Posesiva Seguir historia

lucadomina Luca Domina

Al descubrir un regalo en la puerta de su departamento, Andrés comprende, de la manera más perturbadora, que nunca se termina de conocer a las personas.


Horror Horror adolescente Todo público.

#asesinato #vengativa #psicopata #novia #escalofríos #miedo #muerte
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Posesiva

Al ver la bolsa blanca dejada en la puerta del departamento, una risa nerviosa escapa de su boca.


No esperaba toparse con eso al llegar del trabajo, pero de todas maneras se agacha y la levanta; tiene una idea clara de quien la dejó. En el logo rojo, en letras negras se lee; ESPORT LIFE. Conoce la tienda; a comprado varias veces en ella. Saca las llaves de su pantalón de corte chino y abre la puerta. Enciende la luz y se dirige directo al living. Deja la bolsa sobre la mesa. Se afloja la corbata y se quita el suéter. Rodea la barra cercana a la mesa, y de pasada toma un cigarrillo dentro de un paquete de MALBOROS. Enciende una de las hornallas del horno con el chispero y se inclina para prender el cigarro. Se apoya contra la mesada, le da una profunda calada y observa la bolsa por encima de la barra con cierta inquietud. Hace dos años que no caía en el vicio, pero luego de la medida que asumió durante la semana, se vio obligado a retomarlo. La decisión le había carcomido la cabeza, e incluso después de llevarla a cabo, aun dudaba. Los días siguientes le dieron una nueva perspectiva, que le trajo mayor seguridad.

—No pienso aflojar por un regalo. —dice en voz baja y ríe. Pero por alguna razón el estómago se le encoje.

Apaga el cigarrillo aplastándolo contra un plato de cristal junto a un par de sus hermanos de nicotina. Se acerca a la mesa, no se sienta. Permanece de pie y abre la bolsa. En su interior, descubre una caja rectangular de color rojo sangre con el icono NIKE en la parte superior.

—Me compró unas zapatillas. —piensa, y deja la bolsa a un lado, para concentrarse en la caja.

Suspira, las axilas se le humedecen y se siente pésimo; no quiere abrir la caja, si la abre, se sentirá en el compromiso de escribirle y agradecerle, y para eso deberá desbloquear su número. Le había obligado a hacerlo, sus mensajes no cesaban en todo el día, desde la mañana temprana hasta adentrada la noche, y ya resultaban demasiados molestos. Está loca, había llegado a pensar seriamente.

Pegado a un lado de la caja con cinta adhesiva, descubre un papel. Con una mano temblorosa lo despega y lo abre; es una nota. Comienza a leerla.


Mi amado Andrés:

Para demostrarte que abandoné la idea de estar juntos, te devuelvo el regalo que me entregaste como símbolo de nuestro amor.

Con cariño, Fernanda.

Pd: Si no puedo tenerte, nadie lo hará.


Las palabras finales estallan en la cabeza de Andrés, pero las ignora; algo es aún más preocupante. ¿Cuál es el regalo que le devuelve? ¿Qué hay adentro de la caja? Ahora sabe que no son zapatillas. Los nervios le erizan la piel, la frente se le perla de sudor y siente las manos heladas. Observa la caja, con un resplandor húmedo en los ojos. La nota se le escapa de los dedos y se mece sutilmente en el aire hasta caer al piso.

No, no… no. —murmura en tono temeroso. —No es capaz. —se dice, pero ¿y si lo es?

Lo invade una necesidad imperiosa de fumar otro cigarrillo. Se controla con una inspiración profunda. Extiende las manos hacia la caja para averiguar qué es lo que le regresa; tiene un muy mal presentimiento. Aferra la tapa y la retira; la misma le impide ver lo que hay dentro, y no la aparta de su vista hasta último momento. Y cuando descubre la realidad, su rostro adquiere el tono de un muerto.

