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Ann se traslada con sus padres a vivir a Minneapolis, Minnesota debido al trabajo de su padre. En su primer año de universidad conocerá a Patty, Leo y Max quienes revolucionarán el punto de vista del mundo que había tenido hasta ahora.


Paranormal Vampiros Todo público.

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Capítulo 1: Escapar de la muerte

– Y bien, ¡esta es nuestra nueva casa!

"Nuestra nueva casa". Mi madre y su ánimo... Aunque lo de "nuestra nueva casa" sonaba bastante bien. Me llamo Ann, tengo dieciocho años y me acabo de trasladar a una pequeña casa en Minneapolis (Minnesota). No es un lugar muy turístico ni particularmente maravilloso, pero a mi padre le ofrecieron una plaza vacante de médico en el hospital de la ciudad. La verdad es que nos vino muy bien ya que con el sueldo de profesora universitaria de mi madre no podíamos llegar a fin de mes.

– Ann cariño, ve a ver tu habitación, seguro que te gustará –me sonrió mi madre mientras mi padre iba entrando las cajas de la mudanza.

– Sí, mamá –contesté pasando de largo el pequeño comedor y abriendo la puerta de una de las habitaciones–. ¿Es esta?

– Sarah, ven a ayudarme con las cajas por favor –pidió mi padre, ocasionando que mi madre me ignorara totalmente.

– Ya voy, Jerry –Suspiró, saliendo a ayudar con las cajas.

Entré a la habitación, mi nueva habitación. Era bastante espaciosa, supuse que cabrían todas mis cosas sin problemas, ya que no soy de esas que se pasan media vida en las tiendas ni nada parecido aunque no me desagradara. No es que fuera deprimente ni nada por el estilo, pero tenía que admitir que no era una de las mejores experiencias que había vivido en mi aún corta vida.

He tenido que dejar a todos mis amigos aunque no fueran muchos que conocía en Michigan justo ahora que iba a empezar mi primer año de universidad y las despedidas la verdad es que no son lo mío, pero aún así intento tomármelo con optimismo; supongo que haré nuevos amigos aquí. Por otra parte, tengo ganas de empezar ya la universidad, hacer amistades, conseguir un trabajo para ser un poco independiente, digo un poco porque en estos tiempos es bastante difícil independizarse... No sé, lo normal, supongo.

– Cariño, ven a ayudarnos –dijo mi padre desde la puerta–. ¿Te gusta? –me sonrió. Sabía que era la niña de papá, supongo porque soy hija única.

– Sí, papá, la casa está bastante bien. Y por fin podrás ejercer nuevamente de médico–lo abracé. Sabía que se sentía un poco culpable por mi madre y por mí al hacernos cambiar de ciudad, ya que al principio por lo menos yo no me lo tomé muy bien, pero había que entenderlo.

– Me alegro de que te guste –me dio un pequeño beso en la frente y salí a recoger las cajas de la mudanza para ir entrándolas.

Me considero una chica bastante normal. Mi pelo es de color marrón oscuro, con reflejos claros cuando hace sol (cosa no muy habitual en Minneapolis). Lo que más me gusta de mí son mis ojos negros, ya que es raro que alguien los tenga así y lo raro siempre es bueno. Mis pocos amigos dicen que soy mona, pero yo diría que soy bastante del montón; no me gusta destacar para no ser el centro de atención pero no por eso suelo quedarme por detrás de los demás.

Sinceramente, diría que soy parecida a mis padres. Mis ojos son de mi padre ya que él tiene los ojos negros como yo y la forma de mi cuerpo, de mi madre. Muchas veces vamos de compras juntas o nos prestamos la ropa, le gusta ser moderna aunque yo no lo sea mucho. Aún así solemos ir de compras juntas cuando tengo ánimos, no soy de esas chicas modernas pero aún así creo que voy bastante bien.

– Mamá, podríamos ir de comprar algún día de estos si quieres y así visitamos la ciudad –le sonreí–. Estarás en la misma universidad que yo, ¿no?

– Claro que sí, es la única universidad que hay en Minneapolis pero, tranquila, no te mimaré delante de los demás –rió–. Y sí, ya encontraremos un día –me dijo sonriendo.

Estaba contenta de empezar una nueva vida desde cero con mis padres contentos y yo me alegraba por los dos.

Conforme los días pasaban iba arreglando mi habitación y ayudando a mis padres con la casa, que ya estaba casi lista. Apenas faltaban un par de retoques y podríamos disfrutarla.

Sonó el timbre. Fui a abrir y era papá, quien llegaba del trabajo.

– Hola. ¿Cómo ha ido hoy? Mamá ya tiene la comida lista, vamos –Dije yendo a la cocina con él.

– Pues el día ha sido bastante agotador. Sabía que estaban ampliando bastante el personal de medicina en toda Minnesota pero no pensaba por qué era. Hay bastante gente que llega desangrada al hospital sin saber qué pasó, es muy extraño –dijo haciendo una mueca de agotamiento mientras se sentaba en la mesa.

– Jerry, no hables de sangre y de esas cosas en la mesa –recordó mi madre, quien era bastante escrupulosa y no podía casi ver la sangre.

