El primer niño Seguir historia

u15658023911565802391 Andrés Sánchez

Días de infancia, la diversión al son del sol. El mundo de los adultos podía esperar. Todo es juego cuando uno es niño, ¿verdad?


Cuento No para niños menores de 13.

#horror #juegos #niños #inocencia
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Lorena y Roberto

Si los niños del mundo dejaran de sonreír, entonces no habría razón para ser payaso.


Verano, las hojas parecían ya broncearse. De todos lados, con balón o con risa, los chicos desnudaban el alma como para nunca volverse a vestirse de amargura. ¿Por qué hacerlo? Eso era trabajo de los adultos. Una espalda pequeña, giraba y giraba, no se dejaba ver entera, al menos no hasta que suene el timbre. Flores silvestres, el abrazo de una abeja con un estornudo de polen. Vueltas sin sentido, manchas imperdonables, cicatrices de injuria, todo eso para los ojos de alguien más, pero no para ellos. Se reían de los demás y de ellos mismos en un idioma que solo un niño podría entender.


Allá iba Lorena, la pequeña, la que le gustaba juntar a todos, a la mayor cantidad de dientes posibles, pequeña adicción para su felicidad. Pretendía siempre evitar la suciedad aunque nunca cumplía su promesa, las bromas eran más fuertes que su memoria. Con un vestido azul, como el cielo en sus momentos de perla y algodón. Allá iba Lucas, el loco, el que nunca decía que no a algo, era una ideología latente, la de nunca rendirse, la de nunca parar. No podía hacerlo, ni quería. Sobre todo cuando se trataba de juegos, las apuestas infantiles eran su vicio inocente. Era Carlos, el cabezón, el irónico ejemplar de una mente demente, o como se llama en ese entonces: travieso. Sus peinados alborotados, trayendo los animales más extravagantes para un estudiante. Ojos alertas, dos pistolas apuntando a lo más interesante y terrorífico de la naturaleza. Y no podía faltar Sofía, la princesa, la niña de los ojos profundos, que conquistaba con encanto real. Niños tan pequeños y ya con ademanes de caballero noble, se sacaban la gorra por verla.


Pero de todos los niños, el más peculiar era Roberto, el alto. Conocido por su porte fuerte y carismático. Todos querían a Roberto, no había razón para apartarse o hacerle alguna venganza fugaz e inmadura. Le gustaban las flores, las recogía y las olía con una pasión de poetas. Miraba al cielo y lo único que podía pensar era jugar un poco más. El único que se atrevía a saltar a la otra vereda de cemento, el fundador del escuadrón de soldados de lodo. Su fortaleza nacía de un corazón sano y palpitante, sangrante de las heridas ajenas y de una empatía innata. Sí, ese era Roberto.


Caminando, sin prisa pero rápido, se encontró Sofía enfrente de un charco tan grande como su imaginación lo permitía, demasiado para ella. Tenía que pasar al otro lado. Lucas, sin pensarlo ni una vez se acercó a Sofía. Le ofreció su ayuda sin darse cuenta de que lo que dio no fue su mano sino su dignidad. Su cuerpo sirvió como puente para pasar tranquilamente sin ensuciar sus zapatos de muñeca. Entonces fue Carlos, con algo de miedo, a estrecharle la mano para otorgarle el salto de salida, pero lo que recibió fue un beso del suelo. Empujado desde su brazo, había sido traicionado por su primer amor escolar. Así pasó la princesa, aplastando a los demás con sus finos pies de seda.


Lorena, con mucha alegría y sin título para su objetivo, caminó con saltos de inocencia. Se enfrentó inconscientemente al poderoso monstruo de tierra y agua, pero perdió. Sus pisadas le fallaron, estaba atrapada en el estropeado lodo. Llamó por ayuda, pero nadie contestó. Gritó por ayuda, pero nadie contestó. Derrotada por el tiempo, intentó darle forma a su voluntad con los últimos esfuerzos que sacó con cuchara. Pero cuando dio el primer paso, una sombra estaba al frente de ella. Era Roberto, en medio del fango, sucio en los zapatos y con una mancha grande en la camisa blanca que de seguro atraería los gritos de su madre. Era él, extendiendo su mano hacia ella con la mayor serenidad y confianza que un ser podría irradiar. Respondió su mano asquerosa y la levantó como si salvara una vida del campo de concentración. Sí, solo el capitán podía ser el mártir. Se despidieron con los ojos y las manos, alejándose uno del otro con un aire de “te volveré a ver”.


