Niebla en la Montaña Seguir historia

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A veces las historias deberían ser olvidadas. Las historias que matan una parte del alma, que callan las voces y cantos, que desvelan la realidad tras una espesa niebla para solo revelar que el vacío sigue ahí, aunque ignores todo de él.


Inspiracional Todo público.

#muerte
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El ciclo

La gente de este pueblo prefiere olvidar las cosas malas que pasan, y más hablando de una desgracia que se astilló tanto en los corazones de sus habitantes. Es por eso que la casa de don Heliodoro se encontraba tan sola durante su fallecimiento. Es por eso que la vieja Blanca fue a cuidarlo mientras que le llegaba la hora. Y es por eso que se conocen las últimas palabras del viejo al que el pueblo creía loco.

La vieja Blanca lo conocía bien: su esposa y su hijo habían muerto hace casi una vida. No le gustaba la compañía de otras personas, pero se la pasaba tomando cerveza en la tienda de doña Marta y hacía de gallo despertador en el pueblo, pues, cuando rayaba el sol, salía gritándole a la montaña desde la ventana de su casa, sollozando. Por eso lo creían chiflado. El viejo siempre se pasaba por la tienda de la vieja Blanca, a eso de las doce del medio día y le compraba un plato de calostros con panela rayada.

Cuando Blanca llegó al lecho de Heliodoro, lo encontró mirando por esa misma ventana hacia la montaña. La miraba con mucha tristeza. La vieja le tomó la mano y le puso una taza de caldo para que se la tomara. El viejo la miró sin señal de hambre, pero al instante tomó la cuchara y la sumergió en el plato levantando una especie de papa amarilla —como la criolla—. Se la puso frente a la boca pero no se la comió. La olió lentamente, como quien inicia un suspiro de amor. Después de ello —con una voz suave, rasposa y melancólica— dijo:

— A mi señora le olían igualito las manos. Ella trabajaba cultivando mellocos allá, en esa misma montaña. —y señaló con su otra mano por la ventana.

Blanca no volteó la vista. En cambio, miró con más fuerza al enfermo; pero tuvo que mirar a otro lado para evitar el llanto.

El viejo Heliodoro, como si quisiera evitar el pesar de doña Blanca, se dispuso a hablarle dejando a un lado la taza:

—La montaña siempre esta llena de muertos. No hablo solo de mi mujer y de mi hijo, esta llena de muchos muertos, de cualquier parte. De fantasmas, más bien. ¿Que por qué? Pues porque es la verdad, doña Blanca. Yo los veo todos los días. A veces hay más, a veces hay menos y a veces hay tantos que no me dejan ver por donde voy. ¿Que no me entiende? Pero si todos saben lo mismo que yo. Respóndame doña Blanca: ¿A dónde va la gente cuando se muere? Al cielo, sí señora. Uno los ve pasar todos los días, andando despacito sobre nosotros, con su vestido blanco. Almas en paz caminando sobre el cielo. Nos ayudan en las cosechas y los tenemos en ese caldo que me pasó. Le regalan la vida a quien sí la necesita. Y entonces hay almas que todavía extrañan la tierra. Y ¿qué es lo que hacen? Se la pasan buscando un lugar alto para poder bajarse por ahí. Y se deslizan sobre la montaña en forma de neblina.

»Cuando mi mujer se estaba muriendo me dijo que, cuando cultivaba allá en la montaña, le parecía ver a su papá difunto sentado en su silla mientras comía el desayuno que le llevaba a diario, entre la bruma. Cuando mi mujer se murió, mi hijo me decía que la veía allá entre la montaña cultivando mellocos, como siempre. El niño siempre la salía a recoger a eso de las seis de la tarde en el puente que pasaba sobre la quebrada para ayudarla a traer el bulto. Cuando lo encontraron a él ahogado en el rió, más abajo del puente, entendí cómo es que terminó pasando.

»No, tranquila mija, yo siempre lloro; y no me da miedo que me vean. Pero es que… si esa misma tarde, yo no me hubiera ido a tomar a la tienda de Marta a lamentarme por mi esposa… no habría dejado solo a mi chino en la casa y…

»Cada vez que estoy consciente —que poco lo estoy por la borrachera—, le rezo al señor que, por lo menos una sola vez, entre toda esa manada de muertos; por una sola vez, en estos cuarenta años, tenga la decencia y la amabilidad, la misericordia y la bondad, la gentileza y la piedad de concederme un poco de perdón y dejarme ver a mi mujer y a mi hijo una sola vez, entre la niebla de la montaña.

El viejo Heliodoro quitó la vista de la silenciosa mujer para ponerla de nuevo sobre la montaña.

La vieja Blanca se levantó de su lugar, tomó el caldo, ya frió, que estaba sobre la mesita de noche. Lo llevó a la cocina con gran afán, desechó los restos en la basura, dejó el plato sobre el lavaplatos, abrió la llave comenzando a restregar la cuchara, tomó el plato para lavarlo, lo soltó, cerró la llave, se posó sobre el mesón de la cocina y lloró en silencio.

La vieja Blanca se quedó durmiendo en una silla junto al lecho del viejo. Heliodoro también dormía.

Cuando el sol se asomaba en la montaña, la voz del viejo despertó a la mujer. Balbuceaba algo que la vieja no alcanzó a oír; y su mano se estaba dejando caer sobre la cama, apuntando a la ventana, todavía con la señal de un saludo. Cuando la mano cayó sobre el lecho, el viejo ya había dejado escapar su último aliento, como quien termina un suspiro de amor.

La vieja Blanca no lloró esta vez. Se echó una bendición haciendo un rezo entre dientes y le grabó un beso a la frente del viejo, todo esto con suma lentitud.

Al salir de la casa, la vieja no pudo evitar ver hacia la montaña: La madre niebla, como todos los días, abrazaba la tierra con afecto, soltando sus lágrimas, alimentando a sus hijos.

Desde entonces se cree que cuando una persona ve el alma de un ser querido entre la niebla es porque viene por él, para que no se pierda en el viaje entre la tierra y el cielo que, generalmente —dicen los madrugadores campesinos—, ocurre cuando amanece, mientras los primeros rayos de sol evaporan el agua del suelo para convertirlos en nubes.

29 de Agosto de 2019 a las 18:01 0 Reporte Insertar 0
Fin

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