Los cuatro jinetes Seguir historia

u15658023911565802391 Andrés Sánchez

En una ciudad asediada por un monstruo que habita en las sombras, cuatro personas sin nada en común son reunidas para encontrar la razón de este mal proveniente más allá de lo sobrenatural. Sin embargo, la oscuridad que llevan en sus corazones los lleva a enfrentarse entre ellos e, inevitablemente, a sí mismos.


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 21 (adultos).
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De la noche solo sabemos rumores/ Preludio Alejandro

Una ciudad que se eleva
Mientras todos estamos preocupados por ser alguien

Era el chico una vez más acostado en la cama de su cuarto, admirando el techo como si en él estuviera la chica de sus sueños. Jugaba con una pelota el clásico “qué tan cerca puede estar sin tocarlo”. No sabía si lo hacía bien o no, solo quería matar el tiempo.


Desde su perturbada mente buscaba esa serenidad en lo simple: una rosa, una sonrisa, unos zapatitos. Creía que iba a ser perfecto. Iba el séptimo lanzamiento.


- (Me pregunto si piensa en mí, si alguna vez me ha extrañado)


Ya era la tarde, el sol se avergonzaba por su partida. El cabello desordenado, la ropa despeinada. No sabía que era peor, estar dentro de su cuarto o de su mente. Al menos se sentía en casa. De todos modos, eres lo que desordenas, o lo que piensas, o lo que comes, o lo que escuchas, eres todo lo que te rodea menos lo que eres, un ser humano. Inyectado de tantas contradicciones en su vida, dedicaba su tiempo en causas perdidas. Recordaba el juramento de nunca enamorarse y como es que terminó soñando con ella esa misma noche.


- Cada maldita noche… ¿qué me hace tanto daño? Cada maldita noche parece la misma, cada pensamiento parece una réplica de la anterior. ¿Es así como tengo que pasar el resto de mi vida? Detener el tiempo, subirme a la luna y esperar que muera de frío. Pero nunca sucede, el sol siempre vuelve a aparecer y yo ya no puedo dormir


Se cae la pelota, su sonido le transportó a la época que jugaba tenis. Baja su mirada y suspira. Sin camiseta y con pereza. En sus ojos aún tenía el brillo de su pelo, los oídos sostenían sin fuerzas el eco de sus sueños y en la boca mantenía asqueado los restos de su borrachera. Al levantarse, volteó su mirada a la esquina polvorienta de su cuarto y vio aquella fotografía que se había tomado antes de que conociera la bebida. Recogió la foto en vez de la pelota.


- A la siguiente hazlo rápido, o hazlo seguro. Porque no te entiendo…

Inclinó un poco la cabeza, fue en ese exacto momento en que se dio cuenta que estaba solo.

- … (¿Quién soy yo otra vez?)


Pasó con su dedo el vidrio que guardaba la fotografía. Cuestionó si realmente debería sentir lo que siente. No sacaba sus ojos de esa imagen. Se olvidó incluso lo que estaba haciendo hace cinco segundos.


…I love you for what I am not
I did not want what I have got
Blanket acned with cigarette burns
Second-rate third degree burns…


- Si tan solo las fotografías fueran túneles del tiempo…


…What is wrong with me?
What is wrong with me?
What do I think? I think…


Cerró los ojos, divagó en su biblioteca buscando algún libro que despierte a los cascarones que una vez fueron huevos. El niño - hombre se encontraba en un limbo extraño en donde las flores no mueren, pero tampoco florecen. Odiaba lo material y le desesperaba aquellos que no tenían dudas. Se creía un poderoso e irrepetible ser de locura.


…Hate, hate your enemies
Save, save your friends
Find, find your place
Speak, speak the truth…


- ¿Por qué los inútiles no mueren ya? ¿Por qué las mujeres no pueden ser más directas? ¿Por qué existe la palabra futuro? ¿Por qué no puedo mejorar? Por qué…


Recoge otra vez la imagen, con cierto miedo a no reconocer el rostro. Se pierde otra vez en el techo. La voluntad parece ambigua cuando uno está pensando. De prisa y discreto, el sol se había escondido, la luna quería debutar en este día. Ya los ojos de la curiosidad se vuelven sedientos de acción, como si la noche lo transformase en una bestia totalmente diferente.


Patea la pelota y la pierde debajo de su cama, como para nunca encontrarla. De su armario desgarra las prendas a ciegas. Se cambia, se detiene para pensar en algún olvido. Apaga el televisor que había prendido simplemente para escuchar voces. Mira su muñeca derecha: eran las 7:30 pm. Su muñeca izquierda: Akemi. Se detuvo por un segundo y regresó por su bufanda roja.


