El Ascenso de las Sombras Seguir historia

aylenzunino Aylen Zunino

El mundo como se conoce está al borde de la extinción gracias a una fuerza enemiga desconocida que esta poniendo a todas las razas una contra otra. El único que puede detener a dicha fuerza es un joven llamado Dylan, hijo de un humano y una Féery, este emprenderá un camino lleno de peligros y traiciones en el que nada es lo que parece y junto con sus dos hermanos mayores intentaran salvar la magia.


Fantasía Épico No para niños menores de 13.

#fantasia #drama #medieval #hadas #dragones #caballeros #elfos #lgbt #épico #centauros
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1. Todo inicia con caos

Todo lo que podía ver eran árboles tupidos de hojas verdes, rocas de distintos tamaños y... más árboles tupidos y más rocas. La vista era la misma desde que habían emprendido ese viaje de nunca acabar, Dylan ni siquiera tenía idea de a donde iban.

Los tres, Aylan, Sylas y Dylan se movían por los bosques, viajando de aquí para allá desde hacía años. Construían pequeñas chozas es el corazón del bosque y luego de varias lunas Aylan decidía que era tiempo de emprender el viaje de nuevo.

Dylan estaba harto, a penas podía sentir las piernas y tenía el trasero acalambrado. Deseaba con todas sus fuerzas ver otras personas que no fueran sus hermanos. Al inicio no hizo preguntas sobre nada, pero con el tiempo, comenzó a irritarle el hecho de que nadie le dijera nada o le consultaran nada.

Con frecuencia se sentía apartado, minimizado, como si no importara, y estaba cansado. Sabía que había algo que sus hermanos estaban ocultándole, no era estúpido aunque ellos así lo creyeran.

- ¿Cuando volveremos a la civilización? - preguntó Dylan, irritado.

Sus dos hermanos, que cabalgaban frente a él hablando sobre vaya a saber qué se voltearon a mirarlo. Aylan, el mayor de los tres, siempre tenía esa expresión de furia en el rostro y rara vez sonreía. Algunas arrugas lo asediaban y solo tenía 21 años. Tenía el cabello del color del oro, la piel pálida y los ojos de un color parecido a la miel espesa.

Sylas, por otro lado, era la persona más risueña y amable que Dylan había conocido. Un buen ejemplo sobre cómo deberían ser todos en el mundo. Su cabello era castaño, su piel aceitunada y sus ojos iguales a los de Aylan.

De hecho era lo único que los hermanos compartían, ya que sus facciones eran distintas y sus tonos de piel y cabello eran totalmente diferente.

El cabello de Dylan era del color del fuego, su piel era un poco más oscura que la de Aylan y tenía una cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo de forma horizontal. Odiaba esa cicatriz y sabía que sus hermanos la odiaban también, les traía malos recuerdos.

- No nos arriesgaremos - respondió Aylan, tan simpático como siempre.

- Llevamos años huyendo de enemigos imaginarios

- Compórtate Dylan - lo regañó Sylas - No estarás igual de seguro en un bosque que en una ciudad o un pueblo.

- ¿Quieres que crea que Aylan piensa que la protección de las hadas es real? Nuestro hermano no cree en nada.

- Ya basta

Aylan habló con un tono neutro, aún así los dos se callaron y miraron hacia otro lado.

Al poco andar Sylas comenzó a recitar un poema.


*Cuando el sol se oculta
Y la refulgente luna llena se asoma
brota de los árboles un gélido halo plateado,
el aire se impregna con olor de rosas
y las estrellas abandonan el cielo
para bailar en el suelo.
Dichosos los ojos capaz de contemplarlo,
desafortunadas las almas que se arriesguen a tocarlas
Dulce locura de estrellas de plata,
perder la cabeza por un poco magia.
Ni de una mano toda la audacia,
ni de una mente toda la inteligencia
lograrían tomarlas
Desafortunados son los senderos de este páramo,
he inexplorados sus misterios.
Huir será mejor, muchacho.

Cuando el sol se oculta,
y la luna llena se asoma
las hadas toman el control del bosque Broles,
¡Ay! Hermoso es, sí.
Pero mortífero y letal.
Te acompañan a bailar
sin dejar de brillar,
Si del bosque quieres escapar,
no lo dejes estar,
no toques nada que te pueda matar
no hagas preguntas fáciles de contestar
y no pienses cosas que te puedan delatar.*


Dylan aplaudió a su hermano. Sylas era un gran narrador, recitaba poesía como nadie y cantaba más hermoso que cualquier doncella con preparación. A él le encantaba. Creció oyendo a su hermano y este le contagió su interés por la magia, a pesar de todos los esfuerzos de Aylan por evitarlo.

- ¿Donde oiste eso? - preguntó Dylan, intrigado.

- Muy al norte de nuestra choza en el bosque Leynn. - explicó - Lo recitaban unos hombres fuera de una posada.

El joven cerró los ojos y se imaginó en una posada: el ruido de las conversaciones, las risas, el olor a cerveza y carne asada, el crepitar del fuego de la chimenea.

