Atrapados en tierras inhóspitas (nueva edición) volumen 1 Seguir historia

lihuen Paola Stessens

Después de que su esposo e hijos terminaran en coma por un accidente automovilístico, una madre desesperada comete el error de seguir el consejo de un terapeuta que le promete reunirla con su familia en una realidad virtual, que se suponía los uniría como familia, lo cual es un gran engaño que termina siendo una pesadilla de la que quizás sea imposible salir.


Ciencia ficción Todo público.

#experimentos #realidades-virtuales #misterio-y-suspenso #androides
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Tierras heladas

La nieve caía lenta pero constante sobre la cabaña solitaria que se hallaba sobre una ladera en compañía de lejanos bosques. Parecía un lugar de ensueño, pero lamentablemente no lo era. La incesante tormenta de nieve traía consigo el hambre y el frío, lo cual hacía más dificultosa la recolecta de créditos necesarios para que una familia numerosa pudiera abastecerse de alimentos, o adquirir otros servicios necesarios para la supervivencia, en aquellas tierras heladas.

Desde una de las ventanas, Daniel—un niño de unos ocho años de cabello rizado y grandes ojos azules─, observaba la caída de los copos con el ceño fruncido. Detrás de él, sus hermanos —una niña de seis de largas trenzas, y un niño de diez, de mirada inteligente,—jugaban a las damas, mientras que su madre, —una mujer atlética, de uno treinta y cinco años de edad─ se empeñaba en hacer un guiso con las pocas verduras y legumbres que quedaba.

Cuando la madre dio por finalizada su tarea, enfocó su atención en sus hijos, y ellos, al percibir la penetrante mirada de sus ojos negros, se volvieron hacia ella dejando fluir, en sus pequeños y redondeados rostros, las ansiedades contenidas hasta ese momento.

El pequeño Daniel fue el primero en manifestarle su preocupación.

—Como se supone que vamos a sumar más puntos sino podemos realizar ni una de las pruebas que nos dan—resopló ofuscado, haciendo que sus dos hermanos rodaran los ojos, pues ya estaban cansados de escuchar sus interminables quejas.

María se acercó y le respondió con calma, aunque en el fondo experimentaba el mismo huracán de incertidumbre que revolucionaba las mentes de sus tres hijos.

—Ten paciencia, hijo ¿Por qué no sigues el ejemplo de tus hermanos y te distraes un poco?

Al oír esto, su hijo mayor se incorporó de un salto de su cómodo asiento.

—Será mejor que vaya a cortar más leña, ma, el fuego se está apagando.

—El viento esta imposible, hijo, no podrás llegar al galpón.

—Si podré, ya verás. Ese maldito no podrá conmigo—determinó el niño con decisión.

Yasmina y Daniel pegaron unos grititos de admiración al ver como su hermano mayor se comportaba como un héroe. Era sabido que cuando a Elías se le ponía algo en la cabeza, lo más probable es que terminaría por lograrlo.

En pocos minutos regresó vestido con ropas de pie a cabeza con un trajecito térmico pero a María no le pareció suficiente abrigo y le pidió que se pusiera la campera.

—Dudo que pueda moverme en esa cosa—observó Elías al ver que la prenda que le llegaba casi a los talones.

—Úsala hasta llegar al galpón luego, puedes quitártela—sugirió su madre.

El pequeño aceptó de mala gana. Discutir con su madre sería una pérdida de tiempo por lo que se tragó las protestas y se encaminó hacia la puerta a paso lento y algo torpe; entre las botas de nieve, los pantalones térmicos y la enorme campera que su madre le había impuesto, le daba la impresión de ser un astronauta que luchaba por no perder el equilibrio.

Al abrir la puerta, el poderoso viento blanco lo arrojó hacia atrás de un latigazo que no tuvo opción que proseguir arrastrándose por el suelo. Detrás de él, María se esforzaba en cerrar la puerta para evitar que los remolinos huracanados hicieran más estragos en la sala.

Afuera, el demonio blanco hacía lo imposible por desanimar al pequeño. Pero Elías no era una presa fácil; acostumbrado a los ataques y presiones de las competencias deportivas, en las que participaba habitualmente, no era de los que se rendía; al contrario, le agradaba escuchar las amonestaciones de su entrenador que, casi siempre, terminaban por transformarse en una cadena de insultos que lo hacían enfurecer.