- (Uno nunca se olvida de los nombres raros, en especial si son de personas más raras aún) – deja salir una sonrisa leve, de las que emana ternura e ilusión


Baja los escalones, pasa por todos los recuerdos vividos en cada departamento. Cada piso tenía su drama y su historia pero Alejandro no quería recordar nada por el momento. Ya afuera, sintiendo en los labios el frío seco de la noche, da un pequeño suspiro de bienvenida y empieza a caminar en contra del viento.


Se dirigió hacia la tienda más cercana, compró unos tabacos y un chicle de menta para el camino. A penas salió a la calle, sintió miradas acechando su viaje. No sabía si era su ansiedad o un peligro externo. Tomó un taxi y se fue directo al corazón de la ciudad. El taxista no hizo ninguna señal de vida más que el movimiento de sus brazos al conducir, una conducta tan rara que provocó un incremento de su ansiedad. Al salir, Alejandro pagó lo más pronto posible sin pedir cambio, queriendo alejarse de sus nervios. En la vereda se sentía a salvo hasta que cruzaron miradas. Por un segundo, tan corto y a la vez tan profundo, admiró un destello rojo en sus pupilas. Estupefacto, intentando prender el cigarrillo, vio como el taxi se alejaba de él.


- Debo estar volviéndome loco…


Caminó por el bulevar tomando grandes bocanadas de humo, intentó desvanecer su ansiedad junto al viento pero no pudo. Ese destello rojo lo perseguía como aguja llena de sangre, directo al nervio óptico. De repente, sentía como el corazón se aceleraba, surgía pequeños mareos y un dolor de cabeza que lo cegaba poco a poco.


- No, otra vez. Cálmate, Alejandro. Esto ya lo superaste


Dejó de fumar e inconscientemente acercó su mano a la bufanda. La frotó entre sus dedos fríos y la acarició lentamente. Sus sentidos volvieron a ser los mismos. Abrió los ojos, no se había dado cuenta de que ya había llegado a su destino: el bar de Roy. Apagó el cigarrillo y entró como si fuera su segunda casa. Se dirigió a aquella esquina que tanto frecuentaba en otros tiempos. Normalmente lo hubiera evitado pero necesitaba un refugio mental. Pidió un combo de pipa de menta con chocolate y una hamburguesa simple. Tenía una ligera esperanza de encontrarse con alguien y casualmente compartirlo, pero había empezado a tomar de todos modos. Se quitó la bufanda y probó la pipa por primera vez. El primer verdadero soplo que disfrutó de la noche.


Al llegar a la segunda biela distinguió una silueta familiar, agradable y misteriosa. Tuvo un fuerte impulso de invitarla un trago y conversar. Empezaba a aburrirse de estar solo con esas rubias heladas que no le darían mucha acción. Se levantó de la mesa y se dirigió hacia ella con pasos disimulados. Pero la valentía le duró segundos cuando se dio la vuelta para verlo.


- Akemi

- ¡Alé! Que sorpresa verte aquí


De todas las personas que pudo haber topado ese día, de todas las personas en la maldita ciudad tenía que ser aquella chica de las noches oscuras, de ojos grises y cabello oceánico. No pudo evitar pensar que todo eso era una maldición.


Inevitablemente, terminaron sentados en aquella esquina compartiendo recuerdos y cervezas. Una parte de él disfrutaba inmensamente su compañía y otra quería salir corriendo sin mirar atrás. Era muy duro consigo mismo. Evitaba el cruce de miradas casuales y las preguntas fuertes. Pero no importaba que tan distante se volviera siempre parecía estar a su lado, cerca de su oído susurrando palabras dulces.


- Vaya, es la bufanda que te di ¿verdad?

- Ah, sí. Es un lindo regalo – pronunció al intentar esconderlo

- Siempre que te veía me recordabas al color rojo, cuando lo vi inmediatamente sentí que era para ti

- Ya lo sé, me lo decías todo el tiempo. Pero nunca entiendo, ¿por qué rojo?

- No lo sé, solo es rojo… no podría explicarlo – tomó un ligero trago de la rubia – ese eres tú, es tu esencia. No podría explicarlo

- Nunca lo haces de todos modos

- ¿Qué quieres decir con eso? Rojo es mi color favorito, no hay más que decir


Las palabras parecían repetirse, discursos que revivían los cascarones de los sentimientos de ayer. Pasaron 2 años de aventuras en 2 minutos de mesa. Había olvidado lo agradable que era conversar con ella.


- Ya es un poco tarde ¿no lo crees?

- No suele importarte el tiempo ¿tienes prisa?