- Extraño las posadas - murmuró - Allí había gente.

- La gente es peligrosa - sentenció Aylan.

- Desde la muerte de papá hasta un sapo es peligroso. - balbuceo.

Dylan sabía que Aylan lo había escuchado pero prefirió hacer de cuenta que no.

Entre las cosas de las que su hermano mayor odiaba hablar estaban: la magia, la mujer que les había dado la vida y la muerte del hombre que los había cuidado siempre. Mencionar cualquiera de esos tres temas era causa de una severa mirada y una total y absoluta ignorancia.

- ¿Acamparemos aquí o esperaremos a estar un poco más cerca del río? - preguntó Sylas.

- Esperaremos. No quiero acampar casi en el corazón del bosque, Sylas.

- Aylan no quiere perturbar a las hadas - dijo Dylan con sarcasmo.

- ¡Ya basta! - exclamó su hermano.

Detuvo el caballo con brusquedad y desmontó de igual manera. Dylan también detuvo el caballo y se bajó.

- ¿Cuál es tu maldito problema, Dylan?

Aylan empujó a su hermano y casi lo hizo caer. El muchacho se tambaleo.

- Estoy cansado - respondió, devolviéndole el empujón a su hermano - ¡Quiero comida caliente, una cama cómoda, un poco de compañía que no sea la de ustedes dos! No te ofendas Sylas - se apresuró a decir.

- Tranquilo, yo te apoyo.

Aylan se levantó del suelo dirigiendole una mirada asesina y lanzó un golpe que Dylan no pudo esquivar. Le dio en le medio de la cara, provocándole un dolor insoportable.

- ¡No tendríamos que estar huyendo si tu hubieses escuchado a papá!

La mirada de Dylan se llenó de cólera. Amago un puñetazo a la cara de Aylan y cuando esté lo esquivó le dio un izquierdazo en el estomago que dejó a su hermano de rodillas.

- ¡Adelante! - gritó - ¡Dilo Aylan! ¡Di que fue mi culpa, de todas formas yo llevo la marca en el rostro del crimen! ¡Di que yo maté a nuestro padre! ¡Vamos! Dilo.

Aylan alzó la vista hacia su hermano.

- Son tus palabras no las mías - dijo con dificultad, pues todavía le faltaba el aire.

- Pero es lo que siempre has pensado.

Montó de un salto en su caballo y salió al galope con rapidez, con las lágrimas nublando sus ojos.

- Dylan - gritaba Sylas a lo lejos.

Cabalgó hasta llegar a un claro por el que corría el río Renn. El caballo agradeció el agua fresca y Dylan la soledad.

Se arrimo a la orilla en busca de un poco de agua y se encontró con su reflejo. El cabello anaranjado le caía sobre los hombros, tenía los labios resecos y la piel un poco mas bronceada, su rostro había pasado de ser redondo a bastante anguloso, como el de su hermano Aylan, y la maldita cicatriz que iba desde su frente hasta su pómulo izquierdo.

Le dio un puñetazo al agua y su reflejo quedó distorsionado.

- Tiene razón, Stallion - dijo a su caballo - Soy un asesino.

Stallion se acercó a él y le empujó con suavidad el rostro.

No - dijo una voz.

Dylan miró al caballo con el ceño fruncido, miró a su alrededor en busca del emisor, pero no había nadie más que él y Stallion.

- Ahora estoy volviéndome loco - murmuró.

No

Sintió miedo, un ligero sudor frío que le recorría la espalda, pero decidió no prestarle atención.

No pudo evitar que su mente vagara hacía el pasado, hacia el día en que se perdió dentro del bosque Wiklen. El día en que la choza se quemó y su padre quedó encerrado dentro.

Recordaba poco, pero lo suficiente como para que doliera. Él tenía como doce o trece años, le gustaba jugar solo por la linde del bosque, su padre le había dicho que no entrara jamás, que las malas lenguas decían que allí se reunían las brujas a hacer rituales y lanzar maldiciones.

Su padre les había enseñado que en todas las historias había un poco de verdad. Incluso en las más descabelladas que contaba la esposa del carnicero.

Esa tarde una oscuridad insólita llamó la atención de Dylan, el murmullo de un centenar de voces que susurraban dentro de su cabeza. Siguió el murmullo de las voces hasta la linde del bosque. El aire que salía del bosque olía a podredumbre, a muerte, a carne en descomposición.

Una voz lo llamaba por su nombre desde el interior del bosque y dos ojos rojos lo observaban. Tenía miedo, claro, pero algo lo obligó a caminar hacia adelante, adentrándose cada vez más en el bosque.

Los árboles parecían enfermos, despedían una sabía negra con olor a podrido. Parecía que lloraban. Ni un rayo de sol entraba en ese bosque.

A medida que se acercaba a aquellos ojos sentía una presión en el pecho, le costaba respirar y el miedo se acrecentaba al darse cuenta de que no podía huir en sentido contrario.

