Sweetest Sin Seguir historia

yukitza Yukitza K.L

Kay es un estudiante repitiente de secundaria, matriculado en un internado privado, y que tuvo un encuentro poco común con otro compañero de establecimiento antes del ingreso a clases. Por azares del destino, no sería la única vez que tendrían que intercambiar palabras. ¿Qué podría traer este encuentro fortuito?


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Encuentro fortuito

Kay se despertó como todas las mañanas desparramado en su cama, acompañado de los muebles y los libros de estudio que adornaban el cuarto. Había pasado casi tres meses desde que su padre le enviara a ese Instituto Privado para ver si, de esa forma, lograba completar sus estudios secundarios -que por cierto - iban bastante atrasados. Aún no podía acostumbrarse a todo aquello; el piso crujiente de madera, la habitación estrecha, los largos pasillos y las colaciones sobre aquellas frías bandejas metálicas. Eso, y sin contar las incómodas duchas de los gimnasios.

Miró desganado el despertador. Marcaba las siete y media. Tenía sólo media hora para ducharse, vestirse y desayunar. Ya había tenido problemas con el profesor de turno por sus continuos retrasos y la verdad hoy no se le apetecía un regaño más. Se desperezó y se levantó relajado. No iba a correr hacia la sala.

Cuando estuvo listo, cogió sus libros y se largó de allí. En su cabeza sólo rondaba la idea del regaño que se avecinaba hasta que otro asunto lo distrajo. En el patio general, justo al frente del pasillo por donde él caminaba, se encontró con un grupo de jóvenes que murmuran entre sí, nerviosos y exaltados, mirando hacia el piso superior del edificio. Atraído por la curiosidad, el muchacho no tardó en acercarse.

—¿Qué sucede? —preguntó, apareciendo por el costado.

—Míralo por ti mismo —respondió uno de los jóvenes, apuntando hacia arriba.

Desde la azotea se podía divisar un muchacho. Rozaba peligrosamente el borde de la misma, con la mirada perdida y su cuerpo ligeramente inclinado en clara señal de que iba a lanzarse. A pesar de la distancia era distinguible su uniforme desordenado y el cabello alborotado, quizás por el viento matutino que soplaba en esas tempranas horas del día.

Kay se le quedó mirando con detenimiento, mientras el lugar se fue llenando paulatinamente de curiosos. Había algo en ese joven que le incomodaba y no era precisamente el hecho de estar próximo a un supuesto suicidio. La escena se le antojaba extraña; casi sacada de una serie televisiva. Pero era real y «en vivo». Una situación que podría amonestarle personalmente, pero que no podía negar su atracción. Ese adolescente que parecía drogado, con su mirada perdida en la nada, y cuyos ojos parecían estar viendo algo más en la distancia, capturó notablemente su atención.

—¿Se irá a tirar o no? —pensó en voz alta, sin quitarle la vista al chico.

—No lo sabemos —le contestó uno de los presentes—. Hace rato que está encaramado allí.

—¿Desde hace cuánto?

—Como... ¿unos diez minutos?

—¿Y llamaron a los maestros?

—Sí... pero creo que éstos fueron a llamar a la policía.

El joven volvió a mirarle con detalle. Aquel muchacho parecía no notar la cantidad de alumnos apostados a sus pies en espera de su salvación o caída, dependiendo cuál pasara primero. Adolescentes curiosos que no pretendían marcharse a clases y que le observaban con ansias como quien espera el actuar de un trapecista. Este hecho incomodó al joven, quien intentó abrirse paso entre ellos para acercarse más. ¿Cómo era posible que ese tipo estuviese allí, en el borde del edificio sin inmutarse de nada? ¿Estaría borracho; drogado? ¿O sería alguna clase de sonambulismo?

La respuesta era clara. No. Había otro factor que le intrigaba. Uno totalmente inquietante, que le llevó, quizá por eso o por algún motivo altruista, a alejarse rápidamente anunciando que lo «bajaría», sin ser tomado muy en cuenta.

El tiempo parecía haber tomado cuenta regresiva por si mismo. Mientras el joven ingresaba velozmente al recinto, los alumnos miraban ya no tan ansiosos el espectáculo sino preocupados al notar que el muchacho se inclinaba un poco más hacia adelante. Los profesores se amontonaron inquietos, gritando cosas y hablando entre ellos. En pocos minutos, la armonía de la mañana estaba rota.

Ocho con cincuenta y siete. Kay corría escaleras arriba, saltando peldaños cuando tenía la oportunidad, con los músculos apretados y el aliento agitado. Se le había metido en la cabeza que no podía ser un mero espectador. Debía, a toda costa, llegar a tiempo e impedir lo que fuera a suceder, aunque sentía que iba a contra-reloj.