- No, no. Es que estabas bebiendo solo y ya son las 9:30

- Estaba con una amiga, pero tuvo que irse debido a una emergencia – se frotó ligeramente el cuello mientras pedía un Bloody Mary y un whisky en las rocas

- ¿Cómo sabías que quería eso?

- No lo sé, intuición

- ¿Estás tratando de hacerte el interesante?

- No estoy tratando nada – suelta una pequeña risa mientras admira ligeramente su lunar en su pecho derecho justo debajo del cuello. Tenía la forma de un panda rojo

- Bueno, creo que deberías cuidarte. Ya has bebido demasiado, 3 botellas completas y eso fue antes de que llegara

- No me las acabé solo, te dije que estaba con una amiga

- Claro, claro. Tú siempre acompañado ¿no?


No cabía duda que aquella mujer tenía un don para hipnotizarlo. Tenía esa esencia magnética y trágica en su perfume y en su tez blanca que sus ojos lo apodarían Azucena. Para Alejandro, ella era un cuento apasionadamente corto pero indiscutiblemente trascendental. Ese cuerpo largo y frágil dejaría marcas indescifrables. Siempre parecía saberlo todo, aunque nunca llegara a explicarlo. Podía garantizar que su mente estaba al descubierto a través de sus pupilas. Le gustaba mucho sus ademanes tan sutiles y esa cortina negra que tenía colgada en la cabeza que parecía invitarlo a acercarse a sus labios. Tenía que admitirlo, era una mujer muy provocativa.


Pasaron los minutos, las horas y sus ojos no dejaban de verse. Llegaron las 12 y Alejandro sintió el primer golpe de la noche. Sus ojos se agotaron un poco y el whisky empezaba a hacer efecto. Tomó su copa y dio un brindis.


- Salud, por los momentos vividos, los perdidos y porque nada está escrito

- ¡Salud! – dejó salir una sonrisa tan encantadora que sacudió el corazón de su acompañante


En el momento en el que chocaron copas, la mirada de Alejandro se desvió por un momento solo para observar el horror. Inyectados de una profunda desesperación, reconoció un rojo fétido y oscuro en aquella sombra de al frente. Eran esos ojos sangrientos que lo había recibido al llegar a la ciudad. Sus pupilas dilatadas quedaron en shock. Sin control de sí mismo, soltó el vaso y dejó regar el líquido por toda la mesa. El choque destruyó el vidrio y saltó sobre su leva. Los pequeños pedazos que llegaron a su rostro despertaron su reacción. Ahora, cada mirada que topara era roja y nauseabunda. Se levantó. Fue corriendo hacia la puerta principal en busca de aire fresco, sentía que se ahogaba con el calor y las paredes.


Empezó a correr, las direcciones perdieron sentido, la gente parecía iluminarse y las luces, cada vez más hostiles. Persiguió su propia sombra, las jeringas rojas se encontraban encima de su cabeza. Atravesó una calle e hizo contacto con el parachoques de un auto. Cayó y rodó. Terminó en la vereda del otro lado. Akemi lo había seguido, gritaba su nombre sin respuesta. Lo encontró en el suelo, boca abajo y lastimado. Se sentó a su lado y lo llamaba una y otra vez. Después de unos segundos despertó. Sintió el frío directo en el rostro, saboreó su boca llena de hierro.


- Alé ¡Alé! ¿estás bien?

- …

- Por Dios, ¡cuánta sangre!

- (¿Sangre?)

- Vámonos, necesitas un hospital. Ven, sube


Las manos dejaron de temblarle, la luz ya no lo atravesaba y las voces dejaron de ser difusas. Escucho entre ecos como el auto que lo arrolló aceleró sin medida ni por un pequeño acto de empatía. Tomó una bocanada de aire y volvió a su ser. Se dio la vuelta para atender su llamado y se encontró con esa luna que le quitaba el sueño por las noches, pero esta vez lo calmó. Subieron al taxi que había parado Akemi y se dirigieron al hospital más cercano. Un conductor gordo y mal llevado les recibió con una sonrisa chueca y maloliente.


- ¿Estás bien?

- Si, tranquila. Solo necesito recostarme – su voz denotaba cansancio y falta de aire

- ¿Qué pasó? Te fuiste corriendo sin avisar… ¿viste a alguien?

- Yo… no sé lo que vi, pero fue desastroso – una voz cada vez más seca

- Espera, ¿y tu bufanda dónde está?