Se vio alzado del suelo por una fuerza invisible, hasta que sus ojos quedaron a la misma altura que los rojos.

He estado llamándote desde hace mucho tiempo, Muntakhab* - dijo la voz - Ya es hora.

De pronto una luz cegadora lo cubrió todo y Dylan no recordaba más que eso.

Luego encontró a sus hermanos echando agua a su choza que se quemaba. Se unió a ellos pero ya era demasiado tarde. El fuego lo consumió todo, incluso a su padre. Ningún otro fuego hubiese reducido todo a cenizas tan rápido como aquel.

Cuando todo hubo pasado curaron el rostro de Dylan, ni siquiera sabia como se había hecho ese corte. El caso es que perdió la visibilidad del ojo y le quedo una horrible cicatriz.

Al parpadear se le cayeron unas cuantas lágrimas. Extrañaba a su padre, también su casa. No quería estar en ningún otro lugar.

Permaneció a orillas del río, sabía que tarde o temprano lo encontrarían, aunque desease que no fuera así.


Sylas


- Eres un grandísimo... torpe - dijo Sylas

Todo había pasado tan rápido que no supo cómo reaccionar y cuando pudo ya era tarde.

- ¿Dónde crees que habrá ido? - preguntó.

- No me interesa - respondió Aylan montando nuevamente.

- Oh ¿En serio? - se mofo Sylas - Déjame decirte cómo serán las cosas. En primer lugar buscaremos a Dylan, y lo encontraremos. En segundo lugar vas a besarle el bronceado trasero con esos labios de cinta maltrecha que tienes y le pedirás perdón...

La cara de su hermano se contrajo en una mueca de asco.

- Eso no sucederá, no le pediré perdón por cosas que no dije.

- No, le pedirás perdón por tus acciones, por las cosas que no negaste y por haberte comportado como un maldito infeliz.

- No lo haré - insistió.

Sylas suspiró. Su hermano siempre había tenido la particularidad de ser orgulloso y un poco egocéntrico, en resumen: un grano en el culo. Sin embargo siempre supo como arreglar las cosas y como comportarse, le sorprendía que hubiese actuado de la forma en la que lo había hecho.

- Es nuestro hermano, Aylan - le recordó - y si él es culpable por lo de papá nosotros también. ¿Dónde estábamos cuando la casa se incendió? ¿Dónde estábamos cuando Dylan se perdió en el bosque y mamá tuvo que rescatarlo?

- No la llames así - dijo con los dientes apretados y un brillo extraño en los ojos.

- Muy bien - se apresuró a decir Sylas, alzando las manos - tu estas molesto por otra cosa. Quieres que Dylan este a salvo, yo también lo quiero, pero lo estamos perdiendo Aylan. Cada paso que damos es un paso que Dylan esta más lejos de nosotros. No acabes por ahuyentarlo, piensa un poco en él. Dylan no sabe porque huimos, ni de qué, no puedes exigir que lo comprenda y te lo agradezca.

- Lo sé. Yo se todo eso Sylas, pero no sé qué me pasó, de repente me sentí lleno de ira. Quería... cambiar. - lo último fue un susurro que Sylas oyó pero decidió pasar de largo.

- Encontremos a Dylan.

Aylan asistió y espolearon a los caballos.

La búsqueda no fue tan ardua como creyeron, en parte gracias a Sylas que sabía que su hermano iría a donde sea que Aylan no desease ir.

Salieron del camino y cabalgaron entre una espesa arboleda. Aquel bosque era una especie de laberinto, olía a magia poderosa y antigua, o eso contaban las historias. Sylas solo olía a rocío y flores silvestres. Aunque a medida que se acercaban al paradero de Dylan, un agridulce perfume manaba de la hierba.

Un viajero le había contado la historia de la flor azul que esconden celosamente las Féery. Una historia de traición y muerte en la que todas las razas deseaban la flor para ellos. Sin embargo las Féery fueron mucho más inteligentes, crueles pero inteligentes. La reina, con ayuda de un grupo selecto, escondió la flor donde jamás ningún ser con intenciones poco nobles la volvería a encontrar. El consejo de las Féery decretó que ningún ser mal intencionado saldría de sus bosques. Impusieron castigos a diestro y siniestro, convirtiendo a humanos codiciosos en criaturas retorcidas, y a viajeros infortunados en bestias atroces.

- Tenemos que salir de las profundidades del bosque para el atardecer - dijo Sylas - O no volveremos a salir jamás, Aylan.

- Lo sé hermano, pero si lo que dices es cierto Dylan esta en el centro de este maldito páramo.

Continuaron cabalgando al limite de la capacidad de sus caballos. Ambos tenían el corazón disparado y una presión en el pecho que les dificultaba respirar. Estaban preocupados y angustiados.

Desde la muerte de su padre una figura oscura y malvada los perseguía. Tuvieron que escapar de su pequeño pueblo por que quiso llevarse a Dylan. Al poco tiempo, en su corta estancia en Fretford, un pueblo cercano, oyeron que habían quemado Ternford, el pueblo en el que se habían criado.

