La botella de la etiqueta roja Seguir historia

lloretsirerol Carlos Lloret y Sirerol

Adrián “Adry” Rodríguez es un chico tímido que, contando tan solo con la compañía de dos amigos, detenta acrecentar su status social dentro de su clase, y está dispuesto a hacer cualquier cosa para lograr su objetivo. Empecinado en llevar a término exitosamente sus anhelos de ascender en una jerarquía que lo ha relegado al último de sus estratos, encontrará su esperadísima oportunidad en el aniversario María Sendra, la chica más guapa y deseada de su populosa clase. Siendo así, emprenderá su viaje en busca de una mejora de la aceptación que le prodigan sus renuentes compañeros.


Romance Todo público.

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María

María Sendra, una niña de pelo castaño que hacía alarde de unos hipnóticos ojos azules celeste capaces de subyugar la voluntad de cualquiera de sus iguales, era la chica más guapa del aula de cuarto de primaria del Colegio Ambra, y ostentaba semejante posición, así como las ventajas que se derivaban de la misma, por acuerdo común de todos sus compañeros y compañeras. Si se reuniera a los integrantes de la referida clase en una misma habitación y, acto continuo, se les instara a dilucidar y exponer el conjunto de razones que justificaban la posición social y el culto que le rendían a la mencionada, les sería completamente imposible concretarlas por muchos esfuerzos que llevaran a cabo. Ítem más, in extremis, tampoco serían conscientes del momento temporal a partir del cual comenzaron a rendirle semejante pleitesía, tanto más cuanto que ello les resulta un asunto anodino y carente de importancia. Esto es, siendo fieles a los acontecimientos allí acaecidos, en la clase se había formado como por ensalmo una privilegiada élite social de la que solo unos pocos tenían el mérito de formar parte. Sergio Estévez, un chico rubio de carácter taimado y altanero que era capaz de exhibir una crueldad atroz para con aquellos que valoraba como sus inicuos inferiores, y Joanna Cenicienta, una muchacha también blonda que no le iba a la zaga al primero, eran los más fieles adláteres de María, y, tras tributarle de forma proactiva su eterna sumisión, creían formar parte del círculo olímpico del aula de primaria. El avieso triunvirato, encumbrado sin que nada justificara su ventajosa posición, no temía hacer alarde de su hercúlea influencia, y el resto de sus allegados parecían aceptarla sin poder hacer nada al respecto. La clase vivía bajo la férula de sus legitimados gobernantes, y a nadie parecía importarle demasiado.


María, que es consciente del estrato social que detenta gracias a sus supuestos méritos, es una buena persona capaz de relacionarse con sus compañeros de forma cordial y solícita, pero con el fin de que su postura no sea mancillada se guarda muy bien de evitar a aquellos cuya ralea dista mucho de la suya. Es por ello que, cuando llegó la hora de planificar su cumpleaños, que se celebraría dentro de una semana, actividad que emprendió amparándose en los sapienciales consejos de su círculo más íntimo de amistades, se cercioró de que solo invitaba a las personas más populares de su clase, soslayando a cualquiera cuya valía pudiera ser puesta en duda. Por tanto, habiendo planificado los detalles de su fiesta de aniversario cual si se tratara de la ocasión más señalada de su corta vida, no estaba en franquía de algún «pringado» – pues tal era el calificativo del que hacían uso para referirse a sus inferiores – aguara sus regias pretensiones. No obstante, habiendo procedido de incógnito frente a sus padres, no fue capaz de preconizar que sus planes estallarían por los aires sin que nada pudiera hacerse por evitarlo.


