REGALO DE VIDA Seguir historia

luischb Luis Chávez B.

Es el relato sobre una ascensión de alta montaña donde se muestran las dificultades y peligros de los alpinistas, así como su sentir ante las maravillas encontradas que, como si fuese un regalo de vida, los une para siempre.


Aventura Todo público.
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El Regalo de Vida


El Regalo de Vida

Por   L. Chavez 


La vida es un Regalo.

Yo me encontraba sentado en mi sofá frente al fuego de la chimenea que apenas empezaba a calentar el húmedo ambiente de la sala. Avivé un poco más el fuego y de pronto me puse a reflexionar sobre el pasado de mi vida. Eran ya casi las ocho de la noche de aquel 24 de diciembre cuando se festeja la Navidad. La temperatura descendía con rapidez y se pronosticaba que podría bajar hasta niveles bajo cero en toda esa región. Yo como todas las navidades anteriores dejé volar mi pensamiento para luego deslizarme hacia otros tiempos y otras navidades.


Pronto tuve una sensación de soledad y de tristeza que se acrecentó al recordar que esa noche mi esposa no estaría conmigo. Aquella tarde se había ido a la casa de sus padres con quienes pasaría la navidad. Hoy creo que voy a estar más solo que nunca, me dije a mi mismo. Esa noche también la señora que nos hacía el aseo se había marchado muy temprano para festejar la navidad con su familia. Los grados que indicaban la temperatura habían llegado casi al sótano y pronto comenzaría a nevar. Yo me serví un ponche caliente que doña Inés me había dejado cerca de la estufa y me acordé de mi padre. Aquel frío me trajo a la memoria una de tantas travesías que disfruté a su lado justo en una noche de Navidad. Así, mi padre Aurelio y yo, acompañados de mi amigo Sergio quien estaba enamorado del alpinismo, decidimos pasar aquella navidad en la montaña.


Recuerdo el frio cortante que se dejaba sentir aquella noche cuando, metido en mi saco de dormir y acurrucado al lado de mi padre, yo trataba a toda costa de conciliar el sueño. Aquel ambiente helado me obligó a meter la cara en el sleeping mientras que sentía las piernas entumidas y respiraba con dificultad. El piso de madera sobre el que nos tendimos dentro de la casa refugio, no era nada confortable; sobre todo, después de una dura caminata que realizamos el día anterior para poder llegar hasta la cumbre donde se encontraba asentado a más de cuatro mil metros de altitud. El lugar había sido construido con la ayuda de la federación de excursionistas y los fondos donados por una famosa tienda de deportes; sin embargo, el lugar parecía muy descuidado. En mi adolorido insomnio de esa noche, llegué a pensar que al día siguiente yo amanecería más tieso que un témpano de hielo.


—Vamos campeones, ¡arriba que la vida nos espera! — Eran las cinco de la madrugada cuando mi padre dio la orden de que nos teníamos que levantar, mientras nos alumbraba con su lámpara.


Con dificultad me incliné para tirar el cierre de mi sleeping, mientras trataba de recuperarme de aquella cruda noche que casi me deja congelado. Miré todo alrededor y comprobé que aún no amanecía. Faltaba al menos una hora para que el alba despuntara por lo que hubo necesidad de alumbrarnos con las lámparas mientras nos ajustábamos las medias, nos poníamos el pasamontaña, atábamos el piolet a la mochila, la cuerda de escalar y los crampones.

Entre Sergio y yo nos apoyamos para amarrarnos las agujetas de las botas porque, con los dedos tiesos y entumidos por el frio, era muy difícil abrocharlas. Sergio era un joven espigado y fortachón que le gustaba hacer deporte. Era nuestro compañero de excursiones desde la secundaria. Le gustaba mucho hacer campismo, caminatas y acompañarnos en las travesías que mi padre, Aurelio Sánchez, nos organizaba. A menudo salíamos para hacer rappel en roca, a subir por las pendientes inclinadas de los cerros, a caminar y a acampar junto a los ríos o lagos. Ese día, era nuestra primera excursión de alta montaña, tendríamos que llegar hasta la cumbre del volcán que, situado a más de cinco mil cuatrocientos metros de altura, se le consideraba el más alto de toda la región. Este era el gran día que tendríamos nuestro bautizo en la montaña; el día había llegado.


