El conejo que no querìa serlo Seguir historia

elizabeth-garces1562354283 Elizabeth Garces

Una familia que toma el camino del exilio con las dificultades y tristezas que conlleva tal situación pero, la llegada de un pequeño conejo hara más llevadero el cotidiano de todos.


Cuento Todo público.

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El conejo que no querìa serlo


Hace muchos años que comenzó la aventura más extraordinaria de mi vida. Lo que empezó con un primer paso se convirtió en una caminata : fue una aventura llena de simpatía, ternura y dolor, pero que me reveló el verdadero significado de la palabra amor, lo cual hasta entonces ningún humano me había mostrado. Actualmente sí conozco el amor y es gracias a ese maravilloso conejo.

Las Navidades del ochenta y uno ya habían pasado cuando mi madre y mi abuela llegaron a casa con una enorme caja de cartón en las manos que parecía como si se fuera abrir por los cuatro costados en cualquier momento. Afuera hacía un frío intenso y ellas venían temblando, pero obviamente contentas. A mi abuelo y a mi nos llamó poderosamente la atención la caja que traían. Respondiendo a nuestro asombro, mi madre dijo, mientras la ponía encima de la mesa del comedor: “Creo que esto nos alegrará un poco la vida”.

Ciertamente necesitábamos algo que nos permitiera sobrellevar nuestra miseria y desolación. Mi madre seguía con las manos sobre la caja, mi abuela reía, y en general estábamos todos expectantes. Me dijeron que la abriera yo y después de meditarlo unos segundos cumplí el cometido. Mi sorpresa fue enorme ya que en una de las esquinas de la caja se encontraba un conejo enano de un negro intenso, que movía sus orejitas puntiagudas y nos observaba con una fuerte dosis de susto en sus ojos negros. Parecía un trocito de carbón con corazón. Lo tomé en mis manos y me di cuenta que era tan pequeño que cabía perfectamente en una sola, así que empecé a acariciarlo con la otra, lo cual parecía gustarle. Su miedo, mezclado con timidez duró muy poco, unos minutos. Pronto se adaptó y empezó a correr por el apartamento causando serios desgastes en las paredes y en los muebles. Mi mamá declaró: « Tendremos que efectuar unos cuantos arreglos ». Con aspecto flemático mi abuelo añadió : “ No nos queda otro remedio ”. Comprendimos que era feliz y no supimos el porqué, pero era lo único que tenía importancia en ese momento. Ignorábamos que desde entonces lo primordial era su bienestar. El resto era material. Nos negamos a meterlo en una jaula. Se quedaría libre entre nosotros.

Nuestro conejo se fue revelando como un ser espiritual al que le apasionaba lo bueno nada más. También a menudo pensé que se creía un millonario. Escuchaba música acostado en su almohadón y pobre del que la quitara antes que su deseo de escucharla se hubiera agotado. Al ocurrir esto se mostraría desagradable por cinco o diez minutos, el tiempo justo para reclamar sus caricias.

Una noche se acercó a mi y se subió al sofá, permaneciendo a mi lado. De pronto me miró y vi en su mirada sabiduría y curiosidad. En su carita adornada por largos bigotes se hallaba siempre la emoción. Constantemente tenía una actitud señorialmente soberbia pero acompañada por la humildad.

Con el paso de los meses todos los miembros de la familia estábamos bajo la influencia total del conejo al que, por cierto, se le puso el nombre de Arturo, por el rey. Mi abuelo era el único que se resistía a caer en sus redes, debido al hecho que le costaba expresar sus sentimientos. Con Arturo se esforzaba en mantener las distancias, sin embargo, Arturo sabía como convertirse en victima para conseguir sus propósitos. Su empeño era simplemente que todos en la familia debíamos quererlo y no cambiaba de idea. Necesitaba nuestro amor, dependía de nosotros.

Era evidente que nos adoptó el mismo día que llegó: supo que el territorio donde había caído era ideal y que podía hacer de nosotros lo que le diera la gana. Para no tener cargo de conciencia y para que no se enfureciera y nos dirigiera un chorro de orine, ejecutábamos sus órdenes. Cuando cumplió un año la casa no era ni la sombra de lo que había sido. Arturo eligió el centro del salón para comer y dormir. Frente al sofá se encontraban sus platos de comida y agua, y su grueso y cómodo almohadón. El famoso almohadón no podía tener ni una sola arruga pues entonces se despertaba nuestro meticuloso conejito y se ponía a alisarlo nerviosamente con las paticas delanteras. Desde el salón Arturo podía dominar cada una de nuestras actividades. Por las noches era el primero en sentarse cuando nos disponíamos a ver la televisión y al notar que sólo hablaban, al percibir la ausencia de la música, decidía montar él mismo una diversión. Fingía que le dolía una de las paticas para ganar nuestra atención, o de lo contrario corría y saltaba para finalizar el espectáculo con su juego favorito: cogía con la boca un trapo que le pertenecía, lo traía hasta uno de nosotros y se paraba firmemente. Esto quería decir que había que jugar con él y apagar la televisión. Se le colocaba el trapo por encima y salía corriendo con él acuestas, escondiéndose debajo de las sillas y pasando una y otra vez por delante de nosotros. El trapo no se le caía, se mantenía sobre su cuerpecito regordete porque lo sujetaba por una punta, entre los dientes. Por cada hazaña desempeñada lo tomábamos en los brazos y recibía mimos, besos y felicitaciones.

Al sol le rendía pleitesía_ yo creo que hasta soñaba con él. El sol era para Arturo descubrir el mundo cada mañana. Tenía un ritual matinal muy preciso. Como mi abuelo era el primero en levantarse, Arturo se convirtió en su compañero fiel. Después de estar un rato con él, le pedía, sentándose ante la puerta; que quería ir a pasear al balcón. Allí escuchaba el canto de los pájaros y olía el aroma de las flores. Los baños de sol duraban horas y había que dejar a Arturo en paz. Sus meditaciones eran interrumpidas únicamente por el hambre; entonces se acercaba a su plato para comer. La siesta la dormía en la habitación junto a mi mamá, bajo la cama, se ponía en una esquina, y salía de allí al mismo tiempo que ella lo hacía.

El carisma y la bondad de Arturo eran más grandes que él mismo. Consiguió ganar el corazón de mi abuelo y lo hizo con una paciencia de dioses. Era tanta la unión que existía entre ellos que un día mi abuelo pronunció una frase terrible : « Prefiero morirme antes que Arturo, lo contrario no lo soportaría ». Es cierto que nos detuvimos en el tiempo para mejor disfrutar de la compañía de nuestro amigo. Era un gran personaje, con una gran riqueza en su interior.

Cuando mi abuelo se enfermó y murió, Arturo sufrió el vació que quedó. Lo buscaba en todos los rincones donde lo había visto. Se negó a comer y a beber; se iba poco a poco, pero gracias al veterinario lo recuperamos. Sin embargo, ya no fue como antes : temía perdernos, tenía miedo.

Lo creíamos inmortal_ no se nos podía “ morir”_, pero una noche de julio se marchó en silencio. Habían pasado doce años desde que llegó a nuestro hogar ocupando una vieja caja. Arturo fue un gran amor. Su muerte fue lo único malo que hizo y el sólo daño que nos causó.

15 de Julio de 2019 a las 22:23 0 Reporte Insertar 0
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