Siendo así, detentando armar el máximo revuelo entre sus compañeros de clase con el fin de generar expectación, procedió del siguiente modo: dado que era conocedora del pupitre que ocupaban sus fieles acólitos, colocó en la bandeja inferior destinada a guardar objetos una tarjeta de invitación y, cuando todos se sentaron en su correspondiente sitio, se irguió con cierto donaire ante ellos pretextando que tenía un anuncio que hacer. La profesora, que no había sido informada de antemano de sus planes, en cierto sentido maquiavélicos puesto que había excluido a siete de las veinticinco personas de clase puesto que consideró que eran indignas de compartir con ella un momento tan íntimo, cuasi-espiritual, sencillamente se limitó a observar creyendo que la mejor forma de actuar era la inacción. Sus compañeros, a sabiendas de que tan señalada fecha se acercaba, intercambiaron rápidas miradas de soslayo y risitas veladas, mientras trataban de hacer acopio de valor para contener con eficacia la palpable tensión que en ellos se gestaba. Ser invitado o no serlo era un claro indicador del status social que ocupaban, y cuantos allí estaban eran conscientes de ello.


María, abandonado de súbito su sitio y colocándose en el proscenio de la clase tras intercambiar una mirada de confidencia con la profesora, que se limitó a asentir algo desconcertada ante la procaz actuación de su alumna, hizo el siguiente anuncio: «Como ya sabéis se acerca el día más señalado del año, mi aniversario – matizó ante las posibles dudas –, y es por ello que quiero que muchos de vosotros acudáis este sábado a mi casa con el fin de celebrarlo todos juntos. Aquellos que hayáis tenido el privilegio de ser invitados podréis encontrar una tarjeta debajo de vuestras mesas. ¡Muchas gracias!». La audaz profesora, que no pretendía sino lo mejor para la suma de sus estudiantes, se apercibió al punto de la aleve artimaña, mas, como ya era tarde, se limitó a observar la escena sin intervenir a priori pero en franquía de atajar posibles accidentes. Los afortunados que encontraban una de las preciadísimas tarjetas en el sitio en que se les había indicado, conscientes de la dicha intrínseca al mero hecho de haber pasado semejante rasero, elevaban su trofeo en el aire de que todos lo pudieren contemplar, y los pocos que fueron desechados por la crueldad de María y de sus fieles adláteres lucían una mirada lastimera y gacha mientras trataban de pasar desapercibidos.


Así, en la esquina posterior izquierda de la clase, una niña morocha llamada Madeleine, que no ha sido invitada y cuyas mayores cualidades son la timidez y el melindre, trata de disimular sus lágrimas enjugándolas céleremente con un pañuelo de algodón blanco, y en el centro del patio de pupitres un chico contrahecho que luce un peinado desfasado por voluntad de su terca madre que responde al nombre de Francisco – o «Quico» para sus dos únicos amigos – sigue dibujando con indiferencia sobre su libro de matemáticas sin haber molestado siquiera en comprobar si había sido o no afortunado. In fine, María del Mar Cayado, que es el objetivo de no pocas burlas por parte del resto de las chicas del curso por el sencillo hecho de que cierta vez tuvo piojos – episodio que no dejan de recordarle de forma incombustible y cansina –, celebra estruendosamente haber recibido la anhelada invitación a la fiesta convenciéndose de que sus abrojos han cejado, pero lo que no sabe es que ha recibido el pase porque pretenden burlarse de ella como parte de las atracciones de la deslumbrante fiesta. Cierta vez, por ejemplo, le hicieron creer por mero despecho que las nubes estaban hechas de algodón de azúcar blanco, y hoy día se siguen burlando de ella por haberles creído. El espectáculo, siendo necesario que den comienzo las clases diarias, acaba al poco no bien la profesora anuncia que ya es suficiente por el momento, pero durante las siguientes lecciones nadie será capaz de pensar en ninguna otra cosa.