La azotea estaba muy lejos.

Ocho con cincuenta y nueve. La tensión aumentaba y pronto las voces se transformaron en gritos de suplica y ayuda. La gente corría y exclamaba cosas que él no alcanzaba a entender.

Nueve en punto. Silencio.

—¡Diablos! —masculló para sí, apurándose a una ventana cercana, a medio trayecto. Desde afuera el público adolescente exclamó sorprendido y alborotado. Con la mitad del cuerpo salido por la lumbrera, Kay pudo contemplar el descenso vertiginoso del muchacho, y que se dirigía, sin remedio, hacia su misma dirección amenazante de golpearle la cabeza. Sin saber cómo, arriesgando su propia integridad física e ignorando si resultaría, extendió su brazo derecho en un intento irracional de capturarle en el aire, aferrado del marco con la otra mano. Lo tuvo en frente de sus ojos por un segundo antes de sentir que un duro golpe le desgarraba el brazo y le volcaba hacia afuera. Quedó colgado desde el borde, con los dedos aferrados al metal de la ventana. Tenía los ojos cerrados, en un gesto innato de suplica interna, rogando por más fuerza, a pesar de que sus dedos cedían del cansancio.

Desde el otro lado, sintió como varias manos le agarraban del brazo y de la camisa, tirándolo hacia arriba en un oportuno auxilio. Entre las voces y su propia confusión, sólo pudo comprender tres palabras:

—¡Eres un héroe!

No sabía si aceptar aquello o no; pero de lo que sí estaba seguro era del dolor en su hombro, de su mano aferrada a un suéter ajeno, y la visión del fallido suicida al lado de sus piernas.

Lo había conseguido. Había salvado al muchacho.



---0---



—¡Listo! —sonrió la enfermera mientras terminaba de colocar la venda en el hombro ajeno, firmemente—. Con suerte no te sacaste totalmente el brazo.

Y dicho esto, le regaló una leve palmada en la parte lesionada. De inmediato, el joven reclamó:

—No sea mala. Aún me duele.

—No te quejes. ¿Quién te manda? Ser un héroe tiene su precio —prosiguió ella, terminando de guardar las vendas en una cajita metálica que colocó dentro de un cajón tan blanco como su delantal.

—No soy un héroe.

La joven mujer volteó a mirarle. Era una muchacha de apenas veinticuatro años, egresada hace muy poco de su carrera. Sus largas pestañas y expresivos ojos, junto a su rizado cabello castaño, le hacían lucir mucho más niña e inocente de lo que era. Esa imagen de "niña-mujer" que poseía, siempre desconcertaba a Kay. Una chica que luce tan inocente a pesar de estar en la mitad de su veintena, no era bueno. Era sospechoso. Sobre todo cuando miraba fijo y sonreía con sorna, justo como ahora.

—Verdad. No lo eres. Eres un tonto.

—¿Eh?

—Eres un tonto. Lo que hiciste fue muy peligroso, Kay —prosiguió, cruzándose de brazos justo al frente suyo—. ¿En qué estabas pensando? ¿Qué habría pasado si caías al vacío? Nadie te aseguraba tu integridad.

—Bueno... es que... —. Titubeó al responder. Ni él podía explicar su propio actuar.

—Pudiste haber muerto. ¡Linda la habrías hecho!

—Pero...

—¿Y tu padre que haría al respecto? ¡No tenías porqué!

—Es verdad. No tenías porqué.

Se oyó de pronto desde el fondo. La voz provenía desde la entrada que conducía a la habitación de descanso, aquella que era ocupada para atenciones graves o de necesidad urgente. Desde allí, unos cansados ojos azules ocultos por unos mechones dorados, los miraba con determinación.

—Veo que reaccionaste —dijo de pronto la enfermera, acercándose a él—. ¿Cómo te sientes?

El muchacho no respondió. Sus ojos estaban puestos sobre Kay, quien aún se encontraba sentado al borde de la camilla.

—Sé que no me vas a agradecer, así que no me mires así—replicó ante esa incomoda mirada.

—Por supuesto. No debiste.

—Claro... no era mi incumbencia.

—No me conoces.

—Tienes razón. Pero le habrías amargado la mañana a todos los que se encontraban allí. Sin mencionar cómo quedaría la cancha de sucia. Y así, sin conocernos. A veces me pregunto si los suicidas piensan en la pobre gente que debe limpiar después.

El adolescente quedó en silencio, sin quitarle la vista de encima. Notoriamente, le estaban molestando esas palabras, insolentes y precisas.

—No sé cuales serían tus motivos —prosiguió Kay—. Pero creo que el suicidio no es una manera de escape. Piensa en tu familia.

