La Carrera Seguir historia

u15658023911565802391 Andrés Sánchez

José vive una vida tranquila y aburrida cuando recibe la invitación a la boda de un viejo amigo de la universidad, Julio. Este lo invita para verse con él antes del gran día, revelándole la verdadera intención detrás de la invitación. Así, lo introduce en un evento privado llamado La Carrera que atraviesa diferentes experiencias llevadas por la impulsividad y la arrogancia al mismo tiempo que remonta las memorias de la época turbia antes de convertirse en un profesional.


Drama Sólo para mayores de 21 (adultos).

#universidad #bodas #quito #zorro
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El juego del zorro

Me había llegado un paquete. Hoy a mi puerta entre cartas no reclamadas y publicidad gastada en papel se encontraba una pequeña caja color marrón estraza. Nunca había recibido una caja así en mi vida, por lo que me extrañaba si quiera molestarme en traerla dentro de la casa a abrirla. Vivía en los suburbios latinoamericanos en un nexo entre los tantos conjuntos residenciales y los inmensos mares de ladrillo de concreto desnudo. No tenía muchas visitas por esa misma razón, vivir lejos de la acción tiene sus desventajas. Por supuesto, tampoco invita a pasar en mi casa. Así que tener una caja en mi hogar resultaba toda una novelería. Entré pensando en las posibilidades y vi que solo tenía el nombre del destinatario. Mi paranoia social heredado de mi madre me hizo dudar si abrir la caja era una buena idea. Pero pensé en lo que podría pasarme: robo de mi casa, secuestro para extorsión, etc. y mi conclusión fue que el peor escenario sería que me secuestraran y me quitaran los órganos para venderlos. En cualquier caso, no debería temer. Mi casa ni siquiera es grande, solo tiene un piso y algunas cosas no funcionan, mis padres murieron hace mucho y mi hermano no lo he visto en mucho tiempo, aunque a veces me escriba para estar al tanto, pero tampoco tiene dinero para una extorsión y, por último, me he dedicado a la bebida y al cigarrillo por los últimos 5 años así que ni siquiera mis órganos son de verdadera utilidad. Todo estaba asegurado, había vivido mi vida de tal forma que no podría correr ningún riesgo. Lo que me salvaría de los peligros es mi mediocridad, eso siempre lo supe.


Bueno, de vuelta a la caja. La abrí, sin ningún redoble de tambores o algún anuncio (o algún testamento). Era la invitación de un amigo a su boda. Julio, Julio Campoverde. Se iba a casar con una chica llamada Manuela Flores. No estaba muy seguro si la conocía, después de todo Julio realmente era un maldito adicto a las apuestas, en especial si se trataba de mujeres. No lo culpo, es atractivo. Aunque decir que una persona es apuesta no justifica que sea adicto al buen uno dos, uno dos. Realmente su problema cabía en el hecho de que no lo creía, o bueno tal vez no lo sabía. Su hermano mayor era modelo y artista. La verdad es que había vivido bajo la sombra de su hermano Jacko desde que saltó a la fama en la música. Recuerdo que en el colegio realmente era un buen novio, quería mucho a Romina. Pero ella le terminó diciendo: Es que se acabó el colegio. Y ya, como si hubiera pagado suscripción y simplemente decidió acabar el contrato. Y qué son las relaciones sino la renovación constante de contratos amorosos que procuramos mantener. Lo que me parece bastante extraño es que al ser el amor el motor principal y no el dinero, las políticas son bastante flexibles. Sin embargo, cambia a las personas. Como lo hizo con Julio. En la universidad trataba a sus novias como todo un idiota con licencia platinum. Una vez le dije que tenía problemas en acercarme a las mujeres y lo que hizo fue pasarme un libro. Literalmente ese libro te decía como ligar con mujeres hasta encontrar una que te gusta, incluso hasta como salir con muchas mujeres. Lo vi y lo ignoré. Era bastante denigrante su uso, aún mantenía mi decencia. Pero Julio lo utilizó y llegó a tener hasta 8 novias al mismo tiempo. Eventualmente fue descubierto, pero eso no le quita el hecho de que haya tenido sexo con 8 diferentes chicas sin contar con las anteriores. No es por presunción machista, sino que después de eso debe ser verdadero amor. La curiosidad sexual ya habría desaparecido, ahora solo buscaría hacer el amor. Pensaría lo mismo de las mujeres, pero algunas tienen bien arraigado lo del alma gemela y el romance cliché que tanto ha alimentado el cine por probablemente 100 años si no, es más. Yo por mi parte recién conocía el amor en la universidad, en el colegio nunca tuve una novia, me faltaba la gracia de la pubertad para tener algo de atractivo. Cosa que a Julio nunca le faltó.