Adrián Rodríguez, el aciago protagonista de nuestra patética historia, tampoco ha sido condecorado con la invaluable tarjeta, que bien podría haberse tratado de un pase de entrada al mismísimo paraíso celestial, empero, lejos de mostrarse afectado y plañidero por el rechazo sufrido, mantiene la compostura y observa a sus iguales. Con ciertas reticencias hacia aquellas personitas que albergaban la triste costumbre de meterse con él de tanto en cuando, contempla con curiosidad como muchos de ellos y ellas celebran con quijotesca afectación la ofrenda recibida y trata de distanciarse de los eventos que discurren en derredor de él, mas no por ello deja de anhelar secretamente el deseo de acudir a la fiesta. No puede asegurarlo con tanta certidumbre como le gustaría, pero se rumorea sibilinamente en los patios y después de las clases que, cuando los padres al cargo de vigilarles se retiren para inmiscuirse en sus propios asuntos – consistentes en cotillear sobre las últimas correrías de los demás mientras desean que la fiesta se acabe pronto –, todos podrán jugar al famoso «Juego de los siete minutos». Como todo el mundo letrado en los asuntos infantiles sabe sin resquicios de duda, el mencionado entretenimiento consiste en encerrar a un chico y a una chica en un armario por lapso de siete minutos, a la espera de que pueda producirse algún contacto íntimo y prohibido entre ambos. Adrián – «Adry», con y griega, para sus dos únicos amigos, Ferrán, con quien comparte casi todas sus tan célebres como desdichadas aventuras, y el ya mencionado Quico – jamás ha besado a una chica, y de hecho el acto más tórrido que ha protagonizado con el otro sexo fue cogerle la mano a Aroa, una chica que le gustara hace años pero que se cambió de ciudad por motivos que era incapaz de remembrar. Hacía tiempo que la había olvidado, aunque de vez en vez le asaltaran algunos difuminados recuerdos sobre su persona.


Desea con todas sus fuerzas poder apersonase en el aniversario, y prestamente fragua un plan procaz e impensado para tratar de conseguirlo pese a las dificultades con las que pueda toparse. Justo al acabar las clases del día, y sin que nada puede hacerse por impedírselo, se levantará con rapidez y, sin preámbulo alguno, emboscará a María con el fin expreso de preguntarle si le presta su aquiescencia para acudir, pretextando que ella fue invitada a su aniversario pese a que no acudiera. Obcecado en perpetrar con éxito sus pretensiones con la esperanza de que presentarse al ya concertado esparcimiento mejore las opiniones que sus juiciosos compañeros mantienen sobre su humilde persona, pasa las siguientes clases puliendo el plan orquestado, y concluye que la mejor forma de proceder radica en seguirla con disimulo hasta la entrada y abordarla solo entonces, cuando se halle sola y apunto de marcharse hacia casa. Contento con la resolución tomada y valorándola como la más acertada de entre todas las plausibles, insume el tiempo restante, incluyendo el del patio mientras atiende parcialmente a una conversa con su amigo Ferrán, eligiendo las palabras exactas que pretende utilizar. Llega a ser consciente – o así lo cree fehacientemente –, adscribiéndose al principio de la máxima parsimonia aun sin conocerlo, que la mejor forma de proceder es andarse sin rodeos y preguntárselo directamente de la forma más comedida posible, y, al remate, queda contento y expectante con su repensada vía de actuación.


A la una menos cinco del mediodía el puntual y estridente timbre anuncia el esperado fin de las clases, y Adry se dispone a llevar a término su pretencioso plan de acción. No obstante de que sigue con los ojos a María con el fin de cerciorarse de que sale sola, como suele hacer de habitual dado que su casa queda en el extrarradio, sus artimañas se frustran antes de haber sido descorchadas, y son dos los artífices del inesperado desbarajuste. No bien traspone la puerta de clase Sergio y Joanna le entrampan y le arrastran a un pasillo apartado arguyendo in voce que tienen algo importante que decirle, y él, azarado ante la presencia de aquel dúo despiadado, se deja arrastrar sin oponer la menor de las resistencias. Hallándose de tal modo, añaden que requieren de la mayor discreción, y lo obligan sin andarse con tentativas de sondear su voluntad a meterse en uno de los angostos baños, mas no se molestan en cerrar la puerta sabedores de que nadie deambulará por la zona en pro de entremeter sus non gratas narices. Una vez allí es el primero de ellos el que toma la palabra después de que sus manos se ciernan sobre el pobre inocente que se ha tornado en la víctima de sus fechorías:


– Apestoso – le espeta a sabiendas de que semejante mote lo desquicia sobremanera –, ¿has mirado bien debajo de tu mesa para asegurarte de que allí no hay nada? – masculla con una jactanciosa sonrisa lobuna entre dientes –.


