DEATHANGEL5 Seguir historia

alex_firefly Alex Firefly

Dos adolescentes se reencuentran en circunstancias inusuales, lo que siga a continuación podría ser una carrera contra el tiempo en una ciudad hundida en el crimen, la corrupción y, sobre todo, la violencia.


Acción No para niños menores de 13.

#romance #crimen #guerra #política #pandillas #militar #violencia #adolescentes #corrupción #experimento-humano
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Angelus domini nuntiavit Mariae

El hombre al otro lado de la calle se le quedó mirando a Melissa de esa forma que ella conocía ya bien, la mirada del criminal cuando acecha su presa. La chica apenas tenía quince años pero ya sabía que ese intento intimidatorio ocultaba nerviosismo y cargo de conciencia, solo necesitaba hacer que estas debilidades salieran a la luz y estaría a salvo. Era una maniobra un poco suicida en esa ciudad azotada por una franca guerra entre pandilleros y policías, buscaba un punto concurrido y ahí se detenía mirando fijamente al sospechoso; de forma retadora. Melissa no pesaría más de cuarenta kilos, era una pequeña bravucona de grandes ojos tan negros como sus largos cabellos cuyo volumen le aumentaba algunos centímetros a su corta estatura; pero tenía una mirada de halcón que era difícil de sostener cuando se lo proponía. Su estrategia nunca le había fallado. La inesperada reacción de la chica y el riesgo de atraer demasiada atención siempre ahuyentaban al posible atacante. Así, Melissa Citronella se movía por las calles de una de las más violentas ciudades latinoamericanas pero nunca había sufrido más que algún leve susto. Ciertos puntos del continente americano están plagados de secretos a voces. Los hechos ocurren, la gente los sabe, calla y teme. Aún cuando sus ciudades crecen y su juventud piensa que finalmente ha llegado una era de luz y novedades, un monstruo ancestral todavía se arrastra bajo la vistosa publicidad y los bellos edificios de cristal reluciente. Se vislumbra en el jefe que explota a su empleado porque le parece que el poder le da todo el derecho, en el hombre que se siente obligado a ser agresivo para demostrar su masculinidad y en la mujer que desquita su frustración sembrando la discordia entre sus semejantes; la bestia es mucho más evidente en las calles y Melissa ya lo sabía a su corta edad. No era ninguna tonta, destacaba entre las mejores estudiantes de su clase y tenía una curiosidad insaciable. Su deseo de conocimiento e independencia la habían llevado a distanciarse un poco de su familia, era la nieta del alcalde de la ciudad además de ser hija única; la presión por ser la princesa de la casa le molestaba, la almidonada delicadeza de su existencia le sabía a castigo. Por eso había dejado de preocuparse de tales asuntos y se volcó en los libros y en sus estudios, a los que veía más como un juego de reto que como a un proceso formal de aprendizaje. Cada vez que podía buscaba una excusa para volver a casa de la escuela sola y, aunque su madre se exasperaba por el riesgo que corría callejeando en esa ciudad tan peligrosa, Melissa disfrutaba cada segundo que pasaba lejos de la vigilancia de su conservadora familia. Se dirigió a la estación del metro y ahí se quedó un rato fascinada viendo a un anciano con un loro que bailaba al son de la música de una vieja radio, el tiempo pasó sin que se diera cuenta y para cuando abordó el subterráneo ya eran casi las seis. Debido a las prisas tuvo que viajar en un vagón atestado de gente, donde también subió el viejo con el loro y su radio que pregonaba los típicos debates de analistas políticos que siempre encontraban la razón de los problemas pero nunca la solución a los mismos. Melissa encontró un asiento entre varias señoras mal encaradas mientras una voz grave en la radio decía:

—Cada generación piensa que los males que padece son únicos y propios de su tiempo, pero la situación que vivimos actualmente no es muy distinta a la que se vivía en los tiempos de la colonia; ni cambiará mucho en el futuro...

