajo. Del cuello a la punta de los pies no era más que una chica indie-rock normal, ya saben; Converse, jeans ajustados, playera de Led Zeppelin y una bomber azul. Pero por su rostro podías darte cuenta que su interior estaba podrido.

El enfermizo tono pálido de su tez hacía resaltar las purpúreas manchas en sus ojos, que bien podían ser ojeras o moretones; sus pupilas eran idénticas a las de un toro furioso; sus desérticos labios se partían en miles de fracturas; sus dientes se perfilaban a caer en cuestión de un par de años; y su cabello, si bien era largo y de un tono castaño brillante, estaba deshidratado y lucía como paja.

—Y eso que no has visto mis riñones. Lucen como algo que iría en medio de un pan de hamburguesa.

Al menos sentido del humor no le faltaba.

—¿Quién es tu madre?

—Mi madre se llama Nicole.

—Oye niña, tienes que darme detalles, no solo nombres. Mi agenda mental está toda rasgada y difusa.

—Sí, estoy al tanto de las discapacidades de tu memoria. Especialmente a la hora de recordar a los viejos amigos.

Ouch. Eso dolió. Sí, ese saco es de mi medida.

—Solo tengo un nombre más —escupió de mala gana después de debatirlo en su cerebro—. Y si no te dice nada, supongo que nuestro encuentro habrá terminado.

Mis náuseas empeoraron. Me sentí como un acusado al que llaman al estrado.

—Roberto.

Carajo.

Y de repente apareció y pude verlo. Claro como el cielo matutino. Tenía senos y uñas pintadas, pero sin duda era él.

—Eres la hija de Rob. —No fue ni pregunta ni afirmación.

Guardo silencio. Simplemente miraba al horizonte; esbozaba una sonrisa irónica, casi cruel.

—¿Cómo está? —Me sentí obligado a preguntar.

—Mmm, ha estado peor. —No me miró. Parecía de muy buen humor.

—¿Y dónde está?

—Uf, no lo sé. En medio de una tormenta chocando contra miles de cuerpos; siendo desmembrado por Cerbero; congelándose en el Cocito. Hay varias posibilidades.

Tardé un momento en captar la referencia, y cuando lo hice, un sudor me empapo hasta el trasero.

Mierda.

—¿Quieres ir por un café?

—Sí, claro.


La mañana era fría pero reparadora, el café estaba caliente pero insípido.

Rob, Rob, Rob. Maldito cabrón. Viejo amigo.

Mi atrofiada mente me acribilló con recuerdos del pasado que creí desmoronados. Las partidas de poker entre clases; los partidos y posteriores peleas contra los imbéciles del grupo de al lado; las serenatas a las ninfas de primer año; las discusiones filosóficas a la luz del alba.


Not a soul can bust this team in two
We stick together like glue


Pero mientras fuimos creciendo, el uso de sustancias tóxicas se convirtió en un hábito. Yo, en ese entonces, supe decir basta; a diferencia de Rob.

Todo se fue a la mierda.

—¿Cómo era de joven?

—Era el cara bonita de la escuela.

—Continua.

—¿Qué más puedo decir? Era un semi profesional en los deportes; un mujeriego en fase de entrenamiento; tenía un sentido del humor un tanto perverso. Tenía madera para ser líder.

—¿Sólo eso? Vamos, no te voy a comprar eso de que era don perfecto.

—Recuerdo que —comencé entre risas— no podía pronunciar la letra X. ¡Cómo lo jodiamos con eso! ¡Oye Rob, dí sexo! ¡Oye Rob!, ¿qué sigue de quinto? —Eso me mataba de risa.

Kali me reprimió con la mirada como a un niño que hace una travesura. Supongo que creyó que no me lo estaba tomando en serio.

—No estabas equivocada; éramos como hermanos.

—Entonces, ¿por qué te distanciaste de él?

—Por el proceso natural de la vida. La preparatoria terminó y nuestros caminos se partieron en dos sendas totalmente diferentes. Yo seguí con mi carrera musical y él...

Carajo, no pude evitar incriminarla con la mirada.

—Oh, fue mi culpa. —Su indignación fue tan falsa que no pude evitar reír.

—No, no, no. Bueno, en parte sí.

—¿Fui la gota que derramo el vaso?

—No. Esa gota la derramo tu padre cuando fue a verme una madrugada.

Kali sacó del bolsillo de la bomber una cajetilla de cigarros y un encendedor. Se puso uno entre los labios y lo encendió; luego me pasó la cajetilla y me serví también. Fumamos en silencio un rato. Nos habíamos parado a la sombra de un sauce.

Después de pegarle una calada profunda al cigarro, me invitó a continuar con un movimiento de su cabeza.