Comimos como una familia normal mientras íbamos hablando de cosas triviales como el trabajo de mi madre, quien contaba que iba a empezar las clases impartiendo orden cosa que me hacía reír. Ya faltaban solo dos días para empezar la universidad. Empezaba el mismo día que mi madre, me hacía gracia, aunque ella de profesora y yo como alumna. Iba a empezar a estudiar medicina y ella era profesora de literatura así que no creía que fuéramos a coincidir en ninguna clase. Desde pequeña siempre quise ser médico como mi padre, era de esas niñas a la cual le apasionaba jugar a los doctores. Viejos tiempos, supongo, pero aún así en dos días iba a empezar primero de medicina y me ilusionaba bastante, la verdad.

– Mamá, salgo a comprar una barra de chocolate que ya no queda –dije cogiendo las llaves.

– Está bien, ve con cuidado cariño –me recordó como siempre, desde el sofá con mi padre.

– Sí –respondí, saliendo de casa.

Vivimos en un pequeño barrio. Minneapolis era bastante céntrico, cosa que agobiaba a mis padres, así que decidieron venirse a vivir a la periferia aunque tardásemos un poco más en llegar a donde quisiéramos ir. Por suerte, había un pequeño local en el barrio donde iban casi todos a comprar las cosas de primera necesidad y cosas varias como el chocolate, un vicio particular mío que me encantaba.

Entré a la pequeña tienda y fui directamente a la sección de dulces. Me gustaba tomarme mi tiempo en escoger pero quería llegar ya a casa, así que escogí el primer chocolate normal que vi. Fui a la caja, la cual estaba atendida por una chica, diría que de la misma edad que yo. Era de mi estatura, con el pelo naranja hasta el hombro tirado hacia atrás con una cinta, bastante pálida y delgada.

- ¿Va a llevar solo esto? –me preguntó sonriendo.

– Sí, gracias –le devolví una pequeña sonrisa para ser amable.

– Oh ¿tú eres la nueva? Un dólar justo –dijo mientras ponía el chocolate en una bolsa–. Me llamo Patricia pero me dicen Patty. Encantada -Siguió sonriendo como si estuviera la mar de contenta.

– Sí, bueno, llevamos bastante poco aquí, me llamo Ann. Igualmente –respondí mientras le daba el dólar y recogía la bolsa con el chocolate dentro–. Adiós, un gusto de conocerte –dije finalmente para irme, pero me detuvo.

- ¿Irás a la universidad? Si vas podríamos ir juntas, si te parece bien –oh, ¡una amiga! No podía perder esa oportunidad, no es que fuese antisocial pero me hacía ilusión hacer amigos.

– ¡Claro! Me gustaría –Le sonreí–. Entraré a estudiar primero de medicina, ¿y tú? –dije para darle un poco de conversación.

– ¡Qué guay! Yo también, ¡qué coincidencia! Creo que seremos bastante amigas, Ann –me abrazó–. Qué bien, ya tengo con quien ir a la universidad. Te va a gustar, la mayoría de la gente que va a entrar este año somos conocidos del instituto, así que no te preocupes, te los presentare a todos.

– Oh –me quedé un poco sorprendida, era muy amable. Ya me caía bien–. Muchas gracias Patty, me quedo un poco más tranquila la verdad –confesé aliviada.

- ¿En qué número vives? –me preguntó.

– En el 26 –respondí.

– Entendido, toma, este es mi número. Háblame esta noche por Whatsapp y lo acordamos bien ¿sí? –sonrió entregándome una nota.

– ¡Vale! Esta noche te hablo –dije despidiéndome y tomando la nota que me dio.

Suspiré tranquila. Por lo menos no iría sola mi primer día de universidad. Había sido todo muy rápido, pero me gustaba. Patty tenía pinta de ser muy simpática; podríamos congeniar bien.

Ya se había hecho de noche. El tiempo se me pasaba volando a pesar de estar completamente sola en el barrio. Iba caminando en dirección mi casa cuando comencé a notar una presencia que me perseguía, sentía como si me estuviera clavando la mirada, una mirada incesante en mi espalda. Intenté no hacer caso y llegar rápido a casa, comenzaba a darme miedo pero el camino se me hacía eterno y la misteriosa presencia que sentía detrás de mí no me dejaba en paz.

Me paré en seco en la solitaria calle del barrio, no es que fuese fantasma solo que en estas épocas del año con el frío la gente ya no salía tan tarde de casa. Solamente se oía el sonido de la bolsa al moverse; me quedé quieta sin hacer nada. Sentía que algo me acechaba y que me vigilaba, era una sensación rara, muy rara. Me giré rápidamente para encarar a fuese quién fuese que había detrás de mí y... Nada, no había absolutamente nada.

Sin quitarme ese peso del pecho corrí lo más rápido que pude para alejarme del lugar, no sé por qué me dio miedo. Solo quería volver a casa rápido. Al llegar, abrí la puerta y la cerré rápidamente, jadeando apoyada en ella como si hubiera acabado de escapar de la muerte.

14 de Julio de 2019 a las 04:57 0 Reporte Insertar 0
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