Diario de entidades Seguir historia

Sombrat Jun Morales

Al joven John Foster, el tener pesadillas donde ambienta la paranoia junto con seres sacados de cuentos de hadas, y sufrir de la incapacidad para diferenciar los sueños con los recuerdos, le queda como anillo al dedo. Así ha sido la mayor parte de su vida, mas esto comienza a suceder en mayor medida a partir de que se muda junto a su madre y padre a lo que todos creían era un vecindario común y corriente a las afueras de la ciudad. Desapariciones, pequeñas criaturas con aspecto de muñeco correteando por las noches, sonidos sin sentido y los gatos, son las principales cosas anormales que reinan en el sitio, esto dicho en las palabras de Shio: un chico al que John conoció al segundo día de haberse mudado. Todo esto comienza a ir en contra suya a partir de la desaparición de sus padres y su remplazo con los otros, quienquiera que sean ellos. Usando su mejor arma: la curiosidad, y registrando cada suceso que ocurre en su diario, se dispone a ir en contra de aquellos seres misteriosos y descubrir de una vez por todas qué es lo que hay detrás de ese anormal vecindario, acompañado por su mejor amigo, Tony. Sólo una pista segura tiene acerca de las rarezas del sitio, una pista que encontró en forma de poema y su significado parecería ser nulo: «Las cuatro puntas vienen sin piedad, cuando lo hagan la guerra iniciará. Las llaves las puertas abrirán, y de éstas emergerá un mar de muerte y calamidad. Nada ni nadie escapará, de las cuatro puntas una sobrevivirá. Entidades conquistarán todo a su paso, de nuestro mundo no quedará un rastro.»


Suspenso/Misterio Todo público.

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Prólogo

Llévame contigo al más allá, pues aquí no dejo de llorar. Llévame a otra realidad, no quiero despertar.

Mägo de oz. El libro de las sombras.

No es ningún secreto que frecuentemente las personas tienden a voltear a ver el lejano y no tan lejano pasado, con una nostalgia sensación que suele erizarles la piel y momentáneamente dibujar una sonrisa en sus rostros, antes de que sus ojos comiencen a presentarse cristalinos. Algunas personas afirman que esto se debe a que por lo general, el pasado suele pintarse de un color de rosa dentro de nuestra mente, algo que era mejor que el no tan reconfortante presente, aun cuando esto en realidad no haya sido así. Sin lugar a dudas, la mente es por mucho más engañosa que cualquier persona o ser existente… ¿O no es así?

Es por eso que ahora mismo, este narrador indagará un poco dentro del no tan reconfortante y lejano pasado, para comprobar si este famoso dato tiene su validez o se trata de un cuento más del montón, salido de la habladuría de alguna conversación de ocio entre amigos y familiares...

❔❔❔

23/01/2004.

En aquella escondida habitación con piso, paredes y techo de madera no había nada más que relojes; esos pequeños y curiosos objetos creados para medir el tiempo y los sucesos sobresalientes que pasan en éste, para evitar que acaben con el mismo final que muchas cosas, el cual siempre suele ser el olvido, al menos eso se creería en un primer vistazo, lo cierto es que las estanterías llenas de libros con nombres extraños e indescifrables a los costados también tenían su toque.

Pero volviendo a lo que llamaba más la atención (o sea los pequeños mecanismos medidores de tiempo), había algunos de bolsillo, colgados de pequeños metales sobresalientes del techo. Algunos otros de péndulo, cerca de la puerta, ambientaban el lugar con su sonido continuo. Las cuatro paredes estaban cubiertas casi en su totalidad de algunos otros; redondos, cuadrados y de formas menos convencionales que harían que tuvieses que ver al menos dos veces para poder leerlos, lo cierto es que por más diferentes que fueran entre ellos, el tic-tac no paraba en ningún momento. Tampoco había ventanas, pero sí bastantes muebles, entre los que más destacaban se encontraban muchas mesas de trabajo, con piezas y herramientas de relojería dispersadas sobre ellas.

Se trataba de un taller que, aunque en primera instancia se mirara simple, esto sólo hacía recordar que muchas veces lo simple oculta las cosas más maravillosas para el ojo humano. Y sin embargo, quien trabajaba allí la gran parte del tiempo luego de terminar con sus responsabilidades, no se trataba de un humano o siquiera una forma de vida que cupiera dentro de la palabra «convencional.»