Manuela Flores, leía y releía su nombre en la tarjeta con esas letras blancas decorosas sobre una tarjeta de un celeste elegante. Debía ser el papel que le daba el toque de todo un evento tradicional. Pensaba en las veces que ha de haber soportado las burlas de hombres inmaduros y un poco calientes. Imaginaba sus hijos: Campoverde Flores, o Flores Campoverde (no sé quién va a tomar el apellido de quién). Ese nombre también va a ser toda una exquisitez para los niños de primaria. Llamé a Julio por teléfono para desearle lo mejor y conversar un poco. Recuerdo que hace algún tiempo nos considerábamos mejores amigos. Pero para ser sinceros yo solo actuaba como un receptor de todo lo que habría querido decir y él era la llave a aventuras que solo jamás podría estar siquiera enterado. Supongo que eso era amistad, uno sacaba provecho del otro y no perjudicaba a nadie. Yo nunca confié en Julio, solo me dejaba llevar. Pero a veces era bueno descansar el corazón creyendo que tienes a alguien en quien confiar:

- José, ¡cuánto tiempo!

- ¿Cómo estás, Julio?

- Bien, bien. Todo bien. ¿Y tú?

- Bien, emocionado por la invitación

- Ah, te llegó. Es una buena noticia, tu dirección era un poco engañosa. No estaba seguro si te llegaría

- Bueno, aquí está. Y envuelto en todo ese misterio de caja. No sabía de quién era en un principio

- Si soy honesto, era para que abrieran algunas ex mías. Por si se les ocurría botarlo antes de saber el contenido del paquete. Ahora ya pueden hacerlo sabiendo lo que es – se rió de manera picara con la lengua en el paladar.

- ¿Es buena idea invitar a tus ex a tu boda?

- Sí, no… tranquilo, todo está perdonado. Es al menos un buen gesto

- Hablaba por la prometida, que por cierto ¿la conozco? No recuerdo bien

- No, es otra. La última que conociste se llama Jimena. Ya terminamos hace mucho. Y no te preocupes por Manuela, también piensa que es una buena broma

- ¿Pero no se trataba de un buen gesto? Yo no…

- Sabes, José. Me alegra que hayas llamado, de veras. ¿Te parece si nos vemos antes de la boda? Vamos por unas bielas, pana. Para refrescar la memoria de tantas cosas que hemos pasado.

- Claro, yo podría

- Te parece mañana

- Sabes que tengo trabajo y…

- Vamos, no seas rata. Unas bielas después del trabajo. Conozco un buen bar, el Perro Negro


Y ahí estaba yo, en el Perro Negro. Pensaba que era un bar de mala muerte, pero resultó ser un lugar bastante decente, eso me pasa por ser racista. El lugar contaba con presentaciones en vivo de bandas, cervezas artesanales y una estética bastante oscura, me sentía en casa. Me pedí un perro rabioso que era una jarra de cerveza negra y conversamos al son de una banda de indie punk, o eso era lo que decían, la verdad es que lo indie es cualquier estupidez hípster.

- Que buena banda – decía mientras tomaba el sorbo de la primera ronda con Julio

- Los conozco, no son tan buenos. Yo estaba en una banda mejor

- La de tu hermano, ¿verdad? ¿Y cómo le va a tu hermano? Oí que está de gira

- Sí, le va bien – Lo dijo seguido de un silencio incómodo – estaba pensando en todas las cosas locas que alguna vez hicimos, como la vez que saltamos de la cerca para entrar a mi casa cuando se fue la luz, ¿recuerdas?