Por instinto, Melissa observó a quienes estaban a su alrededor en busca de personajes de los que tuviera que cuidarse; en esa ciudad siempre debía estarse alerta. En una banca lejana vio a un hombre bien vestido, musculoso, de ojos verdes y con el cuello rodeado de coloridos tatuajes en los que se leía el nombre de una de las pandillas más grandes de la ciudad: los Lobos; ese no era cualquier criminal, seguramente se trataba de un líder callejero. Melissa sabía que ese sujeto probablemente tendría más dinero en sus bolsillos del que ella tuvo o tendría alguna vez en sus manos y no se preocupó más por él. Aunque decidió seguir echándole vistazos de vez en cuando, por si acaso; los cabecillas como él frecuentemente eran emboscados en público por la policía y no era raro que alguien ajeno al pleito terminara herido accidentalmente durante el tiroteo. La paranoia ya era completamente natural en los habitantes de esa ciudad. Siguió mirando en torno suyo, escuchando a la radio que continuaba con su pesado análisis:

—La violencia y el abuso de poder es parte de esta cultura, y no es nada nuevo que de pronto las ciudades se llenen de criminales. Ante la crisis económica que periódicamente afecta a cada nación, estos pueblos reaccionan con la única forma que saben hacerlo; tomando las soluciones por la fuerza. Herencia de odio y resentimiento de parte de sus antepasados que también fueron mancillados, las calles se infestan con pandillas de individuos que van a satisfacer sus necesidades y deseos a costa del sufrimiento ajeno. En ciertas ocasiones estas alimañas callejeras se unen a las alimañas que ocupan los altos cargos públicos...

Ya aburrida de la radio, se distrajo en mirar la mano de un hombre que estaba de espaldas en una esquina del vagón. Era una mano larga y hermosa, se cerraba en puño y luego se abría graciosamente como un abanico; moviendo cada dedo con elegancia para luego volverse a cerrar. Melissa había visto antes ese ademán, hubo un muchacho en su escuela que solía hacer eso cuando estaba tenso y de cuyo nombre se había olvidado. Solo lo recordaba porque fue el primer y único chico que se fijó en ella de forma romántica y, aunque lo negaba, secretamente había sido un evento importante en su vida. Su primer amor, que nunca fue. Se trataba de un chico ruso que llegó a su escuela por razones que nunca pudo conocer del todo, no recordaba si venía de un orfanato o de una prisión juvenil; solo sabía que había estado encerrado mucho tiempo. Su poco contacto con el mundo exterior era notorio, era un joven tímido y silencioso, pasivo; llegó para estudiar el último año de escuela y graduarse, mientras los demás “chicos grandes” gozaban de la popularidad de ser casi adultos él simplemente era el raro que se quedaba en una esquina leyendo o mirando a los demás como confundido. Tenía unos profundos ojos azules y cabellos dorados, podía decirse que era guapo; escandalosamente alto y bien formado, con un exótico acento extranjero; pero su torpeza para interactuar con los demás siempre repelió a Melissa. Quizás esa era la razón por la que no recordaba como se llamaba, salvo por la vaga idea de que él tenía un apodo derivado de su nombre real que le daba risa porque sonaba femenino. La voz grave en la radio continuaba sermoneando:

—Estamos en uno de tantos países que comparten la misma historia. Años atrás, el pueblo se levantó en contra de una dictadura, el desarrollo llegó poco a poco luego de la liberación y cuando todos pensaron que estaban alcanzando la gloria alguien se dio cuenta de que las pandillas callejeras ya no eran un simple achaque cotidiano; sino un gigante incontrolable protegido por una coraza de corrupción...

De nuevo el aburrimiento llevó a Melissa a perderse en sus recuerdos. Había reaccionado con furia para enmascarar su sorpresa ante la primera vez que le dijeron que aquel chico ruso, tres años mayor que ella y casi treinta centímetros más alto, estaba interesado en su persona. Al final su típica curiosidad la hizo vencer el orgullo y aceptó encontrarse con él luego de las prácticas del equipo de baloncesto, del cual el ruso era miembro. Recordó la sonrisa nerviosa del chico cuando una de las amigas de Melissa le avisó que ella estaba ahí y quería conocerlo, pero había olvidado la mayor parte de lo que conversó con él ese día. Lo único que podía traer a la memoria claramente fue un momento en que él trató de justificar su atracción hacia ella, diciendo sin poder levantar la mirada y sonrojado:

—Sus ojos son muy negros...en el lugar donde yo vivía todos los ojos de las chicas son verdes o azules. Nunca vi antes ojos así. Es todo negro, pupila, iris...tengo miedo de perderme si los veo demasiado tiempo...es lo más bello que se vio en un rostro de mujer. Como muñeca o lago espejado...

