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ellenrod Ellen Rod

Hazz es un adolescente de familia acomodada, con una reputación que le acecha. Futuro jefe de una entidad millonaria. A pesar de la exigencia de sus padres tradicionales y ambiciosos, Hazz es un alma libre, ama lo imprevisto y las emociones fuertes. Odia el halo de lujos e hipocresía que rodea a su familia. Solo quiere encontrar esa libertad juvenil que le fue prohibida. Louie es un estudiante con muy buenas notas. Su única familia es su madre; divorciada por malos tratos por su ex-marido. Una familia con poco poder adquisitivo y que casi siempre está perseguida por deudas y alcohol. Louie no es un chico muy seguro de si mismo. Es introvertido y precavido. No es de saltarse las normas. Evita las complicaciones, solo desea salir adelante y darle a su madre una vida nueva. Y luego está el destino. Ese algo que hace que dos mundos tan diferentes se encuentren y se unan, haciendo la combinación perfecta jamás esperada. Se trata de una romance-dramático ambientado en la vida actual. *Se avisa que habrá palabras malsonantes junto con escenas eróticas y de violencia*


LGBT+ No para niños menores de 13.

#drama #amor #libertad #lgtb-romance
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Preparado para el suicidio mental.

El despertador sonaba demasiado alto. Más de lo normal. Mi cabeza no estaba para ese ruido ensordecedor así que rápidamente me giré de lado y estiré el brazo en un intento de apagar ese cacharro. Después de unos cuantos bostezos abrí los ojos y me quedé mirando al techo un buen tiempo. Era el día.


El día que podría cambiar mi vida por completo haciendo solo un examen. Una prueba que me permitiría entrar en una de las mejores universidades de todo el distrito de California y puede incluso que del país: Stanford.

Solo con recordarlo, mi estómago empezó a dar vueltas.


Se trataba de una universidad privada, ubicada a cincuenta kilómetros desde donde vivo. Más de media hora en ir y volver. Está llena de hijos de padres casi millonarios, profesores con cientos de doctorados, catedráticos a miles y una fama que le hace ser inalcanzable para cualquier bolsillo normal. El noventa y nueve por ciento de los que estudian allí salen con tres carreras como mínimo; o eso escuché. Como cabe esperar, su acceso es muy limitado para los que no tienen ese nivel de vida tan alto. Aun así, para que no les cataloguen de poco solidarios, dan dos opciones a los "pobres" como yo: tener unas notas de matrícula en todas las asignaturas o hacer un examen global en el instituto sacando un mínimo de nueve con cinco.

Vamos, más jodido imposible.


Mi única opción posible era hacer el examen, ya que no tenía ni de broma todas las asignaturas con matrícula. Solo conseguí una y fue en educación física, las demás solo tenía nota de nueve. Eran altas, si, pero no lo suficiente. No vivía en una vida como para derrochar el poco tiempo que tenía ni para conformarme con lo primero que pillara. Ni siquiera sabía lo que quería estudiar pero tenía claro que iba a ser algo que tuviera muy buen caché. Mientras que otros lo hacían para conseguir sus sueños, yo lo hacía para sobrevivir y salir adelante. No podía dejar pasar esta oportunidad por muy imposible que pareciera, debía hacer ese examen y sacar la mejor nota, si o si.


Me levanté rápido, me duché, me puse los mismos vaqueros de siempre, la camiseta descolorida de Pink Floyd y me dirigí a la cocina. Mi casa era más bien parecida a una cabaña pequeña, con una sensación de caerse a pedazos cada vez que entrabas que era aterradora. Solo se distinguía de las demás por una azotea que nunca utilizábamos desde hacía tiempo.


Cuando bajé a la cocina mi madre estaba ya sentada y con un vaso de agua entre sus manos.


"Buenos días cielo" me dijo sonriente pero con el semblante cansado y decaído. "Buenos días mamá. ¿Has dormido bien? No tienes muy buena cara".


"Nunca la tengo. Las pastillas hacen su efecto por dentro pero también por fuera"


Y tenía razón, desde que tuvo que medicarse por los ataques que le ocasionó el innombrable de mi padre, no ha parado de estropearse. El médico le recetó casi un cuarto de hoja de pastillas que debía tomar, y conociendo a mi madre o eran las pastillas o el alcohol. La verdad es que a esas alturas ya no sabía cual de los dos iba ser peor.


"Hoy es el gran examen ¿no?" me preguntó devolviéndome al presente.


Afirmé mientras le acercaba el desayuno, si se podía llamar así a un trozo del pan de hace dos días con aceite y un poco de leche con el café que una vecina nos regaló por Navidad. Siempre dejábamos que la comida que teníamos nos durara al menos unos cuantos días, siempre cuidando que no tuviera mal aspecto.


"Lo harás genial. Eres muy bueno en eso de los estudios", dijo muy segura después de dar un sorbo al café.


Mi madre no estudió, es más, ni siquiera se sacó los cursos obligatorios; no porque no quisiera, simplemente no tuvo ocasión de hacerlo.


"Va a ser MUY difícil, pero lo haré lo mejor que pueda. No he estado estudiando un mes entero para nada", dije devolviendo la sonrisa.