- Si, claro. Cómo olvidarlo. A Miguel le cogió la corriente porque cuando saltó había vuelto la electricidad

- Ah, cierto – pegó una buena risa – ese Migui. Siempre tuvo mala suerte

- Es mejor tener mala suerte, así aprendes de la vida

- Bueno, tampoco es que creo en la suerte


Hablamos un rato mientras compartíamos el perro rabioso. Me había contado de esta chica, Laura, que había conocido antes de que Manuela estuviera en su vida y que le había jurado ser el amor de su vida.


- ¿Y qué hiciste? – le dije intrigado

- Pues me reí, qué más podría hacer… - soltó su carcajada carrasposa de siempre

- Pues no sé, haberle aclarado las cosas o, quién sabe, pudiste corresponderle

- Joshi, Joshi – lo dijo con un tono burlón y con aires de superioridad – el amor de tu vida no existe. Es como haberme dicho que era Papá Noel. Esas cosas uno deja de creer cuando ya es grande. No esperes vivir en un sueño – pronunció mientras prendía un cigarrillo Ket negro

- ¿Fumas? – pregunté sin darme cuenta que siempre había estado llevando el cigarrillo en el bolsillo de la leva

- ¿Esto? No, es un clavo de olor – me dijo mientras me invitaba a fumar uno - ¿quieres?

- No, gracias

- Es bueno, toma uno – acepté con vergüenza – bueno, José, creo que no te había llegado a tu invitación el otro paquete

- No estoy seguro de qué hablas, Julio

- Mira, además de la tarjeta de invitación yo personalmente había incluido otra invitación menos formal pero mucha más entretenida

- ¿Invitación a qué?

- No estaba muy seguro si invitarte, después de todo la última vez que te vi no fue tan agradable como ahora

- Claro, la fiesta de Jimena

- La maldita fiesta de Jimena, pero no me digas que no lo gozaste, maldita rata


La fiesta de cumpleaños número 25 de Jimena, la verdad es que esa historia es demasiado larga para contar en este párrafo. Intentaré hacerlo por partes, para que sea digerible. La verdad es que yo en sí no era el del problema, era Julio. Esta chica, Jimena, era hija de un par de doctores cirujanos que vivían al norte de la ciudad, ya saliendo del casco metropolitano y empezando a la vida suburbana en las planicies de la zona conurbana por la Pampa y la Mitad del Mundo. Venía de una familia rica, así que para sus estudios universitarios lo que hicieron fue pagar alquilar un departamento en el centro de la ciudad en donde se encontraba concentrado las ciudadelas universitarias. Era una locura, porque en su departamento eran fiestas cada fin de semana. Yo a veces caía a una de ellas por puro aburrimiento y la insistencia de Julio. Era un buen amigo, pero una mala influencia, la combinación perfecta supongo. La cuestión es que en su fiesta se habían peleado por razones que nunca supe y tampoco me interesó, después de todo sabía que Julio no duraría con ella por mucho. Terminamos en Monteserrín en la casa de uno de sus amigos que participaban en actos de mayor calibre, de los que se pegaban té cannábico traído directamente del Perú. Era bastante marihuano, pero era un genio musical. La cuestión es que no quería ir a esa casa, quería ir a la suya en el centro. Así que se separaron un rato. Jimena realmente lo amaba, pero Julio solo pasaba el rato, todo el mundo lo sabía. Cuando se enfrió la cosa me acerqué a Jimena y le dije algunas palabras. Me caía bien, pero sabía que por las condiciones no podría ser amigo de ella. No me gusta estar con las mujeres de Julio, algo tenían que siempre traían problemas. Se puso a llorar un poco y la llevé a la esquina para que nadie la vea. Después de que se calmara me abrazó y me dio un beso en la mejilla, un gesto dulce como el olor un té recién hervido de miel y limón.


- Yo sé que Julio es bueno, solo que a veces es muy ciego para darse cuenta de las cosas qué tiene. Lo afortunado que es…

- Bueno, nunca ha sido bueno expresando lo que siente

- Lo sé, quisiera hablar con él. ¿Puedes buscarlo por mí, Joshi?