Grita de terror, pero de la garganta solo le brota un alarido agudo. En el afán de alejarse, cae de culo contra el suelo. Retrocede con ayuda de manos y piernas hasta que la pared evita que continúe escapando; y eso es justo lo que intenta, escapar de la realidad. Se levanta tambaleando y echa a correr directo al baño. Enciende la luz, se desploma contra el inodoro y vomita todo el contenido de su estómago. Tira la cadena y no se despega del inodoro. Con ardor en la garganta y mal sabor de boca, medita lo que vio; las lágrimas se le escabullen de entre los párpados. No hay duda, ese era el regalo que consagraba su amor. En su momento le pareció una idea excelente. No le permitían tener mascota en su edificio y ella le decía que se sentía sola en las noches cuando él no la visitaba. Y Sombra, el nombre que le habían dado, llegó a sus vidas. La gatita era inquieta, pero les robaba las sonrisas. Andrés se había encariñado, incluso la extrañaba al terminar la relación con Fernanda.


Le cuesta horrores volver a mirar dentro, pero lo hace, necesita estar seguro. En el interior de la caja sigue esperándolo la misma visión. La cabeza de Sombra cercenada. La boca abierta, los ojos en blanco. Debajo de la pequeña cabeza, el cartón exhibe una mancha oscura; sangre seca. El olor a descomposición y la tristeza le llevan a poner la tapa de nuevo.

—¿La chica que conocí es capaz de esto? —se pregunta.

Recuerda todos los momentos de cariño y amor, todas las veces que le sonreía, los besos, el sexo, los atardeceres. No pudo ser ella.

¡Te equivocas! —grita una voz en su cabeza. —Por algo la dejaste. Era muy voluble, estallaba con mucha facilidad y te gritaba e insultaba como si fueras la peor persona que conoció en su vida. ¡Y celosa! Recuerda cómo empapó a tu antigua compañera de escuela con un vaso de cerveza cuando se acercó a saludarte en el boliche. Hasta tus amigos se alejaron. Seguro le temen, pero nunca quisiste aceptarlo. ¡Está loca! Esto no hace más que demostrarlo.

Deja de escuchar, de escucharse. No está seguro, pero cree haber oído pasos en el pasillo del edificio.

Toc, toc, toc. Llaman a la puerta. Un escalofrío recorre su cuerpo y hasta los huevos se le encojen.

—¿Quién es? —quiere preguntar, pero los labios no se le despegan.

Se queda junto a la mesa, mirando la puerta como si regresara a su niñez y se tratara de la puerta del armario, donde un monstruo aguarda del otro lado. Puede tratarse de uno de sus vecinos, tal vez alguien que quiera pedirle una taza de azúcar. La voz negativa y paranoica en su cabeza vuelve a hablarle:

—No tienes vecinos, en el tercer piso solo estas tú, nadie más. Es ella.


Se mantiene en completo silencio, suplicando que quien quiera que sea desista y se marche. Y parece que da resultado, porque la puerta no es golpeada. Se siente aliviado y se lleva una mano al corazón; prueba que siga latiendo, casi le da un infarto. Se seca la transpiración de la frente, y en de repente, da un respingo. Debe cubrirse la boca con las manos para no chillar. Nadie llama a la puerta, pero escucha un roce metálico, como el producido cuando se intenta meter una llave en una cerradura.

—¡Tiene la llave! —se dice, pero no puede ser, no le entregó una copia estando juntos.

—¡Estúpido! Claro que la tiene, ni sabes en realidad donde guardaste la copia. La robó sin que lo supieras. Una medida de seguridad por si algún día llegaras a lastimarla, y lo has hecho.

Los engranajes se accionan a medida que se les da las dos vueltas necesarias para destrabar la cerradura. Andrés se encuentra paralizado, solo puede observar, como si hallara en una pesadilla; y en las pesadillas es inútil escapar. El picaporte se baja y las bisagras chillan a medida que la puerta se abre.

Y es ella, Fernanda…


No entra, se queda parada bajo el umbral de la puerta. Le sonríe en una amplia mueca, pero sin que los labios se despeguen. Andrés la mira como si fuera un fantasma; los labios pintados con un rojo sangriento y el rostro maquillado. Lleva un vestido negro con una faja gris; el mismo de su primera cita, como si fuera un tipo de recuerdo poético y espeluznante. Fernanda lleva las manos detrás de la cintura, y pareciera que quiere ocultar algo, como cuando uno oculta un regalo frente a las narices de su persona especial. Inclina la cabeza hacia un lado y la oreja casi le roza el hombro. A Andrés lo invade un breve recuerdo; la primera vez que subieron las escaleras para ir a su departamento. Ella inclinando la cabeza, lo que le evocó a la chica de El exorcista. Y con una sonrisa le dice: ni se te ocurra lastimarme.