La tenue claridad de la alborada comenzó a surgir de las tinieblas, descubriendo poco a poco aquel bello paraje. Frente a nosotros se alejaba la vereda zigzagueante que nos conduciría hasta la cima de la enorme mole que, cubierta de nieve, lucía imponente y majestuosa mientras se mecía en el horizonte. parecía tan próxima a nosotros que tuvimos la impresión que si estirábamos la mano, casi se podría tocar.


— ¿Ya se quitaron el frío mis campeones? Acérquense —dijo mientras nos invitaba a tomar un poco de café, galletas que llevaba en su mochila. Después nos revisó de arriba a abajo, nos acomodó el pasamontaña, me cerró el anorak y me dio una palmada en la espalda.


Mi padre había sido un gran escalador, yo me sentía muy orgulloso de ser su hijo, y de llevar su mismo nombre. Durante su juventud había logrado escalar casi todos los volcanes y montañas del país. Nos había enseñado la técnica de hacer nudos con la cuerda, la forma de amarrarse en el descenso con rapel, a caminar entre la nieve, a orientarnos en la noche y a mantener la fuerza necesaria para poder luchar contra el cansancio, el frio y el malestar de la montaña. Conocía muy bien las rutas y veredas del coloso que hoy nos esperaba en lo más alto de aquella cordillera. En nuestra vida familiar había sido muy buen padre y un buen esposo, amó mucho a mi madre, a quien perdimos a los pocos años de mi nacimiento, pero él se dedicó a cuidarme y pronto se convirtió en mi mejor amigo.


─Vamos, vamos, todos afuera ─no dijo mientras salía del refugio.

Cuando nos asomamos hacia afuera, descubrimos que una fría ventisca surcaba el cielo en forma oblicua, salpicando de blanco las piedras, las hierbas y las copas de los árboles. En pocos minutos, toda la pradera quedó cubierta de una blancura virginal que aquel plomizo cielo de diciembre resguardaba; sin embargo, minutos más tarde cesó y Aurelio dio la orden de levantar el campamento e iniciar la marcha del ascenso.


—Hijo, tu llevarás la cuerda, Sergio lleva los apoyos y clavijas, yo, el primero en la cordada, llevaré solo el café y un buen regalo para ustedes ─Les dijo sonriendo mientras se ajustaba la mochila.


— ¿Y, se puede saber en qué consiste ese regalo? —Yo pregunté con son de broma.


—Ese es un secreto, ya lo sabrán a su debido tiempo —nos respondió con un tono lleno de malicia.


—Con que no sea una botella de tequila o una jarra de agua helada para echárnosla en nuestro bautizo, no veo que más pueda ser Aurelio —le dijo Sergio, a quien le gustaba bromear.


—Ya ni pregunten porque eso es todo lo que les voy a decir. Ahora, todos en marcha —dijo, mientras tomaba la delantera en el camino que había quedado tapizado de una alfombra relucientemente blanca.


La claridad de la mañana se reflejaba entre la nieve y, como si fuera la primera vez que un hombre pisara aquel terreno, la capa de nieve acumulada crujía bajo el peso de mis botas, marcando las primeras huellas del camino. El viento que soplaba desde muy temprano, ya no era tan fuerte; sin embargo, me ayudó descubrir que el pantalón tenía algunos orificios invisibles que antes nunca detectaba. Al poco tiempo de iniciar la caminata sentí como mi cuerpo comenzó a entrar en calor y, cuando pude admirar aquel bello paisaje, me pareció estar en otro mundo. No era lo mismo verlo en las películas o en la televisión, que ser parte integral de la grandeza que ahora nos rodeaba y nos hacía sentir, oler y saborear aquella inmensidad en toda su belleza. No pude impedir que de mis ojos se escaparan unas cuantas gotas de alegría que pronto se mezclaron con la nieve.


Cuando al fin el sol se alzó en el horizonte y nosotros empezamos a subir por un camino pedregoso, rodeado de hierbas moribundas que, salientes de entre las piedras como pidiéndonos auxilio, se tendían ante su propio peso con la mirada al suelo, como si esperaran un milagro o el final de su existencia. A esta hora calurosa, la inclinación de la pendiente y la disminución del oxígeno debido a la altitud, hacía cada vez más lenta nuestra marcha. El ritmo de mi padre continuaba sin descanso. Yo escuchaba latir mi corazón en las orejas como a través de algún estetoscopio hasta que, poco a poco, logré sincronizar el ritmo de la marcha con mi respiración, logrando así adaptarme a aquella altura.