La figura volvió a encontrarlos una y otra vez en pequeños pueblos y grandes ciudades, así que decidieron mantenerse huyendo por sitios alejados de la civilización. Conseguían despistarlo un tiempo, pero tarde o temprano los encontraba.

- Habría sido mejor continuar por el bosque de Leynn. - dijo Sylas rompiendo el silencio.

Aylan no dijo nada por un rato, pero luego de meditarlo un rato dijo:

- Nos hubiéramos arriesgado a que nos descubrieran los elfos de Përjetshën, su rey no es tan benévolo como la reina Sereia de Ëvergrëen, nos habría tomado prisioneros y todo por lo que hemos luchado se vendría abajo.

De repente Sylas frenó su caballo, indignado.

- Están muriendo, Aylan.

Su hermano también detuvo su caballo y lo giró para encararse a él que había quedado atrás.

- Su raza se extingue - continuó - la raza de nuestra madre también. Todos se mueren debido a un enemigo que no pueden combatir, un enemigo que ni siquiera conocen. Muchos tienen hijos, Aylan y ven el tiempo correr con temor, a la espera de un salvador que tú estás escondiendo de ellos.

Los ojos de Aylan se endurecieron y apretó la mandíbula.

- No voy a entregar la vida de mi hermano por un montón de criaturas que ya deberían estar extintas - sentenció.

El rostro de Sylas enrojeció. No podía comprender la falta de empatía de su hermano.

- ¡Nosotros también nos extinguiremos! - exclamó - ¿O acaso se te olvida que somos parte Féery?

- Pero somos más humanos, ni siquiera tenemos aptitudes mágicas.

- ¿Y por qué crees que los humanos van a sobrevivir cuando razas mucho más fuertes están cayendo? - inquirió Sylas con enfado - Estas equivocado si piensas que lo que sea que este destruyendo a las criaturas mágicas no hará lo mismo con los hombres. Moriremos igual que ellos. O quizá peor.

No pudo escuchar la respuesta de su hermano porque de un momento a otro todo a su alrededor se volvió oscuro. Al principio no había nada, ni objetos, ni otro ser, ni sonido alguno. Se encontraba de pié en medio de la nada, con el corazón desbocado. Estaba buscando algo pero no lograba recordar con exactitud qué.

Un llanto ensordecedor rompió el silencio. De pronto recordaba que buscaba: una niña pequeña, de cabellos como el fuego agonizante y los ojos de un amarillo intenso.

Cuando Sylas abrió los ojos se encontró tendido sobre la hierba, con la cabeza recargada en las piernas de su hermano que lo miraba con preocupación.

- ¿Estas bien?

Sylas asintió con dificultad.

- ¿Qué pasó? - preguntó poniéndose de pié.

- No lo sé, de repente tus ojos se pusieron totalmente negros y caíste de tu caballo.

Un sudor frío le recorrió la espalda, había tenido una visión. Como la noche en que murió su padre. Montó en su caballo y dijo:

- Debemos encontrar a Dylan y salir de aquí.

Inició la marcha y su hermano lo siguió de cerca.

- ¿Qué fue lo que pasó? - preguntó Aylan.

- Es la magia antigua de este bosque, está haciendo aflorar nuestros poderes. Tu intentaste cambiar, yo tuve un visión y no me extrañaría que Dylan comenzara a escuchar a Stallion... Hay que salir de aquí lo antes posible...

Un estruendo ensordecedor engullo las últimas palabras de Sylas. Los hermanos compartieron una mirada de preocupación y apremio, Aylan montó en su caballo y continuaron avanzando en dirección al río Renn en una búsqueda aún más desenfrenada que antes.


Dylan


El estruendo sacó a Dylan de su ensimismamiento. Se puso de pie de un salto y corrió hasta el lugar de dónde provenía el sonido.

Junto al camino, estampada contra un árbol y medio quemándose, había una carreta. Recargado contra un árbol había un hombre que agonizaba, una de las maderas se había desprendido y le había atravesado el pecho.

Cuando Dylan llegó a su lado ya era tarde, el hombre había muerto. Llevaba el emblema real de Landfort, una espada ensangrentada bordada en la solapa del chaleco negro de cuyo bolsillo asomaba un pergamino blanco.

Tomó el pergamino y lo inspeccionó. Estaba sellado con el mismo símbolo. Si algo sabía Dylan de Landfort es que solo los mensajes del rey llevaban aquél emblema.

- ¿Qué fue lo que pasó aquí?

Dylan se volteó y allí estaban sus hermanos.

- No lo sé - respondió - pero encontré esto.

Le entregó el pergamino a Aylan y se puso de pie.

- Pobre hombre - dijo Sylas arrodillándose junto a él - Es Sir Lowel, la mano derecha del rey.

- Debe ser un mensaje importante - dijo Aylan, examinando el pergamino - Ese malnacido de Hermes no enviaría a Lowel si fuese la lista de las provisiones.