—No sabes nada y no eres quien para darme consejos -; su tono ya denotaba hartazgo.

—¡Vamos! Eres joven. Tienes toda una vida por delante.

La enfermera se limitó a sentarse en la orilla del escritorio, espectadora de esta curiosa charla que se estaba gestando entre ambos jóvenes. Se preguntaba si aquello llegaría a buen puerto. De complicarse las cosas, debería intervenir con rapidez por mucho que en este instante sólo fuera una mera observadora. Era el único adulto y debía estar atenta.

—Todos dicen lo mismo porque no están en mi situación —continuó el muchacho, saliendo de donde estaba y acercándose a paso firme hacia él. Ahora que lo veía bien, Kay comprobó que no era tan menudo como imaginó en la mañana. Su cabellera rubia despeinada, su camisa a medio acomodar bajo el pantalón, la corbata suelta y la postura defensiva no delataba que hace menos de dos horas quiso quitarse la vida. Al contrario, se veía lleno de vida y con ganas de dar un golpe si le seguían debatiendo; sin embargo, sus ojos azules seguían luciendo apagados —. Hablan de la vida y el futuro como si realmente se lo creyeran. La vida no es tan bonita, ¿sabes? Tampoco creo en el destino, que dudo mucho me augure algo bueno.

—Pero el destino pospuso tu muerte —interrumpió la enfermera—. El destino quiso que Kay pasara por ahí, justo a esa hora.

—Coincidencia —increpó el joven.

—No creo que sea coincidencia —prosiguió la mujer—. Cuando las cosas pasan, es por algo.

El muchacho miró hacia un lado, enfadado.

—Mira. No es primera vez que sucede. Desiste de una vez. Tienes diecisiete años.

—Me voy—concluyó.

—Lo siento, pero no puedes —. La enfermera le detuvo con un marcado tono de voz—. Debes esperar aquí la llegada de la doctora Urrutia y de tu profesor jefe.

Chasqueó la lengua y con actitud irritada se sentó sobre la mesa, dando un pesado suspiro. La mujer se acercó a la puerta de salida.

—Voy a dar aviso a tus padres, así que no huyas. Espera a la doctora—y mirando a Kay, añadió: —¿Podrías vigilarlo hasta que llegue la doctora? Eres mayor, así que cuídalo.

—¿Qué? ¿Y por qué tengo que ser su niñero?

—Lo salvaste, velo por ese lado. Además debes esperarme, porque debo firmarte el pase de alta a tu profesor para que vayas de inmediato a reposo.

Y dando un leve portazo, la enfermera salió de la habitación dejándolos solos. Un incómodo silencio se formó entre ambos, mirándose mutuamente como quien analiza a un animal extraño dentro de su propia jaula.

—Así que viene la doctora Urrutia —suspiró Kay, más hablándose a sí mismo que otra cosa.

—Como si la visita de una psicóloga fuera a servir de algo.

—¿La conoces?

—Sí. Me trata desde que ingresé aquí.

—¿Tantas veces has querido suicidarte?

—No exactamente. Es... por otra cosa —concluyó corriendo la mirada y apretando sus propios dedos, levemente tembloroso.

El otro comprendió el gesto y la leve expresión de tristeza e incomodidad en el rostro del joven, decidiendo en no seguir preguntando más sobre el tema. Se levantó de la camilla, y se dirigió a una silla cercana, donde se encontraba su camisa y la chaqueta de su uniforme. Cuando intentó colocarse la camisa, su hombro lesionado dio un crujido poco natural que le obligó a encorvarse un poco de dolor.

—¿Te duele? —preguntó el joven.

—Más o menos.

—No debiste arriesgarte. Mira como tienes el brazo.

—Ya lo sé, sólo...

—Pero... gracias —susurró con la mirada gacha.

Kay le miró extrañado. No esperaba que le dijera eso, mucho menos después de esa actitud defensiva que había tenido hasta ahora. Sin embargo, el joven volvió a mirarle con la misma frialdad con la cuál se diera a conocer hace unos minutos desde la puerta.

—No lo vuelvas a hacer —. Sentenció.

No respondió a ello. Terminó de vestir sus prendas en silencio y se sentó en la silla del escritorio mientras esperaba la llegada de la enfermera.

El reloj marcaba las diez y un cuarto.

—Qué manera de tardarse —reclamó el mayor, apoyando su brazo en la mesa para reposar el mentón.

Su compañero no respondió. Seguía absorto sobre la mesa, tal vez pensando en algo concreto. Su expresión se había agudizado y eso le hacía pensar a Kay que ese muchachito insolente debía llevar alguna pena muy grande. Carraspeó un poco, antes de dirigirse hacia él:

—¿Sabes? —dijo a lo tonto—. Creo que te va a hacer bien hablar con la doctora.