Lo busqué en la fuente de chocolate, en la fuente de alcohol, en la fuente de drogas de Nicolás (el dueño de casa) y nada. Empecé a sospechar, tenía este mal sabor de boca que siempre me da cuando Julio hace una idiotez. Entonces entré a la casa y subí al segundo piso. Estaba algo tocado con el alcohol así que me perdí dentro de la casa. El problema fue que a cada lugar que lo había estado buscando me topaba con algún amigo y me ofrecía una copa, y así sin darme cuenta me cogió el alcohol. Busqué como un viejo busca su zapato perdido al levantarse. Pasé por toda la casa. Tenía 3 baños solo para la sala y la cocina tenía el metraje necesario para vivir una sola persona. A la final encontré el cuarto de Nicolás que era la única que estaba cerrada. Toqué dos veces y escuché risas de fondo. Abrieron la puerta y ahí estaba Julio con una chica llamada Carolina, era una chica rubia bonita que tenía este piercing dentro de la boca al frente de los incisivos centrales. Se reía mucho, a veces para dejar ver esa argolla negra colgada que tanto me desagradaba. Me dejaron entrar, los dos estaban ebrios y algo drogados jugando a toquetearse. Le tomé del brazo y le dije al oído que su chica la estaba buscando. Le soltó un momento a la chica y se acercó a mí colocando su brazo a mis hombros como un padre que va a decir el consejo de su vida a su hijo, y vaya que lo hizo:


- Josh, mira quién es, estoy ahorita con Carolina, la chica que te gustaba cuando recién entramos al prepo. Y la verdad es que esta chica está un poco loca, pero me prende como no tienes idea. ¿No crees que yo me merezco un poco de diversión de vez en cuando? He sido una buena persona, he hecho mis deberes, recé todas las avemarías que necesito para expiarme de mis pecados, una raya más al tigre no va a ser la diferencia

- Pana, haz lo que quieras, eres lo suficientemente mayor como para tomar todas las malas decisiones que quieras – salí del cuarto resignado – pero recuerda que ella espera por ti allá afuera

- Es su cumpleaños, ha de estar ocupada con todos sus amigos allá abajo y que tenga un poco de diversión. Ella puede hacer lo que quiera

- Lo que sea


Salí del cuarto he intenté olvidar lo que dijo. No sabía que decirle a Jimena, tal vez simplemente decirle que no lo encontré fue lo que pensé. Entré al baño, me sumergí en chorros de agua del fregadero cuando me di cuenta que el último vodka con Ángel había recién pateado mi sistema. Sentí un mareo tenaz, recordé la escena de esa película de Leonardo DiCaprio en donde se arrastra por una droga caducada. Malditos rusos, todo es culpa de ellos que yo me encuentre mal en ese momento. Me cogió la calentura y regresé a la habitación en donde estaba Julio dispuesto a explotar de todas las cosas que nunca suelo decir.


- Oye tu – lo encontré en la puerta

- Josh, ven

- Oye escúchame – le dije mientras me atrajo dentro de la habitación - ¿qué estás haciendo?

- Escucha, esta es la oportunidad de tu vida

- No quiero más drogas

- No, idiota. Carolina me dijo que quiere hacer un trío contigo. Loco, ¡contigo! Así dejarás de ensuciar la cama en las noches pensando en ella. Dale loco, tú quieres y yo quiero. Y sinceramente es la primera vez que haría un trío y qué mejor que compartirlo contigo, mi mejor amigo

- Escucha Julio, ya basta. No quiero, no

- Oye Joshi, Julio me contó que yo era tu crush en primero. ¿Por qué no me dijiste nada? Hubiéramos podido hacer algo al respecto