—Eran como las dos de la mañana cuando escuché que alguien le estaba dando una paliza a mi puerta. Era tu padre, con más cerveza en las venas que sangre. Venía con una mujer o, mejor dicho, con los desperdicios de una. No sabía nada de él desde hacía meses, pero ahí estaba, pidiéndome morada para un bocadillo sexual. Eso me encabronó.

—¿Por qué?

—Porque en ese momento Rob tenía un compromiso que requería estrictamente su presencia.

—¿Cuál compromiso?

—El de cambiar pañales, dar el biberón, arrullar a una bebe chillona.

Y las lágrimas fluyeron por sus pómulos; trazadas meticulosamente.

—Esa madrugada —continué mientras Kali observaba la punta de sus tenis—, cuando me negué a hospedarlo, perdió la cabeza. Comenzó a escupirme en la cara que no sabía cómo funcionaba la vida. Traté de no perder la calma porque en ese momento Rob era más levadura que humano. Pero no se callaba. Gritaba y gritaba. Se creía el único poseedor del secreto de la felicidad. Qué puto descarado. Me harté y, bueno, le rompí la nariz con un puñetazo. Mi banda comenzaba a sonar cada vez más en la radio, y en el internet. Llenábamos pequeños teatros. ¿Quién carajo se creyó para darme lecciones de vida? Yo no fui quien arruino se juventud.

Mierda. Esa última parte se me salió sin querer. Me sentí como un pendejo. Pero bueno, ya estoy familiarizado.

El tema de Laura fue una buena banda.

—Gracias.

—Bueno; solo los tres primeros discos suenan bien. Lo demás es pura mierda

—Gracias por recordármelo, niña.

—Entonces ese fue el final de su relación.

—Básicamente. A lo largo de los años recibí mensajes de él pero, o los ignoraba, o inventaba una excusa para no prolongar la conversación.

—¿Estabas demasiado ocupado arruinando tu vida?

Esa chica estaba esperando el momento para darme la estocada mortal.

Divisé un puesto de Hot Dogs.

—¿Tienes hambre?

—No.

—Bueno, yo sí.


—Siempre que salías en la televisión o en la radio mi padre me decía: Kali, el que toca el bajo es un buen amigo mío. Fuimos juntos a la escuela.

Era casi medio día. Las señoras se paseaban con sus hijos recién salidos del colegio. Cargaban sus mochilas y las bolsas del mandado.

—Y para corroborar sus historias, me enseñaba varias fotografías de ustedes juntos. En una de ellas sales en ropa interior en medio de un McDonalds.

Una apuesta es una apuesta.

—¿Llegó a reformarse?

—¿Tú qué crees? Solo cuando se alineaban los planetas no bebía y era amable. Pero por lo general era un ebrio hijo de puta. A mi madre le tocó la peor parte; le destrozó la mente a base de reproches.

—¿Tienes hermanos?

—Hermanos, ninguno. Medios hermanos, en cada esquina.

Mierda, eso me deprimió particularmente.

—Y tú, ¿tienes hijos?

—No. Desde hace años me hice cortar los cables. Para mí los hijos son como un cáncer. Sin ofender.

—No te preocupes, estoy de acuerdo en eso, hombre.

—¿Hombre? Muestra algo de respeto, niña mal educada. Soy tu tío Dave.

Siempre rehusé las relaciones familiares, pero le pedí a una extraña que me llamara tío. Ni yo me entiendo.

—Bueno, tío. Dime, ¿es cierto que la industria musical es una perra?

—Más bien es la proxeneta. Yo soy la perra. Y al parecer una perra vieja y aguada que ya nadie se quiere coger.

Rió con plena libertad. Y verla reír de esa manera fue como contemplar una aurora boreal en medio del vacío que era mi vida entonces.

—Bueno, fue un gusto conocerte, tío.

—¿Te vas?

—Me esperan.

—¿Escuela?

—Rehabilitación.

—Oh.

—¿Quieres que te aparte un lugar?

—No. Las primeras doscientas veces que fui fueron en vano. Eso significa que estoy muy cabrón, o que mi mal reside en otro lado.

—¿En el corazón?

—Eres perspicaz, niña.

—No tanto. Lo que pasa es que eres un músico. ¿Qué otra cosa puede ser?

—Si necesitas hablar o cualquier otra cosa, ya sabes en que banca puedes encontrarme.

—Lo sé, tío. Adiós. —Eso dijo, pero jamás volví a verla.










14 de Septiembre de 2019 a las 01:57 0 Reporte Insertar 0
Fin

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E. Guerra Maya ¨Las palabras son lo único que tengo para jugar¨

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