Tinder, vino y seguramente un desastre más Seguir historia

l
lili cg


Paulina reflexiona sobre su vida amorosa después de su divorcio, 15 años atrás,, mientras se maquilla para ir a lo que anticipa será un nuevo desastre


Cuento Sólo para mayores de 18.

#vinotinto #tinder #citas
Cuento corto
0
3.4mil VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Capítulo único

-Qué hueva- pensó Paulina, mientras se maquillaba para la tercera cita a ciegas del mes y sorbía la copa de Ribera del Duero que le daría valor para el nuevo episodio de posible tortura. Esto de Tinder ya no sonaba tan divertido ni tan esperanzador como al principio, cuando hacía match con decenas de hombres que prometían ser, al menos, aceptable compañía durante una cena maridada con un buen tinto. La verdad es que la mayoría de esos matches no avanzaban después de una breve conversación, que bastaba para poner en evidencia o lo insulso o corriente del prospecto, o alguna manía para la cual ella ya no tenía ni humor ni paciencia, como la de decirle “bebé” sin conocerla, o hacer chistes misóginos, o asumir que tendrían sexo en la primera cita.

Cuando milagrosamente la conversación salvaba los primeros obstáculos y lograba convertirse en cita, venía la segunda tanda de decepciones, algunas menos divertidas que otras, otras verdaderamente desconcertantes, como la del tipo que desde la primera taza de café en el Starbucks se puso a ensayar en voz alta el nombre de Paulina con el apellido de él para ver cómo sonaba porque había sido fulminado por un rayo de amor instantáneo, pero que a pesar de haber reído junto con ella durante horas, nunca volvió a llamarla después de eso. También padeció a otro que sin parar ni a respirar desde la primera frase y durante tres horas, le habló de teorías de conspiración, de vivir rodeados y sometidos por alienígenas y sobre una tierra indiscutiblemente plana según sus tres doctorados y los múltiples estudios confirmatorios conducidos por él. Y la semana anterior la había cerrado con broche de oro gracias a un italiano con semblante sepulcral al que después de una hora sin lograr arrancarle una palabra que no girase en torno a si mismo o media sonrisa, decidió abandonar en plena inauguración pictórica, fingiendo con sus amigas –si, a sus casi cincuenta años-, un accidente que la reclamaba en casa inmediatamente. En esa última malaventura, al menos pudo reír mientras se refugiaba como adolescente, con su cómplice, en una sala contigua; pero la verdad es que la mayoría de las veces lo único que le quedaba era preguntarse durante el tiempo que duraba la condenada cita, por qué maldad estaba siendo castigada con estos engendros, quince años ya después de su divorcio. Hubo uno tan naco que no tuvo empacho en cambiarlo por otro a media pista de baile sin darle menor explicación, otro más al que dejó plantado en Tequisquiapan por asumir en un paseo que dormirían en la misma habitación sin preguntarle, y uno más al que dejó plantado en el cine porque al acercarse le pareció tan feo que prefirió dar la media vuelta antes de que él la viera y regresar a su casa Mexicanos, italianos, brasileños, griegos, gringos, argentinos y hasta suecos habían ya pasado a ser parte del baúl de los recuerdos sin que de ninguno quedara un solo recuerdo memorable.

Tampoco es que en esos quince interminables años no hubiera conocido amor, o que no hubiera compartido buenas camas en donde se sintiera plenamente mujer. Lo trágico, al menos para Paulina, era que después de todo este tiempo no había ningún vestigio de esos efímeros momentos de felicidad. En todo ese tiempo, una sola relación seria y larga, tan seria y tan larga que ella pensó, a pesar de sí misma, que terminaría en matrimonio, pero él jamás reunió las agallas que requería dejar a sus hijos y su trabajo e iniciar de cero en una nueva ciudad. Tres intentos, tres anillos de compromiso poco comprometedores, tres actos de magia en donde el interfecto desaparecía sin dejar rastro, hasta lograr la desaparición final.

La segunda relación importante fue mucho menos larga, pero para ella igual de seria. Tal vez demasiado seria. Se enamoró perdidamente, en cinco minutos, de un suizo de fríos ojos azules y espíritu aún más frío, a quien el entusiasmo de Paulina le pareció demasiado rápido, demasiado profundo y demasiado escandaloso para su temple de acero. Ella pensó, que a esas alturas de la vida, eso de jugar a hacerse la interesante y dejarse “cazar” por el macho alfa, ya estaba fuera de lugar, que estaban demasiado creciditos y eran demasiado maduros para perder el tiempo de esa manera. De modo que abiertamente, le hizo saber que le interesaba, luego que lo deseaba, y poco después que lo amaba… y el suizo más pronto que tarde se refugió en su montaña de hielo para nunca más volver.