Debería haber acabado la relación en ese mismo instante, pero se lo había tomado con gracia y se reía de ello. Viendo como abre los labios y enseña una dentadura resplandeciente, Andrés realmente cree que es un demonio.

Has algo, por el amor de Dios. —le reclama la voz paranoica. —No te quedes parado como un idiota. Eres un hombre, golpéala.

No puede hacerlo, no porque no sea capaz de golpear a una mujer si su vida depende de ello, sino porque le tiene miedo, y ahora lo sabe más que nunca.

La cabeza de Fernanda regresa a su sitio. La sonrisa se le esfuma cuando le habla:

—Prometiste que no me lastimarías. —Los ojos se le humedecen, al borde del llanto. Lentamente se lleva las manos al frente y enseña lo que ocultaba.


La camisa blanca de Andrés se le pega al cuerpo y se opaca por completo. El sudor le recorre el cuerpo como si estuviera bajo el sol en un día de 45 grados, o por las circunstancias, en el mismo infierno.

El acero resplandece bajo los fluorescentes del departamento; un enorme cuchillo de cocina. Y al contemplarlo, Andrés se tambalea. El ruido de la puerta al cerrarse le regresa la compostura; ahora está atrapado como un ratón junto a un gato, pero en este caso, el gato no será a quien le mutilen la cabeza. Ella se adelanta un paso. Al escuchar la pisada del zapato contra la baldosa, él retrocede uno.

Vas a morir, has algo, lo que sea.

Puede hacer algo; pedirle perdón, decirle que se dio cuenta lo equivocado que estaba, que la extraña y la ama. Que quiere volver con ella. Cree que puede funcionar. Es bueno endulzando el oído, lo sabe, ya le ha funcionado bajo otras circunstancias. Abrazarla, besarla, incluso tener relaciones sexuales. En la guerra y el amor todo se vale. Disimular y actuar hasta que se vaya y después, llamar a la policía, llamar no, correr hasta la comisaria.

¿y después?

—Eso no importa, lo que importa es que no me mate.

No funcionará, ella puede dar vuelta las cosas. Decir que la violaste y que fuiste tú quien mató a la gata. Y en la época que corre, tiene todas las de ganar. Terminarás en la cárcel perdiendo la virginidad anal con algún violador de verdad. O puede quedar libre, y el día que menos te esperes, toc, toc, toc, abres la puerta y estas muerto.

Andrés retrocede otro paso; no sabe cuánto tiempo le resistirán las piernas, tan flácidas como flanes. Fernanda tiene su misma altura, pero se ha puesto los zapatos más altos que posee, y su mirada, desde lo alto, lo intimida. En cualquier momento perderá el control y lo atacará; lo vislumbra en sus ojos. Dentro de las grandes cuencas, los normalmente celestes ojos de ella, hoy son grises. Andrés aparta de un manotazo la voz negativa en su cabeza, y en la desesperación intenta la idea que tuvo.


Abre los brazos, y usando toda su voluntad, los labios se curvan en una sonrisa. —Perdóname. —le dice, y se acerca a ella, tembloroso. —Te amo Fernanda, no sabes cuánto te extraño. Fui un estúpido ¡por favor perdóname! —comienza a sollozar con la última suplica, pero de miedo.

Ella lo mira y baja un poco el cuchillo, y ahora ya no le amenaza con su filo asesino. —No me mientas. —responde, y una lagrima se desliza por las rojizas mejillas.

—No lo hago, te amo, y es la verdad. —ratifica Andrés, y su sonrisa se ensancha aún más.

Su felicidad es sincera, piensa que consiguió sobrevivir. Se le acerca suavemente, y él la abraza. Le besa la frente; tiene el rostro helado. Besa las mejillas y finalmente los labios. Vuelve a aflorar el abrazo y lo hace con fuerza. En su cabeza grita de alegría; parece que funcionó.

—Amor… —le dice ella al oído, en un tono dulce y sensual.

Los testículos de Andrés se relajan. —¿Qué sucede, mi vida? —pregunta.