Esta explicación siempre había fascinado a Melissa. “La basura de unos es el tesoro de otros”, se dijo mentalmente a si misma; siempre se había quejado de ser demasiado normal entre las demás niñas de su escuela. A veces se preguntaba si las cosas serían distintas si ella no hubiera rechazado al ruso simplemente porque era demasiado bueno para ser cierto y porque no quería que sus compañeros pensaran que ella era una chica cursi; en qué futuro habría tenido si durante la noche de graduación, cuando él llegó a buscarla y le confesó su amor, ella no le hubiera lanzado a los pies las rosas rojas que le trajo; haciéndolo llorar en silencio. Sintió una opresión en el pecho y cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera dejar de visualizar en su memoria aquella escena. Luego trató con todas sus fuerzas de volver a escuchar el análisis político de la radio:

—Ante el problema, el pueblo se alzó clamando por un cambio de líderes; la meta se consiguió, pero el resultado no fue tal como se esperaba...

Melissa tragó saliva y miró al techo. Se arrepintió de haber traído ese tema a sus pensamientos otra vez. Ya no iba a poder sacarse al ruso de la cabeza fácilmente, porque el ruso se suicidó en la noche de su graduación. Y solo ella y él sabían que la tarde antes de su muerte ella lo había rechazado por orgullo infantil. Porque no sabía que hacer en esa situación. Ya con el trauma otra vez carcomiéndole los sesos, volvió a hacerse la misma pregunta: ¿cómo se llamaba el ruso muerto? Su olvido le parecía el último acto irrespetuoso contra ese pobre idiota cuyo único pecado fue enamorarse de una muchacha quizás tan socialmente inepta como él. Para entonces solo quedaban tres personas en el vagón: el tipo que movía los dedos, el de los tatuajes, y Melissa. De repente, el de los dedos se quitó una mochila que llevaba y empezó a hurgar en su interior; entonces el hombre de los tatuajes se sentó junto a Melissa y le murmuró casi al oído con una voz seductora que no se esperaría en un feroz pandillero:

—Por favor, señorita. Acompáñeme en este viaje, estoy desprotegido y quizás si me quedo cerca de usted me respeten la vida...ese sujeto está aquí por mi. Mi nombre es King Paradise, siento que nos hayamos conocido en estas circunstancias...

Melissa echó un vistazo al otro hombre, era un tipo alto con una sudadera con capucha que le cubría el rostro pero no parecía tan amenazador como quien estaba sentado a su lado. Sin perder la calma, la chica trató de conversar con Paradise para así humanizarse ante sus ojos y minimizar un poco el riesgo de que le hiciera daño:

—Un gusto conocerlo, soy Melissa...¿Qué le hace pensar que usted corre peligro?

Preguntó serenamente y él replicó sin levantar mucho la voz:

—Señorita, nos están matando. No hay tal guerra urbana entre los hijos de los barrios bajos y los policías. Lo que hay es un exterminio de los nuestros y de los policías que nos ayudaron alguna vez. Cada muerte es atribuida al presunto conflicto entre la ley y el crimen, pero en realidad los asesinos son una unidad de fuerzas especiales del ejercito. ¿Ha escuchado de Sombra?

De inmediato Melissa recordó un presunto grupo paramilitar que patrullaba las calles haciendo justicia por mano propia y opinó:

—No creo que exista tal cosa, señor, mi familia conoce a varios militares y les he oído decir que es muy difícil que una persona común acceda a las armas del ejercito. Además, el alcalde no permitiría algo así; es abominable. Los seres humanos no pueden ser tratados como una plaga de ratas.

En sus últimas palabras trató de disimular su enojo, le molestaba que ese hombre insinuara algo tan horrible sobre su abuelo el alcalde. El tipo de los tatuajes sacudió la cabeza con frustración y explicó:

—Comprenda usted, los políticos son inhumanos. Los grandes políticos en el poder se rieron al saber que el vejestorio que actualmente es alcalde iba a postularse como candidato pero, cuando las encuestas y los resultados de las últimas elecciones mostraron que la gente prefería ser gobernada por este personaje antes que por los mismos corruptos de siempre, todo se convirtió en una guerra de orgullos. Uno de tantos secretos a voces es que muchas veces los verdaderos líderes de las redes criminales no están en las calles, sino en los ayuntamientos. Cuando los grandes jefes fueron destituidos de los cargos, enviaron a su ejercito particular a cobrar venganza; se valieron de las pandillas. El fin del juego era demostrar la ineficacia del nuevo alcalde, hacer ver que no podía controlar la situación.