Entre los descansos de esa relación larga y seria, y después de ella y de la relación corta y seria, hubo además una serie de eventos amorosos con galanes de la infancia, que pusieron a prueba su escala de valores más de una vez. Casados, solteros, no importó: una vez que supieron que ella se encontraba de vuelta en el mercado, uno a uno fueron resurgiendo del olvido en el que al menos ella, los tenía. Parecía como que la convención dictaba que una mujer divorciada automáticamente se volvía golfa, a juzgar por las insinuaciones e invitaciones que comenzó a recibir desde el día uno de su separación. No es broma, desde el día uno, parecía que el universo conspiraba por hacer que ella se encontrara a sus ex novios o ex galanes en los lugares más insospechados, o que misteriosamente se acordaran de ella y le llamaran por teléfono para saber de su vida después de siglos de ausencia, y así, de la nada, invitarla a París, a Nueva York o de perdida a San Miguel de Allende a “ponerse al corriente”. También resultó que de pronto, resurgieron los amigos de toda la vida, aquellos cuya amistad ella siempre tuvo que defender con sus novios, asegurando que “no eran más que amigos” y quienes treinta años después e incluso más, le terminaron confesando que en efecto siempre estuvieron enamorados de ella, pero les daba pena decirlo. El caso es que estas confesiones, en algún sentido, vinieron a subirle el ánimo de forma efímera, pero sirvieron para poco más, aunque esta vez, decidieran seguirle confesando su amor o invitando a viajes imposibles de forma periódica al menos dos veces al año, aunque claro, a escondidas de la mujer.

Paulina se dejó acariciar el ego por estos ilusos, pero sólo el ego. Era demasiado inteligente como para creerse sus cuentos y llenarse la cabeza de utopías. Además, era hija de padre adúltero y ex esposa de adúltero, por lo que difícilmente se hubiera rebajado a adoptar el papel de aquellas “otras” a las que siempre odió. Hemos de admitir, sin embargo, que mantener el fuerte de moralidad e inteligencia no siempre fue fácil. Entre la soledad, las botellas completas de vino o de Baileys con que los seductores aderezaban las largas charlas “amistosas” por las que viajaban kilómetros, y las interminables lisonjas, a veces la ropa interior dejaba de sentirse igual de ceñida que al principio de cada una de esas reuniones convocadas para la tentación. En más de una ocasión, un roce inesperado en el tobillo por debajo de la mesa, una mirada demasiado penetrante, o una frase pronunciada excesivamente cerca del oído, estuvieron a punto de hacerla arrojar sus convicciones salvadoras por la borda y dejar su barco encallar en el fondo de lo que presentía como un tormentoso pero excitante mar. Volvía entonces a casa, después de estos encuentros, agitada, confundida, rota, y entre los gemidos provocados por su ahora inseparable compañero a pilas de triple acción, reclamaba por igual a Dios y a todos los demonios del infierno, la injusticia de sus castigos y la mezquindad de las alternativas para poblar su desierta cama.

Pensar todo esto mientras se maquillaba ciertamente no ayudaba a que la raya del delineador le quedara a Paulina muy derecha. El vino ya no ayudaba a calmar sus nervios ni a regalarle optimismo alguno. Aunque en esta ocasión saldría con un chico –más bien señor, pero hagamos esta concesión- que parecía interesante, guapo, no demasiado entrado en años y que no la haría pagar la cuenta, la verdad es que ya no se esmeraba como antes al arreglarse. A pesar de que algún bienintencionado amigo le señalara que el problema para no tener una segunda cita era que sus zapatos eran demasiado abiertos, sus hombros demasiado descubiertos y su perfume demasiado fresco, y que la receta mágica era usar liguero con medias negras y zapato cerrado a pesar de estar a 32 ° a la sombra, ya le daba igual lo que se ponía, cómo se peinaba, o a qué olía. Su lema, básicamente, era “si me va a querer que me acepte tal cual soy sin máscaras, sin adornos, sin hipocresías”. El resultado hasta entonces: nadie la quería sin máscaras, sin adornos, sin hipocresías. Sus meses se pasaban hilando llamadas telefónicas que nunca llegaban a primeras citas; primeras citas que nunca llegaban a segundas.

El juego se había vuelto extenuante y aburrido. La alternativa de disfrutar el mismo vino pero en cama y viendo una serie de Netflix le parecía indudablemente más atractiva y prometedora. Pero la idea de morir en total soledad, en una cama eternamente fría, después de años enteros de ninguna otra compañía que la de su imagen reflejada en el único espejo de su casa, de alguna manera le daba la energía suficiente para terminar de maquillarse y salir a la calle, una vez más, a soñar con quimeras.

7 de Julio de 2019 a las 04:04 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~