Cara de insecto y la misteriosa casa del mediodía Seguir historia

volandri Roberto Volandri

Observé mi nariz, que se había ido abombando por la costumbre de los golpes. Lejos de apenarme, este cambio en mi cara de insecto me fascinaba...


Cuento No para niños menores de 13.

#relato-corto #343
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Cara de insecto y la misteriosa casa del mediodía

Me miré por enésima vez en el espejo. Tratando de componer una pose lo más desafiante posible, giré la cabeza y levanté la barbilla. Volví a colocarme el pelo, que la gomina todavía húmeda no había doblegado y lancé un jab cubriéndome el mentón con la otra mano. Observé mi nariz, que se había ido abombando por la costumbre de los golpes. Lejos de apenarme, este cambio en mi cara de insecto me fascinaba. Me daba un aspecto feroz, lo que servía de maravilla a mis ocupaciones. Recogí la derecha con rapidez y me quedé en posición de guardia, balanceándome. Sobre el perfil de mis puños sobresalían los ojos, brillantes y acuosos. Bajé los brazos, abrí la boca y exhalé el aliento frente al espejo, estirando el cuello como si fuera una cobra. Luego escupí en el lavabo.

Al salir pasé junto al salón. Mi madre dormitaba en una mecedora. Un rayo de luz bañaba su cuerpo mórbido. Mi padre pelaba trabajosamente una manzana. Estaba sin camiseta y me fijé en su barriga mantecosa, brillante por el sudor, que desbordaba los límites del respaldo de la silla. Cuando me oyó salir levantó la vista, interpuso su mirada con la mía y enseguida agachó la cabeza. Me quedé mirándole, cogí su cartera que estaba encima de la mesa y abrí la billetera:

— ¿No tienes más?— le pregunté.

Él continuó mondando la manzana como si no me hubiera oído. Apreté los puños y contemplé los músculos de mi antebrazo. A veces dudaba que fuera mi padre. Sentado en su silla, no era más que un montón de carne acobardada. Volví a insistir, gritando:

— ¡Qué si no tienes más!

El viejo siguió con la manzana y cuando concluyó se quedó quieto, ensimismado, sin mover un músculo. Descargué un puñetazo en la mesa, el ruido le hizo encogerse y cerrar los ojos, soltando el cuchillo. Cuando volvió a abrirlos, yo ya me había ido y su cartera estaba vacía.

En la calle parloteaban algunos vecinos, aprovechando el fresco que traía el crepúsculo, después de un día abrasador. Por costumbre nunca les daba las buenas noches, me limitaba a escupir en el suelo. Doblé la esquina y me acerqué a la casa del Cojo, que me dio una pequeña cantidad de cocaína para vender. Separé un parte y tomé algo allí mismo. Noté un picor en la nariz y el sabor amargo de la primera descarga. Tosí. El Cojo se rió. Con una rápida finta me puse a su derecha y lancé un jab de izquierda, que contuve antes de alcanzar su nariz. El desgraciado se asustó y dio un traspiés, pero no llegó a perder del todo el equilibrio. Se alejó hacia la cocina y trajo una litrona, que compartí con él, no porque me agradara su compañía, hedía y en su camiseta se depositaba un cerco de sudor tras otro. Pero me daba negocio y no solía engañarme. Hasta que pudiera conseguir un contacto mejor, le necesitaba. Mientras el Cojo desgranaba sus beodas estupideces, miraba asqueado el polvo en los muebles y la comida podrida en el suelo, que aprovechaban las cucarachas. Salió a despedirme a la puerta y continué mi camino.

Cuando bajaba la calle Mediodía en dirección al parque, vi la puerta de una casa abierta. Era una casa antigua, con las paredes de tapial encaladas. Las rejas estaban desconchadas y la puerta de madera tenía el barniz desgastado por el sol. Sin embargo, me pudo la curiosidad, así que me acerqué y eché un vistazo a su interior.

