El equilibrista Seguir historia

I
Ivana Yornet


Vivir en la cornisa. Tan solo un soplido y caer al vacío.


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El equilibrista

Supo que los fantasmas existen. Cuando era niño la noche lo atormentaba, cuando las luces naturales se atenuaban hasta apagarse lentamente emergía la oscuridad y los miedos. Miedos irracionales, de niño pequeño, que mutaban en épocas y tomaban distintas formas. La ansiedad en el cuerpo, el subidón de calor en el rostro, la opresión en su pecho y la agitación eran sensaciones conocidas pero casi olvidadas. Cuando volvieron, su rostro, su frente y su cabeza se contrajeron y su cerebro parecía hervir. Ya siendo adulto, esas sensaciones parecían nuevas pero solo después de noches sin dormir y miedo a morir supo que eran antiguas.

Pudo recordar los episodios de otro tiempo, lejanos y casi ajenos, pero bien propios. Sintió esa sensación de no estar en eje, de perder el control -no del todo-, de estar en la cornisa, al límite, caminando en un hilo como equilibrista, al borde del abismo, intentando mantener todos los sentidos enfocados y alerta, controlados y dominados, para no caer.

Pero nunca caía. Eso era frustrante, saber que todo es un tormento sin caída. Tal vez caer permite levantarse, sacudirse, acomodarse y en el mejor de los casos, seguir. Pero la cornisa permanente condiciona todo alrededor, siempre a punto, sintiéndose desvanecer, la debilidad, la despersonalización, las sombras. La amenaza de la caída que nunca se produce y los fantasmas que se dan un banquete con el miedo incresciendo.

El equilibrista. Vive tenso y en contracción porque un movimiento en falso sería letal. Sabe que caer puede ser la salvación. Atravesar el muro imaginario es ambivalente, la salvación y el caos, la verdad y lo desconocido. Y sabe que no va a correr el riesgo, no va a caer, ni saltar muros, ni salvarse. No puede porque es cobarde y tiene miedo, como cuando era niño y tenía sensaciones que no podía explicar, tiene miedo. El muro es alto, la máscara es de hierro, los fantasmas son propios y el mundo una mierda.

Supo que los fantasmas existen. En tiempos de infancia y ahora, son los mismos que toman diferentes formas para asustar con efectividad, pero son los mismos, que ganan, se rien y no se van. El, haciendo equilibrio, convive con ellos, resignado, con su máscara que cada día es mas pesada.

No se irán, porque no puede echarlos.

Siente que los fantasmas que lo aterran no son nada comparado con lo que podría ser.

18 de Julio de 2019 a las 00:35 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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