- Lina, escucha, tal vez no es el momento. Yo… yo… no puedo


Carolina sin preámbulos empezó a quitarse la blusa roja para dejar ver su piel blanca con detalles pecosos, yo me había quedado en blanco, era tal y como me imaginaba y mejor. Cerró la puerta con llave y nos llevó a la cama a los dos. Julio solo tenía un condón así que me dijo que me tocaba la boca. Yo estaba acostado en sentido perpendicular a la cama, ella estaba chupándome mientras Julio le daba de a perrito. Yo no sentía casi nada por el alcohol, pero igual la tenía parada. De ahí no recuerdo más. Al día siguiente desperté en esa cama y no había nadie. Como los padres de Nicolás no estaban en la ciudad la fiesta siguió hasta el otro día. Carolina ya se había ido y Julio estaba gritando con Jimena abajo en la entrada de la casa. Al parecer nunca se vieron después de que me llamara y le preguntaba como loca dónde había estado. Bajé por las escaleras y me regresó a ver con ojos sorprendidos, creyó que me había ido la noche anterior. Y eso no es todo, les había dicho que era largo. Sin embargo, será para otro momento.


Ya cuando se acabó la jarra de cerveza me invitó a este evento que no terminé por entender. La Carrera, así se llamaba. Me había dado una tarjeta de invitación para formalizarla. No es que era algo clandestino, solo que era muy privado, o eso me hizo entender. Me guardé la carta en el bolsillo y tomé un sorbo más. Le había preguntado de qué se trataba y lo único que comprendí es que era organizado una vez al año. “Esta vez seré yo el anfitrión” – dijo Julio antes de levantarnos y despedirnos.


Al día siguiente había tenido una resaca vikinga que el mismo Erik el rojo se hubiera encrespado pelirrojamente. Casi me atraso a la construcción que debía ir por lo que utilicé el mismo pantalón del día anterior para no demorar. Estaba en las afueras de la ciudad oculta en los campos de relieves arboladas y pluricromáticos ocres y verdes. Me gustaba viajar hacia las afueras, pero el mayor enemigo de uno no es uno mismo, es el maldito sueño. Había tenido que revisar la cisterna y algunos acabados de los pasillos de la remodelación del centro de salud. Un albañil se le había ido la mano picando una de las paredes que se necesitaba readecuar. Había llegado un pasante de ingeniería, Henry. Era algo callado pero su imponencia en su porte era lo suficiente como para respetarlo inconscientemente. Tuve que explicarle el porqué de la humedad y su peculiar comportamiento debido a la condición adosada que teníamos con la escuela de alado. Estaba deseoso de aprender y era bueno dibujando, resultaba bastante útil al tener que sacar las medidas de la construcción. Le había dejado que midiera la casa comunal y continué en los pasillos cuando me llegó un mensaje: Hoy, Longüí, 6 pm.


No tenía remitente y ni siquiera sabía de qué se trataba. Lo ignoré por un momento. Seguí con el trabajo. Al cabo de unas horas me llegó otro mensaje, estaba muy concentrado en la dirección y carga del material de construcción que ni lo sentí. Después me llega una llamada de Julio. “¿Qué estás esperando?” – me dijo como si me hubiera convencido de ser mi propio jefe. Me dijo que viera el mensaje que me había llegado: Confirma SI / NO. Le llamé de vuelta, le dije que no estaba interesado en el producto que me van a vender. “Es la Carrera, debes ir allá” – pronunció antes de colgarme sin más precedente. Medité mientras el pasante se me acercó para unas dudas bastante puntuales. Cuando se fue a continuar su trabajo me llegó un mensaje de él: “Hazlo”.


