El Magnífico Seguir historia

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El Magnífico cuenta la historia de un mago muy particular. Esconde un secreto que lo vuelve miserable. Ni su magia le salvará de conocer el amor. Un amor distinto que espera. Algo tan intenso como destructivo que llegará a su vida para transformarla.


Paranormal Sólo para mayores de 18.

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Capítulo I - Te vi

El siglo XIX, siglo de grandes aburrimientos y locuras. Siglo que resalta más por sus pestes, suciedad en las calles —y también en las personas — hambrunas, cabarés, tabernas para beber, y pocas maneras de distraerse.

Tiempos de auge en el teatro y más aún cuando los caminantes que siempre se hallaban mayormente a las entradas de los pueblos, para poder apresurarse y llevar las buenas nuevas, o las malas nuevas, un cierto día, podían anunciar algo, que al pueblo de Luvret jamás había llegado.

Un carruaje muy sofisticado, con dibujos que cualquier entendido en Ocultismo podría interpretar, se acercaba a todo galope, tan rápido que apenas alcanzaba el tiempo para que los caminantes que llevaban los anuncios al pueblo, pudieran anticiparle.

Cuando el carruaje llegó a la plaza mayor y principal del pueblo, los transeúntes curiosos frenaban a conversar con otros. Las mujeres disimulaban con sus sombrillas los ojos relucientes que desarmaban el carro por la ansiedad de ver que había en él. Otros sentados en los bancos que rodeaban la fuente se escondían detrás del periódico.

El punto es que todos estaban pendientes de lo mismo, y en cuanto el golpe abrupto, estrepitoso y tan esperado de la puerta del carruaje sonó, nadie pretendió estar haciendo nada más, y presiento que el ser que bajaría la pequeña escalerilla de la misteriosa carroza no quería pasar desapercibido en lo más mínimo.

Primero, dejó ver sus relucientes zapatos que brillaban más que el sol, de punta filosa, pies normales, pero algo alargados, simbolizando que aparte de ser de hombre, pertenecían a uno de alta estatura.

Finos zapatos, blancos con la punta negra, y un traje de vestir de gamuza negra con un pañuelo blanco en el bolsillo superior.

Por último, alzó el rostro que ocultaba bajo la galera en juego con toda su indumentaria.

El cabello rubio, rebajado, largo hasta los hombros, los ojos negros y relucientes, y una clase y estilo jamás visto en un pueblo tan pequeño y desolado.

—Os presento a mi amo, el Barón de Euskal, más conocido por todos los pueblos y ciudades por los cuales hemos viajado como: El Magnífico —terminó por decir un hombrecillo, se podría decir que con un aspecto a duende más que en las propias fábulas. Parecía ser una especie de empleado.

No demoró demasiado en comenzar a escucharse un murmullo por doquier.

El pueblo era pequeño, sí, pero las personas quedaban un poco grandes en él, más aún cuando en las mañanas o tardes el mayor atractivo y costumbre era acumularse en la plaza principal.

Apareció el alcalde que en momentos tan importantes era algo imperdonable que no hiciera acto de presencia así se hallara tirado en una zanja por abusar del bourbon.

Hoy no sería un día muy diferente a los típicos del alcalde, pero el carruaje había llegado a tiempo para interrumpirlo en su segunda medida.

—¿Puedo preguntarle directamente al caballero qué le trae por el bello Luvret?

—El amo solo habla cuando es necesario...

—Por favor, mida sus palabras, soy el alcalde —dijo moviendo de un lado a otro su bastón y acomodando su galera.

El Barón de Euskal ajustando sus guantes blancos de seda y caminando más cercano al alcalde, posó sus dos manos ante el rostro del perplejo hombre de ley que le miraba con detenimiento y jalando primero de uno de sus guantes, luego del otro, murmuró una palabra que ni un sumerio habría entendido y una hermosa paloma blanca salió volando de entre sus manos quedando estas al desnudo.

El hombre se quitó la galera, y haciendo una reverencia habló interrumpiendo los sonidos onomatopéyicos de las personas:

—Mi buen señor, vengo a ofrecer mi entretenimiento a este pueblo que jamás he visitado. Viajamos en nuestro carruaje por todos lados. Soy un mago.

—¡Dios mío! ¿Me dirá que esos guantes eran palomas? —dijo sorprendido el alcalde.

—Ja, ja, ja... Mi buen señor. Es magia. Solo magia —le dijo extendiendo su mano para estrecharla, la cual nuevamente estaba cubierta con sedosos guantes blancos.

—Pues esto es lo que haremos, si a usted le parece bien. Hoy es lunes. El viernes a la noche daré una función sin ningún costo y entonces permitiré que se familiaricen con la magia, pues si no juzgo mal no han presenciado ninguna función de estas artes. ¿Me equivoco, mi buen señor?