Y era esa furia la que usualmente lo hacía ganar. Justo como en ese momento en el que el viento lo injuriaba, provocándolo, sacando lo peor de sí.

Respiró profundo y fijó sus ojos en el blanco de la nieve; los gritos de su entrenador de natación resonaban al compás de los aullidos huracanados.

«¿Vas a quedarte allí lloriquenado?, que, ¿naciste gallina?, ¡pensé que eras un toro, hijo!, pero mírate, pareces un pollo que no deja de cacarear—bufó el hombre con sarcasmo»

«Vamos, no pienses en lo que falta, solo avanza, una brazada a la vez, ... pero qué esperas maldito, demuéstrales quien eres»

Las brazos y las rodillas se fueron poniendo en marcha por si solas; al principio con lentitud, pero luego, a medida que las órdenes del viejo dominaban su mente, los movimientos de su cuerpo adquirieron la velocidad de su bestia interior; esa bestia que renacía cada vez que alguien deseaba aplastarlo; ese monstruo infernal que resurgía desde los más profundo de su esencia para transformarlo en un tornado enloquecido.

Desde la ventana, sus hermanos no le quitaban la vista de enzima; la ansiedad que experimentaban en ese momento era similar a la que sentían cuando iba a ver a su hermano en las olimpiadas infantiles. Lo conocían bien y sabían de antemano que su hermano llegaría al primer o segundo lugar.

Daniel esperó que la puerta del galpón se cerrara para verificar el tiempo en el cronometro electrónico que se reflejaba en su brazo.

—¿Y bien?—se impacientó su madre al ver que el pequeño se tardaba en hablar.

—Creo que ha tardado diez minutos menos que papá—declaró el chiquillo.

—Huy, mejor no se lo digas a tu hermano o se agrandará.

Pegada a sus rodillas, Yasmina le sonrió mostrando su boquita desdentada que la hacía parecer una abuelita.

—Yo si se lo contaré, ma. Elías es mejor que papá.

María le devolvió la sonrisa aunque la sola mención de su esposo le dio un golpe en el estómago. El hecho de que aún no regresara la ponía un tanto nerviosa y más con el repentino cambio de clima; miró nerviosa hacia a la ventana pero todo lo que se veía era una densidad blanca como si estuvieran en el estómago de una nube que sufría de indigestión.

Al cabo de dos horas de larga a espera, un tintineo de monedas les avisó que la paga del desafió ya estaba acreditada. Era increíble, como este sistema de recompensas era lo que más los mantenía ocupados. Si bien era cruel tener que arriesgarse a completar pruebas en condiciones climáticos extremos, eran esos momentos de esfuerzo colaborativo y esa sensación de constante riesgo, lo que más los fortalecía como familia. Una contradicción que demostraba como en la vida, muchas veces, la felicidad venía encubierta por una capa de espinas.

Los pequeños, no pudiendo ya aguantar la espera del regreso de su hermano, comenzaron a recorrer las inmensas góndolas digitales tratando de decidir que alimento podrían adquirir con las monedas acreditadas.

Con un rápido vistazo a la pantalla, María calculó fácilmente lo que los niños iban a elegir, pues no se trataba tanto del gusto, sino de costos; era sencillo adivinar que preferirían las papas y las salchichas a la polenta o los vegetales. Por esta vez, algo de chatarra no vendría mal como cena de celebración por aquella victoria.

Cuando la hora del almuerzo fue llegando a su fin, María observaba con aprehensión como los más pequeños limpiaban con la lengua cada recoveco de los platos mientras el mayor rasqueteaba los restos de la olla. Era uno de esos momentos en los que se evidenciaba lo lejos que se hallaban de la civilización; tan lejos, en medio de aquellas montañas congeladas, donde las costumbres aprendidas y practicadas por tanto tiempo ya no tenían validez. Y con qué rapidez la falta de algo revertía lo que la abundancia otorgaba, pensó María dejando los cubiertos a un lado para imitar a los niños.

Después de saciar las necesidades prioritarias, y siendo aún ametrallados por la incansable nevada, las horas restantes de luz se hicieron demasiado lentas para los niños, cuando estaba claro que su padre no llegaría; los dos más pequeños, se inquietaron demasiado cuando las ventanas oscuras ya no le servían para inspeccionar el horizonte, y cuando cada uno de los juegos que empezaban se volvían demasiado predecibles para mantenerlos ocupados.