Este taller era el hogar del Relojero (así es, más un nombre que un título), quien en ese preciso momento se andaba paseando por algún sitio de Maiorum Apparatus; reparando algo o incluso ayudando a algún habitante de allí ¿o quién sabe? Quizá sólo estaba descansando luego de un arduo día de trabajo…

Pero entonces, contra todo pronóstico que tenía considerado aquel ser obsesionado con el tiempo, a la pequeña cabaña, sin ningún aviso previo y rompiendo con el ruido de sus pisadas aquel patrón de sonido que posiblemente llevaba sonando sin parar todo el día, llegó él. Era un muchacho joven, de un cabello café oscuro que le llegaba hasta poco más debajo de la nuca, y con unas curiosas gafas que quienes lo conocían, sabían que siempre las llevaba sobre su cabeza, rara vez las ponía sobre su pálida cara. Sus ojeras eran evidentes hasta para alguien que lo viera a una calle de distancia, incluso para alguien miope.

Entró sin permiso por la única puerta del lugar y se puso a curiosear entre los pequeños engranajes y resortes esparcidos por el piso y las mesas, esto ayudaba a que su paciencia se agotara más lentamente y así evitara terminar haciendo una infantil e innecesaria rabieta. De un salto tomó uno de los tantos relojes colgados del techo, y lo admiró. Su color dorado y los detalles grabados, junto con esas manecillas de forma tan curiosa y los engranajes visibles y en movimiento a través del cristal, le causaron una gran fascinación, acompañada por su fiel amiga de toda la vida: la curiosidad. Sin poder evitarlo, de manera lenta lo colocó pegado a su oído, cerró los ojos y se dejó relajar por ese tic-tac que sin saber por qué, le hacía sentir mucha calma.

Lo que a muchos les estresaba sabiendo que no podrían parar jamás el tiempo detrás de ese sonido, a él le relajaba.

―No es correcto entrar si el dueño no está.

El joven no hizo caso a la llamada de atención que aquella figura humanoide le había hecho, con esa voz robótica con un muy leve y apenas perceptible efecto de eco. Pues claro, si no le importó esconderse cuando el picaporte giró y cuando la puerta se abrió, ¿por qué iba a importarle que le regañara ahora?

El Relojero no lo tomó muy bien, por lo que se decidió a entrar completamente a su pequeño taller. Al dar un paso más en dirección al muchacho, todos los relojes de cucú que había en la habitación empezaron a sonar, haciendo retumbar ese simpático sonido característico de ellos por cada rincón.

―Estoy hablando en serio, Jack Fidalls―le regañó, esta vez con un tono más molesto.

Jack sonrió sin abrir los ojos y, sin importarle aquellas palabras, se puso a bailar de una manera relajada, comparable a como lo haría una experta bailarina, sin dejar de pegar el reloj a su oreja con ambas manos.

Dio saltos grandes y pequeños, incluso llegó a bailar encima de los muebles, incluyendo las mesas de trabajo. Esto hizo que de manera literal, al Relojero le saliera humo por uno de los tubos sobresalientes del lado derecho de su cabeza. Entonces, estirando su brazo izquierdo tomó a Jack de la capucha de su sudadera, y lo puso en frente de sí, mirándole de manera severa.

―No tiene chiste, señor Relojero. ¿Por qué no puedo venir aquí a relajarme de vez en cuando con sus hermosas creaciones? Su sonido es algo único que ningún reloj de dónde vengo podría igualar. ¿Acaso no éramos amigos? ―esta última pregunta la hizo con el más fingido tono de tristeza.

―Lo somos, pero es que aún no era el momento para que vinieras, tenía planeado que esperaras para poder dártelo yo mismosin esperar a que Jack preguntara una sola cosa más, desde dentro de un compartimiento de su pecho, sacó un hermoso reloj plateado, con los inconfundibles detalles en la parte trasera, que a un nivel diminuto e imposible para cualquier escultor, tenía en él grabada una vista espléndida de la ciudad principal de Maiorum Apparatus.