- Si recorría este camino sólo podía dirigirse a un lugar...

- Helder - concluyó Dylan.

- Exacto.

Ambos voltearon la vista hacia Aylan tras oír el sonido del sello partiéndose.

- ¿Qué? - dijo encogiéndose de hombros - hay que saber que dice ¿Desde cuando Landfort tiene asuntos con Helder?

- Desde nunca - respondió Sylas.

Aylan desenrollo el pergamino y leyó en voz alta:

- Están agonizando, hay que desplegar las últimas fuerzas y destruirlos de una vez por todas. Firma Hermes, rey de Landfort.

Sylas le quitó el pergamino y lo examinó, luego se lo pasó a Dylan. El mensaje era corto, llano y revelador.

- Esto significa...

- No significa nada, Dylan - espetó Aylan

- Pero...

- Aylan tiene razón, es demasiado fácil para ser real.

Dylan enrolló el pergamino y lo metió en el bolsillo de su pantalón. Alzó la vista justo para ver las últimas luces del día.

- Está anocheciendo.

Sus hermanos alzaron la mirada y exclamaron al mismo tiempo:

- ¡A los caballos!

- Pero el hombre...

- Mañana temprano volveremos - dijo Sylas - Apresúrate.

Aylan y Sylas montaron de inmediato, Dylan silbo y Stallion apareció frente él.

- ¿Por qué tanta prisa? - preguntó Dylan dándoles alcance.

- Hay que volver a la linde del bosque antes de que caiga la noche - gritó Sylas a pesar de que estaban a pocos centímetros.

Dylan deseaba preguntar por qué, pero sería inoportuno. Siguió el paso apremiante de sus hermanos y poco antes de que se extinguieran las últimas luces del sol alcanzaron la linde.

Armaron la tienda y encendieron una fogata. Aylan cazó un ciervo y cenaron carne asada.

Ya habían terminado de comer cuando Sylas anunció que iba a contar una historia sobre un dragón que dormía en las entrañas del último volcán activo en el mundo.

- Son puros cuentos para niños, Sylas.

- Es verdad, Dylan. Lo juro, por nuestro padre. Al sur de Merland hay un dragón que duerme dentro de la lava hirviente de un volcán.

- ¿Y quien te lo dijo? - se mofó Aylan - ¿Tu amigo el duende?

- Que Luther sea bajito no lo hace un duende, Aylan. Además hace años que no lo veo.

La melancolía cruzó el rostro de sus hermanos y Dylan sintió que debía salvar la noche. Por lo menos terminar bien aquel día insufrible.

- Yo quiero escuchar sobre el dragón, Sylas - dijo.

Aylan le dedicó una mirada de advertencia a Sylas, pero este hizo caso omiso.

- Al principio de los tiempos - comenzó Sylas su relato - entre el caos producido por el fuego y el agua, nació una de las razas que gobernarían esta tierra por miles de años. Cuenta la leyenda que el dios del agua y la diosa del fuego procrearon dentro de un volcán, dándole vida a los dragones. Esta es la historia de uno de sus hijos.
>> Con la aparición del hombre el pueblo mágico sufrió un gran desequilibrio y la paz que había reinado hasta entonces se hizo añicos en el sonido que hizo la espada del rey Dionisio al ser desenvainada por primera vez en estas tierras. No se sabe de dónde vino aquel hombre, pero se sospecha que mucho más allá de las tierras imperecederas, antes de que fuesen llamadas así.

- ¿Cuál era su nombre antes? - preguntó Dylan.

Sylas le dedicó una mirada de fastidio.

- No lo sé, Dylan. Tendría que leer la historia antigua de los elfos. Pero sé que Dionisio la llamó Sit Hyncidia, tierra incendiada en nuestra lengua actual.
>> Bien, Dionisio repudió a las criaturas mágicas y lucho contra ellas, incluso inició una purga. Hasta bebés eran quemados en la hoguera si se llegaba a sospechar que tendría aptitudes mágicas. Su primer mandato como rey fue prohibir las relaciones entre criaturas y seres humanos.
>> Al mismo tiempo en sit hyncidia un titan de titanes se preparaba para la guerra Tihajan, el temible. Era dragón de proporciones bestiales, inteligente y hábil.
>>Tihajan fue de aquí hacia allá causando estragos por doquier. Quemaba ciudades, destruía ejércitos. Aún no se sabe como Dionisio consiguió el arma que hirió a Tihajan, pero le perforó ambas alas impidiéndole alzar el vuelo. El temible se desplomó en el suelo y fue capturado.
>>Horribles fueron las cosas que le hizo Dionisio a Tihajan, cuentan que sus alaridos llegaban mucho más allá de las tierras desconocidas. El pueblo mágico, herido por los lamentos del dragón, unió sus fuerzas y en una sangrienta batalla lograron liberar a Tihajan que estaba incapacitado.
>>Las Féery lo escondieron en este mismo bosque y, para curar sus heridas, le dieron de beber el rocío que se deslizaba por los pétalos de la flor azul.
>> Una vez recuperado Tihajan abandonó esta tierra, no sin antes partir a Dionisio al medio con sus fauces. Dionisio II juró encontrar al dragón y asesinarlo. Tihajan voló a las tierras libres, minadas de extrañas criaturas creadas por las Féery, repudiados. Tomó curso hacía Merland pero al divisar el volcán cambió de idea y se sumergió dentro de este.
>> Allí, abrazado por la lava ardiente lo inundó la paz y la seguridad. Calló en un sueño profundo del que nadie ha podido despertarlo.
>> Hay una profecía...