- ¡Maldición! Debí dejarla en el bar

- Ten, usa la mía

- No puedo

- ¿Por qué no? Te la regalo. Así no pierdes nada, ¿verdad? Además, yo estoy más caliente que tú. La necesitas

- Gracias

- Ahora descansa, te pondrás bien. Lo prometo – desglosó de nuevo esa sonrisa, de aquellas que sientes realmente que todo estará bien


Al avanzar un poco más allá de la parroquia el camino se torna un poco ajeno, distante a la ciudad conocida. El taxista toma rutas angostas y sospechosas. Aclamaba que era un atajo para llegar al hospital. Akemi sentía la tensión de una tragedia a punto de suceder.


- Señor, este hombre está herido. Tenemos que ir al hospital

- No se preocupe mi doña, está en buenas manos


De repente, paró en medio de los suburbios sin forma de saber en dónde se habían metido. Alejandro estaba débil y entresueños se dio cuenta de su situación.


- Señor, ¿por qué paró?... ¡señor!

- Mi doña – se dio la vuelta para mostrar su sonrisa amarilla – fin del camino


Inmediatamente después, sin poder siquiera responder, unos hombres de entre las sombras salieron y abrieron las puertas para entrar a patadas y golpes. Alejandro, al no mostrar resistencia, fue apaleado y botado al suelo mientras le revisaban los bolsillos en busca de algún objeto de valor o dinero. Azucena en cambio luchó con todas sus fuerzas para salir de sus brazos que llegó a lastimar a un hombre de un botazo en los testículos que lo dejó indispuesto para cualquier maldad. Mordió la mano del otro y rasguñó la cara del tercero. Creyó haber escapado de ellos cuando recibió un golpe seco en la cabeza con un bate.


Alejandro logra levantarse y reacciona violentamente. En frente de él se encontraba su amada siendo manchada por las manos sucias de esos hombres. Observó cómo violaban su temple y su seno, parecían unos salvajes sin corazón, sin alma, sin humanidad. Recogió el bate y corrió hacia ellos. Pero, en medio del caos oculto, una sombra estriada y con aroma a mortecina y ceniza aparece frente a los 4 hombres. Era un ser con los ojos inyectados de sangre y la piel tan oscura como la misma noche. En un segundo, mutiló los cuerpos de los violadores sin rozar la tez blanca de Akemi. Escuchó el rugido del motor queriendo escapar, pero el auto fue detenido por aquellas sombras que se desprendían del cuerpo de aquella criatura. Rompió la puerta y sacó al taxista de su asiento para dirigirlo cara a cara. Lo obligó a verlo directamente a los ojos, inclinó su cabeza y lo mandó a volar hacia la pared, rompiendo su cabeza y acabando con su inútil vida.


Alejandro no se había movido de donde estaba durante todo ese tiempo. Creyó haber perdido la cabeza. Sus sueños de paranoia estaban dominando su psique. Cuando se dio cuenta, esos ojos rojos estaban encima de él. Y un instante después, la sombra entera estaba tan cerca que podía escucharlo respirar. Lo recogió, le levantó y lo obligó a soltar el bate. Entre la penumbra, se logra distinguir una sonrisa absurda y de un blanco espectral.


- ¿Qué pasa? ¿Me tienes miedo? ¿O es acaso la primera vez que presencias un asesinato?

- ¿Quién eres? – Su voz era baja pero firme, sin titubear

- Eso depende de ti – levanta su brazo – ¿quién eres tú?

- ¿Eh?


De su brazo salió una sombra filuda que atravesó su corazón. Lo acercó a su rostro y abrió sus ojos sangrientos de par en par.


- Ahora mírame ¡Mírame!

Antes de llevarlo a la perdición, un bate le asienta un golpe en la cabeza. Como si de una bala se tratase.

- ¡Déjalo ya, maldito Oni! – grita Akemi con voz imperante


La criatura se alzó dentro de las tinieblas y la mandó a volar con un golpe fugaz. La dirigió hacia la pared en donde cayó inconsciente. El cuerpo, despojado de toda prenda y vergüenza, yacía vagando en el suelo nadando en su propia sangre, mientras se reflejaba la luz de la luna en cada gota carmesí que caía por su boca.


Se redirigió a Alejandro, sin haberlo soltado de sus dominios. Sus ojos parecían llevarlo a un vórtice de desamparo y desgracia, un paseo por todos los círculos del infierno. En sus ojos cayó a un pozo oscuro y profundo, la inmensidad lo carcomía, lo degeneraba y la cordura se derretía en sus manos. De repente, de entre sus pesadillas entró en la inmensidad un rayo de luz y cegó a todos los demonios. Era una luz de color indescriptible, fuera del alcance del ojo humano.


Volvió a la realidad, la sombra huyó y en su último aliento regresó a ver el cuerpo desnudo de la tragedia.

- Akemi…

14 de Agosto de 2019 a las 22:48 0 Reporte Insertar 2
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