Tanto María como su hijo mayor, no sabiendo ya que hacer para elevar los ánimos de los pequeños, respiraron aliviados cuando éstos, sufriendo por demás el frío y el cansancio, se marcharon al dormitorio para sumergirse en el mundo de los sueños.

Elías, por otro lado, aprovechó el momento de encontrase a solas con su madre para hablar de lo que ambos venían reprimiendo.

—¿Qué crees que le ha ocurrido a papá?—soltó el muchacho mientras su madre preparaba una infusión caliente.

—Puede haberle pasado cualquier cosa, ya sabes, pero estoy segura que logrará regresar—le dijo su madre para calmarlo, aunque los dos sabían que en aquel lugar, las probabilidades de supervivencia eran muy pocas.

No obstante, decir la verdad en voz alta, requería de un valor que ninguno poseía, al menos mientras hubiera una mínima esperanza.

—¿Que vamos a hacer mientras tanto?, ¿no deberíamos salir a buscarlo?—preguntó el niño arrugando la frente.

Al ver que su madre no le respondía, intentó ir en otra dirección.

—¿Crees que somos los únicos aquí?

María sonrió; la mayoría de las veces, las ocurrencias de su hijo la dejaban desarmada.

—Pues a que te refieres, a animales o personas ... —el tono dubitativo y la pausa demasiado prolongada hizo que el muchacho decidiera cambiar de tema.

—Debió llevarse a Luna Azul—dijo de pronto dirigiendo su mirada hacia la ginoide que les había sido enviada por la compañía, como regalo de bienvenida.

Pero allí estaba, aun sin ser programada. Hubo algunas oportunidades en las que él habría querido hacerlo pero su padre no se lo había permitido. Incluso se lo había prohibido a la pequeña Yasmina, a quien rara vez le negaba algo.

—Pero papi, me da pena verla allí tan silenciosa, quizá quiera jugar con nosotros —le había insistido la niña ante el primer no.

No obstante, su padre se había mantenido firme en su posición, alegando que aquel espacio había sido elegido para estar solo los cinco, sin extraños que pudieran interferir la armonía familiar.

Como se había equivocado.

Lejos de ser una interferencia, aquella humanoide lo podría haber salvado.

—Ya sabes lo terco que es tu padre, cuando se trata de robots. No sé si es porque se nos parecen a nosotros lo que le da miedo, pero siempre ha tenido la misma reacción. —Vertió un poco más de la infusión caliente en los pocillos para luego calentarse las dos manos apretando la taza.

Los dos se quedaron en silencio por unos instantes. Sin embargo, al pequeño no se le escapaba nada.

—¿En qué piensas, ma?—le preguntó sacándola de sus cavilaciones.

Al ver la seriedad del niño, María decidió sincerarse.

—Sabes que si mañana no regresa tu padre deberé ir a buscarlo.

Los ojos del niño se agrandaron al escuchar aquella noticia inesperada.

—No puedes abandonarnos, madre. —Su rostro se contrajo por la terrible ansiedad que aquellas palabras le produjeron en su interior—. Piensa en Daniel y Yasmi—le rogó—, son demasiado pequeños para que los dejes aquí conmigo.

—No es mi intención abandonarlos, ya lo sabes—se acercó a su hijo y le cruzó el brazo por hombro como para traerlo hacia su pecho, pero el pequeño se deshizo del abrazo y se puso de pie confrontándola con un tono acusativo:

—Y qué debo hacer si tú no regresas, ¿eh?, dime, se suponía que vinimos aquí para enfrentar los problemas juntos, pero tú te vas y nos dejas solos.

—¿Crees que es esto lo que tu padre y yo queríamos?—se lamentó María al borde la histeria—. Esto se ha salido de control hijo pero no podemos dejar a tu padre allí afuera solo, y tampoco podemos ir todos juntos sabiendo que el clima podría matarnos, ¿entiendes?

Al ver que el niño no aflojaba, hizo un intento por tranquilizarlo.

—Mira, nos mantendremos comunicados por el transmisor todo el tiempo.

—Lo miso dijo que haría papi—. Sus ojos la miraron con el descreimiento de alguien que ha sido defraudado.