A pesar de todos los acontecimientos tan drásticos que hemos pasado juntos, mi madre siempre tuvo una confianza en mi inmensa. Supongo que el hecho de que no le cueste un duro tener a su hijo en el instituto le ayudaba a estar más tranquila.


Metí las cosas que me faltaban en la mochila y me despedí de ella con un beso en la frente y con un "buena suerte, cariño" de vuelta.








Eran ya las ocho y el autobús aun no había llegado. En la parada siempre había tres personas, y una de ellas siempre era yo; en una zona en la cual poco autobuses pasaban y los que lo hacían tardaban una eternidad en llegar. Menos mal que luego eran rápidos y te dejaban en tu parada en diez minutos. La cuestión era que el examen empezaba a primera hora y finalizaba al acabar el horario y no creo que fuera el día perfecto para llegar tarde.

Cuando ya empezaba a desesperarme el motor del autobús sonaba de lejos. Joder, por fin.






Llegué a buena hora, tuve tiempo para repasar un poco. Bueno, más bien repasar los títulos de los treinta temas de las ocho asignaturas.

Si es que era un suicidio mental ese examen.

"¡Louie! ¡Louie!" Me giré y vi al chaval que me había acompañado los doce años académicos de mi vida. Mitch. Era mi mejor amigo. Bajito, regordete, moreno, y vestido siempre con colores vivos. Era como un chaleco reflectante multicolor que nunca estaba quieto. El positivismo y la afectividad eran lo que más le caracterizaba como persona. Yo era más bien todo lo contrario.


"Hola, hoy...hoy... has llegado más pronto" dijo casi sin poder respirar y solo habiendo corrido unos veinte metros para venir hacia mí.

No es que fuera muy deportista el chaval pero hacía lo que podía.


"Ya sabes como es ese autobús, llega tarde pero te trae pronto. Algún día le regalaré algo al conductor por traerme entero y a tiempo" contesté riéndome mientras nos dirigíamos hacia las clases.


"Si, pues como no sea con un chupa chups ; es lo más barato que vas a encontrar!!" dijo riendo a carcajadas y contagiándome, como siempre.


Mitch no tenía tan bajo nivel de vida como la mía, se encuadraba en un nivel medio. Vivía a diez minutos de nuestra casa y, cuando podía, después de clases, venía a colaborar con la comida. Le encantaba cocinar y por eso no le importaba ayudarme a preparar el almuerzo. A cambio, le ayudaba con lo que necesitara en los estudios. Era como un hermano para mí.


Luego de saludar a unos amigos, llegamos a la clase donde se iba a producir la matanza. Había solo unas veinte personas de todo el curso, veinte valientes de los que solo uno podrá disfrutar del premio. Resoplé con miedo. Mis manos ya estaban sudando y todavía quedaba media hora para empezar. "Haz lo que puedas, tío. No te rayes, solo es intentar. Si no, tienes más oportunidades. Es cuestión de concentrarse y no distraerse". Era fácil decirlo cuando no eres tú el que lo va hacer. Apoyó su mano sobre mi hombro sacudiéndome en intento de animarme. Respiré hondo varias veces y entré. "Es tu oportunidad. No la eches a perder."


Esa maldita media hora pasó demasiado rápido, sin tiempo para unos padrenuestros, un hombre delgado, alto y con gafas entró. Tenía pinta de ser de esos profesores que no te perdonaba ni una y al que, por mucho que le llorases, le importaba una mierda tu vida personal. Tenía una plaquita en su camisa que ponía su nombre y el centro en el que enseñaba. Como una piedra me quedé cuando descubrí que el tío era de la mismísima Universidad de Standford. Ahora si que estaba acojonado. Nos observó detenidamente mientras pasaba lista. Luego de unos minutos, nos dio el típico discurso robótico.


"Las manos siempre deben estar sobre la mesa. El bolígrafo se dará junto al examen. No habrá preguntas ni descanso de ningún tipo. El tiempo justo son de dos horas y no se recogerá la prueba ni antes ni después de dicho tiempo. Y por supuesto, ni una sola mirada o palabra al compañero o se interpretará como comunicación. Les adelanto que las notas se darán en una semana. Si por algún caso puntual se diera la situación de que hubieran más de un alumno con la puntuación requerida, se procedería a la selección por medio del sorteo.

Nada más. Les deseo la mayor de las suertes"


Acabó su discurso con la típica sonrisa falsa y procedió a darnos los exámenes. Cuando llegó mi turno, observé lentamente las diez hojas de examen de dos caras que parecía no acabar nunca. Estaba flipando. Casi todas eran de desarrollar, ni un puto tipo test o de preguntas cortas. Sabía que lo iban a poner jodido, pero que fueran tan cabrones no tanto. Obviamente no les interesaban que unos "pobres" fueran hacer sombra a su universidad de oro, así que, cuanto más difícil fuera, menos probabilidad había de ver alguno por allí.

Quise mirar alrededor para ver la reacción de mis camaradas, pero a ver quien tenía huevos de levantar la vista del papel. Así que, me remangué las mangas, cogí el boli y dejé que ese examen me absorbiera por dos horas completas.



29 de Agosto de 2019 a las 18:48 0 Reporte Insertar 2
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