– Ya sé que no me ha invitado, y seguramente sois vosotros los que le habéis intercedido en mi contra. Pero…

– ¿Interce-qué? – pregunta Joanna en tono alacre pero desconociendo por entero el significado de semejante palabra –. Mira, chaval, hazte a la idea de que tú no estás invitado.


– Insisto en que eso ya lo sé – contesta él franqueándose con sus amedrentadores –, pero quería hablar con ella para preguntarse, sencillamente, si me dejaría ir. Así que si me permitís...


– No te permitimos nada – repone Sergio tajantemente –. Que sepas que venimos de parte de María, y lo único que tienes que saber es que no eres bienvenido a la fiesta, así que ni se te ocurra dejarte caer haciéndote el encontradizo y diciendo que te has equivocado. ¿Te queda clarito? Tú no estás invitado.


Acto continuo estallan en risas contentos del éxito de sus malhadadas intenciones y, pretendiendo llevar el asunto hasta su mismísimo culmen, empujan a Adry con fuerza y lo lanzan de inmediato hacía atrás haciéndole trastabillar y caer entre el hueco del váter y de la pared. La bochornosa postura en la que queda atascado, medio apoyado en el retrete y con la espalda encastrada y con pocas posibilidades de desencajarse sin un desaforado esfuerzo, no consigue sino redoblar las ya de per se estruendosas risas de aquellos cuya única pretensión era humillarle. Después, creyendo que sus réprobos objetivos se han visto más que cumplidos, sencillamente, se retiran; aunque no sin comprobar que nadie ha espiado el presunto ajusticiamiento. Adrián es consciente de que todo aquello estaba minuciosamente planificado de antemano, y también sabe que es poco probable que aquellos dos que ya han abanado los urinarios procedieran sin haber informado prolijamente a aquella a la que le rendían máxima e incondicional pleitesía. Con alguna dificultad, pese a que requiere de muchos menos esfuerzos de los que estimara a priori, consigue desencajarse de la ignominiosa posición en la que se le había dejado, y, abandonado todo ribete de esperanza de poder acudir a la celebérrima fiesta, inicia su vuelta a casa.


A lo largo del trayecto que lo separa de su hogar, y que siempre consigue recorrer en diez minutos aun cuando sus pasos sean pesarosos y aletargados, cavila silentemente sobre las posibilidades de actuación que aun puedan restarle, mas concluye que cada una de sus esperanzas ha quedado irremediablemente dinamitada. Piensa, al final, habiendo meditado el asunto in extenso – o, al menos, tanto como sus cansados pensamientos se lo permiten –, que su posición en relación con los compañeros de clase no es peor de la que ocupara antes, y se autoconvence de que la próxima vez lo hará mejor. Tal y como le ha acaecido otras tantas veces, acaba preguntándose por qué a él, y no a cualquier otra persona, mas es incapaz de descascarillar una respuesta fidedigna que le satisfaga. Conforme se va acercando a su casa, cuyas conocidas formas se van delineando sinuosamente desde la lejanía, pasando de ser una mancha imprecisa a formas regulares y perfiladas con alto grado de detalle, siente que sus ojos se humedecen, y dos lágrimas plúmbeas nacido de su lancinante dolor amenazan con surcar su menudo rostro. Se dice a sí mismo, consciente de que en tanto cruce el umbral de casa se encontrará con su abnegada madre, que llorará con profusión cuando se halle en la ducha, empero, sabe que ello no va a acaecer. Se enjuga las lágrimas nacientes con la manga diestra de su camisa y, mientras avanza y reduce la corta distancia que le separa del portal, se promete a sí mismo que mañana sería un día mucho mejor.


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12 de Agosto de 2019 a las 15:07 0 Reporte Insertar 0
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