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luis-rivera1567527447 Luis Rivera

Camila es una niña de nueve años a la que se le diagnostica con leucemia. Con el amor y la fuerza de sus padres tratan de enfrentar la batalla mas difícil de sus vidas.


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UNA ESPERANZA

¡Hola! Me llamo Camila, tengo 9 años, el próximo mes es mi cumpleaños y estoy muy emocionada de festejarlo con mi familia y mis amigos. Me gusta salir con mis amigas al cine, pasear a mi perro Bobby al parque, y estar en casa todo el día viendo películas a lado de mis padres. En mi escuela soy la mejor de mi clase, mis maestras me felicitan por ser una buena alumna. Desde pequeña me gustaba leer mucho los cuentos que me daban mis padres y que mi abuela me regalaba. Mis mejores amigas, Evelyn y Daisy son las que me llevo muy bien, pues nos conocemos desde que íbamos al kínder juntas. A veces vienen a mi casa y hacemos pijamada, comemos golosinas y vemos películas. Deje de verlas desde que algo extraño paso en mi vida. Fue algo difícil para mí y para mis padres. Sigo sin comprenderlo, no sé cuál fue la causa ni tampoco que fue lo que hice para que me pasara a mí. Solo recuerdo las caras de mis padres, ellos estaban muy preocupados por mí. Me llevaron al hospital lo más pronto posible y los doctores me trasladaron a un cuarto donde estaba muy frió y con muchos aparatos extraños. Yo me sentía mal, me dolían los huesos, tenía escalofríos y estaba muy débil. Después de un largo día en el hospital haciéndome exámenes y estudios médicos, una enfermera me llevo de la mano por un pasillo largo mientras los doctores hablaban con mis padres en privado. La enfermera me dio un oso de peluche y me dijo que le pusiera nombre porque sería mi amigo por un largo tiempo. Yo estaba sin tener idea de que pasaba, quería irme a mi casa y abrazar a Bobby. Mis padres terminaron de hablar con el doctor. Mi mama tenía sus ojos llorosos y su voz quebrantada. Mi padre se veía dolido pero a la vez fuerte. Ellos me dijeron que me quedaría por un rato en el hospital mientras me curaban. Yo me puse muy triste y empecé a llorar. La enfermera me tranquilizo mientras veía a mis padres saliendo por la puerta. Al poco tiempo me llevaron a un cuarto grande donde estaban muchos niños con batas blancas y no tenían cabello. Sus ojos eran profundos y negros. Yo no dejaba de ver la entrada, tenía la esperanza de ver mis padres que llegaran por mí y me llevaran a casa. La enfermera me dijo que no vendrían hasta que mi enfermedad no fuera curara por completo. Mi primera noche en el hospital no pude dormir, veía doctores pasar por los pasillos, personas que lloraban o se quejaban por alguna enfermedad y las sirenas de las ambulancias que entraban y salían de emergencia. Con el paso del tiempo me fui a acostumbrando, las enfermeras me conocían y me hice amigos de muchos otros niños que también tenían la misma enfermedad. Poco a poco empecé a perder peso y mi cuerpo estaba lleno de moretones y manchas rojas. En el trascurso del día tenía Sangrados nasales recurrentes y mi cabello empezó a caerse poco a poco hasta perderlo por completo. Los tratamientos cada vez eran más dolorosos y más fuertes. Aunque me daba miedo morir, nunca deje que el miedo me ganara la batalla ni un solo día. Tuve fe, fuerza y amor. Decidí abrazar la enfermedad porque, ¿quién soy para luchar contra ella? Acepte la posibilidad de sanarme y de crecer en este proceso. La última vez que vi a mis padres yo estaba en la cama mirando la luz de arriba del cuarto, ellos estaban alado mío sonriendo y apretando mis manos. Me dijeron que pronto estaría en casa y viajaríamos a San francisco que era mi lugar favorito para vacacionar. Ellos me abrazaron y se despidieron de mí. En ese momento entraron los doctores y mis padres salieron. Mi cuerpo estaba destrozado por dentro, no podía moverme y casi no podía hablar. Poco a poco sentí que me desvanecía, dejaba escuchar las voces de las personas, mi corazón estaba dejando de latir, estaba perdiendo fuerzas y estaba perdiendo la respiración. De pronto vi una luz blanca que iluminaba todo el cuarto, pude ver a mis padres, a mis amigos y mi familia juntos como si hubieran hecho una fiesta sorpresa para mí. Todos estaban vestidos de negro y sus caras estaban tristes, incluso había gente llorando. No tenía idea de que pasaba, trataba de gritar lo más fuerte posible pero nadie me escuchaba ni tampoco podía tocarlos. Pareciera como si no me pudieran ver o no existiera. Vi algo extraño enfrente, una caja pequeña y a un costado estaban mis padres. Me acerque para ver que era y cuando lo hice vi a una niña vestida de blanco acostada, no se movía, estaba pálida y sus ojos estaban cerrados. A lado había una foto mía con mi nombre. Intente hablar con mis padres pero no me escuchaban. Intente abrir mis ojos pero no podía….