Lentamente, el joven dirigió sus ojos hacía él, frunciendo el ceño.

—¿Por qué crees eso?

—Porque es psicóloga. Ella te puede ayudar y dar apoyo.

—¿Así te parece?

—Claro. ¿Por qué no?

—Porque me ayuda por trabajo. No porque realmente yo le interese. Soy solamente un paciente más. ¿Tú crees que eso me ayudaría?

Silencio. El muchacho no supo que responder.

—De todas formas —prosiguió el otro—, pierde el tiempo conmigo.

Iba a replicar aquello, cuando la puerta se abrió suavemente. La doctora fue la primera en entrar, seguida por el profesor jefe de Kay. Al verlos, el menor corrió la mirada, con disgusto.

—¡No puedo creer que lo hayas vuelto a hacer, Andrea! —chilló la doctora mientras se le acercaba—. ¿Por qué? Pensé que las terapias ya estaban funcionando en ti.

Su voz más parecía a la de una madre desesperada que a una doctora de turno. El profesor, por su parte, se acercó al otro joven con calma.

—Así que fuiste tú —dijo con tono serio—. Cuando la enfermera me contó pensé en cualquier otro alumno, menos en ti.

—¿Qué tan extraño es que haya sido yo?

—Bueno... no es extraño. Sólo que es más común verte metido aquí por tus lesiones causadas por tus riñas constantes con los demás alumnos que por otra cosa. Al saber que estabas aquí, creí que había sido eso, hasta que Katherine me dijo lo contrario.

—Que considerada es la enfermera —añadió con ironía.

—Mira Kay... lo que hiciste fue peligroso.

—Lo sé, lo sé... pero no se preocupe. No volveré a hacerlo.

La doctora les escuchaba en silencio, mientras acariciaba el cabello de su joven paciente, con preocupación.

—Tuviste suerte de que Kay estuviera allí —comentó con un tono suave.

—¿Suerte? —respondió con una media sonrisa—. ¿Usted de verdad cree en eso?

—Andrea, por dios —suplicó paciente la mujer.

—No me hable de dios.

La doctora le miró a los ojos con gesto de reproche. Al fondo el sonido de la puerta anunciaba la llegada de la enfermera.

—¿Me perdí de algo?

—De nada importante, Katty —respondió el profesor.

La enfermera le sonrió. Tomó un papel de su escritorio y lo timbró, para luego entregárselo a Kay.

—Aquí tienes el pase de reposo que debes entregar en rectoría —agregó con tono tierno—. Y tómate estas pastillas para los dolores. Una cada ocho horas.

Y le hizo entrega de un pequeño frasco, sin etiqueta.

—¿Cuándo puede volver a clases? —preguntó el profesor.

—Hoy o mañana. Sólo estará limitado a actividades físicas fuertes. Igual es recomendable que en la salida del fin de semana le revise un doctor.

El muchacho guardó inmediatamente el frasco en el bolsillo y se dirigió a la puerta, no sin antes darle un último vistazo al joven suicida que le miraba seriamente.

Su imagen se perdió al cerrar la puerta.



---0---



—¡No te creo! —exclamó uno de sus amigos que se encontraba sentado encima de la mesa.

—Así que eras tú. Jamás se me habría ocurrido: "Kay, el héroe" —prosiguió otro.

—Ya. Déjenme tranquilo —contestó éste un poco avergonzado, sentado en la silla, en medio de todos ellos. Sentirse acosado por sus compañeros de clase no era algo agradable, por mucho que estuvieran unos sentados y otros de pie, la sensación era la misma.

—Yo ni loco hacía lo que tú hiciste.

—Ya... si ya pasó. No soy un héroe. Déjenme en paz.

—Oye... ¿Y de que curso es? —preguntó otro, apoyándose cerca de la ventana.

Kay se quedó pensativo unos momentos, tratando de recordar la poca información que tenía a mano:

—Parece que es de cuarto año, igual que nosotros. Oí a la enfermera decir que tenía diecisiete años, aunque yo le echaba menos.

—¿Y cómo tú tienes veinte años y demuestras dieciocho? —lo amonestó uno, dándole un pequeño empuje juguetón en el brazo.

—Debe ser por el uniforme —contestó avergonzado.

—¿Qué se siente tener veinte, demostrar dieciocho, salvar a un menor de diecisiete, mientras estás pegado en el último año de secundaria? —preguntó con cierta ironía otro compañero, mientras le acercaba un micrófono imaginario.

El muchacho ya comenzaba a molestarse.

—Parece que todos ustedes están pidiendo a gritos que les dé una buena paliza.