Desde ese día, Lorena salía al patio solo para ver a su salvador otra vez, de cualquier forma, a cualquier hora. Aunque no lo encontraba, siempre creía que la oportunidad moría solo cuando uno deja de creer. Como su madre le decía, nunca dejes de soñar que lo más alto que uno solo sólo el cielo.


Hasta que un día, el cielo fue suyo durante algunos minutos. Se topó con él en el momento que pide su almuerzo en el bar blanco de la esquina. Era él, no podía ser otro. Le miró con tanta fuerza que los ojos de Roberto fueron obligados a verla también. Sonrieron, como en los viejos tiempos. Terminaron por razón del destino hablando por horas, casi el día entero, acerca de ellos mismos. No conocía a otra persona tan loca y tranquila como a su compañero de guerra de lodo. Los días pasaron y las conversaciones se volvieron costumbres, compartir era para ellos cultura. Jugaban al balón solo los dos, juntos. Se sentaban a dar con orgullo su aporte culinario del día. Y al caer la noche, soñaban el mismo sueño.


Día a día, la rutina era imperdible. Inconscientemente, las caminatas hicieron de la esquina del patio el lugar de encuentro. Justo en esa banca gris mármol, bajo el árbol más dulce y relajante que la temporada podía adornar. Se habían enamorado de las hojas caídas y de las ramas secas que dejaban la madurez. Cierta hoja caía dorada, era el momento de un abrazo.


Otoño, las hojas caían. Ya no eran de ese color tan delicioso, sino un pálido recuerdo a menta muerta. Un poco de nieve se apreciaba en la garganta. Seco, frío, una fuerte tormenta para el corazón. Pero eran niños, no conocían la amargura de la nostalgia. Sus pasos haciendo un tributo a caperucita, con los lazos y la canasta de comida. Estaba lista para cumplir una promesa, de esas que no se hacen con palabras. Subía la empinada parte del patio, sonriendo al aire y al azul. Había llevado ese vestido rojo y blanco. Lo había sacado después de tanto tiempo porque no había encontrado alguna razón para ponérselo, excepto hoy. Pero las hojas nunca cayeron ese día.


Aunque espero, las hojas nunca llegaron, las hojas doradas nunca aparecieron. Cuando llegaban al suelo, ya estaban demasiado muertas.


Aunque las hojas no eran las mismas, la promesa se mantuvo igual. Todos los días, asemejando el honor de un perro, llegaba a compartir con su pequeña canasta el alimento que tenía el ingrediente personal. Cada día era más triste, pero no menos alentador. Entre ese ambiente encontró el curioso valor de la fidelidad incansable. En las tardes, había creado el hábito de escribir su nombre en un cuaderno personalizado. Cada día las letras tenían un diferente borde, una diferente marca. Su mano se adiestró para escribir incansablemente una R cada vez más fina. Así como un asesino para no olvidar el rencor, lo escribía todos los días con una pequeña nota cada vez.


La loca del puente de San Blas, con su vestido de novia rojo. Los compañeros lo llamaban para jugar, pero no respondía. El lodo la extrañaba, las mariposas lloraban su ausencia, los chicos dejaban de sonreír como lo hacían antes. El pequeño mundo había cambiado sin darse cuenta.


El rojo se convirtió azul otra vez, las pequeñas lágrimas habían decolorado su vestimenta. No entendía por qué pero la comida ya no sabía igual, el pasto era más oscuro, el cielo ya no era azul, el sol ya no calentaba. ¿Por qué las flores ya no tenían en ese olor a primavera? ¿Por qué los pájaros ya no cantaban? Tantos recuerdos y en dudas la pequeña se vio al espejo. Al pestañar, creyó haberlo escuchado reír.