Camila nació sana y feliz el 3 de diciembre de 2010. En Abril de 2019 se cayó, como puede caerse cualquier niño, pero lo malo fue que ella empezó a cojear. Fuimos a urgencias y le dieron un analgésico para el dolor y nos mandaron que guardara cuatro o cinco días de reposo. Después de esos días de recuperación Camila seguía cojeando y empezó a tener fiebre. Tuvimos que volver a urgencias y fue cuando le realizaron una analítica y nos dijeron que tenía que quedarse ingresada porque los resultados no habían salido bien.

A la mañana siguiente, la oncóloga nos llevó a su consultorio. Una vez allí, tras varias pruebas, nos confirmaron lo que jamás hubiéramos querido escuchar, Camila, nuestra princesa de nueve años tenía leucemia. Sin duda el golpe más duro que hemos recibido nunca. Habíamos oído hablar de la enfermedad, pero desde nuestra ignorancia, desconocíamos el gran recorrido y la lucha tan dura que nos quedaba por vivir. No sabíamos el duro camino que nos quedaba por recorrer y cómo esta enfermedad cambiaría nuestras vidas. En ese momento se nos cayó en mundo encima… no lo podíamos creer. La subieron a la UCIP para hacerle una punción lumbar y fue cuando nos comunicaron que tenía una leucemia linfoblastica.

De un día para otro nos cambió la vida. De repente nos vimos en la habitación de un hospital rodeados de enfermeras y médicos. Impotencia,rabia,angustia, ansiedad y mucho sufrimiento. Cierras los ojos y esperas abrirlos y que todo haya sido una pesadilla pero, desgraciadamente, eso no fue así… la realidad es que nuestra pequeña estaba muy malita. Una vez allí todo es difuso, especialistas que vienen y van, hablan contigo sin darte mucha información, más especialistas, caras de preocupación y más pruebas, más confusión y de repente la oscuridad, el vacío, el miedo. En el momento del diagnóstico miles de preguntas sin respuesta se apoderaron de nosotros,generándonos sentimientos de miedo y de angustia, que aún hoy permanecen a nuestro lado y que creemos que nunca acabarán de desaparecer. Pero tuvimos que coger fuerzas de donde no las había por el bien de Camila. No queríamos asustarla, ni verla mal. Solo queríamos verla reír. No fue fácil explicarle que iban a cambiar cosas, que no se asustase y que no tuviera miedo, que papá y mamá estaban con ella. Fue difícil hacerle entender que cambiaríamos el cole por el hospital, sus profes ahora serían los médicos, sus amigas las enfermeras, que sus coletas las cambiaríamos por pañuelos y que todas las princesas se cortarían el pelo como ella. Le dijimos que tenía unos bichitos que teníamos que quitar. Decoramos su habitación del hospital, la número 12, con muchos dibujos y cartas de familiares y amigos.

Fue el susto más grande que he tenido en mi vida, pero ella demuestra día a día que es fuerte y que puede con esto y con todo lo que venga. ¡Nos está dando una lección de vida! Gracias a la familia y a toda la gente que estuvieron en estos momentos con nosotros y que nos ayudó a estar en pie para seguir lidiando con esta batalla.