Y chasqueó los dedos, empuñando las manos.

El pequeño grupo se alejó levemente. Sabían que aunque bromeara, su amigo era capaz de golpearles sin piedad si llegaban a sacarlo de quicio. Además, pelear con él significaba una derrota segura. No en vano era temido por casi toda la institución luego de derrotar al matón del recinto, el primer día de ingreso, en una ardua pelea en el patio trasero, a pesar de que el contrincante le sobrepasaba en edad y estatura.

Y aunque ya había pasado varios meses, el joven no tenía interés alguno de abusar de ese título imaginario que su rival poseía; pero los testigos del hecho junto a los rumores que corrieron después, le hicieron temido y respetado por los demás estudiantes.

—Es una broma, Kay. No lo tomes a pecho.

El muchacho sonrió, relajando los puños. Era una situación que sólo le causaba gracia.

—Solo espero... que no intente quitarse la vida nuevamente —habló de pronto, con un suspiro, luego de desviar su mirada hacia la ventana.

Sus compañeros le miraron extrañados.

—¿Te refieres al chico de ayer?
—¿Quién más? —contestó otro compañero—. Kay ha salvado a un suicida.

Kay respondió sólo con un leve movimiento de cabeza, sin apartar la vista del exterior.

—¿Lo dices porque tu heroísmo sería en vano?

—Créeme que no quiero repetir la hazaña.

—¿Y por qué no dejaste que se matara?

Abandonó ese punto fijo en el horizonte y miró a sus camaradas. No tardó en regalarles una sonrisa bromista:

—¿Y ver como se me arruinaba el desayuno? No, gracias. Y ya cambiemos el tema, que me estoy aburriendo.

Los jóvenes se miraron entre sí y volvieron a sus asientos a penas sintieron el ingreso del profesor en el aula, mientras el otro volvía a depositar sus ojos hacia afuera, abstraído en la calidez del paisaje que le invitaba a recordar lo acontecido el día anterior. En recordar otra vez esos ojos perdidos en sí mismo y tan azules como el cielo que le cobijaba.

«Realmente no sé porqué lo hice»; pensaba. «Pero quiero que mi esfuerzo no sea en vano».

—Quiero... conocerte—musitó al final.

«Y averiguar porque posees esa extraña mirada».



---0---



La jornada de estudio había finalizado y el cielo ya anunciaba claramente el final de la tarde. En vez de estar cada uno en sus respectivas habitaciones descansando, o en la biblioteca para prepararse para un examen próximo, Kay y sus compañeros se encontraban en el lugar más recóndito de la parte trasera del instituto, para beber unas cervezas que el mayor, aprovechando su edad, había adquirido el fin de semana. Todos eran conscientes de que si el rector los encontraba en ese instante, serían expulsados sin clemencia. Pero no les importaba el riesgo. Ese pequeño momento de camaradería, les ayudaba a relajarse de ese claustro semanal y del cual sólo podían liberarse los fines de semana.

—¡Ojala pudiéramos hacer esto más seguido! —rió Miguel, uno de los mayores del grupo.

—Disfruta lo que tienes, amigo —respondió Kay, sirviéndose otra lata.

—Pero es verdad lo que dice Miguel —replicó Gustavo, el menor de todo ellos y que era primo de Rodrigo, otro integrante del grupo.

—Sólo no se emborrachen para que no nos pillen.

Se encontraban sentados bajo un frondoso árbol, escondidos estratégicamente detrás de una pila de chucherías provenientes del gimnasio, y que estaban ahí para ser retiradas en algún momento de limpieza extrema del lugar y que aún no sucedía. Todo lo que ya no se ocupaba terminaba allí: sillas, mesas, colchonetas y casilleros; pero nunca, desde que Kay recuerde, se había hecho. Y eso, claramente, les ayudaba para esconderse y pasar desapercibidos.

Cuando se disponían en destapar otra cerveza, un fuerte y repentino chillido, proveniente del otro costado del lugar, les llamó la atención.

—¿Qué fue eso? —preguntó Rodrigo, dejando su lata a medio beber.

—No sé... sonó como un gato —respondió Felipe, el más robusto del grupo.

—Quizá lo agarró el perro del cuidador —agregó Kay, sin darle mucha importancia.

—Sí es así, pobre gato —prosiguió Luis, quien era el único que lucía un aspecto más pulcro comparado con el resto de sus compañeros, lo que le daba un aire limpio, responsable y pacífico, siendo el más peligroso de los seis cuando la pelea lo requería—. Espero que no sea eso, porque ese rodwailer es de temer.

El chillido aumentó. Efectivamente provenía de un felino, aunque las voces que se le sumaron, junto a unas traviesas risas, no se asemejaban a un perro. Un silencio pesado se apoderó de todos ellos, mientras prestaban atención a su entorno.