La chica lo miró indignada, King Paradise estaba hablando de su abuelo materno como de un verdadero tonto, y él continuó diciendo:

—Pero, ¿sabe usted?, el nuevo alcalde no es ningún viejecito indefenso. Él le prometió al pueblo que limpiaría las calles, algunos entendidos le criticaron el que nunca dijera cómo pensaba hacer esto. ¡Por Dios que las limpiará! Pero a usted no le gustaría saber cómo, o quizás no le interese. La vida de un indeseable vale poco más que la de un perro. La sangre que se derrama en el negro asfalto es prácticamente invisible, cómo un simple charco de agua a la vista de todos...

Ante la expresión de incredulidad de Melissa, el hombre agregó:

—¡Ande!, vaya a la biblioteca y revise la biografía del alcalde Sanz. Peleó en la guerra contra la dictadura, fue un duro estratega.

Melissa arqueó las cejas recordando que alguna vez escuchó a su abuelo contando algo así sobre su pasado, luego el hombre siguió diciendo:

—¿Sabe que los mejores amigos del alcalde son antiguos jefes militares? ¿Qué cree que uniría a este hombre con los viejos líderes de las fuerzas armadas de la nación, los que alguna vez combatió en esta misma ciudad? Es un duelo de orgullos, generación contra generación, señorita.

De pronto se escuchó un chasquido y luego hubo un silencio absoluto. El hombre de la sudadera se volteó mientras con una mano se cubría la mitad del rostro con un pasamontañas estampado con el dibujo de un cráneo, este detalle llamó la atención de Melissa; “es un adolescente”, pensó y se terminó de convencer cuando vio que tenía el cabello rubio, algo largo y desordenado; ante sus ojos ese tipo definitivamente no se veía como un militar entrenado, sin embargo en su mano izquierda sostenía un subfusil y ese si se veía muy respetable. El hombre de los tatuajes tuvo la misma impresión que Melissa e intentó tomar control de la situación, levantándose de un brinco y lanzándose sobre el joven para tratar de arrebatarle el arma. El chico apenas se movió, atrapó al hombre de la muñeca, lo torció en un movimiento rápido y lo hizo caer boca abajo al piso. Inmovilizado y listo para morir. Todo ocurría en cuestión de segundos y, a la misma velocidad, Melissa decidió que debía actuar. Siempre osada e impulsiva, tomó su bolso de útiles escolares y lo usó para golpear al extraño encapuchado. Este perdió el equilibrio por un instante y casi simultáneamente le apuntó con un arma, para luego súbitamente bajarla como con espanto. Melissa no entendía que sucedía y miró fijamente a los ojos del extraño, azules y con los párpados ennegrecidos con pintura militar. Por unos segundos solo lo observó pensando en quién podría ser ese psicópata y de pronto se le vino a la mente el nombre que por largo rato había intentado recordar, y lo dijo en voz alta:

—Mihailo “Misha” Angelovic.

Hubo otro silencio en que ambos se miraron con desconcierto y finalmente se escuchó la voz un hombre llamando por radio comunicador al joven armado:

—Atento, Deathangel Cinco, habla Deathangel cero. Cambio.

El aludido respondió lánguidamente, con ésa voz que Melissa recordaba tan bien:

—Deathangel Cero, aquí Deathangel Cinco. El objetivo se dio a la fuga, intento interceptarlo. Adelante, cambio.

Melissa y el hombre de los tatuajes se volvieron a mirarlo sin entender, otro pesado silencio reinó por unos segundos y finalmente recibió otro mensaje:

—Proceda. Fuera.

Misha Angelovic, el quinto ángel de la muerte, recogió sus cosas como con pesar y luego susurró sin levantar la mirada:

—Esconde bien a este hombre durante las próximas semanas. Sin poder comprender que sucedía, Melissa preguntó:

—¿No estabas muerto?...Es que recuerdo bien...te vi en la reja y estabas...

No pudo seguir hablando, turbada por un recuerdo que prefería evitar, y Angelovic replicó:

—Sí, morí ese día.

Luego se escurrió por una ventana del metro en movimiento y desapareció como un gato en la oscuridad. A partir de ese día, la vida de Melissa no fue la misma.


17 de Agosto de 2019 a las 04:03 0 Reporte Insertar 1
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