Siente que flota, el alivio es mejor que cualquier cigarrillo. Y entonces, las tres palabras que ella pronuncia lo golpean con una fuerza gélida que le hiela la sangre:

—Eres un mentiroso…


Siente una punzada de dolor en el vientre. Estupefacto, apoya las manos en sus hombros. La mira; parece feliz. Se separa de ella con delicadeza y siente que algo frío abandona su estómago, algo metálico. Baja la mirada; en su camisa se forma una mancha oscura. Tantea con una mano, temblorosa y pálida, la zona que comienza a quemar. La camisa está pegajosa al tacto. La mano se le empapa. La retira, escudriñándola con precaución. La palma está teñida de un líquido rojo muy parecido a salsa de tomate. La vista se le nubla, pero logra ver que el acero del cuchillo que ella sostiene también presenta el mismo color.

—Me lo ha clavado. —piensa. —La muy hija de puta me lo ah clavada.

¿Y qué esperabas? Es una loca de mierda.

Voy a morir. —se lamenta, a punto de desmayarse.

La ve acercarse. El miedo brota como agua de un manantial. Debe alejarse de ella, huir, saltar por la ventana si es necesario. No desea morir. Da un paso atrás, que le conlleva un esfuerzo descomunal. Ella no se detiene. Andrés intenta dar media vuelta y echar a correr. Consigue darse la vuelta, pero al despegar una de las piernas, la otra se rinde bajo su peso y cae de boca al suelo. Ya no siente las piernas. El sudor de la frente se le mete en los ojos y le nubla la vista. Comienza a arrastrarse con las manos, con un único pensamiento en la cabeza; en cualquier momento sentirá una punzada en la espalda, volverá a clavarle el cuchillo.

—Por favor, no me mates. —dice entre sollozos.

Ella no responde, pero tampoco le ataca. Andrés percibe un golpe seco, y otro, y otro. Después algo suena igual a cuando una rama se quiebra. No se detiene a descifrar que sucede. Se empuja un par de metros dejando tras de sí un surco sangriento, como una babosa moribunda. Siente nauseas, y a pesar de que trata de impedirlo, vomita; el suelo frente a él se salpica de sangre. Tiene el cuerpo helado, a excepción de un hilillo de calor que le abandona la entrepierna. Respira con dificultad y no puede seguir avanzando. En un último afán por vivir, grita por ayuda, pero de su boca emana un gemido gutural. El departamento se sume en un silencio sepulcral. Poco a poco pierde noción de lo que le rodea.

Menos de ella. Ella lo está mirando, la muy hija de puta le está viendo morir. La imagina con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Por qué a mí? —se pregunta.

La respuesta retumba en su mente antes de que se apague:

Mala suerte, te topaste con una psicópata. Uno jamás conoce realmente a las personas.

Tendido en el piso de su departamento, y rodeado por un creciente charco de sangre, la oscuridad le envuelve. Todo termina…


—2—


APUÑALÓ A SU NOVIO EN DEFENSA PROPIA.


Fernanda Echeverría, la mujer de 25 años que asesinó a su novio con una puñalada en el estómago, fue declarada inocente y se retiraron los cargo en su contra. Según su declaración, su novio, Andrés García de 25 años, la golpeó y quiso matarla al enterarse que ella quería abandonarlo. La joven fue atendida en el hospital local, donde se presentó con varios golpes en la cabeza y la nariz rota, luego de que la policía la detuviera en el lugar del hecho. La misma Fernanda llamó al 911 y fue encontrada en estado de shock debido al trauma sufrido. En el departamento también se halló la cabeza cercenada de una mascota en común. Según el abogado del caso, se trató de un acto de violencia de género y su cliente no hizo más que defender su propia vida.

10 de Agosto de 2019 a las 02:20 2 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Luca Domina Tengo 27 años. Lector a tiempo completo. Abierto a todos los géneros, pero en especial al terror. Mi escritor favorito es Stephen King. Intento de escritor. Escribo todos los días y me esfuerzo por mejorar. Mi sueño es ser escritor profesional. Gracias por leerme. Aprecio las críticas constructivas.

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Galo Vargas Galo Vargas
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September 13, 2019, 09:55

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