—Debes confiar en mí, hijo, debes tener confianza, es todo lo que nos queda.

—Me pides que confíe cuando puede pasarte cualquier cosa, como le pasó a papá.

Volvió a la mesa y bebió más sorbos de té para acallar su desesperación y enojo.

¡Maldición! ¿Acaso se olvidaba que tenía solo diez años? Siempre esperaban que él se hiciera cargo de todo, solo por ser el mayor.

A María la hería que su hijo se enojara con ella, pero en ese momento era el único que podía ayudarla. Quedarse allí con ellos sería terminar de asesinar a Tomas, y llevarlos con ella era muy peligroso pues podían terminar congelados. ¿Qué otra solución tenía? Quizá debería dejarles a Luna Azul para que los cuidara, pero a la vez aquel androide era la mejor opción que tenía para sobrevivir en un ambiente inhóspito y desconocido.

Viendo que su madre no iba a cambiar de opinión, Elías se dirigió al dormitorio sin darle las buenas noches. María entendió. La situación en la que vivían lo estaba superando a todos.

En un rincón, a media luz, se quedó sentada en compañía de sus pensamientos y de los golpeteos del viento embravecido que de alguna forma la ayudaban a que cada preocupación se arraigara más en su mente.

El terapeuta que le había sugerido ir allí era la raíz de todos sus males. El muy maldito había aprovechado su desesperación para jugar bien sus cartas.

—Es una oportunidad única la que le estamos dando; vivir en familia una experiencia de supervivencia, en un lugar paradisíacos les sanará todas las heridas—le había comentado mostrándole las devoluciones de otros de sus clientes; todas de cinco estrellas acompañadas de reseñas sumamente emotivas.

Aun así a ella le había costado decidirse, quizá porque todo sonaba demasiado bien y eso de algún modo le generaba desconfianza. Si tan solo hubiera escuchado a sus instintos. Pero en vez de eso, dejó que el muy maldito siguiera persuadiéndola hasta que logró quebrarla:

—Tenerla con ellos será el mejor regalo navideño que podría hacerles, piénselo. No querrá mirar como su familia decora el pino y celebran mientras usted está sola en su casa, sabiendo que con solo firmar aquí podría unírseles.

Bastó ver aquella acogedora cabaña de techo nevado para que ella accediera. Porque en ese paisaje de ensueño, pensó, ¿que podría salir mal?

La repuesta le llegó como una bofetada.

Hasta ese momento todo lo vivido no era más que un tormento eterno de incertidumbre, estrés y sufrimiento. Y lo peor, que se hallaba imposibilitada de hacer nada al respecto. Si se hubiera quedado al otro lado, ella se habría cerciorado que durante el coma su familia hubiera estado en un lugar placentero, como lo hacían los familiares de otras personas, en circunstancias similares. Sin embargo, ese terapeuta la había seducido para que ella tomara parte en el tratamiento que obviamente era un engaño.

Si lo tuviera allí enfrente le abofetearía con fuerza y luego lo demandaría por embaucador. Pero el muy maldito la tenía atrapada en su tela de araña sin chance de salir de ella.

‹‹Quizá los mandaron allí por error. Quizá se den cuenta en algún momento y los saquen de aquella pesadilla. O quizá sus padres se darían cuenta de su ausencia y reclamarían verlos y entonces los obligarían a regresarla…››

El reloj marcó las tres de la madrugada. Era demasiado tarde y estaba exhausta. Tenía que descansar si deseaba levantarse con energías. Cerró los ojos y se dejó caer en la cama. Se ordenó a si misma dormir. Pero realizar ese acto sería muy difícil. Casi imposible.

Al día siguiente, los primeros rayos de sol le dieron el abrazo cálido que necesitaba y su corazón saltó de placer cuando contempló el titileo de los diminutos cristales bajo un cielo sin nubes.

Atrás quedaban las negruras desmoralizantes en las que su mente se había recreado durante la noche, y más atrás, la gran tormenta que les daba una pequeña tregua de calma y sol.

Lo primero que se le cruzó hacer, fue un desafió que le permitiera preparar un buen desayuno. La prueba consistía en armar un iglú en tan solo unas horas, lo cual no le resultó difícil, solo que el poco tiempo que tenía le restó a la prolijidad y la paga disminuyó. Pero al menos pudo comprar uno media docena de huevos, un paquete de tostadas y una rica chocolatada. Era un gran tesoro después de estar días a galleta pelada y té si azúcar.