La puerta daba a un patio empedrado, donde había dos montones de escombros y un viejo coche hecho chatarra. Miré a ambos lados y entré. Estaba anocheciendo, pero se veía lo suficiente. El patio daba paso a la vivienda principal. Avancé con sigilo pegado a la pared. Dirigí una mirada fugaz a la puerta que daba a la calle, en un último atisbo de prudencia o alertado por mi sexto sentido, que pretendía ponerme sobre aviso. Ignoré el pálpito. Sólo quería investigar, ver si podía arramblar con algo. No parecía haber ningún tipo de peligro, pero tenía que actuar con rapidez. Así que, sin pensarlo más, entré dentro de la casa.

Un tenue rayo de luz me dibujó un pasillo angosto al que daban varias puertas. Comenzaba a estar oscuro, pero me pareció poco prudente utilizar la luz eléctrica. Al fin y al cabo, no sabía si había alguien dentro. Tropecé con un aparador, del que cayó un objeto, que pude coger al vuelo. Era el macillo de un viejo almirez de bronce. Continué avanzando con el macillo en la mano y abrí la primera puerta. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la escasez de luz y poco a poco fui reconociendo diversos objetos: un mueble, una mesa, un sofá. Me abalancé sobre los cajones, dentro no había más que polvo. Maldije por lo bajo. Sobre las estanterías del mueble había objetos inservibles, baratijas, libros con el canto roído. Salí de la habitación decepcionado y cerré la puerta, de la cerradura cayó una llave.

Enfrente había otra dependencia, abrí con cuidado. El chirrido de la puerta se detuvo a la mitad. Pude vislumbrar una cama y unas piernas desnudas. Me agaché y pasé despacio. Me puse al lado de la cama y descubrí lo que era el cuerpo de una mujer, de unos cuarenta años. Retrocedí sin dejar de mirarla. La mujer movió uno de sus brazos y su mano derecha se deslizó bajo el camisón, al tiempo que exhalaba un gemido. Me detuve. Frente a mis ojos se formó una niebla espesa, tragué saliva. Dijo, incitante: ¿no vienes a la cama? Respondí con un gruñido. Ella emitió un sonido aprobatorio, al tiempo que se arqueaba despojándose del camisón y exponiendo sus pechos con los pezones brillando como cerezas. Dejé el macillo sobre la mesita y me quité los pantalones.


El sueño se apoderó de mi. Quise evitarlo, luché por evitarlo, pero no pude. Pasó un tiempo, no sé cuanto y abrí los ojos desorientado. Moví el brazo izquierdo para mirar el reloj, pero algo lo retenía. Intenté mover el brazo derecho, las piernas. Primero levemente, luego con más fuerza, sin éxito. Respiré hondo y esperé hasta distinguir mis propias piernas recortándose en la oscuridad. Estaban atadas a la cama. Levanté el cuello y descubrí que ocurría lo mismo con los brazos. Tiré con todas mis fuerzas. Noté que el nudo de la mano derecha estaba aflojándose. Giré la muñeca, intentando desasirme, pero el nudo cedía muy despacio. Mientras realizaba esta operación se encendió la luz del pasillo y una sombra se dibujó en la pared. Decidí cerrar los ojos y hacerme el dormido. Ya casi había conseguido liberar mi mano derecha. Me concentré y agucé el oído. Unos pies se deslizaron por el pasillo. La puerta se abrió con un chirrido. Noté como alguien se acercaba a mi cama y unos dedos grandes y grasientos me agarraban de las mejillas, apretándolas. Después, sentí un golpe tremendo en plena cara. Abrí los ojos, me zumbaban los oídos. Volvió a abofetearme. Me quedé mirándolo, turbado, pero desafiante. Se me dibujó a contraluz una figura gigantesca, escrutándome con los brazos en jarras. Sin mediar palabra dio media vuelta y se fue.

