La araña en el frasco Seguir historia

lucadomina Luca Domina

Cuando Jane descubrió a la araña sobre las sabanas, entendió que era su culpa por haber sido una niña mala.


Horror Horror adolescente Todo público.

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Cuando Jane descubrió a la araña sobre las sabanas, entendió que era su culpa por haber sido una niña mala.


El estridente ruido de la motosierra desapareció en cuanto la apagó. Se quitó las gafas protectoras y se pasó la mano por la sudorosa frente. En el lado izquierdo del mono azul de trabajo, a la altura del pecho se leía: MADERAS FOREST, y en el lado derecho: RICHARD. Sostuvo la motosierra con una mano y dejó su puesto de trabajo; era la hora del almuerzo. Caminó sobre un piso de hojas resecas y cortezas, y zigzagueó entre los tocones hasta llegar a un camino de tierra húmeda y unirse a varias docenas de compañeros de trabajo. Mientras marchaba cabizbajo y el sol del mediodía le abrasaba la nuca, miró por casualidad a un viejo tacón a un lado del camino. —uno de los primeros en ser talado. —se le vino a la mente. Era muy viejo. Pero eso no fue lo que le llamó la atención; algo se había movido furtivamente entre los recovecos de la madera, o eso imaginó. La vibración de un gran camión que pasó cerca lo distrajo, era de un amarillo chillón y en el chasis decía: MADERAS FOREST S.A. Las ruedas eran más altas que el propio Richard.

Abandonó la motosierra en el área asignada y se dirigió los casilleros. Abrió su taquilla y guardó el casco de trabajo; el mismo amarillo chillón del camión. Sacó una mochila del interior, y antes de cerrar la puerta, observó por unos segundos una foto de cuando tenía diez años; sonreía de par en par mientras abrazaba a un perro más grande que él y muy peludo. Richard sonrió; el perro era Walter, y solo Dios sabía cuánto lo extrañaba, aunque hubieran pasado más de 40 años. Abrió la mochila; en el interior había una muda de ropa y una fiambrera de plástico que contenía los sándwiches que le había hecho su esposa. Le encantaba el de salame y queso y nunca se cansaba de comerlo. Y eso hizo, pero no con los demás trabajadores, mientras lo saboreaba se vio de regreso junto al viejo tacón. Se detuvo y lo contempló sin dejar de masticar. Casi se ahoga al ver que algo efectivamente se movía. Terminó de tragar el pan que le quedaba y se descolgó la mochila, la abrió y sacó la fiambrera. Bajo el caluroso sol, los sonidos de un coro de motosierras, y camiones desfilando de un lado a otro, sostuvo la fiambrera en una mano y la tapa roja de ésta en la otra. Se inclinó, y como una de esas leonas que había visto en Animal Planet, se acercó sigilosamente. Quien lo viera en ese momento hubiera pensado que se había vuelto loco; Richard diría que se sentía como en su juventud.

Se detuvo con el recipiente a centímetros de la madera y quedó petrificado. Una mancha negra destacaba sutilmente entre la madera grisácea. La mancha se desplazó a penas un centímetro; ocho peludas patas le daban impulso. Richard esperó un poco más; no quería perder la oportunidad. La cosa volvió a moverse, dejando atrás la oscuridad formada por la sombra de su nuevo observador y alcanzando el lado iluminado del tocón por el sol de mediodía. Richard abrió los ojos como plato al contemplar la enorme araña, que en realidad no era tan oscura, sino que, vista bajo la luz, era del color de los ladrillos. —Es enorme. —pensó. Había visto más grandes, pero siempre en la televisión. Uno de los locos de los programas de Discovery no le daría importancia, pero para Richard era todo un hallazgo. La araña avanzó hacía el sol una vez más, y se detuvo cuando sus patas delanteras hicieron contacto con el plástico. De inmediato intentó regresar sobre sus pasos, pero era demasiado tarde. Richard la esperaba con la tapa del recipiente. Trató de trepar por la rojiza superficie, pero sus patas resbalaron y cayó de espalda dentro de la fiambrera. Richard la cerró en un segundo, y una gran sonrisa se le formó en la boca. Se propuso a mirar a la criatura detenidamente, pero fue interrumpido por la molesta bocina que ponía fin a la hora de almorzar. Richard perdió la sonrisa y masculló un insulto. Odiaba esa bocina; le recodaba a la de los bomberos y lo hacía pensar en horribles accidentes.

La molesta bocina volvió a sonar cuatro horas más tarde; había llegado el final de la jornada laboral. Richard juntó sus pertenencias y se paró en una larga fila. Uno a uno, colectivos de color verde se llenaban de trabajadores y se alejaban; MADERAS FOREST, decía a los lados del vehículo con grandes letras. Richard saludo a varios compañeros, subió al colectivo y se sentó en la parte trasera junto a una ventana. Normalmente dejaba la mochila tirada a sus pies, pero ésta vez, la llevaba sobre el regazo y la protegía con las manos. Un hilo de nerviosismo le recorría el cuerpo, a pesar de que no tenía por qué estar nervioso. PROHIBIDO APROPIARSE DE HERRAMIENTAS O MATERIALES DEL TRABAJO; señalaban varios carteles por todo el lugar, y Richard recordaba haberlo leído cuando firmó el contrato. —Una araña no es propiedad de la empresa. —pensó, y se relajó.