Camila estuvo tres meses seguidos ingresada con quimioterapia, aislada por dos virus y le tuvieron que poner dos reservorios. Pasan un par de semanas y vuelven las malas noticias. La quimioterapia estaba haciendo efecto, pero de forma muy lenta, por lo que la leucemia de Camila se convertía de alto riesgo. El tratamiento a seguir pasaba por una quimioterapia más fuerte con lo que tendría una mayor probabilidad de recaída y, si así sucedía, necesitaría un trasplante de médula ósea para curarse. En estos meses Camila ha tenido subidones y también muchos bajones. Cambios de humor por culpa de los efectos de la quimioterapia y los corticoides. El hospital se ha convertido en nuestro hogar. En estas circunstancias conoces y coges cariño a muchas familias. Algunas de ellas, por desgracia, no llegan a la meta y abren sus alas. Esto te hunde, te destroza por dentro y es cuando te das cuenta de lo mala que es esta maldita enfermedad. En este tiempo hemos dicho Adiós a mucha gente, pero en especial a cuatro amiguitos de Camila con los que jugaba y a los que quería. Cuando preguntan por ella se te encoje el alma y no sabes ni qué contestarle.

Ella solo quiere jugar, no sabemos si serán los últimos momentos con ella pero ella ya tiene decidido cómo quiere afrontarlos, y es jugando, con su eterna sonrisa y es así como decidimos que todo juntos enfrentaríamos aquella batalla, hora a hora, día a día, sin pensar en mañana o si iba o no a venir un mal resultado. Sin saber muy bien cómo, hemos intentando que todo fuera lo menos traumático para nuestra pequeña. Decidimos que todo aquello iba a ser un juego, un concurso, preparando a Camila para todo lo que iba viniendo. Todos los efectos secundarios de la quimio eran pruebas que tendría que superar para ir ganando recompensas. Si hacía pipí azul significaba que la magia que le entraba por aquella manguerita la estaba convirtiendo poco a poco en un Hada, y si tenía suerte y era valiente “lograría perder el pelo” y así convertirse en la más poderosa de todas. Y así fue como nos vimos tragando lágrimas cuando tuvimos que cortarle el pelo por “exigencias del guion médico” y ella era la niña más feliz del mundo porque por fin se estaba convirtiendo en ella.

Largos periodos de hospitalización, con duras sesiones de quimio y algún que otro contratiempo se convirtieron en nuestro día a día, pero nuestro pequeña pocas veces perdió su sonrisa, sus ganas de jugar y su curiosidad sin límite. Su alegría y su ilusión fueron sus mejores aliados y nos dio a nosotros la fuerza que a veces nos faltaba. Durante este periodo el personal sanitario se convirtió casi en nuestra familia. También encontramos refugio en otras familias que pasaban por momentos similares, compartiendo temores y pequeñas victorias y reconfortándonos en momentos complicados.



Me cuesta recordar claramente parte del proceso que hemos vivido, pero se me sigue poniendo la carne de gallina cuando pienso en el momento del diagnóstico. Recuerdo ese día que llevamos a Camila al hospital, nuestra segunda casa poco después, que nuestra pequeña de nueve años, tenía leucemia. “Leucemia”, escuchas y, de pronto, entiendes el significado de perder el suelo bajo los pies. Caes, caes, caes, tres segundos nada más y reapareces, cual autómata… Funcionas de golpe, como cuando se va la luz y el generador responde, no buscas consuelo, buscas soluciones, necesitas aferrarte a algo que apacigüe tu incertidumbre al miedo a lo desconocido.

Y así entramos en un bucle lleno de emociones, buenas y malas, muy malas a veces. Y vimos como a Camila se le apagaba la energía “gracias” a la quimio y luego reaparecía. Aprendimos a reír con lágrimas en los ojos y ella normalizó que el equipo médico es familia. Aprendimos que la magia está en cualquier parte y que una ambulancia se puede convertir en una discoteca improvisada de luces azules. Y perdimos el pelo, el hambre, las ganas, el humor, la noción del tiempo, pero eso fue un rato, y esa parte queda difuminada en la memoria.

Los primeros meses fueron muy duros y los ingresos eran tan largos que parecían no tener fin. Además, la cortisona tenía unos efectos secundarios muy severos: Camila estaba deprimida, hambrienta y muy nerviosa, pero los médicos nos decían que era “un mal contra otro mal”.

