Cuento corto
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Feliz Navidad Tía

Estaba ordenando unas cajas.Principios de mayo.Nada más cotidiano que eso. Me agacho, las junto, las acomodo, las vuelvo a dejar en el piso en el orden que me gusta. Dos o tres veces por semana es la misma rutina al preparar los pedidos. Las cajas deberían estar ordenadas en el piso pero no termino de explicarle al pibe que las apoya en el piso que las deje acomodadas correctamente o, mejor dicho, como me resulta más fácil para armar los pedidos.

Andaba en eso, con cajas en mano cuando me sonó el celular. Número desconocido. Por lo general no atiendo cuando no me aparece una identificación pero estaba esperando un llamado que podía llegar sin identidad. Era mi tía Leo. Tía abuela en realidad. La tía de mi viejo.

Rara relación. Linda relación. Leonor como tantos otros encontraba en mí a su sobrino muerto joven. Es decir que veía en mí a mi papá. La historia de mi infancia,pero en este caso con una vieja de novela. Una abuela (tía abuela) de esas que generan ternura permanentemente. No hay forma que al verla no te enternezcas. Bajita, los años la erosionaron más que a la mayoría de los viejos de esa edad. Siempre fue enjuta pero cada año que pasa mis abrazos tienen que bajar más para abarcarla.Una persona que trata bien a todo el mundo aunque si hablás con ella a solas es probable que critique a varios. Resumiendo, Leo es una persona buena, querible, casi que adorable. Con la única persona que discutía era con su hermana mayor, mi abuela.

No sé puede decir que mi abuela haya sido una gran persona. Por el contrario, Gioconda trataba muy mal a gente conocida y desconocida por igual.Hasta parecía regodearse cuando sacaba casi a los insultos a alguno que se le ocurría tocar el timbre cuando estaba cocinando.Eran pocos los que no recibían algún tipo de ataque de la Baba pero mucho menos éramos quienes recibíamos sus buenos tratos. Y eran “sus” buenos tratos porque eran particulares de una persona que no solía usarlos. Me incluyo en la bolsa (bolsita) de los que Gioconda trataba bien porque era, claramente, su segunda persona preferida en el mundo.

Primero estaba mi primo Cristian, lejos, en lo alto en el amor de la Baba. Era su primer nieto y quien acaparaba el 80 por ciento de su cariño. Debajo de él, a 3 o 4 escalones, el cariño de mi abuela goteaba en mí. Luego venían sus dos hijos en orden de nacimiento. Detrás de ellos ya era todo más difuso y el cariño se iba mezclando con destratos para sus otros nietos, hermanos y (ex)nueras.

Dentro del grupo familiar a Gioconda se le notaba, o al menos yo lo hacía, un particular encono con un primo mío, Leandro. Leandro es un tipo exageradamente cálido al hablar y de preocuparse por tratar bien a las personas. Muchos viernes al mediodía Leandro y yo almorzábamos con la Baba. Leandro también se preocupaba por tratar bien a nuestra abuela. Le hablaba con una paciencia que nunca tuve ni tendréy que nadie nunca tuvo con Gioconda, por lo menos desde que es parte de mi memoria. Le hablaba y le explicaba todo. Pero a ella no le interesaba. Bastaba con que Leandro vaya a otra habitación para quela Baba me dijera que lo tenía podrido, y a veces la impaciencia de Gioconda hacía que no haga falta que mi primo se retire a otro lado. Algún gesto o alguna cara de desaprobación aparecía desde las arrugas de la Baba. Parecía que había algo de bronca que ella ya no tenía ganas de ocultar. Tuve la oportunidad de preguntárselo a ella cuando trataba de esbozar algún tipo de defensa para con mi primo. La respuesta nunca existió en palabras pero en su cara leía algo como que venía de un rencor pasado traído a sus tripas que no podía evitar vomitar.

No era fácil llevarse bien con Gioconda, ni siquiera para su hermana, la tía Leo. Cuenta una de las leyendas familiares que ese resquemor puede que haya nacido en un enamoramiento que Leonor tuvo con su cuñado, mi abuelo. Cuentos, tal vez, de un tiempo en el que solo existían ellas como testigos. No había forma de que se llevasen bien.

Eran hermanas de una generación en que a la familia se la obliga a querer aunque no se la quiera, en que se visita a la familia porque hay que estar y no porque tengas ganas. Inclusive yo me sentía obligado a visitar a mi abuela por aquellos viejos mandatos. La tía Leo la visitaba seguido a la Baba y trataba de ir los mismo días que iba yo a almorzar. El dialogo era mucho mejor con Leo que con Gioconda. Más entretenido y con menos bronca y enojo.Esos viernes de almuerzo no eran tales sin las clásicas discusiones entre ellas. Por tonterías la mayoría, y la mayoría de esa mayoría eran tonterías del pasado. Era como que se estaban midiendo constantemente. Es en esas discusiones sin sentido donde en mi cabeza adquieren veracidad aquella leyenda familiar.

De igual forma nunca dejaron de ser hermanas, de hacer lo que debían hacer como familia ortodoxa. Siempre estaban presente entre sí.Nunca se fallaron en lo que a presencia se refiere. Estaban cuándo y dónde debían estar para no fallarle a la otra. Después se podían decir cualquier cosa, pero estar,estaban. Cuando mi abuela envejeció feo, perdiendo memoria y control de todo, la tía Leo estuvo a su lado todos los días en el geriátrico. Yo casi ni fui a visitarla porque ya no era ella. Pero Leo no, todos los días, firme junto a su hermana a pesar de que no eran parecidas en casi nada.

Leo siempre festejó sus cumpleaños. Nos invitaba a todos a su casa. Y todos son muchos. Lasque siempre brillaron en sus cumpleaños fueron sus empanadas hechas en grasa. Con los años el festejo se fue reduciendo por falta de concurrencia. Las causas: muertes y alejamiento. Es que los viejos tienen amigos viejos también.Yo me enmarco en el alejamiento. Peleas con tíos y mudanzas y tiempo hicieron que nos separemos de a poco. Igualmente en todos sus cumpleaños me presentaba en su casa, al mediodía, para comer 3 o 4 de sus empanadas acompañándolas con un Coca que Leo se ocupaba de ir a comprarme especialmente.

En los últimos años notaba que Leo me repetía varias veces las mismas historias. Creía que solo porque se olvidaba a quien se la había contado y me las narraba por las dudas que no me las hubiese dicho justo ami. La interrumpía para decirle que ya conocía la historia pero eso no la detenía. Algo de familia, mi abuela hacía lo mismo. “¿Será que no le gusta el silencio?”, pensaba yo. En el caso de mi abuela la realidad me respondió que no, que no era ese el motivo, que era principio de Alzheimer. En el de mi tía Leo no tenía respuesta. El no poder estar callada seguía siendo alternativa.

Leo siempre me trató increíblemente. Me abrazó con ternura y me habló con comprensión. Por eso, cuando el otro día estaba acomodando las cajas y me llamó desde el número desconocido para saludarme no pude decirle nada. Me contó que no andaba bien, algunos dolores en las piernas. Me preguntó cómo andaba y en dónde iba a pasar las fiestas. Le pregunté ¿qué fiestas? –Mañana es Navidad”, me dijo. No pude decirle nada. Le tendría que haber dicho: “Feliz Navidad, Tía, te quiero”.

2 de Agosto de 2019 a las 11:31 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Kiki Kiki Escribo por que sale. Nunca supe si bien o mal. Solo sé que me gusta. Sé que todas las historias son buenas y que solo depende de cómo se cuente. O de cómo se lea.

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