- ¡Sylas! - exclamó Aylan, fulminándolo con la mirada.

- ¡Déjame terminar!

Intercambiaron otra de esas miradas que le decían a Dylan que había algo que sus hermanos no estaban contándole.

- Hay una profecía - continuó Sylas - que dice que solo la voz del último Kalorës despertará a Tihajan de su imperturbable sueño y este acabará con el enemigo desconocido que acecha a la magia de una vez por todas.

- ¿Que no los Kalorës estaban extintos? - inquirió Dylan.

- Lo mismo decían de las sirenas ¿Tú las ves extintas?

Dylan negó con la cabeza.

- Muy bien - dijo Aylan poniéndose de pié - pido la última guardia. Iré a mear.

Ambos observaron como su hermano se alejaba.

- ¿Qué opinas de la carta? - preguntó Dylan a su hermano.

- Es falsa.

- ¿Como lo sabes?

Sylas se encogió de hombros.

- Es obvio.

- Bien, explícame.

- Dime Dylan, si tu fueras el rey Hermes y enviaras esa clase de mensaje, ¿Te arriesgarias a que el enemigo te descubriera?

- Pues no.

- ¿Que clase de estúpido envía un mensaje así por el corazón del hogar del enemigo?

- Lo han hecho a propósito, para poner a las Féery en contra de los humanos.

- Tal vez solo para plantar la semilla de la duda. Los humanos y las Féery llevan una relación tensa, no sería muy difícil romperla.

Dylan asintió. Los humanos llevaban una relación tensa con cada ser viviente, incluso entre ellos las relaciones eran tensas.

Alzó la vista al cielo sin estrellas y se las imaginó bailando en el corazón del bosque, como en el poema de Dylan. Hacía meses que nadie veía una Féery, los barcos se hundían, las personas desaparecen de los muelles, las historias que corrían eran cada vez más extrañas, los caminos no eran seguros,

- ¿Crees que alguna vez veremos dragones sobre volar bosques y ciudades de nuevo?

- Creo que algún día ese salvador se verá revelado y, con la ayuda de Tihajan, le devolverá los años de gloria a Sit Hyncidia y traerá la paz a este mundo de una vez por todas.

- Ojalá así sea.

Al regreso de Aylan, Sylas se escabulló dentro de la tienda dejándole la primer guardia a Dylan.

Aylan se sentó junto a él en la hierba y por unos pocos segundos ambos contemplaron la luna en silencio.

- Lo siento - dijo Aylan - No debí comportarme como lo hice.

- No, yo lo siento. A veces olvido que, aunque no me tengan la suficiente confianza como para contarme, todo lo que hacen es para mantenernos a salvo.

- No Dylan, hay seguridad en la ignorancia. Papá deseaba que estuvieses a salvo. Tú. No Sylas, no yo. Tu. Me hizo jurar que jamás te sucedería nada, me hizo jurar...

La voz de su hermano se fue convirtiendo de a poco en un inaudible susurro, las manos le temblaban y se le sacudían los hombros. Aylan lloraba, por primera vez en su vida, lloraba.

Dylan no osaba tocarlo, no quería perturbarlo, ni hacerle creer que debía parar de llorar. Su hermano se había pasado toda su vida pensando en los demás. Cuando su padre murió Aylan fue fuerte por los tres, al final, tanta fuerza empleada en reprimir sus sentimientos debía estarlo destruyendo por dentro.

- Siento mucho lo de papá, si yo...

- Basta Dylan. No fue tu culpa ¿Cómo podría serlo?

- Si hubiese estado en casa las cosas serían muy distintas

- Podríamos culparnos todos por no haber estado, por no haber llegado a tiempo, por lo que sea y esto se convertiría en una cadena de culpas, una cacería de brujas que no nos llevaría a ningún sitio. Solo hay un culpable de lo que le sucedió a papá, la persona que causó el fuego.

Volvió a llenarlo todo el silencio. Contemplaron las llamas, ambos asimilando lo que había dicho el otro. Era la primera comunicación real que tenían desde hace tiempo y Dylan por fin se sentía bien, toda la ira había desaparecido. Aún se culpaba por la muerte de su padre, pero saber que Aylan no lo culpaba lo aliviaba enormemente. No soportaría que su hermano lo odiara, o le tuviera rencor.

- Ha sido bueno - dijo Aylan apoyando una mano en su hombro.