—Entonces ¿Ha venido usted a hacer demostraciones de magia?

—Así es. ¿Supongo que tienen un teatro para vuestra diversión?

—Por supuesto que sí. ¿Qué haríamos sin el entretenimiento? ¿Quiere utilizarlo para dar una función?

—Pues esto es lo que haremos, si a usted le parece bien. Hoy en lunes. El viernes a la noche daré una función sin ningún costo y entonces permitiré que se familiaricen con la magia, pues si no juzgo mal no han presenciado ninguna función de estas artes. ¿Me equivoco, mi buen señor?

—Lleva usted toda razón. Por favor, puede llamarme Don Augusto. ¿A usted le llamo por su título o me da el placer de llamarlo por su nombre? —acercándose al oído del alcalde al cual le llevaba de distancia más de una cabeza, y para no ser oídos por nadie, además de una buena estrategia que atrae a la confianza, indicando que solo para él diría su nombre, el Barón le dijo:

—Rijard. Puede decirme Rij.

—Qué nombre tan interesante. Y asumiendo por esas pinturas tan extrañas de su carruaje, podría juzgar que usted viene de otras tierras. Pero juzgando por su apariencia no podría decir de cuál.

—El problema, Don Augusto ha sido siempre el juzgar por alguna razón. La magia enseña las dimensiones y lo desconocido. Ni yo conozco mi proveniencia real. Pero para su tranquilidad le otorgaré la razón en que sí es cierto que vengo de otras tierras... Unas muy lejanas.


Ajenas a todo esta novedad en la plaza, Doña Ximena y su joven hija, Taíz, llevaban su Padre Nuestro número noventa y nueve y lo mismo para la oración a la Virgen María.

Luego de lo que había sucedido a Taíz, su madre prometió al señor, y también encomendada por el párroco, que cada día de lo que quedara de su vida, y de la de Taíz, rezarían al Señor por su gracia y eterna misericordia.

Madre e hija se tomaron del brazo.

Doña Ximena bajo su velo negro, que acompañaba a su atuendo que demostraba su viudez, y Taíz, su velo blanco, acorde a toda su indumentaria.

En similitud con el mago recién llegado, Taíz utilizaba continuamente guantes. No dejaba nunca ninguna parte de su cuerpo al descubierto. Pero menos aún las manos. La gente le apodaba «La doncella de blanco» pues así era como siempre vestía.

Terminó Doña Ximena de cerrar la puerta de la iglesia cuando escuchó aquel bullicio y tanto ella como su hija intentaron comprender qué sucedía.

Doña Ximena era una viuda muy bien asegurada por su difunto esposo que la dejó al mando de muchísimas hectáreas y fincas que arrendar. Igual que mantenía en secreto que la propiedad que funcionaba como cabaret formaba parte de su caudal.

En aquellos tiempos ella y su esposo tenían una misma mentalidad: el dinero es dinero, sin importar de donde provenga, mientras dignifique y no nos haga incurrir en acciones vulgares para nuestra familia.

Por lo tanto, alquilar aquel enorme edificio a un viejo borracho y proxeneta, no era asunto de ellos, lo que importaba es que mes a mes jamás fallaba con su paga.

Pero todo lo ocultaban de su princesa ya crecida. La doncella de blanco era una rosa en forma de pimpollo en todo su esplendor, que con la mínima gota de agua que sus tallos absorbieran, comenzaría a esplender como una flor madura.

Era muy deseada.

Ella misma había detenido las cenas que se organizaban en su mansión, dirigidas por su madre y la infinidad de acaudalados que la pretendían en muchas formas y manipulaban a su progenitora que deseaba verla casada con un hombre al mando de todo lo que heredaría pues la ayudaría a administrar todo mejor y entonces su Taíz podría ser una mujer dedicada a las cosas que hace una mujer, como tener hijos o bordar.

La doncella de blanco no se sentía lista para el casamiento, menos aún, después de lo vivido.

Los sentimientos de su madre y los suyos iban en contra. Para ella un hombre simbolizaba peligro. Para su madre, una seguridad para el día que Dios decidiera llevársela al cielo, por supuesto, se iría en paz de que su hija quedaba protegida.

Volviendo a la plaza y al hombre alto, esbelto y para muchas de las solteras codiciosas que le rodeaban en ese momento, podría decirse que demasiado apuesto, permanecía aún junto al alcalde.

Doña Ximena, vecina e íntima amiga del Alcalde tomó a su hija del brazo y aceleró su paso un tanto torpe por el exceso de comida que se acumulaba debajo de su vestido de corsét ceñido hasta cortar la respiración, típico de la época.

—¡Don Augusto!