—¡No me digan que son los del cuarto F otra vez! —gruñó Gustavo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kay.

—¿No lo sabes? —se extrañó Miguel —. Fue comentado en todo el instituto.

—¡Pero si éste siempre anda en la luna! —exclamó Felipe, antes de darle otro sorbo a su lata.

—¡Cuenten de una vez!

—Lo que sucede es que a estos infelices no se les ocurrió nada mejor que molestar a los animales de puro ociosos que son. La semana pasada amarraron a un perro en la reja de afuera y don Luis lo tuvo que sacar de ahí y mandarlo al veterinario. Y hace poco casi mataron a un gato que encerraron en un barril con agua —recordó Rodrigo, con gesto molesto.

—Y para variar, fue don Luis quien lo encontró —agregó Gustavo—. Sospecho que lo hacen a sabiendas de que el conserje los va a rescatar como sea.

—¿Y qué dice el rector o los inspectores al respecto? —continuó Kay.

—Los tienen amenazados con la expulsión. Pero ellos alegan que no son; que don Luis les tiene mala y por eso los inculpan. Y como no tienen evidencias en contra de ellos...

—Claro... y al saber que don Luis siempre los encuentra, como dijo Gustavo, pues siguen con sus travesuras —concluyó Miguel.

Todo eso le hizo sentir a Kay su cerveza amarga. Unas personas con su juicio sano no harían esas clases de barbaridades. Si son capaces de hacer aquello con animales, ¿qué podrían hacer con los demás compañeros? Iba a dar su punto de vista al respecto cuando otra voz, ajena a las risas y a los chillidos, llegó a sus oídos. Ahora el gato no se escuchaba, solamente las voces enfadadas de varios muchachos y el recién llegado. Entre bochinche y ruidos pesados, sólo se pudo entender un "¡YA, dejen al gato!" que fue silenciado con un golpe seco.

El pequeño grupo se quedó mirando, con sus sentidos en alerta.

—¿Una... pelea? —preguntó Gustavo, ligeramente entusiasmado.

—Es eso... o los encontró don Luis otra vez —agregó Rodrigo.

La discusión proseguía y las voces se notaban más fuertes y claras. Kay se levantó de un salto, mirando hacia la dirección de la disputa; al otro lado del patio, cerca del gimnasio.

—Esa no es la voz de don Luis —. Concluyó el joven con seriedad, antes de emprender carrera hacia ese lugar.

—¡Hey! ¿A dónde vas? ¡Espéranos!

Se dirigió velozmente hacia el costado occidental del gimnasio, "el garaje de los desechos"; otra zona del patio trasero que servía de bodega de artefactos o útiles del instituto que se acumularon como elementos de reciclaje y que jamás fueron utilizados. Un punto a parte comparado con la basura del gimnasio. Este recinto poseía desde armarios viejos y estantes de la biblioteca, cajas, bidones para el agua, camillas de la enfermería, camas y hasta un bus de transporte. El motivo por el cual aquello se fue acumulando con el tiempo, era un misterio hasta para la propia docencia. Lo único que era claro, es que se hallaba en la única parte del recinto donde los alumnos tenían prohibido la entrada. A un costado del gimnasio, detrás de un alambrado de dos metros.

Cuando llegó se topó con un grupo de seis alumnos, abalanzándose sin piedad contra un bulto, tan oscuro como sus uniformes, y que al parecer se había defendido y golpeado certeramente a uno de ellos. Intentó pararse para dar revancha, pero recibió un palazo por la espalda que lo dejó de rodillas, apoyado en una sola mano y con la cabeza gacha. En su otro brazo llevaba algo peludo y pequeño, y que apretaba celosamente contra su pecho. Estaba en notoria desventaja y sus enemigos no tardaron en atacarle entre todos, a patadas.

Ninguno vio venir a Kay, ni tampoco supieron como se inmiscuyó en la pelea. Sólo sintieron un par de golpes y empujones que los alejaron del muchacho; una silueta alta y fuerte, que se interponía entre ellos, a la defensiva:

—¡Qué valientes, no! —exclamó con la sonrisa particular de quien disfruta de la adrenalina-. ¿Por qué no emparejamos las cosas y hacemos un enfrentamiento justo?

Sus compañeros aparecieron casi a la par de sus palabras, e instintivamente se pusieron a su lado, mientras miraban la escena en la que estaban.

—¿Qué sucede? —preguntó Miguel—. ¿Debemos corregir a alguien?