Dylan sintió el contacto reconfortante.

- Sí, es bueno charlar a veces...

- Te prometo que mañana por la mañana te lo contaré todo.

Luego de aquella promesa, Aylan se puso de pie, le dio las buenas noches y se encamino a la tienda. A medio camino se volteó y dijo:

- Mantén el fuego encendido, a las hadas no les gusta.

Le guiñó un ojo y desapareció dentro de la tienda.


Aylan


Entró en la tienda y Sylas estaba sentado, mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja.

- Así que vas a contarle

- ¿Sabes hermano? - dijo Aylan sentándose frente a él - Siempre he creído que una vieja chismosa reencarnó en ti y te dio todos esos super poderes con los que espías a la gente.

Sylas hizo una mueca.

- No lo descarto. ¿Vas a contarle?

Aylan se encogió de hombros.

- Tiene derecho a saber, es su destino no el nuestro. Además tienes razón, lo estamos perdiendo. Y en caso de que decida recorrer un camino tan peligroso como el que tiene bajo los pies, será mejor que lo haga con nuestra compañía.

- Me asombra cuánto has madurado - bromeó - tal vez debas dejar que Dylan te golpee más seguido, hermano.

Aylan le lanzó lo primero que tuvo a la mano y Sylas se cubrió entre risas.

- Aún así no quiero que mamá se le acerque. Todo lo que toca lo destruye.

- En mi opinión es una gran mujer... Féery... lo que sea.

Aylan se recostó sobre la manta ignorando el comentario de Sylas. No había forma de convencer a su hermano de que Gwyneth, reina de las Féery no era una buena persona... criatura... lo que fuera.

Destruyó a su padre, destruyó su familia y ni siquiera fue capaz de proteger a las personas que ella aseguraba amar. Las historias tampoco la pintaban amable, dulce, ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, orgullosa, despiadada, injusta, descarada y feroz. Conocía la historia de la mujer gato, de la tumba de la inmortalidad, del soldado lágrimas de sangre. Las Féery no eran buenas, y su madre era la gobernadora de esa raza de seres horribles.

Sylas se recostó junto a él y ambos se quedaron observando el techo de tela que se encontraba a casi un metro de distancia de sus cabezas.

- ¿Crees que encontraremos el cuerpo de Lowell mañana por la mañana? - preguntó Aylan

- No, puedo apostar el poco pan que nos queda a que las Féery ya lo tienen en su posesión.

- ¿Nos queda poco pan?

- El arroz y el vino tambien se estan acabando, y hace tiempo que no encontramos verdura y hierbas.

- ¿Por qué no me dijiste que el vino se esta acabando?

- Porque se lo tomó Dylan y me hizo jurar que no te lo diría a menos que fuese una urgencia. Lo poco que te importa que nuestro sustento se esté acabando dice mucho de ti como guia hermano mio.

- Siempre habrá un venado que cazar.

- Ahí es donde te equivocas, en realidad nuestras opciones son muy limitadas. Nuestro camino a Ëvergrëen esta plagado por clanes de centauros que sería nuestra ruta más segura, y sabes de antemano que no se puede asesinar a ninguna criatura en territorio centauro. Nuestra otra opción...

- Es Helder, lo sé. Honestamente solo quiero atravesar este maldito bosque Sylas, luego me preocuparé por que ruta es la mejor.

- No sé que te hizo mamá para que la odies tanto...

- ¿En serio? Destruyó a nuestro padre.

- Le dio amor a nuestro padre.

- Claro que no, si le hubiese dado amor todo habría sido distinto. Le dio problemas, ausencias, un corazón roto y tres bocas que alimentar. ¿De veras crees que eso era amor?

- Para ellos lo era.

- Lo dejó morir.

- Tuvo que elegir entre el amor de su vida o su hijo.

- Claro que no, tuvo que elegir entre la vida de un humano cualquiera o la de su preciado salvador. No hay heroísmo en sus acciones, solo egoísmo.

- Juzgas muy cruel, hermano.

- ¿Vas a decirme a caso que todas las personas castigadas por ser demasiado ingenuas como para entrar en su bosque fueron castigadas por un bien mayor? Tiene todos esos poderes solo para presumir.

Sylas suspiró.

- No creo que logremos ponernos de acuerdo sobre esto jamás.

Aylan se volteó, dándole la espalda, y cerró los ojos para caer en un sueño intranquilo.


Dylan


Las llamas producían un calor agradable. Le hubiera encantado que las estrellas iluminaran el cielo nocturno mientras lo contemplaba.

Para Dylan las estrellas eran algo maravilloso. Un regalo divino. Nada en este mundo se le comparaba, ni podría jamás. Eran pequeños diamantes incrustados en la oscuridad, guiándote a casa, iluminando tus momentos más oscuros, impidiéndote aburrirte en tus horas de guardia, pero no tenía esa suerte.

Se concentró entonces en las llamas, que bailaban al son del aire. En su color anaranjado opaco. En el sonido que hacía la madera al resquebrajarse.