—¡Doña Ximena! —inclinando su galera y haciendo una reverencia —saludó a ambas damas —. ¿Se han enterado del evento?

—¿De qué evento habla? —dijo Doña Ximena mirando al alcalde y al joven elegante.

El mago, perdió su concentración de la señora y el alcalde, para depositarla sobre el hermoso cuerpo esbelto, grácil, y misterioso de la doncella de blanco.

La joven tras su velo alzó la mirada hacia el mago que no reparaba en disimular la curiosidad que esta le provocaba.

Los ojos avellana de la joven, escondidos inspeccionaron a aquel hombre que parecía ser adinerado, extraño, no del todo confiable y de otra tierra no, de otro mundo tal vez.

Los ojos negros azabache de él comenzaron a concentrarse en aquel velo tan fino, tan coqueto, de encaje tan sutil que prácticamente veía todo su rostro.

Los voluptuosos labios, el rubor de las mejillas, pero necesitaba comprobar aquellos ojos.

Era un mago. Y como tal, la concentración del público debía hacerla directamente haciendo contacto con los ojos, si ese contacto no existía, la magia podía no funcionar.

El alcalde contaba a Doña Ximena que analizaba con descaro al joven que no le prestaba ninguna atención. Continuaba y continuaba observando a la joven, pues él sabía muy bien que ella estaba haciendo lo mismo.

Develarum —dijo para sí, inaudible para el resto, el Barón de Euskal.

El sombrero que portaba el velo voló por una extraña ventisca que inundó a la plaza e hizo asustar a varios.

Taíz giró para atraparlo, mientras su espesa melena de color rojizo caía sobre sus hombros como en cámara lenta.

El sombrero seguía volando, mas el Barón no necesitaba de muchas más pruebas, poco a poco le iba convenciendo lo que veía.

Al fin la doncella atrapó el sombrero cerca de la iglesia y un palpito le alzó el corazón. No podía saber si era bueno o malo.

No podía volver a colocarse el sombrero sin sostener toda esa cantidad de cabello que caía libre como si fuese una hembra desnuda y salvaje corriendo por una pradera en una danza de cortejo.

Volvió por educación hacia donde su madre y los hombres se encontraban, y entonces dio al mago lo que tanto estaba esperando.

Levantó lentamente la mirada, tímida, perdida, titubeante, pero fuerte, implacable y avellana.

El mago sabía que en aquel pueblo en el medio de la nada, podría encontrar al menos a una mujer que tuviera el cabello rojizo y los ojos avellana. Era para él como una mujer que no había nacido de una madre, sino del fuego. Y el fuego era símbolo de pureza para él.

—¿Y de qué trata eso de ser mago? —interrumpió el idilio unidireccional del mago, salvando de la incomodidad a su hija.

Milady, déjeme que le demuestre —se acercó a Taíz lo cual hizo fruncir el ceño a Doña Ximena —. El cabello de su hija no es un arte labrado de manera mundana, por eso es mágico. Yo soy un mediador entre las cosas hermosas del mundo que contienen magia, y la magia puramente. Observe.

Atrevidamente tomó un hermoso cepillo, de esos que aman las damas, y comenzó a cepillar el cabello de la doncella de blanco que se sintió horriblemente intimidada, más aún cuando se volvió centro de atención de todos los presentes, y de su cabello comenzaron a caer rosas de su mismo color.

Rosas hermosas, frescas, reales.

El mago cepillaba y el patio se plagaba de rosas.

Todos fascinados lo ovacionaron, incluso Doña Ximena se sintió asombrada como jamás en su vida.

Las mujeres que rodeaban el acto, cada vez más interesadas en un caballero que vestía bien, misterioso, atractivo, que no olía a peste ni a alcohol comenzaban a sentirse envidiosas. Siempre se trataba de la doncella de blanco, que con ese atuendo solo buscaba ser un punto de atención, y una mosca muerta a raíz del mal que le había acontecido dos años atrás.

Eso creían las mujeres celosas, más aún al ver que justo en ella reparaba el apuesto mago.

No obstante, Taíz giró en sus talones y tomó del brazo al mago y le pidió que se detuviera.

Este obedeció y observó sus ojos avellana.

—Por favor, le pido que no me exponga en público. No nos conocemos usted y yo — le dijo tajante la doncella.

—¡Taíz! El caballero es un mago que ha venido a traernos diversión —objetó el alcalde regañándola.

—¿Y esas no son artes del Diablo? —preguntó Doña Ximena.

Sin quitarse los ojos uno del otro, el mago simplemente respondió a la joven:

—¡Sí te conozco! Eres de otras tierras. Eres el fuego.

29 de Julio de 2019 a las 13:45 0 Reporte Insertar 4
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