Kay volteó para mirar aquel cuerpo, encogido de dolor y que abrazaba al gato con gesto protector. Le reconoció de inmediato, a pesar de verle sólo su magullada espalda. Sus compañeros y los agresores ya habían comenzado un desafío verbal, que pronto podría acabar en una pelea en grupo. Las palabras no tardaron en transformarse en insultos y el ambiente comenzó a caldearse; así que, aprovechando ese pequeño tiempo, se acercó al agredido. Entre sus brazos por fin pudo ver al pequeño minino, manchado de sangre y que maullaba asustado, mientras unos ojos azules se levantaban para verle con tristeza y rabia contenida.

Llegaron demasiado lejos.

Un golpe. Un solo golpe se necesitó para que las voces callaran y vieran como un cuerpo caía de espaldas, con la nariz rota. Había sido el chico que golpeó al "bulto" con el palo. Y cuando intentó levantarse, una patada en el pecho le tiró hacia atrás, quedando inmovilizado por la falta de aire.

—¿Quién sigue? —gruñó Kay, chasqueando los dedos y con el rostro cargado de ira—. Porque ESTO... —prosiguió apuntando hacia el muchacho herido—. ¡No se los perdono!

No hubo más que discutir. Ambos grupos reaccionaron y comenzaron a debatirse a golpes y patadas, sin tregua alguna. A penas era perceptible el color de sus uniformes con la polvareda levantada, y que pronto se volvió opaco de tanta mugre y sangre salpicada. A lo lejos, aún con el minino en brazos, el joven agredido miraba detenidamente la pelea.

—Kay —musitó recordando de pronto su nombre y poniendo toda su atención en él. No comprendía como era posible que peleara de esa manera, a pesar de tener el hombro lesionado—. Es... una persona fuerte — dedujo para sí.

Se levantó rápidamente y ocultó al pobre animalito entre unas viejas cajas de cartón, cobijándolo con su chaqueta. Le acarició el lomo y le sonrió:

—Espérame. Regresaré pronto.

Cerró los ojos y respiró hondo, antes de volver a ponerse de pie. Se acercó a ellos con calma, y sin aviso alguno -con el cuerpo adolorido y sin importarle la herida de la cabeza -, se unió a la pelea, presentándose con un preciso golpe en la mandíbula a uno de sus agresores. Kay le miró:

—¿Estás bien? —preguntó.

—Luego te respondo.

El grupo agresor empezó a verse en desventaja. No querían ceder terreno y trataban a duras penas en seguir con eso. Pero la pelea se vio interrumpida cuando don Luis apareció, acompañado de su fiel guardián, y casi en el acto, ambos grupos se separaron arrancando por donde pudieron, dejando a Kay y al joven solos.

—Cobardes —musitó el mayor.

El muchacho cayó de rodillas, exhausto, poniendo una mano sobre la sangrante herida de su frente, que ya tenía buena parte de su rostro humedecido. El otro no tardó en acercarse.

—¿Estas bien, Andrea?

Andrea levantó la cabeza dejando al descubierto su magullado rostro, sucio y con los mechones pegados en sus mejillas a causa de la sangre. Le miró unos instantes, antes de sonreír.

—Me... salvaste otra vez.

Su voz ahora era mucho más amable que en el día anterior y eso hizo que al otro se le escapara una sonrisa:

—Qué coincidencia—respondió, tendiéndole una mano. El muchacho la recibió con amabilidad, y se levantó con cuidado. Desde el fondo, aparecía Don Luis con el minino en los brazos.

—¿Alguien puede explicarme esto?

Los jóvenes se miraron mutuamente por unos instantes, hasta que Kay tomó la palabra:

—Yo, don Luis.

El conserje hizo una mueca de enfado y con un gesto les guió hacia la caseta de seguridad. El hombre dio un suspiro de paciencia, rascándose la nuca. Era un hombre de mediana edad, fornido y de apariencia fuerte. Su espesa y corta barba, acompañada de sus firmes facciones tostadas, daban la imagen de un hombre recio que ha trabajado toda su vida en tareas difíciles y no en un simple señor de gaveta escolar. Dada su apariencia, los estudiantes le tienen un cierto respeto que le juega a favor muchas veces, y su carácter firme es la excusa perfecta para ser llamado "el guardián de los rectores", en vez de "el conserje".

—Siempre te veo en riñas, Kay. Deberías madurar ya —. Le regañó, mientras terminaba de vendar las pocas heridas del animal. Andrea lucía preocupado, atento a todo lo que hacía aquel señor. Kay se encontraba de pie, apoyado en la pared—. No te preocupes. Se va a poner bien. Yo lo llevaré al veterinario —concluyó, mirando al chico de ojos azules.

—Gracias—respondió con voz aliviada.

Kay lo miró serio.

—¿Por qué salvas la vida de un gatito si ayer en la mañana no salvaste la tuya?

