Una historia de amor Seguir historia

D
David Guzmán


Un hombre rememora pasiones y recuerdos del pasado relacionados con una mujer.


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Una mujer

Era una taberna neblinosa al este de Belfast. Estaba sumida en una extraña oscuridad, como si la luz nunca llegara de forma completa a ese obsoleto lugar. Pedí whisky, siempre pedía whisky. Encendí uno de mis famosos cigarros sin molestarme en mirar a nadie.


En esa época, todo el mundo se creía que no tenía corazón y yo no hacía más que darles buenos motivos para pensarlos. Era un hombre que vivía con la mirada perdida en la lejanía intentando comprender el sinsentido de mi existencia, el sinsentido de vivir sin amor. ¿Qué era mi vida? Preocupaciones por el trabajo y por las desventuras con las que me podía obsequiar el futuro.


No obstante, sucedió algo realmente inesperado. Empezó a sonar esa balada. Esa canción triste, melancólica, realista y que relataba la historia de amor más subyugante y dolorosa que nadie ha oído jamás. Y en torno a esa melodía se gestaba todo, se gestaba nuestra fugaz historia romántica. El relato de dos enamorados que ansían estar juntos y el tiempo los separa. Conmovido por la fuerza de la canción, no podía parar de regresar al pasado. Mi corazón y mi mente ya no estaban en Belfast, todo mi ser y toda mi alma habían viajado a París. La ciudad de los enamorados antes de la guerra. Esa puta guerra que nos acabó destruyendo a todos y nos convirtió en salvajes.


Pero yo seguía recordando. Rememoraba los blancos paseos a la luz de la luna parisina y rememoraba sus besos, sus dulces besos. El pasado había vuelto en forma de esa fantasmal melodía que me recordaba ese que una vez fui y que jamás volveré a ser. Me estaba descarnando, pero no podía evitarlo, era completamente inherente, pertenecía a mi naturaleza de humano. No importaba lo mucho que suspirase, mientras esa canción eterna resonaba por las mugrosas paredes de la decadente taberna, mi corazón siempre volvía a ese paseo en coche, en el que la luz primaveral hacía de las suyas mientras el viento jugaba alocadamente con nuestro pelo y la mirada de Laura estaba fijada en la mía. Mientras me hospedaba en París, creó que jamás llegué a comprender la importancia de cada abrazo, la importancia de cada caricia. Únicamente nos damos cuenta de lo importante a través del implacable paso del tiempo.


En mi completa soledad en la taberna, mi cabeza se transportaba de recuerdo en recuerdo, hasta que finalmente lo dije. Miré al rincón de la taberna, al horizonte, y suspiré: “Te quiero”. Es lo mismo que le dije cuando bailamos por primera vez ese inolvidable vals de Strauss, con el futuro y la guerra bailando otro vals mucho más tétrico justo a nuestro lado.

Y el resultado de ese tétrico vals hizo aparición unos días después cuando se mostraron a la luz las expresiones lúgubres. La aflicción y la decepción se reflejaron en nuestros rostros. Y así es como la mejor de la historias, se llenó de odio, rencor, celos… ¿Cómo es posible que se acabara? No consigo entenderlo, los enigmas de toda relación son vastos. Pero el dolor se instaló en mi corazón como nunca lo había sentido. Las lágrimas brotaban de sus ojos y se deslizaban mejillas abajo como un río sin desembocadura. Pero mi amor perdura, porque nadie vivió un amor como ese y ese amor va a convivir conmigo hasta el día que desfallezca por la patética causa que sea.


Levanté la vista, tras haber bebido probablemente demasiado, y la vi. Si de algo estoy seguro es que era ella, vestía su inconfundible vestido blanco. ¿Era real? Simplemente contemplé afligido como se escapaba al oír nuestra canción. Es muy extraño, vivo con la completa certeza de que era ella. Sin embargo, es también probable que el alcohol y los ojos me jugaran una muy mala pasada. No estaba llorando, yo nunca lloro, pero estaba destrozado. Me quedé sumido en esa oscuridad que inundaba el local, la luz disminuía cada vez más, y deseaba hundirme en ella y desaparecer hasta el fin de los tiempos.


Finalmente regresé al último recuerdo que tenía. El más doloroso, el que me quemaba el corazón víctima de una fútil impotencia. El recuerdo de un adiós, nuestra despedida, la última vez que la vi sin que mi cuerpo marcara claros efectos de ebriedad. Ambos sabíamos que nos queríamos, pero ese era el final. Ella tenía que subir al barco. Que amarga despedida es saber que probablemente el destino, o más bien el azar, nos separé para siempre. Que extraño es saber que por mucho que hagas, por mucho que luches, jamás volverás a ver a esa persona amada. La quise cuando me amó, la quise cuando me odió, la quise en los buenos momentos y en los malos, la quise cuando el barco en el que zarpó se disipó en la niebla y la querré mientras el tiempo sea tiempo y haya una sola ciudad llamada París.

22 de Agosto de 2019 a las 11:42 1 Reporte Insertar 1
Fin

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