Cuando llegamos a lo alto de aquella enorme cumbre y pensábamos que sería el final de la escalada, vimos como el sol se reflejaba entre la nieve como un espejo gigantesco y entonces, ante nuestros propios ojos apareció como por magia una gigantesca bola de algodón que se elevaba hasta las nubes. El camino por donde ahora teníamos que subir pasaba serpenteando por la orilla de un enorme glaciar y un macizo de roca volcánica que contrastaba con lo blanco del paisaje.


—No lo puedo creer —fue la única expresión de Sergio─, ¡esto es todo tan grandioso!


Para poder seguir aquel camino a donde ya todo era nieve, hielo, roca y viento, tuvimos que calzarnos los crampones, sacar nuestros piolets de la mochila y atarnos en cordada. Aquel glaciar que descendía desde lo alto del volcán, se distinguía por sus paredes de perfiles verdes y azulados y su hielo ancestral cubría los precipicios, grietas y cavernas por donde nosotros teníamos que avanzar a punta de piolet. En algunos tramos se podía ver el fondo de las enormes grietas como si fueran valles con profundas cañadas bajo el piso que nosotros mirábamos a través de un gran cristal.

Como existía riesgo de que en algún punto se pudiera derrumbar, todos teníamos que seguir avanzando con el piolet al frente para medir la resistencia del hielo y encajando los crampones para evitar un resbalón. En el frente y verificando la dureza de la nieve, mi padre hundía el piolet a cada instante y nos hacía seguirlo a cada paso. La marcha en ese tramo fue cansada, lenta y peligrosa. La inclinación de la pendiente era menor a los cuarenta y cinco grados lo que hacía más difícil el ascenso.


Cuando por fin salimos del glaciar, ya el sol estaba cerca del zenit, pero aun nos faltaban unas horas antes de llegar. La cumbre del gigante estaba cerca; sin embargo, yo empecé dudar que no lo lograría. El paso por aquel glaciar había acabado con mis pocas fuerzas y ya me pesaban hasta las pestañas. Mi padre lo entendió y de inmediato nos condujo hasta la orilla de una enorme roca que ocultaba la entrada de una caverna helada. Las gruesas paredes de hielo y las columnas que brillaban en el interior le daban la apariencia de una enorme catedral abandonada por el tiempo.


—Vengan campeones, esta es la caverna del deseo, a este sitio yo lo bauticé cuando era joven. En este lugar, uno se acuerda de su casa, de su gente y de muchas cosas, un día yo tuve el deseo de regresar aquí contigo hijo, tú acababas de nacer, pedí a Dios que nos lo permitiera y ahora lo logramos. Hoy llegamos aquí juntos mi hijo Aurelio, nuestro amigo Sergio y yo; démosle gracias a Dios. ─Dijo mientras nos hacía repetir una breve oración— y en ese instante, todos pudimos sentir aquel fervor que Aurelio mi padre daba a sus palabras por lo que decidimos secundarlo en su silencio.


Recuperado y lleno de pasión, logré emprender de nuevo aquella marcha; pero, cuando ya solo nos faltaban unos metros que a mí me parecían eternos, sentí como mi cuerpo se movía con una lentitud incontrolable y por más esfuerzo que hiciera, no me respondía. Sentí como si estuviera metido en otro cuerpo que no era el mío y entonces mi voluntad también cedió. El gran tirón que dio la cuerda en el momento en que frenó mi cuerpo en la caída, me despertó mientras me deslizaba cuesta abajo a gran velocidad.


─ No sueltes el piolet Aurelio ─gritaba mi padre quien, mientras ataba la cuerda en su piolet, hundiéndolo con fuerza entre la nieve hasta el tope para asegurarme y luego, jalando la cuerda con la ayuda de Sergio, comenzaron a recuperarme hasta lograr subirme por completo y conducirme hasta a una gran roca donde me pude reposar mientras que Sergio me tendía la cantimplora con agua fresca.


—Te dio mal de montaña —dijo mi papá mientras que me frotaba la cabeza.