Las sesiones de quimioterapia eran dolorosas, aunque su pelo castaño comenzaba a caerse, yo la notaba más bella, aunque sus ojos estaban tristes, yo los veía llenos de vida. Ahora estamos en la fase de reinducción. Intentamos decir adiós al miedo y no pensar que puede que, en algún momento, nos digan que ha recaído, pero es difícil. Deseo con todas mis fuerzas escuchar, algún día no muy lejano, escuchar las palabras: “No fue fácil, pero hemos ganado la batalla”.

Me gustaría borrar y olvidar de mi mente muchos momentos como, por ejemplo, cuando nos dijeron que Camila estaba enferma, o el miedo con el que a día de hoy seguimos viviendo o esa carita con lágrimas en los ojos que me dice: “‘Papi, no quiero estar malita”. ¡Hay tantos momentos que querría borrar y no ver más!.


Hay cosas que no queremos que pasen pero tenemos que aceptar, cosas que no queremos saber pero tenemos que a prender de ellas, y hay personas que no queremos vivir sin ellas pero tenemos que dejarlas ir. Cuando alguien que amamos muere. Nunca lo podemos superar por completo. Nosotros simplemente aprendemos poco a poco a seguir la vida sin ellos. Y siempre los mantenemos en nuestro corazón. Se fuerte no importa por lo que estés pasando ahora, ninguna pena es para siempre, tu situación mejorara. Llora si tienes que llorar, pero después ten valor y levántate, seca las lágrimas y sigue adelante, nunca te detengas.

Considero que la niñez debería ser una etapa de la vida libre de preocupaciones, con mucho amor, risas y juegos. Sin embargo, a algunos les ha tocado luchar por su vida muy temprano y convertirse en auténticos guerreros como Camila. El cáncer te enseña a parar de guardar cosas para una ocasión especial. Cada día es especial. No tienes que tener cáncer para vivir una vida al máximo. No hay pérdida de tiempo. No hay ropa fea. No hay películas aburridas.

Cuando al fin desperté de esa pesadilla, encontré a mi alrededor a todas aquellas personas que estuvieron con nosotros durante ese segmento triste de nuestras vidas, miles de brazos me acompañaron hacia el ataúd de Camila, la observé fijamente, destacando su belleza, su vestido blanco favorito, me incliné y estallé en llanto.



Hace tiempo cerraste tus ojitos para nunca más abrirlos… hace tiempo que tu corazón dejo de latir… hace tiempo que mi sonrisa se apagó junto con tu adiós. Hoy te recuerdo con el más profundo amor, y quiero que sepas que jamás te olvidare. Me dolió tanto tu partida pero sé que estas en un lugar mejor al lado de Dios. Me despierto a veces, sin saber por qué, algo me falta, sé que algo anda mal, y me doy cuenta de que tu no estas… Te fuiste al cielo porque Dios así lo quiso… Aquí hay alguien que te extraña y te tiene en su pensamiento y un día como hoy te echa de menos. Cada día que pasa, recuerdo más tu voz, también tu mirada triste. Cada año tu recuerdo se hace más fuerte y se me hace más hermoso el pensarte. Y es que sé que estás en un lugar mejor, desde donde puedes vernos siempre. Al recordar que ya no estás con nosotros para compartir una vida en este mundo, me digo a mi mismo que te has ido para cuidar a muchas personas que necesitan de tu ayuda y protección, como el angelito que eres. Que Dios te de las fuerzas necesarias para que tus alas te lleven a donde te necesiten. Tu amor siempre permanecerá en nuestros corazones. Te vamos a tener presente todos los días del resto de nuestra vida. Gracias por regalarnos los años más bonitos de nuestras vidas, el cielo ahora brilla más que nunca. Sigue brillando como tú siempre lo has hecho, sigue sonriendo y cuídanos desde allí. Haya donde estés sé feliz y nunca pierdas la sonrisa. Cada día cerraré los ojos para encontrarme con tu recuerdo y así no olvidarte nunca. Siempre te llevo en mi mente, y por siempre estarás en mi corazón. Te queremos hoy y siempre, Camila.

11 de Septiembre de 2019 a las 15:28 0 Reporte Insertar 0
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