Trató de apartar cualquier pensamiento de su mente que no fuese sobre el fuego. Sin embargo no podía quitarse la historia de Sylas de la cabeza. Que cantidad de daño le hacía el hombre a esta tierra y a sus habitantes. Y a pesar de eso parecía estar saliendo ileso de esta guerra.

Le asombraba que los humanos no hubiesen decidido participar, con lo que les gustaban las riñas y las guerras, para ellos la muerte sólo tenía sentido si morían con una espada en la mano.

Sangre - dijo una voz.

Dylan se puso de pié y tomó la espada de Aylan. Miró a su alrededor, con la pesada espada alzada.

Sangre, sangre, sangre, sed.

No parecía una voz humana. Se oía aguda y rasposa, y la acompañaba un eco.

Dame, dame, dame sangre. Sí, sangre. Deliciosa sangre caliente...

Dentro del bosque se alzaban dos ojos amarillos que no le sacaban la vista de encima ni se permitían parpad. Dylan se aferró a la espada, recordando lo malo que era perseguir ojos dentro de los bosques.

Otros dos pares de ojos amarillos se alzaron junto al par inicial y Dylan considero que sería buena idea despertar a sus hermanos. Sin embargo, tan rápido como aparecieron se esfumaron.

Una víctima. ¡Sangre, sí!

Luego de aquello los pájaros alzaron el vuelo de la copa de los árboles debido a un grito ensordecedor que rompió el silencio. No se detuvo a pensar en el peligro, simplemente corrió tras el grito de auxilio.

Entró en el bosque oscuro y sombrío, no sabía muy bien cómo pero a pesar de no ver nada sabía exactamente dónde se encontraba la criatura.

Llegó a un claro junto al río Renn sin aliento, con el corazón desbocado y la adrenalina saliendole por cada poro del cuerpo.

no lograba ver más que sombras y siluetas, cosas que se movían. Logró distinguir un animal sobre un cuerpo tendido en el suelo y el sonido amortiguado que hacían los dientes al romper la carne.

- ¡Oye! - gritó Dylan.

El animal alzó una cabeza... y luego otra, y otra.

- Esto fue una mala idea. - admitió.

La criatura abandonó el cuerpo sin vida y se abalanzó sobre Dylan con las fauces abiertas de las tres cabezas. Mientras más cerca estaba más cosas podía distinguir sobre ella, como que su piel era escamosa, tenía cola, patas y cuerpo de cocodrilo pero sus tres cabezas eran de serpiente.

Dylan blandió la espada y atacó una de las cabezas de animal pero cuando el filo de la espada hizo contacto con las escamas, esta se partió en mil pedazos.

- ¡No jodas! - exclamó echándose hacia atrás.

Una de las cabezas mordió su brazo y cayó al suelo profiriendo un agudo grito de dolor. Sentía como un calor extraño le recorría las venas como si se las estuviese lijando. Era un dolor insoportable.

Cuando el animal se dispuso a hincarle el diente a la yugular un caballo salió de la nada y pateó con fuerza al animal que acabó patas arriba sobre la hierba. Sin miramientos el caballo le clavó la lanza en medio del estómago mientras el animal se retorcía.

Pero no era un caballo lo que estaba asesinando a la criatura, sino un centauro, una mujer centauro.

- Esto tiene que ser una broma - dijo la mujer viendo el cuerpo en el suelo.

Dylan hizo acopio de todas sus fuerzas para ponerse de pie y caminar unos dos o tres pasos hasta el cuerpo. Sentía las piernas como gelatina y veía todo borroso pero logró distinguir la piel verde y los ojos completamente negros de los Féery antes de caer inconsciente


Cuando sus hermanos llegaron al claro ya era tarde, las Féery estaban allí y se llevaban a Dylan flotando junto con un centauro encadenado.

A un lado había un Féery muerto, destrozado de arriba abajo, y un poco más lejos había un animal muerto al que las Féery analizaban.

- Tenemos que ir con Dylan, explicarles quienes somos - dijo Sylas.

- Y nos darán una muy buena bienvenida.

Sylas le dedicó a su hermano una mirada de fastidio y, antes de que pudiese impedirlo, se lanzó fuera de los arbustos y corrió hacia los Féery que se llevaban a Dylan.

- ¡Oigan! - gritaba.

- Tiene que ser una broma - se dijo en voz alta.

Salió de los arbustos pero cuando iba a acercarse a sus hermanos un grupo de Féeries lo obligó a arrodillarse y también lo encadenaron.

- ¿Qué creen que hacen?

- Solo seguimos órdenes, Insan - dijo un Féery de cabello azul al que confundió con una mujer hasta que vio que las mujeres tienen pechos.

- ¡Exijo hablar con Gwyneth! - gritaba Sylas.

Aylan estaba furioso. Tal vez deberían haber seguido por Leynn. Este plan había salido terriblemente mal.

9 de Septiembre de 2019 a las 01:26 0 Reporte Insertar 2
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