Los niños despertaron al sentir el aroma a huevo revuelto, pero en vez de saltar de alegría, sus expresiones reflejaban nada más que penurias. María quiso consolarlos pero era inútil, ¿qué podría decirles? Que su padre estaba bien, si ni ella lo pensaba; que ella volvería, jamás le creerían. Así que optó por servirles la chocolatada en silencio.

Daniel, inquieto, no tardó en expresarse.

—Sabemos que te vas ma, y tenemos miedo.

–Lo se hijo, pero es lo mejor para todos, ¿acaso no desean que regrese papá?

Yasmina se bajó de la silla y se le acercó para abrazarla.

—Podrías llevarnos contigo—su voz adquirió un tono de súplica.

—No, eso sería muy peligroso, ahora está lindo el clima pero podría cambiar de un momento a otro.

—Entonces debes llevarte a Luna Azul—sugirió Elías—. Ella cuidará de ti. Nosotros juntaremos más puntos para comprar otro, ¿no es así Dani? —Su hermano meneó la cabeza con una gran sonrisa.

—De acuerdo, la llevaré. —Dirigió su mirada hacia la belleza de acero que la observaba en silencio. Su estructura fuerte y su gran inteligencia prometían ser de mucha ayuda.

A media mañana, María comenzó a armar el equipaje. Primero cargó sobre el trineo la escopeta, mudas de ropas abrigadas para ella y su esposo y una carpa; luego encendió el trineo. A su lado los pequeños chillaron de alegría cuando el aparato cobró vida iluminado una pantalla frontal que no tardó en darles la bienvenida.

Daniel acarició las barandas metálicas del costado del trineo con suma suavidad como si se tratara de una mascota mientras paseaba sus ojos azules cargados de admiración por cada recoveco hasta que se volvieron de pronto hacia su madre con un tinte suplicante.

—Déjanos dar una vuelta ma, una muy pequeña.

—Si por favor. —Se le unió su hermana tirando de su manga con insistencia a la vez que entornaba sus grandes ojos oscuros.

María no pudo negarse a un pedido tan emotivo y, quitando la escopeta del vehículo, le pidió a su hijo mayor que se pusiera al volante. Al instante el niño obedeció acomodándose en el asiento mientras sus expertos dedos iniciaban la programación del paseo.

—Bien de cuánto será la duración—les preguntó a sus hermanos que se le aproximaron por detrás para darle un vistazo al programador electrónico.

—No más de media hora—se interpuso María antes que ellos respondieran.

—¿Y a cual recorrido desean ir? —Elías seleccionaba con el dedo los recorridos predeterminados.

Los hermanos observaban los mapas con expresión indecisa pues no comprendían la diferencia entre uno y otro. Elías, en cambio que estaba más familiarizado con los espacios geográficos, se detuvo en el que consideró más interesante por su amplitud que involucraba a los picos más elevados de las montañas.

—Ni se te ocurra presionar ese, hijo—lo reprendió María antes de que pudiera a seleccionarlo—. Elije uno de los primeros—continuó conservando el tono severo—, y recuerda que no estamos para contratiempos.

Elías no opuso resistencia. Miró hacia el cielo que se alzaba sobre ellos como un manto inmaculado y pensó, como la hacen lo capitanes de barco, que debía aprovechar al máximo el buen tiempo, antes que la ventisca cambiara de rumbo y trajera las inclemencias del sur.

El trineo se fue deslizando hasta perderse en las ondulaciones. Detrás, quedaba una madre cuestionándose; haberles permitido a sus hijos alejarse de la cabaña sin su compañía era de algún modo una negligencia; si bien parecía que solo ellos habitaban aquel paraje, además de los bosque y alguno que otro animalito, aquellas tierras les eran absolutamente desconocidas. Sumado a eso, que su esposo aun no regresaba de su exploración, debía haber sido motivo suficiente para no dejar que los niños se alejaran.

Se mordió el labio y contuvo la respiración. La culpa la invadía. Hasta podía oír las amonestaciones de su esposo:

—Eres demasiado permisiva María, tú eres la adulta aquí. No puedes guiarte por tus emociones cada vez que los niños desean algo.