Decidido a salvar mi vida, tiré furiosamente y conseguí liberar la mano derecha. Desaté la otra mano y me incorporé, hasta liberarme por completo. Mientras buscaba mi ropa, la sombra del gigante se volvió a dibujar en la pared. Salté a un lado de la puerta. El hombre se quedó en el umbral y gruñó. Pasó azorado, sin verme. Alzó la cama con una mano y la arrojó contra la pared. Aproveché el estruendo y salí de la habitación, en el instante que se daba la vuelta y durante un segundo vi su rostro seco y amarillo, las manos grandes como las de un oso. Cerré la puerta y tiré del picaporte con todas mis fuerzas. La primera acometida casi me tira al suelo, pero pude resistir. Observé que la puerta tenía cerradura, giré la llave justo en el momento en que el monstruo iniciaba su segunda embestida. La puerta crujió y las bisagras cedieron, saltaron astillas y pedazos de yeso, pero milagrosamente continuó en pie. Corrí hacia la puerta que daba a la calle, pero estaba cerrada con llave. La puerta del dormitorio crujió de nuevo y me lancé hacia el otro lado del pasillo, que desembocaba en un patio interior.

Escuché el estrépito de la madera al romperse y luego silencio. Me agaché detrás de unas macetas. Aún era de noche, pero pude distinguir formas. Era un patio más o menos rectangular, en un ángulo había varias plantas frondosas que me servían de refugio. Una escalera daba a un segundo piso y había otra puerta con los cristales ahumados y varias ventanas. Estudié mi situación. Mi única opción era subir y desde arriba intentar escapar por el tejado. Escuché detenidamente. La bestia resollaba y gruñía. Había quedado malherido o quizá aprisionado. Sin embargo, poco tardaría en dirigirse al patio. Salí de mi escondrijo en cuclillas y me dirigí despacio hacia la otra puerta. Giré el picaporte y la abrí. Después regresé al refugio de las macetas y esperé. En pocos segundos apareció el monstruo cubierto de polvo. Era terriblemente grande y me recorrió un escalofrío. El gigante dudó un instante, pero su rostro se iluminó cuando reparó en la puerta entreabierta y se dirigió hacia ella con paso firme. Era mi oportunidad. Agarré uno de los tiestos, procurando no hacer ruido y me abalancé sobre él. Descargué un golpe terrible sobre su cabeza, la maceta se hizo añicos. El gigante se tambaleó y dio media vuelta. Me miró sorprendido. Observé un hilo de sangre surcándole la frente y sin pensarlo, le asesté un derechazo en la barbilla con todas mis fuerzas. El gigante se tambaleó y cayó inconsciente. Le agarré de las piernas y lo arrastré, con dificultad, hacia el dormitorio. La puerta estaba hecha pedazos. Recuperé mi ropa y el macillo, cogí las cuerdas con las que me habían aprisionado y lo até como mejor pude. Después volví al patio y me encaminé hacia las escaleras.

La oscuridad no me permitía distinguir más que los primeros escalones. El final era un pozo inescrutable. Comencé a ascender despacio. Conforme subía, se iban dibujando los siguientes peldaños, perdiéndose en un negro abismo los que rebasaba. Cuando llegué al final me asomé con precaución, había una puerta abierta y de ella salía una luz tenue, como la producida por una vela. El corazón me comenzó a latir más rápido y el sudor a empaparme la frente. Agarré con fuerza el macillo y avancé con decisión. Me coloqué junto a la puerta y salté hacia un lado, de tal modo que aparecí repentinamente y lancé un grito, blandiendo el macillo. Frente a la ventana, una anciana jugaba a las cartas a la luz de una vela a punto de consumirse. Me miró y comenzó a reír a carcajadas, en ese instante la vela se apagó y quedamos a oscuras. Yo me lancé agitando el macillo de un lado a otro, derribé algunos objetos, se escuchó el ruido de cristales. Así estuve hasta que me quedé sin fuerzas. Comencé a resollar agotado, mirando alrededor. La llama de la vela renació misteriosamente y quedó bailando sobre la mecha.