Despertó 15 minutos después, cuando el hombre sentado a su lado; el mono de trabajo estaba marcado como EDUARDO, le zarandeó por el hombro. Richard le sonrió por el favor, y de inmediato tanteó con las manos el interior de la mochila; la tapa seguía en su sitio. Fue el único en abandonar el colectivo en la primera parada. Vivió toda su vida de casado en las afueras de la ciudad, o por lo menos, lo que antes eran las afueras de la ciudad. Avanzó por una calle de tierra que parecía haber sido arreglada recientemente por alguna de las maquinas del estado; que en los últimos años se mostraban muy dispuestos a mantener su barrio impecable. Pero no era por él, no. Recorrió unas 10 cuadras, la mayoría de los lotes poseían un cartel de SE VENDE. Richard jamás dejaba de sorprenderse por el precio; 50.000 dólares esa semana, y quien sabe la próxima. Cuando el compró el terreno, le costó 1.000 dólares. En los demás lotes, los esqueletos de las casas avanzaban a paso firme y las filas de ladrillos se reproducían como insectos (no como el de su mochila).


Llegó a su hogar, pero no lo contempló en absoluto; ya lo conocía de memoria y nadie necesitaba decirle que parecía una casa vieja (y lo era). En su lugar prefirió mirar la casa de sus vecinos (desde hace un año). —No conocen lo que es la privacidad. —pensó. La casa tenía más ventanas y vidrios que paredes, y se asemejaba a un cubo de cristal. Afuera del garaje estaba estacionado un FORD deportivo último modelo, y Richard sabía que dentro había un MERCEDES negro descapotable. Sus adinerados vecinos (lo únicos hasta ese momento) trabajaban en empresas de electrónica, el marido; un joven delgado y un tanto afeminado trabaja en algo llamado GOOGLE. En realidad, era de lo poco que conocía sobre ellos; se saludaban, pero siempre estaban demasiado ocupados con el celular adherido al oído como si sus vidas dependieran de ello. Y también tienen una hija…

En ese momento, una mujer delgada de cabello corto salió de la casa hablando por celular; su vecina. Vestía camisa blanca y una falda negra. Una cartera negra le colgaba del hombro, y sobre ésta, se distinguía un saco negro. A penas lo miró, le levantó la mano de manera fugaz para saludar, sin dejar de hablar en ningún momento. Richard devolvió el saludo meneando la cabeza y se dispuso a entrar a su hogar.


Una criatura horrenda. —exclamó su esposa. Al posar la vista en la peluda araña. No parecía tener simpatía alguna por la nueva mascota de su esposo. Richard no sintió enojo hacia su mujer, la amaba, pero por alguna razón extrañó a su madre; falleció por culpa de un cáncer fulminante hace 5 años. Había sido un pan de Dios, una persona de gran corazón y completamente entregada a su hijo; el pequeño Richard, que no tenía amigos y por ese motivo compartía todo su tiempo con animales, incluso insectos. Y ella permitió que su hijo conservara cualquier criatura que quisiera dentro de un frasco.

¡No la quiero dentro de la casa! —sentenció nuevamente. Y Richard, como buen esposo, le hizo caso, pero no del todo. Llevó a su nueva amiga hasta el cobertizo detrás de la casa; un pequeño rectángulo de tablas pintadas de rojo, una ventana y una puerta precaria. Sopló la superficie de la mesa antes de apoyar la fiambrera y una nube de polvo se arremolinó en su rostro. Tomó un frasco, junto algunas viejas herramientas que ya no usaba, GRANOS DE CAFÉ rezaba la etiqueta. Con la precisión de un cirujano, movió a su amiga de la fiambrera al frasco y la contempló; era la araña más grande que había visto fuera de la televisión, de patas peludas y del color de la arcilla. Con la ayuda de un clavo y un martillo, hizo unos pequeños agujeros de respiración en la tapa de metal. —Te buscaré algo que comer. —le dijo, y acarició el cristal con un dedo.


Su jardín no poseía división con el jardín de los vecinos; Julia y Walter, y su pequeña hija Mary Jane. Ni siquiera un cerco precario, y eso siempre había molestado a Richard, pero no tenía tiempo para hacer uno (y claro que debía ser él quien lo hiciera) tal vez cuando al fin se jubilara. Pero en ese momento nada los separaba, y al salir del cobertizo y dar un par de pasos, se topó con una pequeña visitante. La niña le regaló una sonrisa pícara, mientras las coletas doradas en ambos lados de su rostro angelical se meneaban con la brisa. —Hola señor. —le saludó, y meció el oso de peluche entre sus brazos.

Richard la miró, sin demasiada alegría, y la ignoró. Salió disparado hacia su casa con largas zancadas. No odiaba a la niña, pero algo le decía que se alejara de ella; le caía mal, simplemente eso. —Sus padres son jóvenes y están aprendiendo a educarla. —le había dicho su esposa. —Es un diablillo. —había juzgado Richard. Al regresar, la niña ya no estaba. Eso no importó demasiado a Richard, quien se sentó frente a su nueva mascota. Abrió el frasco con delicadeza. —Espero que te guste. —murmuró. Y dejó caer un par de moscas; las que puedo atrapar en su casa. La araña se abalanzó sobre los insectos muertos y se los llevó a la boca en un segundo. Richard quedó fascinado, le brillaban los ojos como a un niño pequeño ilusionado.

4 de Julio de 2019 a las 04:05 2 Reporte Insertar 1
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Roberto Dario Roberto Dario
Que prosa tan limpia. Es muy bueno este principio.
11 de Julio de 2019 a las 02:18

  • Luca Domina Luca Domina
    Muchas gracias por tus palabras! saludos! 17 de Julio de 2019 a las 21:04
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