Jack no dudó. Inmediatamente y con todavía más fascinación, tomó el reloj con sumo cuidado, soltó el otro que terminó en el suelo hecho pedazos y luego se dedicó a recostarse sobre uno de los muebles, sonriente con su nuevo reloj pegado al oído derecho.

―Gracias…

―El tiempo es el mejor regalo que alguien puede darte, que se te quede grabado, Jack. Interprétalo de la manera que quieras. Por ahora tengo trabajo que hacer. Agradecería que no molestaras…

❔❔❔

John abrió lentamente los ojos y, con una cara de sueño, miró al psicólogo, que no se molestaba en aparentar su enorme sorpresa ante el relato de un niño de tan sólo cinco años de edad, aunque esto implicara ser una falta en cuanto a una terapia correcta se refería (los psicólogos no deben mostrarse impresionados, siempre deben estar serenos en una consulta). El niño sonreía de manera leve, pensando que aquel psicólogo seguramente le diría que eso lo sacó de algún programa o incluso de algún libro, aun cuando lo cierto era que John realmente soñó aquello.

―Y ese relojero… ¿se supone que es algún amigo tuyo?

―No, no lo conozco, aunque me gustaría hacerlo. Al igual que a Jack.

―Entiendo―asintió con una sonrisa―… Esa tal Maiorum Apparatus, creo que así la pronunciaste, corrígeme si me equivoco, ¿es una ciudad que tú inventaste o viste en algún otro lado?

―No. Es real, al menos lo es cuando estoy dormido, pero no es la única, y el Relojero no es el único que se topa con Jack.

―¿Hay otros como él? ―mantenía su libreta y pluma en mano, pero la verdad era que hace unos minutos dejó de escribir en ésta.

―No, bueno, no exactamente como él, sino seres igual de importantes. Está la princesa Frigidus por ejemplo, que es de piel blanca y siempre fría. También Sat’wech, quien gobierna en el infierno, sonará feo el título, lo sé, pero es alguien bastante justo cuando se le conoce. Y por último está Suilsirec… Él… Él me asusta mucho, no quiero hablar de él…

―Entiendo―mintió. La verdad no tenía idea de lo que en verdad trataba de decir aquel pequeño castaño―. ¿Y ellos son como amigos?

―Para nada, no se toleran entre sí, pero es mejor estar en armonía a que una guerra llegue a estallar entre sus cuatro mundos.

―En ese caso…―a este punto, el psicólogo ya estaba demasiado revuelto, tratando de dar un diagnóstico acorde a la actitud del chico― ¿qué son?

John dudó un momento, miró sonriente alrededor suyo, parpadeó un par de veces y regresó su vista al hombre que atentamente le examinaba.

―Ellos son Las Cuatro Puntas, es lo que son.

El hombre mayor se quitó las gafas, limpió un poco de sudor de su frente, guardó su libreta de notas en su cajón y prosiguió a llevar a John a la salida, con la intención de hacer pasar a los padres. No había señales de autismo, era un niño sociable y hasta un poco más hábil en el vocabulario, esas capacidades para narrar a tan corta edad eran dignas de admirar. Estaba ubicado en la realidad, sabía que aquéllos eran sueños, sabía la historia de su país y otros datos de cultura general (o al menos la que se les enseña a esa edad), sabía también lo que estaba bien y mal, ayudaba en casa con las labores y hacía caso. ¿Cómo decirles que era un niño perfectamente sano y lo único extraño eran esos sueños sacados de un libro de fantasía? No estaba seguro. Esos sueños debían tener su fuente, se negaba rotundamente a creer algo ajeno a lo lógico. Si los padres del niño no le ayudaban a descubrir tal fuente, se encargaría de consultar ayuda con un amigo psicólogo más tarde. Por ahora le era suficiente con las pruebas proyectivas que le había aplicado.

―Adiós, señor Tomas Vargas―se despidió mientras que de la banca de espera, junto a sus padres, tomaba en brazos a un muñeco de peluche de aspecto singular.

Tomas no le tomó importancia a la despedida e igualmente le dijo adiós, pero algo en él le puso la sangre helada al no recordar haberle dicho más de su primer nombre...

En fin, nunca más volvieron a verse el uno al otro.

16 de Julio de 2019 a las 01:53 0 Reporte Insertar 0
Continuará… Nuevo capítulo Todos los domingos.

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