Sus dudas se volvieron valentía. Se acercó a preguntar por él con las inquietudes de un científico. Preguntó a sus compañeros de clase y respondieron: no está. Preguntó a las compañeras de clase: no vino. Preguntó a los maestros: que faltó. No estaba, desapareció en el tiempo. Se dio cuenta que su ausencia no era algo normal, estaba faltando casi un mes. Determinada, fue donde el maestro mayor. Se le dirigió a la esquina de su terno, arrugando y jalando, preguntando por su alumno. ¿Dónde está Roberto? – fue el golpe franco pero sencillo. No creyeron en un principio que era una niña la que le estaba dirigiendo la palabra. No está, niña – contestó directo sabiendo perfectamente de quién se trataba. La niña, insatisfecha por la respuesta, se quedó un poco más con la esperanza de que su moral le empujara a vomitar la verdad. Niña, en serio, no vino a la escuela hoy – el director apegó rostros con la niña. No fueron ni 5 minutos que la chica nueva se le acercó para actualizarle al director: el chico Roberto ya regresó. Lorena no podía estar más que feliz, el color volvió, las hojas brillaban otra vez. Corrió desesperadamente al cuarto de donde venía la chica nueva, imparable. Se le fue de las manos de todos los que estuvieron cerca. Alcanzó y curvó en el cuarto azul. Ahí estaba, en una camilla alta con una jeringa conectada a su brazo. La sonrisa se le tatuó en la cara, se le tatuó en el alma. Se acercó con pasos de gato, tocó su brazo izquierdo sin conectar. Rober, Rober, soy yo – dijo Lorena. Como levantándose de la muerte, Roberto se incorporó lentamente sin mover ningún músculo innecesario, dirigió su cara a la niña y abrió los ojos. Lo único que se escuchado después fue el golpe de un tronco caerse. La niña se había desmayado y petrificado en el suelo de hospital que tenía ese cuarto.


Pasaron meses para que despertara de un coma desgarrador para los padres, nadie sabía de qué se trataba este miedo. Nadie sabía de qué se trataba esta tragedia, pero no se atrevían a preguntar. Lorena se encontraba sentada, sola, comiendo el mismo aburrido emparedado de siempre. Ya no jugaba en el patio ni conocía lo que era sonreír, de piel blanca desesperada por un roce de sol, sus palabras eran pocas y sus movimientos limitados. Si te acercabas, veías que en sus ojos todas las hojas yacían muertas, todas.


Del bolsillo de sus padres sale un empedernido psicólogo. Elocuente y audaz para niños, en cierta forma entendía el idioma infantil.

- Hola, pequeña. Me llamo Julio ¿cómo te llamas?

- Lorena

- Lorena, qué lindo nombre. Dime, ¿te gusta jugar?

- …o…

- No te escuché, perdona

- No

- Mmm… ¿y caminar?

- No

- ¿Te gusta comer?

- No

- ¿Te gusta algo?

- …

- (Vaya que está difícil)

- Me gustan las hojas

- Hojas…

- Las hojas doradas

- ¿Cuáles hojas doradas?

- Las que veía con Rob… Roberto

- ¿Roberto? ¿Quién es Roberto, Lorena?

- Es mi amigo

- ¿Y dónde está ahora?

- No lo sé, ya no lo veo

- ¿Por qué?

- Porque me da miedo

- ¿Miedo de qué, Lorena?

- De sus ojos

- Ojos…

- De sus ojos… sus ojos… sus ojos

- ¿Qué pasa con ellos?

- Eran unos ojos horribles, ojos feos. Me dan mucho miedo, son unos ojos horribles

- Horribles dices, ¿qué tenían que te asustaban?

- Ojos horribles, eran ojos rojos. Rojos, rojos, rojos. Eran ojos tan rojos como la sangre. Era sangre, sangre ¡Sangre!


Lorena siguió gritando esa palabra tan desagradablemente. La repitió hasta el hospital, donde médicos vestidos de superhéroes y enfermeras de caricaturas la atendieron con el cariño que recibe una psicópata. Desde ese momento, nunca regresó a la escuela. El mundo giró sin ella, tan cruel como real. El último día fueron a buscarla sus padres, de visita. Cuando llegaron, el suelo estaba manchado de algún líquido asquerosamente desconocido. Subieron la vista y vieron a su hija manchada de rojo el vestido con una jeringa rota en la mano mientras un hombre muerto se encontraba a los pies de la pequeña. Sus palabras de bienvenida a sus padres fueron: como odio el rojo.

12 de Septiembre de 2019 a las 06:04 0 Reporte Insertar 0
Fin

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