La mujer había desaparecido. El interior estaba destrozado, todo por el suelo hecho añicos, la mesa volcada y las cartas esparcidas, pero ni rastro de la vieja. Busqué el interruptor con la mirada, pero no conseguí encontrarlo. La llama se apagó de nuevo y quedé en la más absoluta oscuridad. Me agaché, con la cabeza apoyada en las rodillas y cerré los ojos intentando pensar. Cuando levanté de nuevo la cabeza, un rayo de luz atravesó la ventana. Estaba amaneciendo. Me dirigí a la misma y la abrí. Como suponía, daba al patio. Me asomé y vi con nitidez al gigante y la vieja cruzar en dirección a la escalera. Ella no paraba de maldecir. Me descolgué por la ventana y caí al patio, luego corrí hacia el primer pasillo. La puerta que daba a la calle seguía cerrada. No tenía escapatoria. Me abalancé intentando forzarla, pero no cedía. Estaba a punto de llorar. Agucé el oído, por si venían. Podía hacerles frente, ya lo había hecho antes. Pero entonces jugaba con el factor sorpresa. Podía esconderme, jugar al juego del gato y el ratón hasta encontrar una manera de escapar. Por mi cabeza pasó tirar la toalla, lloriquear para infundirles lástima, dar las explicaciones que hicieran falta, al fin y al cabo era sólo un adolescente. Me acurruqué en la puerta, paralizado, incapaz de tomar decisión alguna. La arrogante cigarra que peleaba frente al espejo unas horas antes se había transformado en una cucaracha acorralada.

Una sombra cruzó de repente el pasillo con sigilo y me tiró del brazo. Di un respingo. Era la mujer del dormitorio. Me rodeó la cintura, apretándose contra mi pecho. Después introdujo una llave en la cerradura y abrió.

Contemplé el patio, el coche desvencijado y la puerta de la calle entreabierta que significaban mi salvación, cuando sentí un fuerte pinchazo en el costado. Di unos pasos tambaleándome. Me toqué la espalda y extraje un pequeño cuchillo, que arrojé al suelo.

Me di la vuelta. La extraña mujer permanecía rígida y sonriente. Su cabeza flotaba sobre la oscuridad del pasillo como un fuego fatuo. La sangre comenzó a manar de la herida, corrí hacia la salida, empujé la puerta y caí sobre la acera. La luz de la mañana bañaba el asfalto. Me arrastré hasta quedar tendido en mitad de la calle, contemplando amanecer. Una pequeña fracción de sol, anaranjada, palpitaba entre los tejados de las casas.

4 de Julio de 2019 a las 17:15 5 Reporte Insertar 3
Fin

Conoce al autor

Roberto Volandri Me gano la vida restaurando muebles, aunque bien mirado, pulir, lijar y decapar algo tienen que ver con la escritura. Donde vivo se dice que hay que dar agua a sus horas, yo, con mis casi cuarenta a lo mejor ya tengo las yemas algo secas para dedicarme a escribir, pero como hay necesidad y no es otra la intención, pues lo hago. Espero que sea de su gusto esta nota biográfica y quedan convidados a seguir leyéndome.

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Alien Carraz Alien Carraz
Si restauras muebles como escribes, entonces ahorra restaurando muebles para tener tiempo para escribir lo más que puedas. Nos harás, a muchos, un gran favor. ¡No cejes!
26 de Octubre de 2019 a las 06:53
Alien Carraz Alien Carraz
Excelente relato. Tus atmósferas son aquellos espacios de ansiedad y angustia que se viven y se sienten y en los que uno se sumerge al igual que el protagonista. Muy bien
25 de Octubre de 2019 a las 05:41

  • Roberto Volandri Roberto Volandri
    Gracias, amigo. Tengo la escritura un poco abandonada pero siempre es bueno recibir palabras de aliento. 25 de Octubre de 2019 a las 10:04
Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Genial relato, realmente interesante. Solo un detalle en las líneas de diálogo pero por lo demás impecable.
11 de Julio de 2019 a las 08:14

  • Roberto Volandri Roberto Volandri
    Todo es mejorable. Gracias por tu comentario, Gabriel. 11 de Julio de 2019 a las 12:49
~

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