Habían llegado las 4 pm y no había confirmado, no sabía si ya había caducado el tiempo para aceptarlo. Como no había llegado otro mensaje asumí que no. Vi a Henry ponerle empeño a su trabajo, concentrado escuchando con audífonos su música y recordé cuando había entrado a mi primera pasantía de construcciones. Tenía que hacer un registro de rubros, hacer presupuesto, cronograma, y muchas cuestiones técnicas que nunca había tenido paciencia para hacerlo y a pesar de las disyuntivas y sinsabores, lo había logrado. No había sido hace mucho que salí de la universidad. Recordé al ingeniero Jonathan de mi pasantía acerca de una construcción de un caudal en La Merced. No estaba muy seguro qué hacía un arquitecto en un caudal pero trabajo era trabajo. Jonathan tenía una manera muy suave de dirigirse a uno, conversación tenue y bastante inteligente, no hablaba demás. Era un hombre solitario, se lo podía ver en sus ojos y en su voz. Probablemente sin alguna pareja estable, Jonathan era una persona bastante enfocada. Me contaba de sus viajes por las carreteras en bicicleta, a veces acompañado de algún amigo pero en su mayoría solo. Hacía lo que quería, su desarrollo espiritual había alcanzado cierta serenidad que aceptaba la soledad como un estado natural de la consciencia humana. Cuando hacía los viajes de procesiones hacia El Quinche lo hacía por acción propia. Era devoto, pero no era un estúpido. Su vida estaba en las afueras, le gustaba viajar hacia los valles y campos a disfrutar de un paisaje desprovisto de cualquier mancha urbana. “No valdría viajar tanto todos los días si no fuera hermoso” y no solo hablaba de los campos. Recuerdo que una vez saliendo de un proyecto nos subimos a la camioneta y observamos a unos venezolanos inmigrantes agrupados para que el frío no entre en sus corazones y empezó a tener una charla con el albañil que subía el cemento a la cajuela.


- Son venezolanos, ¿no? – le dijo Luis, el albañil

- Si

- Que mal, ya nos tienen invadidos

- No, bueno estos vienen del sur. Deben haber ido por Perú desde que Colombia cerró su entrada con pasaportes

- Que feo, ¿no? – lo dijo con un tono de indignación – han de ser profesionales y no han de tener oportunidades de trabajo

- No, no – dijo Jonathan – ellos ya están posicionados. Ahorita los que tenían un buen trabajo allá ya entraron al sistema aquí. Ellos son igual, gente pobre que vino como pudo. No es que se encuentran así por su país. Allá igual había gente en las calles, gente sin muchos recursos. Acá al país vinieron de todo

- Nos van a quitar el trabajo


Me reí un poco al recordar, regresé a mi realidad. Me dejé llenar de sentimentalismo, el peor de los males. Debo mejor hacer lo que los seres humanos saben hacer mejor: rechazar sus sentimientos y reprimirlos hasta generar traumas. Los traumas mueven al mundo, ¿o sino cómo el sediento va a buscar nuevas formas de saciar su sed? Levanté mi mirada y me di cuenta que la mayoría de trabajadores eran venezolanos. Si contratabas uno venían como 3 más, eran en paquetes. Me parecía un poco peligroso de buena a primeras aceptar mano de obra barata sabiendo de la historia de mi amigo que con sus contactos ya se dedicaba a construcciones grandes y en casi el último día de la construcción iban a robar. Fueron bastante idiotas como para comentar a los otros albañiles ecuatorianos en busca de asistencia al atraco y lo único que consiguieron fue que les acusaran. Los albañiles tenían miedo de perder su trabajo, los venezolanos no tenían nada que perder. Al otro día vino el dueño con dos guardaespaldas a hablar cara a cara. Obviamente el dueño ganó y quedaron marcados de por vida como amenazas. No tenía nada en contra de los venezolanos, pero sí de los desconocidos. Mi jefe había aceptado sin rechistar en lo absoluto, le recomendé considerar la oferta, pero me tildó de xenofóbico, me había olvidado que su esposa de tantos años era venezolana. Lo que hace uno por caliente. Su esposa era una mujer deliciosa, que se mantenía muy bien con el pasar de los años. Dos embarazos y su figura es envidiable. Desearla es completamente natural, pero no sé si realmente la ama, mi jefe no tiene la personalidad de amar a una mujer. Me preguntaba si ese era el mismo caso de nuestro antiguo alcalde.


Sentí como me iba disociando de la realidad en una vorágine de transiciones emotivas sin sentido en un ataque de aburrimiento y me dije a mi mismo como una reconfortante píldora antes de dormir: “a la mierda”. Y acepté el mensaje. Inmediatamente se me envió la ubicación del lugar. Quedaba en el sur de la ciudad, en la extensa e unánime zona de excesivo trabajo y baja calidad de vida. Pensé en mi ex novia que vivía en el sur, y tuve más ganas de ir simplemente porque sentía que mis probabilidades de verla otra vez aumentaban. Acepté sin considerar cualquier cuestión, en ese momento entendí a mi jefe. Lo que uno hace por caliente. Salí encargando al maestro mayor la obra y diciéndolo al pasante como se podía regresar al centro de la ciudad con transporte público porque había dicho que se tenía que quedar unas horas más para completar el cronograma. Esperaba que no se perdiera, no como a mí cuando estuve en La Merced.