El muchacho que hasta ese momento había estado afable, le devolvió la mirada con una punzada seria y fría.

—¿Y por qué siempre te metes donde no te llaman?

—Yo sólo pasaba por allí. No es mi culpa que las dos veces fueras tú.

Don Luis intervino antes de que comenzaran una disputa.

—Muchachos... —dijo con voz clara y fuerte—. Sea cual fuera las circunstancias no vale la pena pelear o discutir por lo que ya pasó. Por alguna razón, Dios los puso en el mismo camino.

—Dios no existe —replicó Andrea de inmediato.

—Eso yo no lo sé —agregó el otro.

—A lo que me refiero —prosiguió el hombre—, es que a veces las cosas se dan por alguna razón. ¿Qué le habría pasado a este gatito si tú no hubieras pasado por allí hoy en la tarde?

—Tal vez estaría muerto... o colgado de las patas en el árbol, como lo encontré con ellos —respondió el menor.

—¿Ves? El destino de este gatito era que tú lo salvaras.

El muchacho no dijo nada.

—Y tú, Kay... ¿Qué habría pasado si ayer no pasabas por el patio a esa hora?

—Éste estaría hecho bolsa en el suelo —respondió, apuntando hacia el joven.

—¿Ven a lo que me refiero?

Ambos jóvenes se miraron unos instantes, pensativos. Comprendían perfectamente que las palabras de aquel hombre eran ciertas y que, de seguir hablando, podrían empeorar la situación.

—Bueno... —agregó el hombre con un suspiro de fatiga—. Ve a la enfermería Andrea. Deben verte esa herida.

—No —respondió con voz amarga—. Si voy allí, tendré problemas de nuevo.

—¿Lo dices por lo de ayer en la mañana? —le preguntó don Luis.

—Sí.

—Ya veo. Pero debes curarte esas heridas.

—¿No tiene algún botiquín o algo? —preguntó de pronto, Kay.

—Algunas vendas y alcohol —le miró dudoso —. ¿Acaso lo vas a curar tú?

El joven asintió.

—Sé tratar heridas, don Luis, créame.

El hombre le miró con un poco de recelo, antes de entregarle una maltrecha cajita de plástico azul, que guardaba debajo del escritorio:

—Está bien. Todo tuyo. Pero yo no me hago responsable. En el termo hay agua caliente para que le limpies la herida. Yo me retiro por unos momentos. Ya es hora de cerrar el establecimiento y hacer la ronda. En cuanto termines de curar a tu amigo, regresen a sus habitaciones antes de que los vean y los regañen. ¿De acuerdo?

—No se preocupe.

Tomó unas llaves que colgaban detrás de la puerta, se colocó su casaca y salió sujetando a su fiel amigo por la correa con firmeza. La noche ya estaba próxima y debía apurarse.

La puerta se cerró con lentitud.

—Bueno. Quédate quieto. Hay que limpiar esto —dijo de pronto el joven, echando el agua del termo en un pocillo y comenzando a limpiar la zona afectada con una gasa. Andrea se dejó sin chistar:

—¿Dónde... aprendiste esto? —preguntó luego de unos segundos.

—En mi antiguo liceo. Como nos pasábamos peleando, mi grupo y yo aprendimos esto para tratarnos las heridas a escondidas, ya que si íbamos a la enfermería, nos llegaba una expulsión de seguro. Por esa razón mi hermana me enseñó todo lo que sé. Ella hizo un curso de primeros auxilios.

El chico al oír eso, sonrió.

—Ya veo. Qué eficiente.

Kay terminó de poner las vendas. Notó que la sangre que llevaba el gato en su pelaje era de la herida de su protector. Claramente no iba a necesitar una sutura, pero sí mucho cuidado. Le dio un pequeño palmetazo en la espalda en señal de que estaba todo listo.

—Tú quedaste más herido que el gato.

—Así parece.

—A propósito... —agregó rascándose el cuello—. A pesar de conocer nuestros nombres, no nos hemos presentando. Mi nombre es Kay Menforth.

El chico le observó unos instantes. El cabello chocolate y alborotado, y sus ojos café no delataban que fuera extranjero.

—¿Inglés?

—De apellido nada más —respondió, extendiendo la mano.

—Yo me llamo Andrea... Andrea Minelli.

—¿Italiano?

—Por los abuelos... nada más —. Y cogió la mano, terminando así el saludo.

Y allí se quedaron, mirándose por breves segundos. Nunca antes conocieron a una persona en esas circunstancias tan extrañas, y jamás imaginarían todo lo que podría ocasionar un encuentro fortuito.

23 de Agosto de 2019 a las 23:08 0 Reporte Insertar 0
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