Poco después pudimos retomar nuestro camino y al fin logramos encumbrar aquella cima caprichosa. Hoy, después de varios años sigo recordando la emoción que me embargó en aquel momento cuando, gracias a mi padre, pudimos renacer aquel amor por la naturaleza que ese día nos llevó a una nueva vida. Mi padre alzó los brazos hacia el cielo y, con una sonrisa de satisfacción que nos salía del alma, los tres nos dimos un abrazo, nos hincamos viendo al infinito, y Aurelio nos dio la bendición, nos puso tantita agua en la frente y dijo:


—Mis queridos campeones: ahora si están bautizados, Dios lo permitió y es el momento de abrir nuestros regalos —nos dijo un tanto consternado mientras sacaba de su bolso un par de sobres que nos entregó—, este es mi regalo, pero prométanme que solo lo abrirán cuando estén juntos y cuando yo haya muerto; pues este es mi último regalo de vida para ustedes.


—Pero, ¿de dónde nos saliste tan nostálgico?, —le respondió Sergio mientras guardaba el sobre en su mochila.

 

Desde ese día, aquellas palabras de mi padre se quedaron grabadas en mi mente para siempre y solo lo abracé. —Gracias papá, gracias —fue todo lo que dije mientras él me daba un beso en la frente.


Cuando pude ver el panorama desde aquella altura donde hasta las nubes nos miraban hacia arriba y la vista se perdía en el infinito, yo pensé en lo afortunados que fuimos ya que, era seguro que muy pocos habrían tenido el privilegio de llagar.

Disfrutamos del paisaje, nos tomamos fotos con la polaroid, brindamos con el ponche que mi padre llevaba en un pequeño termo, escribimos nuestros nombres al reverso de una de las fotos, las protegimos con plástico y la colocamos en la cruz bajo una de las piedras. ¡A que bella es la naturaleza! Nos dijimos.

 

De pronto el timbre de la puerta que me hizo retornar de mi recuerdo. ¿Quién podría ser a esta hora? pensé mientras corría a la puerta; pero no vi a nadie, estuve a punto de cerrarla nuevamente, pero apareció Sergio gritando.

 

—Feliz navidad amigo, vine con mi esposa, mi hijo Aurelio y un pequeño pavo para acompañarte, tu esposa nos dijo que estarías muy solo.

 

Me sentí muy complacido de verlo nuevamente, se le veía jovial y alegre. Su esposa nos contó que habían estado en Chamonix de vacaciones. Yo saqué una botella de Champagne para brindar y, luego que cenamos, Sergio me propuso que brindáramos por todos los viejos recuerdos.

Las doce campanadas de la navidad se escucharon en casi medio pueblo y todos nos dimos el abrazo navideño, deseando como siempre lo mejor para cada uno, mientras Sergio nos propuso que abriéramos nuestros los regalos.

 

—Vamos ya es hora de ver nuestros regalos —exclamó.

 

—Pero yo no tengo ninguno —respondí.

 

—Sí, ¡todos tenemos uno del regalo de la vida!, ¿lo recuerdas? anda trae el tuyo —me dijo mientras extraía de la bolsa de su saco el sobre que nos había dado mi padre—, vamos trae el tuyo.


De inmediato comprendí y fui corriendo a sacarlo, tomamos otra copa de Champagne y los abrimos. En nuestros sobres había solo una foto de los tres. Las dedicatorias habían sido cambiadas: yo tenía la de Sergio y él tenía la mía, así que las leímos.


“Feliz navidad mis hijos campeones, juntos como fue mi deseo, lo sé. Seguramente están viendo mi humilde regalo, los amo. Mi regalo no es dinero, es mucho más valioso, es un regalo de vida, un regalo espiritual para recordarles el día en que logramos la esperanza de la vida: la comunión entre Dios, la naturaleza y nosotros. Yo los amo aun después de muerto. Gracias por haber sido mis amigos, mis colegas y mis hijos” Firmado: Aurelio.”

 

En ese momento todos sentimos su presencia y decidimos guardar un minuto de silencio en su memoria, después levantamos nuestras copas y brindamos por él.

 

— ¡Feliz Navidad amigo Aurelio, Feliz Navidad papá! —Dijimos consternados.



FIN

 


18 de Agosto de 2019 a las 02:02 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Luis Chávez B. Me considero una persona sencilla, enamorado del campo y de la naturaleza, soy sensible a los acontecimientos sociales. Soñador que amo la vida, la familia y la gente con quien he tenido la suerte de compartir mis ilusiones. Me gusta la música, la convivencia y mi mayor ilusión es el poder manifestar en mi escritura, una forma de mirar la vida.

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