Me fui entre dudas y unos 10 dólares en el bolsillo. Había llegado al Longüí 6:23 pm. Había sido un parque natural parecido al Metropolitano hasta con su aroma a criminalidad nocturna, solo que era mucho más empinado. Por suerte no tenía que subir mucho. Me había dado cuenta que estaban esperando dos personas más en el mismo punto, un circuito donde probablemente se entrenaban a policías. Aún teníamos un poco de sol, pero se sentía el frío de la ciudad debido a que estábamos en la sombra de la montaña. De pronto un mensaje sonó de manera unánime en los celulares. Era el mismo remitente privado:


TIEMPO DE JUEGO

Bienvenidos al Juego del Zorro

Es un juego sencillo, uno de ustedes es un intruso. Deben atrapar al zorro antes de que los atrape a todos.

Nos vemos…


Maldición – lo dije a mis adentros. No era exactamente del tipo inteligente, pero al menos no quedaba como un idiota. Solo deseaba que no existiera entre nosotros ese típico cerebrito que salva todas y se queda con la chica como en las películas. Para mi suerte, ese no era el caso.

- Esto va a ser sencillo. Solo necesitamos mostrar nuestros pines – dijo el chico de suéter y acento extranjero pero la cara la tenía de provinciano

- Mmm… - dejé salir la vibra mientras regresaba a ver a la chica de cabello negro a lado mio – yo creo…

Nos quedamos viendo un rato a los ojos y nos dimos cuenta que ninguno tenía un pin. Hicimos un pequeño gesto de negación y dijo:

- Yo no tengo pin

- Ni yo tampoco


Fue en ese momento que nos dimos cuenta, juntos gritamos: ¡Tú eres el zorro! Y más por la descarga de adrenalina que determinación, le seguí a la chica para retirarle el pin. A la final ella se lo quitó y me chocó los cinco al lograrlo. ¡Bien hecho! – me dijo y me dio el pin. Luego se fue corriendo. ¿Cuál es tu nombre, ladrona? – grité sin temor. Tony – gritó con la misma fuerza. El chico provinciano se fue corriendo siguiéndole creyendo que tenía el pin mientras lo observaba en mis manos. De pronto vino un hombre encapuchado de atrás mío y me apuntó con un arma.

- Mi lindo mi chaveruco, ¿qué se estaban peleando tanto?

- … – le miré atónito por un momento y giré mis ojos hacia alguna salida

- No te quieras pasar de vergas, no te quieras pasar de vergas – me decía mientras se acercaba

- Yo… yo

- Habla, gil. Que esto no es de juguete

- Por… esto – le mostré el pin

- Pasa, sapo – me lo quitó doblándome un poco el índice – ¿solo esto, mijo? No da pal diente, mama verga, dame algo más – le pasé mis 10$ excusando mi pobreza – chas gracias

Y se fue, lo que fácil te regalan fácil se roban. Se había hecho de noche y yo ya estaba cansado. Pensé que había desperdiciado toda una tarde de trabajo para que me robaran, la maldita suerte de uno. Regresé a casa no sin antes pasar por la casa de Romina. Vi por su ventana una luz cambiante, supuse que estaba viendo televisión. Me boté a mi cama cansado del cambio de rutina. Normalmente tenía energía para jugar un poco videojuegos o alguna película que despertara algo en mí, pero el cambio no me sienta bien físicamente. La revolución es para los que no tienen sueño – me dije reconfortando mi humilde acto pseudo-ideal – va en contra de la naturaleza de uno.

16 de Agosto de 2019 a las 03:19 2 Reporte Insertar 1
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ana hoy ana hoy
Buen capítulo!
21 de Agosto de 2019 a las 21:39

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