Sarly Seguir historia

vicsyerix Vic Syerix

Sarly es una mujer de veinticinco años que tiene el poder de la hipnosis, y gracias a una aliada, también el don de curar heridas. Algunas personas usarían esas habilidades para hacer el bien, y otras para hacer el mal. Ella tiene su propio estilo. Dura, independiente, y con un sentido muy personal de la justicia. Sarly se considera indomable y única, y así lo quiere demostrar al mundo.


Paranormal Sólo para mayores de 18.
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Capítulo I

Me estaba tirando al cabrón que apuñaló a mi amiga.

O, al menos, eso es lo que él se creía.

Él no tenía ni idea de quién era yo. De todos modos, aunque lo supiera, ¿qué más daba? Mi trampa iba a salir sí o sí, ya que mi carisma innato sumado a mi, digamos, sobrenatural persuasión, convertían mi ser en algo casi divino (bueno, puede que me esté pasando, pero tampoco mucho).

Me daban náuseas escucharle gemir, y más tener que estar clavándole mis ojos en los suyos, que no paraban de dilatarse. Era gracioso ver que sentía placer y que se creía que le estaba cabalgando en vez de ser consciente de la realidad.

Una vez había terminado lo que quería hacer. Le acaricié el muslo unos segundos. Me quedaba poco tiempo. Él creía que acabábamos de llegar a la vez y, en cierta manera, así había sido.

—Eres preciosa —sonrió, victorioso.

—No más que tu cicatriz. No te preocupes, no morirás.

Una vez dejé de concentrarme para que se imaginara aquel encuentro sexual que me hacía vomitar, vio la realidad.

Estaba ahí, abierto de piernas, sangrando. Vio en mis manos su miembro lánguido y algo destrozado. En su entrepierna, estaba todo cicatrizado, como si aquella violenta amputación que había realizado con una navaja de las grandes la hubiese hecho años atrás.

Sus gritos se entremezclaron con mi risa. Sí, por fin se estaba cumpliendo justicia en esa jodida ciudad de mierda.

Guardé mi pequeño trofeo en una bolsa, y me lo quedé mirando. Su gesto de dolor cesó en cuestión de segundos, ya que de la impresión se desmayó. Su mente fue tan fácil de manipular que daba hasta miedo que existiera gente con tanta poca fuerza interior.

Salí de ahí resuelta. Por fin podía saborear algo de tranquilidad por las calles de Madrid, aunque la ciudad no tenía la culpa: fueras a donde fueras, te sentías insegura y tenías la necesidad de mirar a todas partes.

Da igual lo que te digan, siempre nos educan a las mujeres para no poder ir solas, atándonos metafóricamente a unas cadenas que deberían tener aquellas personas que agredían y hacían daño.

Pero para qué hacer eso, ¿verdad? Es más fácil que las víctimas tengan miedo y que sean ellas las que se escondan, que procurar que las leyes sean los suficientemente duras como para que sean las personas que se dedican a hacer daño las que, no solo se avergüencen de ser así, sino que además se lo piensen dos veces antes de actuar.

Pero las normas no están hechas para que eso sea lo normal. Están hechas para que lo lógico sea tener miedo y que todo pase sin consecuencias.

Estaba hasta el mismísimo ovario izquierdo y parte del derecho de que pasara eso en el mundo.

No me consideraba tampoco una justiciera, ni muchísimo menos. A mí lo que le pase a cualquiera me traía sin cuidado, pero era cierto que había comportamientos que no quería tolerar en la ciudad donde respiraba.

Básicamente, porque podía impedirlo sin consecuencias. Y eso me encantaba.

11 de Agosto de 2019 a las 10:29 0 Reporte Insertar 0
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