El transmisor sonó y María respiró cuando la voz de Elías le dijo que todo estaba bien.

—Me alegro mucho, hijo, solo avísame si vez algo que sale de lo común, ¿sí?

—Bueno, ma.

—¿Dónde están ahora?

—Nos estamos acercando al bosque. Mira. —La cámara enfocaba un pinar emblanquecido que se iba acercando.

—Qué bello hijo. —Suspiró al ver que no había más que pinos y nieve.

—Bueno ma, luego te llamo.

La pantalla quedó oscura y una vez más María comenzó a respirar con pesadez.

«Deja de pensar, deja de pensar» se recriminó mientras escudriñaba el horizonte

Pero algo en su interior le boicoteaba los buenos pensamientos invadiéndola con oscuros presentimientos.

18 de Agosto de 2019 a las 02:22 12 Reporte Insertar 6
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Tomas Blaides Tomas Blaides
para mi la narracion de esta es perfecta usare este si no te molesta
3 de Septiembre de 2019 a las 23:17

  • Paola Stessens Paola Stessens
    Hola si no hay problema, es el primer capitulo de una historia pero si te gusto genial 4 de Septiembre de 2019 a las 06:16
  • Tomas Blaides Tomas Blaides
    pero no usare tanto la palabra maldicion, no me gusta... 3 de Septiembre de 2019 a las 23:51
  • Tomas Blaides Tomas Blaides
    oye como te puedo mandar los bozetos de los personajes ya las tnego pero ni idea.. 7 de Septiembre de 2019 a las 12:20
Sara García Sara García
¡Hola, Paola! Estoy revisando tu historia para poder verificarla, sin embargo, para poder hacerlo necesito que corrijas algunos errores. Te dejo un enlace para que puedas utilizar los diálogos correctamente: https://www.literautas.com/es/blog/post-10363/como-representar-un-dialogo-graficamente/ Para pensamientos se recomienda utilizar las comillas latinas, que son estas: « ». Cualquier duda puedes consultármela, cuando corrijas todos los fallos que encuentres puedes avisarme contestándome a este comentario. ¡Un saludo!
20 de Agosto de 2019 a las 12:30

  • Paola Stessens Paola Stessens
    hola estuve editando la historia y corregí los fallos que encontré. 24 de Agosto de 2019 a las 11:28
  • Sara García Sara García
    ¡Hola de nuevo! He comprobado que los diálogos siguen siendo utilizados erróneamente, te recomiendo que busques en Internet páginas en las que explican cómo usar el guión en los diálogos. También he visto que tienes esta misma historia publicada (con dos capítulos), si vas a actualizar esta te recomendaría que borrases la otra. ¡Un saludo! 1 de Septiembre de 2019 a las 14:44
  • Paola Stessens Paola Stessens
    Hola no puedo borrar la otra porque está bloqueada por participar en un reto. Lo que me resulta extraño es la mayoría de mis historias han sido verificadas incluyendo la versión de esta misma y nunca me dijeron que hago mal uso de los diálogos. 1 de Septiembre de 2019 a las 17:05
  • Paola Stessens Paola Stessens
    hola ya hice la cambios hasta donde llegan mis conocimientos. 11 de Septiembre de 2019 a las 21:35
Frank Boz Frank Boz
Este primer capítulo me ha hecho recordar a mi única novela larga de terror "Silbatos en el Cielo" . Me gustó mucho este capítulo, por eso dejo el corazoncito jeje. Muy buena historia esta Paola.
18 de Agosto de 2019 a las 18:08

  • Paola Stessens Paola Stessens
    Jajaja menos mal que dejaste un corazón o empezaría a perder la confianza,; y va queriendo salir aunque se q puede quedar mejor. A ver dónde puedo leeré esa novela de la q me hablas que ya me entró el bichito de la curiosidad. 18 de Agosto de 2019 a las 18:30
  • Frank Boz Frank Boz
    jajaja, estoy siguiendo esta historia. Me gustó mucho este primer capítulo. Silbatos en el Cielo no la he subido a ningún lado, salvo a Litnet una vez, pero no entera. Algún día , luego de reescribirla, la mandaré a editorial. 19 de Agosto de 2019 a las 09:40
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